La conocida idea de que “una manzana al día mantiene alejado al médico” tiene ahora un matiz científico importante. Un estudio realizado en Japón durante 12 semanas encontró que comer diariamente una manzana Fuji no produjo cambios significativos en el peso, la glucosa ni los niveles de colesterol de los participantes, pero sí detectó una modificación en la actividad intestinal de un grupo específico de personas. El resultado apunta a una conclusión cada vez más relevante en nutrición: los efectos de un alimento pueden depender, en parte, de las bacterias que cada persona ya tiene en su intestino.
La investigación siguió a 38 adultos japoneses de entre 41 y 63 años. Durante las 12 semanas, cada participante consumió una manzana Fuji fresca diariamente y los investigadores analizaron medidas corporales, parámetros sanguíneos y muestras de materia fecal. El objetivo era observar si el consumo sostenido de esta fruta modificaba la composición o la actividad de la microbiota intestinal.
La cantidad consumida fue considerable: los participantes recibieron una manzana de aproximadamente 300 gramos, sin cáscara ni corazón. En promedio, terminaron consumiendo 288,3 gramos diarios, con un cumplimiento del protocolo cercano al 98 %. Esa porción aportaba alrededor de 153 kilocalorías, 44,7 gramos de carbohidratos, 4 gramos de fibra y 240,6 miligramos de polifenoles.
El intestino fue donde apareció la principal diferencia
Antes de comenzar el experimento, los científicos analizaron las bacterias presentes en las muestras intestinales y dividieron a los participantes en tres grupos según las familias bacterianas predominantes. Uno estaba caracterizado principalmente por Bacteroidaceae, otro por Ruminococcaceae y un tercero por Prevotellaceae.
Después de tres meses, la respuesta más llamativa apareció en el grupo de 14 personas en el que predominaban las Bacteroidaceae. En sus muestras fecales aumentaron tres sustancias producidas por las bacterias intestinales al fermentar componentes de los alimentos: acetato, propionato y butirato. Estos compuestos pertenecen a los llamados ácidos grasos de cadena corta y participan en distintos procesos relacionados con el metabolismo y el funcionamiento intestinal.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre detectar un cambio biológico y demostrar un beneficio para la salud. El estudio no comprobó que ese aumento de acetato, propionato y butirato haya provocado una mejoría clínica concreta en los participantes. Los investigadores observaron una señal intestinal, pero no demostraron que comer manzanas previniera enfermedades o produjera una mejora general del organismo.
¿Por qué no todos respondieron igual?
Este es probablemente el aspecto más interesante de la investigación. Los cambios no aparecieron de la misma manera en todos los participantes. En los grupos donde predominaban Ruminococcaceae o Prevotellaceae, el aumento de esos compuestos no se observó.
Esto sugiere que la respuesta a un mismo alimento puede variar dependiendo del ecosistema microbiano que ya existe en el intestino. No sería necesariamente la manzana actuando de forma idéntica sobre todas las personas, sino los microorganismos de cada individuo procesando la fibra y otros componentes de la fruta de maneras diferentes.
La manzana contiene fibra dietaria y polifenoles, sustancias que pueden ser utilizadas o transformadas por las bacterias intestinales. Investigaciones anteriores también han mostrado que las manzanas interactúan con comunidades microbianas diversas, aunque esos estudios no permiten afirmar que comer una determinada cantidad produzca automáticamente un beneficio clínico.
La manzana no hizo adelgazar a los participantes
Uno de los resultados más importantes fue precisamente aquello que no cambió.
Después de las 12 semanas, los investigadores no encontraron diferencias significativas en el conjunto de los participantes en parámetros como peso corporal, índice de masa corporal, perímetro de cintura o grasa visceral. Tampoco detectaron cambios significativos generales en glucosa en ayunas, colesterol total, LDL, HDL o triglicéridos.
Por eso, el estudio no respalda la idea de que incorporar una manzana diariamente sea suficiente para adelgazar o reducir automáticamente el colesterol o el azúcar en sangre.
Tampoco se puede afirmar, a partir de esta investigación, que una persona vaya a experimentar más energía, menos cansancio o una mejor condición física. Esos aspectos no fueron evaluados por los investigadores.
Una investigación pequeña que necesita confirmación
Los propios investigadores reconocen varias limitaciones. El estudio contó solamente con 38 personas, no tuvo un grupo paralelo que evitara consumir manzanas y los participantes mantuvieron sus hábitos habituales de alimentación y actividad física. Por lo tanto, no es posible atribuir con absoluta certeza los cambios intestinales exclusivamente a la fruta.
Además, los grupos bacterianos tenían tamaños diferentes: 14 participantes pertenecían al grupo de Bacteroidaceae, 18 al de Ruminococcaceae y solamente seis al de Prevotellaceae. Esto hace necesario interpretar los resultados con cautela antes de generalizarlos a toda la población.
Los autores señalan que serán necesarios estudios más grandes, controlados y con grupos de comparación, además de dietas mejor controladas, para determinar si las modificaciones observadas en la microbiota pueden traducirse en efectos concretos sobre la salud.
Entonces, ¿vale la pena comer una manzana todos los días?
La investigación no demuestra que una manzana diaria sea una especie de medicamento natural. Pero tampoco contradice el valor nutricional de la fruta dentro de una alimentación equilibrada.
Las manzanas proporcionan fibra y compuestos vegetales, y pueden formar parte de una dieta saludable. Lo que este nuevo estudio aporta es una perspectiva más precisa: el organismo no necesariamente responde de la misma manera ante un alimento en todas las personas.
La investigación también ayuda a explicar por qué la microbiota intestinal se ha convertido en uno de los campos de mayor interés en nutrición. Dos personas pueden consumir exactamente la misma fruta y presentar respuestas metabólicas diferentes debido, entre otros factores, a las comunidades de microorganismos que habitan en sus intestinos.
Después de tres meses, la manzana no transformó el peso ni los análisis sanguíneos de los participantes. Su efecto más interesante apareció en un lugar mucho menos visible: el intestino. Allí, en determinadas personas, las bacterias modificaron su producción de compuestos derivados de la fermentación. El hallazgo no convierte a la manzana en una “cura”, pero sí muestra que la relación entre alimentación y salud puede ser mucho más personalizada de lo que durante años se pensó.
Foto: Santiago Abraldes / Infobae
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