
Vivimos en una época donde todo parece exigir una respuesta inmediata. Queremos saber si una decisión fue correcta, si una pérdida fue realmente una tragedia o si un logro representa el inicio de una vida mejor. Sin embargo, la existencia posee una característica que pocas veces aceptamos: solo el tiempo revela el verdadero significado de los acontecimientos.
Existe una antigua historia sobre un campesino sabio y su hijo que ilustra esta realidad con extraordinaria profundidad.
El campesino poseía un caballo que utilizaba para trabajar la tierra. Un día, el animal escapó. Los vecinos acudieron a consolarlo diciendo que aquello era una terrible desgracia. Sin alterarse, el anciano respondió:
«¿Buena suerte? ¿Mala suerte?… Puede que sí, puede que no. ¿Quién lo sabe? Lo único cierto es que el caballo se ha escapado. Lo demás, el tiempo lo dirá.»
Días después, el caballo regresó acompañado por una yegua salvaje. Los mismos vecinos volvieron, ahora para felicitarlo por su buena fortuna. El anciano respondió exactamente igual.
Poco tiempo después, el hijo intentó domar la yegua, cayó y se fracturó una pierna, quedando con una discapacidad permanente. Nuevamente llegaron los vecinos lamentando aquella «mala suerte». Y nuevamente el anciano respondió:
«Puede que sí, puede que no. El tiempo lo dirá.»
Tiempo después estalló una guerra. Todos los jóvenes del pueblo fueron reclutados obligatoriamente, excepto el hijo del campesino, quien fue rechazado por su lesión. Aquello que parecía una desgracia terminó salvándole la vida.
Nuestra necesidad de etiquetar la realidad.
Esta historia refleja uno de los mayores desafíos psicológicos del ser humano: la necesidad constante de poner etiquetas a todo lo que vivimos.
Cuando conseguimos un empleo pensamos: «¡Qué buena suerte!»
Cuando lo perdemos afirmamos: «¡Qué mala suerte!»
Cuando una relación termina creemos que todo está perdido.
Cuando aparece una enfermedad pensamos que la vida nos castiga.
Sin embargo, desconocemos las consecuencias futuras de cada uno de esos acontecimientos. Lo que hoy interpretamos como una pérdida puede convertirse mañana en la oportunidad que transforme nuestra existencia.
Nuestra mente necesita encontrar explicaciones porque la incertidumbre genera ansiedad. Etiquetar los sucesos nos produce una sensación momentánea de control, aunque muchas veces ese juicio esté completamente equivocado.
El sufrimiento nace muchas veces de nuestra interpretación
El anciano no negaba el dolor.
No decía que perder un caballo fuera agradable ni que romperse una pierna no doliera.
Lo que cuestionaba era nuestra costumbre de convertir inmediatamente un hecho en una sentencia definitiva.
Existe una diferencia enorme entre decir:
«Perdí mi trabajo.»
y afirmar:
«Mi vida está arruinada.»
El primer enunciado describe un hecho.
El segundo es una interpretación.
Con frecuencia sufrimos más por la historia que construimos alrededor de lo ocurrido que por el acontecimiento mismo.
La paciencia como una forma de sabiduría.
Vivimos acelerados.
Queremos respuestas inmediatas, soluciones instantáneas y explicaciones para todo.
Sin embargo, la vida rara vez funciona con esa velocidad.
Hay decisiones cuyo impacto solo comprendemos años después.
Personas que hoy parecen un regalo terminan siendo una gran lección.
Momentos que parecían fracasos terminan convirtiéndose en el inicio de una nueva etapa.
Incluso las heridas pueden transformarse en la fuente de nuestra mayor fortaleza.
La paciencia no consiste únicamente en esperar.
Consiste en esperar sin desesperar.
En permitir que la vida termine de escribir la historia antes de sacar conclusiones.
La incertidumbre también puede ser una oportunidad
Nuestra cultura suele presentar la incertidumbre como un enemigo.
Pero la incertidumbre también significa posibilidad.
Si el futuro aún no está escrito, entonces tampoco está decidido que aquello que hoy duele terminará destruyéndonos.
La incertidumbre deja abierta la puerta al crecimiento, a los nuevos encuentros, a las oportunidades inesperadas y a los cambios que todavía no podemos imaginar.
Por eso el anciano nunca afirmaba que algo fuera bueno o malo.
Simplemente aceptaba el presente sin intentar controlar el futuro.
Una lección para la vida cotidiana.
Todos atravesamos momentos que parecen injustos.
Una enfermedad.
Un despido.
Una ruptura.
Una decepción.
La pérdida de un ser querido.
Ninguna de estas experiencias deja de doler por escuchar esta historia.
Pero sí puede cambiar nuestra manera de vivirlas.
Aceptar que todavía desconocemos el desenlace nos permite conservar la esperanza.
No se trata de un optimismo ingenuo.
Se trata de humildad.
La humildad de reconocer que nuestra perspectiva es limitada y que la vida suele sorprendernos cuando creemos haber entendido todo.
Quizá una de las mayores formas de sabiduría sea aprender a reemplazar el juicio inmediato por una frase sencilla:
«Todavía no sé qué significado tendrá esto en mi historia.»
No todo lo que perdemos es realmente una pérdida.
No todo lo que ganamos representa una victoria.
El tiempo acomoda las piezas de maneras que nuestra mente no alcanza a comprender en el presente.
Por eso, cuando la vida cambie inesperadamente el rumbo de nuestros planes, tal vez valga la pena recordar las palabras del viejo campesino:
«¿Buena suerte? ¿Mala suerte?… Puede que sí, puede que no. ¿Quién lo sabe? Lo único cierto es lo que está ocurriendo hoy. Lo demás… el tiempo lo dirá.»
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.» Romanos 8:28 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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