
Hay una verdad que la naturaleza nos enseña cada día y que, muchas veces, olvidamos en medio de nuestras preocupaciones: los ríos nunca regresan a su nacimiento.
Un río no se detiene a contemplar las piedras que encontró kilómetros atrás. No intenta volver para cambiar el camino que recorrió. Tampoco se lamenta por los obstáculos que tuvo que atravesar. Simplemente continúa fluyendo.
Y quizás nosotros también estamos llamados a vivir de esa manera.
Muchas personas permanecen atrapadas en recuerdos que ya no pueden cambiar. Vuelven una y otra vez a conversaciones que terminaron, errores que cometieron, oportunidades que dejaron escapar o heridas que alguien les causó. Sin darse cuenta, dedican más energía a revivir el pasado que a construir el presente.
El problema no es recordar. Recordar forma parte de nuestra historia. El problema aparece cuando el pasado se convierte en el lugar donde decidimos vivir.
Así como un río pierde fuerza cuando intenta detenerse, el ser humano también pierde su paz cuando permanece aferrado a aquello que ya no existe.
La vida no consiste en negar lo que ocurrió. Todo lo contrario. Consiste en reconocer que cada experiencia, incluso las más dolorosas, ha contribuido a formar la persona que somos hoy. Las cicatrices no siempre representan derrota; muchas veces son la evidencia de que seguimos caminando.
La naturaleza también nos enseña que un río cambia constantemente. A veces atraviesa montañas, otras veces cruza valles, rodea enormes rocas o pasa por temporadas de sequía. Sin embargo, jamás pierde de vista su destino.
Nuestra vida es muy parecida.
Habrá momentos donde sentiremos que avanzamos lentamente. Otros en los que parecerá que todo fluye con facilidad. En ocasiones aparecerán personas que caminarán con nosotros y otras que seguirán un rumbo diferente. Pero ninguna de esas circunstancias debería hacernos olvidar que todavía queda un camino por recorrer.
Vivir mirando únicamente hacia atrás es como intentar conducir observando solo el espejo retrovisor. Es útil para aprender, pero imposible para avanzar.
El futuro siempre pertenece a quienes tienen el valor de seguir caminando, aun cuando el pasado haya dejado marcas profundas.
Quizá hoy cargues con decisiones que lamentas, palabras que hubieras querido decir o situaciones que nunca imaginaste vivir. Sin embargo, mientras haya vida, siempre existe la posibilidad de escribir un nuevo capítulo.
No podemos cambiar el origen del río, pero sí decidir hacia dónde dirigiremos nuestras fuerzas.
Que el pasado sea un maestro, nunca una prisión.
Y que cada nuevo amanecer nos recuerde que Dios continúa guiando el curso de nuestra vida, incluso cuando nosotros todavía no alcanzamos a comprender el camino.
Al igual que un río, no fuimos creados para retroceder, sino para avanzar. El pasado puede enseñarnos, pero no debe gobernarnos. Dios no nos llama a vivir encadenados a lo que ya ocurrió, sino a caminar con esperanza hacia el propósito que ha preparado para nosotros. Cada día que comienza es una nueva oportunidad para seguir fluyendo con fe, dejando atrás el peso de ayer y confiando en que, aunque el camino tenga curvas y obstáculos, Aquel que dirige el curso de nuestra vida también conoce el destino al que nos conduce.
«Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» Filipenses 3:13–14 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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