Descubiertos por la ciencia occidental a comienzos del siglo XX, los gorilas de montaña estuvieron durante décadas al borde de desaparecer. La caza como trofeo, la captura de ejemplares, la destrucción de los bosques, la expansión humana y los conflictos armados que atravesaron el corazón de África convirtieron a este primate en uno de los animales más amenazados del planeta. Hoy, sin embargo, su historia también representa uno de los ejemplos más importantes de recuperación de una especie mediante conservación sostenida.
Los gorilas de montaña habitan únicamente en una pequeña región de África Central, en los macizos volcánicos de los territorios fronterizos de Ruanda, Uganda y la República Democrática del Congo (RDC). La población mundial se encuentra dividida principalmente en dos núcleos: el ecosistema de Virunga y el bosque impenetrable de Bwindi. Actualmente quedan alrededor de un millar de ejemplares en estado silvestre, una cifra que contrasta dramáticamente con las décadas en las que la población se encontraba en continuo descenso.
El comienzo de una historia marcada por la persecución
El contacto científico occidental con estos animales se produjo a comienzos del siglo XX. La llegada de exploradores, coleccionistas y cazadores europeos y estadounidenses tuvo consecuencias devastadoras. Los gorilas eran perseguidos para obtener ejemplares destinados a colecciones, museos o como trofeos de caza. En las primeras décadas se documentó la muerte de decenas de animales por estas expediciones.
Uno de los personajes que posteriormente desempeñaría un papel importante en la protección de la especie fue el naturalista estadounidense Carl Akeley. Durante una expedición en 1921 llegó a matar cinco gorilas, pero su encuentro con estos animales produjo también una profunda transformación en su percepción. Akeley convenció a las autoridades coloniales belgas de la necesidad de proteger su hábitat, contribuyendo a la creación, en 1925, del entonces Parque Nacional Albert, actualmente conocido como Parque Nacional de Virunga.
Virunga se convirtió así en una pieza fundamental de la historia de conservación de los gorilas de montaña y es considerado el parque nacional más antiguo de África. En 1979 fue reconocido como Patrimonio Mundial de la Unesco.
La población cayó de manera dramática
La protección legal no significó el final de las amenazas. Un censo realizado en la región de Virunga durante 1960 estimaba unos 450 gorilas, pero una década después las estimaciones habían caído hasta aproximadamente 250. La caza, la pérdida de hábitat y la inestabilidad política comenzaron a combinarse en una amenaza mucho mayor.
Durante el siglo XX, los bosques donde vivían estos animales también fueron afectados por la expansión de actividades humanas. La tala, la agricultura, la extracción de recursos y la transformación del territorio fragmentaron progresivamente los hábitats naturales.
Para un animal que necesita grandes extensiones de bosque y que se reproduce lentamente, cada pérdida de territorio representa un problema considerable. Además, la presencia humana aumenta el riesgo de transmisión de enfermedades, otro de los peligros identificados para las poblaciones de gorilas.
Las guerras llegaron hasta su refugio
La historia de los gorilas de montaña no puede separarse de la turbulenta historia política de la región de los Grandes Lagos africanos.
Las guerras civiles de Ruanda y la República Democrática del Congo afectaron directamente a los territorios donde viven los gorilas. Los bosques fueron utilizados como refugio por grupos armados y desplazados, mientras que la inseguridad dificultaba la entrada de investigadores y guardaparques. Las personas desplazadas también necesitaban alimentos, combustible y tierras, aumentando la presión sobre los ecosistemas.
La situación llegó a ser especialmente compleja en Virunga. Los conflictos armados favorecieron la caza ilegal, la destrucción del hábitat y el tráfico de animales. Los propios guardaparques quedaron expuestos a la violencia.
La conservación llegó a tener un costo humano enorme: más de un centenar de guardaparques han muerto en el cumplimiento de su deber en Virunga durante las últimas décadas, enfrentando a grupos armados, cazadores furtivos y otras amenazas.
El legado de Dian Fossey
En esta historia existe también un nombre imposible de ignorar: Dian Fossey.
La primatóloga estadounidense comenzó sus investigaciones sobre gorilas de montaña en Ruanda en la década de 1960 y convirtió su trabajo científico en una intensa campaña contra la caza furtiva. Su experiencia permitió demostrar que los gorilas podían ser estudiados de cerca sin necesidad de matarlos y que poseían estructuras sociales mucho más complejas de lo que durante mucho tiempo se había supuesto.
En 1967 estableció el Karisoke Research Center, entre los volcanes Karisimbi y Bisoke. Desde allí comenzó una de las investigaciones de campo más prolongadas sobre gorilas de montaña.
Su lucha contra los cazadores furtivos fue particularmente intensa. Después de que su gorila favorito, Digit, fuera asesinado por cazadores en 1977, Fossey creó el Digit Fund para financiar patrullas contra la caza ilegal. Aquellas acciones contribuyeron posteriormente al fortalecimiento de los programas organizados de conservación en Ruanda.
La historia de Fossey fue llevada al cine en 1988 con la película “Gorilas en la niebla”, basada en su autobiografía y protagonizada por Sigourney Weaver. El filme convirtió al gorila de montaña en un símbolo mundial de la conservación.
La conservación comenzó a cambiar la historia
A partir de las décadas de 1970 y 1980 comenzó a consolidarse una estrategia diferente. Ya no se trataba solamente de declarar áreas protegidas, sino de combinar patrullas contra la caza furtiva, investigación científica, vigilancia permanente, turismo controlado y participación de las comunidades locales.
En la década de 1980 comenzó a desarrollarse el turismo de observación de gorilas en Ruanda. Posteriormente, en 1991, nació el International Gorilla Conservation Programme, que permitió coordinar esfuerzos entre Ruanda, Uganda y la RDC. Incluso durante períodos de guerra, las instituciones de conservación mantuvieron mecanismos de cooperación transfronteriza.
Ese trabajo produjo resultados que durante mucho tiempo parecían improbables.
En lugar de continuar disminuyendo, las poblaciones comenzaron a recuperarse.
Una recuperación que todavía no significa seguridad
Los avances son extraordinarios, pero no deben confundirse con una victoria definitiva.
El gorila de montaña continúa enfrentando amenazas como la pérdida de hábitat, las enfermedades transmitidas por humanos, la caza ilegal y la inestabilidad política. Además, su población se concentra en un territorio geográfico extremadamente pequeño.
La situación en Virunga continúa siendo particularmente delicada debido a los conflictos armados que afectan al este de la RDC. Aun así, el parque ha registrado señales alentadoras: en 2026 informó varios nacimientos de gorilas, incluidos dos casos excepcionales de gemelos en apenas tres meses. Las autoridades del parque consideran que estos nacimientos constituyen un indicador positivo de que los esfuerzos de conservación continúan funcionando pese a la inestabilidad de la región.
El turismo se convirtió en una herramienta de conservación
Existe una paradoja detrás de la supervivencia de estos animales: los seres humanos estuvieron entre sus principales amenazas, pero también pueden convertirse en una de las razones de su protección.
El turismo de observación de gorilas genera ingresos para las áreas protegidas y para las comunidades cercanas. Cuando está correctamente regulado, puede proporcionar un incentivo económico para mantener intactos los bosques en lugar de destinarlos a otras actividades.
En algunas regiones se desarrollaron además programas de distribución de beneficios para las comunidades locales, financiando proyectos sociales y buscando que la población que vive alrededor de los parques perciba la conservación como una oportunidad y no exclusivamente como una restricción sobre sus tierras.
De animales perseguidos a símbolo de esperanza
La historia del gorila de montaña es extraordinaria porque no se trata únicamente de una especie que logró evitar la extinción. Es también una demostración de que una población puede comenzar a recuperarse cuando la protección del territorio, la investigación científica, la vigilancia y la participación de las comunidades se mantienen durante décadas.
Hace aproximadamente un siglo, estos animales eran perseguidos por cazadores y coleccionistas. Décadas después, sus territorios quedaron atrapados en medio de guerras y crisis humanitarias. Los bosques fueron talados, los cazadores furtivos entraron en las áreas protegidas y numerosos guardaparques pagaron con su vida la defensa de estos animales.
Y, sin embargo, los gorilas sobrevivieron.
Hoy, cada nacimiento en Virunga o Bwindi tiene un significado que va mucho más allá de una cría. Representa la posibilidad de que una especie que llegó a estar peligrosamente cerca de desaparecer pueda recuperar lentamente su lugar en las montañas africanas. Pero también recuerda que la conservación no es una batalla que se gana una sola vez: mientras continúen los conflictos, la pérdida de bosques y la presión humana sobre estos territorios, la supervivencia del gorila de montaña seguirá dependiendo de una protección constante.
Foto: Archivo / Parque Nacional de Virunga
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