La salud no depende únicamente del ejercicio físico. También existe una dimensión emocional que puede entrenarse mediante prácticas conscientes destinadas a reconocer lo que sentimos, comprender nuestros pensamientos y mejorar la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. La propuesta, denominada “gimnasia emocional”, plantea incorporar pequeñas pausas y ejercicios cotidianos para desarrollar mayor conciencia sobre nuestro estado emocional.
La especialista y entrenadora en neurociencia aplicada e inteligencia emocional Gaby Hostnik explica que la gimnasia emocional consiste en entrenar de manera consciente las emociones, los pensamientos y los vínculos. Su planteamiento parte de una dificultad frecuente: muchas personas aprendieron desde pequeñas a reprimir, suprimir o escapar de aquello que sienten, pero no necesariamente a identificarlo, ponerle nombre y comprender qué está ocurriendo.
El primer ejercicio: reconocer qué estamos sintiendo
Una de las claves es ampliar el vocabulario emocional. No siempre basta con decir “estoy bien” o “estoy mal”. Hostnik propone detenerse y preguntarse exactamente qué emoción está presente y cuál es su intensidad. No es lo mismo sentir alegría que euforia, ni tristeza que abatimiento.
Para realizarlo, puede ser útil hacer una pausa y observar tres aspectos: el nivel de energía, la motivación y la satisfacción. También conviene prestar atención a las señales físicas, porque el cuerpo puede ofrecer información sobre aquello que todavía no conseguimos expresar con palabras.
Esta idea coincide con otros enfoques de entrenamiento emocional que plantean que identificar y nombrar una emoción constituye un paso importante para poder trabajar sobre ella. El objetivo no consiste en eliminar las emociones desagradables, sino en comprenderlas y responder de una manera más consciente.
La atención también consume energía
Otro concepto central es la relación entre atención, energía y emoción. La especialista sostiene que aquello en lo que concentramos nuestra atención consume recursos mentales y puede influir posteriormente en nuestras emociones y acciones.
En una vida marcada por las notificaciones, las redes sociales, el trabajo permanente y la necesidad de responder rápidamente a numerosos estímulos, mantener la atención fragmentada durante todo el día puede dificultar la conexión con lo que realmente necesitamos.
Hostnik plantea que el sistema nervioso necesita momentos de recuperación. No se trata necesariamente de abandonar las obligaciones, sino de introducir espacios en los que la persona pueda disminuir el ritmo y recuperar recursos.
El descanso emocional también es necesario
La especialista utiliza el concepto de “sustentabilidad emocional” para explicar que cada persona dispone diariamente de determinados recursos de energía mental y emocional, pero las exigencias pueden consumirlos más rápidamente de lo que se recuperan.
Por eso, una pausa puede ser tan importante como la actividad. Puede consistir en sentarse durante unos minutos sin utilizar el teléfono, tomar un café prestando atención al momento, caminar, respirar tranquilamente o simplemente permanecer un período breve sin estímulos externos.
La propuesta concreta es reservar alrededor de 15 minutos para estar sin estímulos y observar qué está sucediendo internamente. No se trata de conseguir que la mente quede completamente en blanco, sino de recuperar la capacidad de escucharse.
El cuerpo puede ayudar a regular las emociones
La gimnasia emocional no se limita al pensamiento. Hostnik destaca la relación permanente entre cerebro y cuerpo y sostiene que el cuerpo puede convertirse en una vía para intervenir sobre determinados estados emocionales.
La respiración es uno de los ejemplos más sencillos. Detenerse y respirar de manera consciente puede ayudar a disminuir la activación y generar un espacio antes de reaccionar impulsivamente. El movimiento físico también puede contribuir al bienestar y a modificar el estado general de activación del organismo.
Esto no significa que una respiración o una caminata puedan resolver por sí mismas problemas psicológicos complejos. Se trata de herramientas cotidianas que pueden complementar otras formas de cuidado y, cuando existe un problema persistente, no sustituyen la evaluación de un profesional de salud.
Un cerebro saturado puede decidir peor
La hiperconexión también puede afectar nuestra capacidad para tomar decisiones. Cuando una persona está sometida continuamente a estímulos, preocupaciones y demandas, puede resultarle más difícil detenerse, analizar alternativas y decidir qué necesita realmente.
La respuesta habitual puede ser continuar consumiendo información, revisar las redes sociales o buscar una distracción inmediata. La propuesta de la gimnasia emocional apunta precisamente en sentido contrario: detenerse, reconocer el estado interno y recuperar capacidad de elección antes de actuar automáticamente.
La relación con otras personas también forma parte del entrenamiento
La salud emocional tampoco se construye exclusivamente en soledad. Hostnik destaca la importancia de los vínculos y de poder hablar con alguien cuando una persona necesita expresar lo que está atravesando.
La comunicación, tanto interna como externa, forma parte de este entrenamiento. Conocerse mejor permite reconocer qué necesitamos; comunicárselo adecuadamente a otras personas puede facilitar relaciones más saludables.
También se destaca el valor de la generosidad y de las acciones positivas hacia los demás como elementos que pueden contribuir al bienestar personal y fortalecer los vínculos sociales.
¿Cómo comenzar?
La gimnasia emocional no requiere necesariamente equipamiento ni grandes cambios de rutina. Una práctica inicial puede consistir en detenerse durante unos minutos y hacerse tres preguntas:
¿Qué estoy sintiendo?
¿Dónde lo noto en mi cuerpo?
¿Qué necesito en este momento?
A partir de allí, puede incorporarse una pausa diaria sin teléfono, una caminata, algunos minutos de respiración consciente o una conversación con alguien de confianza. Lo importante es transformar la observación emocional en un hábito y no limitarla a los momentos de crisis.
La gimnasia emocional propone, en definitiva, una idea sencilla: así como entrenamos el cuerpo para conservar fuerza y movilidad, también podemos desarrollar mayor conciencia sobre nuestras emociones, pensamientos y vínculos. No se trata de dejar de sentir tristeza, miedo, enojo o frustración, sino de aprender a reconocerlos y responder de una manera más consciente. En una sociedad que exige cada vez más velocidad, aprender a detenerse también puede convertirse en una forma de cuidar la salud.
Foto: Clarín
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