A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la historia de Pedro Grehan vuelve a ser contada desde una perspectiva íntima: la de su hija Camila, que tenía apenas nueve años cuando supo en el colegio que uno de los hombres que trabajaba en las Torres Gemelas era su propio padre. Detrás de una de las tragedias más conocidas de la historia contemporánea quedó una familia argentina atravesada por una ausencia que continúa formando parte de su vida.
Pedro Grehan tenía 35 años y trabajaba en el piso 105 de la Torre Norte del World Trade Center para Cantor Fitzgerald, una empresa de servicios financieros que perdió a una enorme cantidad de trabajadores durante los ataques. Su oficina se encontraba por encima de la zona donde impactó el primer avión aquella mañana.
Camila estaba en la escuela cuando la maestra encendió el televisor del aula. Las imágenes mostraban la Torre Norte envuelta en llamas y, entre la preocupación de los alumnos, un compañero le recordó una realidad que de repente adquiría una dimensión aterradora: “Tu papá trabaja en las Torres Gemelas”. Para una niña de nueve años, aquella frase marcó el comienzo de una jornada que terminaría cambiando para siempre la historia de su familia.
Durante las semanas posteriores, la incertidumbre fue tan dolorosa como la propia tragedia. La madre de Camila recorrió listas, hospitales y lugares donde podían aparecer noticias sobre Pedro, mientras numerosas familias atravesaban la misma espera en Nueva York. Pero Pedro nunca regresó. Con el paso del tiempo, la familia tuvo que aceptar que aquel día había terminado con su vida.
Pedro había construido una vida familiar en Estados Unidos después de emigrar desde Argentina. Según los recuerdos de su hija, era un hombre profundamente vinculado a su familia, apasionado por el fútbol y especialmente por Boca Juniors. Su vida cotidiana estaba lejos de la imagen que después quedaría asociada a su nombre: compraba el pan por las mañanas y preparaba para sus hijos tostadas con manteca y azúcar.
Uno de los recuerdos que Camila conserva con mayor nitidez ocurrió apenas dos días antes del atentado. La familia había pasado un domingo en Central Park. También recuerda una escena aparentemente sencilla, pero que con el tiempo adquirió un valor enorme: su padre abrazado a su madre frente a la escuela, después de un día en que habían olvidado llevarle la vianda. Son imágenes familiares que sobrevivieron a una tragedia que terminó convirtiendo cada recuerdo cotidiano en parte de un legado.
La familia de Pedro estaba integrada por su esposa Victoria Blaksley y sus tres hijos. En los primeros días posteriores al ataque, la incertidumbre dominó cada conversación. Registros periodísticos de aquella época muestran que sus familiares todavía esperaban noticias y buscaban confirmar su destino, mientras la magnitud del desastre hacía cada vez más difícil mantener la esperanza.
Pedro fue finalmente reconocido como una de las cinco víctimas argentinas de los atentados del 11 de septiembre. Junto con él murieron Sergio Villanueva, Guillermo Alejandro Chalcoff, Gabriela Waisman y Mario Santoro. Los cinco habían desarrollado sus vidas en Nueva York y quedaron entre las casi 3.000 personas asesinadas en los ataques de Al Qaeda.
Pero para Camila, la historia de su padre no podía quedar reducida a una fotografía de las Torres Gemelas, una lista de víctimas o las imágenes del humo elevándose sobre Manhattan. Durante años, según contó, intentó separar al padre que conocía de la forma brutal en que murió. La escritura y los libros se transformaron en una manera de procesar aquella experiencia.
Hay además un elemento que conecta dos generaciones. Hoy Camila es madre y uno de sus hijos tiene la misma edad que ella tenía cuando perdió a su padre. Esa coincidencia temporal le permite mirar aquella tragedia desde otra perspectiva: ya no solamente como la niña que esperaba que su padre regresara, sino como una mujer adulta capaz de comprender lo que significó para una familia perder a uno de sus integrantes en un acontecimiento que cambió al mundo.
Este 11 de septiembre de 2026, cuando Estados Unidos y el mundo conmemoran el 25.º aniversario de los atentados, las ceremonias vuelven a colocar los nombres de las víctimas en el centro de la memoria colectiva. En Nueva York, familiares participaron de la tradicional lectura de los nombres en la Zona Cero, en una jornada marcada por el recuerdo de quienes murieron y también por las consecuencias que el ataque dejó durante un cuarto de siglo.
La historia de Pedro Grehan demuestra que las grandes tragedias históricas también están construidas por pequeñas historias familiares. Para millones de personas, el 11-S quedó asociado a las Torres Gemelas, a los aviones, al humo y al derrumbe. Para Camila Grehan, en cambio, también es la memoria de un padre que le regaló su primer diario íntimo, que la esperaba en la vida cotidiana y que dos días antes del atentado compartía con ella un domingo en Central Park.
Veinticinco años después, Camila intenta recuperar precisamente esa dimensión. No recordar solamente cómo murió Pedro, sino quién fue Pedro.
“Procesás una parte, hacés las paces y aparece otra”, resume Camila en el especial de Clarín. Una frase que explica cómo funciona una memoria que no desaparece con el paso del tiempo: cambia, se transforma y vuelve a aparecer en distintas etapas de la vida.
El 11 de septiembre terminó hace 25 años para el mundo, pero para quienes perdieron a alguien aquella mañana, el día continúa de otra manera. En la memoria de una hija, Pedro Grehan dejó de ser solamente una de las víctimas argentinas de las Torres Gemelas para volver a ocupar el lugar que siempre tuvo: el de un padre, un esposo, un hombre de familia y una persona cuya vida fue mucho más grande que la tragedia que puso fin a ella.
Foto: Archivo familiar / Clarín
Fuente principal: Clarín — especial “El día que no terminó”. Ver especial de Clarín
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