La violencia irrumpió esta semana a pocos metros de una escuela de El Palomar, en la provincia de Buenos Aires, cuando un comisario mayor retirado que acompañaba a su hija fue herido de bala durante un enfrentamiento con delincuentes armados. El episodio, ocurrido a las 7:15 de la mañana y a unos cien metros del colegio Emaús, expuso de manera dramática una realidad que trasciende el hecho policial: la escuela intenta preservar un espacio de aprendizaje y convivencia mientras, en su entorno, crecen fenómenos de violencia, exclusión y deterioro social.
Según la reconstrucción publicada por Clarín, tres delincuentes armados estaban realizando un asalto en la vía pública cuando Hernán Mariano Catarraso, de 51 años, advirtió la situación. El excomisario se identificó e intentó intervenir, pero recibió un disparo en el abdomen. También utilizó su arma y los atacantes finalmente huyeron. El hombre fue trasladado al Hospital Posadas, mientras su hija, que se encontraba con él, consiguió ingresar al establecimiento educativo.
El episodio adquiere una dimensión particularmente preocupante porque ocurrió durante el horario de ingreso de los estudiantes. La puerta de una escuela representa mucho más que el acceso físico a un edificio: es el límite entre un espacio destinado a la formación y un entorno social que no siempre garantiza seguridad. Cuando la violencia alcanza ese lugar, el impacto no queda limitado a la víctima directa. También afecta a estudiantes, familias, docentes y a toda una comunidad educativa.
Pero la discusión planteada por la columna de Miguel Wiñazki, publicada en Clarín, va más allá de la inseguridad. El autor vincula el episodio de El Palomar con los resultados educativos y sostiene que Argentina enfrenta simultáneamente un problema de violencia social y otro de pérdida de capacidades fundamentales para aprender. La cuestión, en esa mirada, no consiste solamente en cuánto dinero recibe la educación, sino en qué decisiones pedagógicas, institucionales y sociales se toman con esos recursos.
Los datos oficiales de PISA permiten dimensionar parte de esa preocupación. En la evaluación de 2022, solo el 27% de los estudiantes argentinos de 15 años alcanzó al menos el nivel básico de desempeño en Matemática, frente al 69% promedio de la OCDE. En Lectura llegó al nivel 2 o superior el 45%, y en Ciencias el 46%. Argentina obtuvo 378 puntos en Matemática, 401 en Lectura y 406 en Ciencias.
Esto significa que aproximadamente siete de cada diez estudiantes argentinos evaluados quedaron por debajo del nivel básico de competencia matemática. En Lectura y Ciencias, la situación también resulta preocupante: más de la mitad no alcanzó el nivel considerado básico por PISA. La propia OCDE señala que los resultados argentinos estuvieron por debajo del promedio de sus países miembros en las tres áreas.
Existe además una dimensión social que no puede quedar fuera del análisis. En Matemática, los estudiantes argentinos pertenecientes al 25% socioeconómicamente más favorecido superaron en 75 puntos a los del 25% más desfavorecido. La OCDE señala que el nivel socioeconómico explicó alrededor del 15% de la variación del desempeño matemático en Argentina.
La situación también está relacionada con las condiciones dentro de las aulas. En PISA 2022, el 31% de los estudiantes argentinos afirmó que no podía trabajar bien en la mayoría o en todas las clases de Matemática. Además, el 54% señaló que se distraía utilizando dispositivos digitales y el 46% dijo distraerse por compañeros que utilizaban esos dispositivos.
Sin embargo, atribuir el problema exclusivamente a la tecnología, al financiamiento o a los estudiantes sería insuficiente. Los propios datos de PISA muestran que el sistema educativo enfrenta un desafío mucho más amplio: recuperar la capacidad de concentración, comprensión, razonamiento y resolución de problemas en una generación expuesta a una cantidad extraordinaria de estímulos.
La discusión también debe evitar una simplificación frecuente: los resultados educativos no pueden interpretarse como consecuencia exclusiva de la pandemia. La OCDE señala que Argentina mantuvo resultados aproximadamente estables entre 2018 y 2022 en Matemática, Lectura y Ciencias, aunque respecto de 2012 el desempeño matemático había disminuido unos diez puntos.
El desafío, por lo tanto, no consiste únicamente en conseguir que los alumnos permanezcan dentro de las escuelas. También es necesario garantizar que allí encuentren condiciones reales para aprender. La permanencia escolar sin adquisición de conocimientos fundamentales puede convertirse en una forma de inclusión incompleta, particularmente para los estudiantes que no disponen de otras herramientas educativas en sus hogares.
La escuela cumple precisamente una función que ninguna otra institución puede reemplazar con facilidad: ofrecer a niños y adolescentes conocimientos sistemáticos, herramientas para interpretar la realidad y oportunidades para superar, al menos parcialmente, las desigualdades de origen. Cuando ese mecanismo pierde eficacia, las diferencias sociales pueden reproducirse en lugar de reducirse.
El contraste con la violencia que rodea a algunas comunidades educativas resulta especialmente fuerte. Mientras la educación requiere años de esfuerzo acumulado para construir capacidades, la violencia puede destruir en segundos una sensación de seguridad. Un disparo frente a una escuela no solo hiere a una persona: introduce miedo en un espacio que debería estar asociado con aprendizaje, convivencia y futuro.
La respuesta, por eso, tampoco puede ser exclusivamente policial. La seguridad alrededor de las escuelas es indispensable, pero la prevención de la violencia requiere simultáneamente educación, oportunidades, acompañamiento familiar, políticas sociales eficaces y capacidad institucional para intervenir antes de que los jóvenes queden atrapados por estructuras criminales.
El episodio de El Palomar deja así una pregunta que excede a Argentina y alcanza a toda América Latina: ¿qué ocurre cuando la escuela deja de ser capaz de compensar las desigualdades y el entorno social comienza a ofrecer alternativas de éxito basadas en la violencia, el dinero rápido o la ausencia de esfuerzo?
La respuesta no puede ser resignarse. Los resultados educativos pueden mejorar, como han demostrado numerosos sistemas educativos que atravesaron crisis profundas. Pero para conseguirlo se necesita recuperar el valor del conocimiento, fortalecer la formación docente, mejorar las condiciones de aprendizaje, reducir las distracciones que afectan la concentración y garantizar que los alumnos más vulnerables reciban más apoyo, no menos.
La escena de una niña entrando a la escuela después de haber visto a su padre herido por disparos resume el desafío. Afuera puede existir violencia; adentro debe existir una alternativa. La escuela no puede resolver por sí sola los problemas de una sociedad, pero sigue siendo uno de los principales lugares donde una sociedad puede construir una generación con mayores herramientas para enfrentarlos.
Argentina enfrenta, en definitiva, una doble batalla: proteger las puertas de sus escuelas y recuperar lo que sucede detrás de ellas. Una necesita seguridad; la otra exige conocimiento, disciplina, docentes preparados, familias involucradas y políticas educativas sostenidas en el tiempo.
Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de enseñar a sus jóvenes a comprender, pensar y convivir, el problema no es solamente educativo. Es una cuestión de futuro.
Foto: Archivo / Clarín
Fuente de referencia: Clarín, columna de opinión de Miguel Wiñazki. Los datos educativos fueron contrastados con la OCDE y fuentes oficiales argentinas.
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