Cinco argentinos quedaron entre las casi 3.000 víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Sergio Villanueva, Pedro Grehan, Guillermo Alejandro Chalcoff, Gabriela Waisman y Mario Santoro habían construido sus vidas en Nueva York. Algunos se encontraban trabajando dentro de las Torres Gemelas cuando los aviones impactaron; otros se dirigieron hacia el World Trade Center para ayudar. Sus historias, 25 años después, permiten recordar la dimensión humana de una tragedia que cambió para siempre la historia contemporánea.
Los cinco habían emigrado a Estados Unidos en diferentes momentos y por distintas razones. Habían formado familias, desarrollado carreras profesionales y construido proyectos personales lejos de Argentina. El 11 de septiembre de 2001, sin embargo, sus vidas quedaron unidas por uno de los episodios más devastadores de la historia reciente: los ataques coordinados contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo 93, que cayó en Pensilvania.
Sergio Villanueva: regresó al lugar después de terminar su turno
Sergio Villanueva nació en Bahía Blanca y emigró a Estados Unidos cuando tenía apenas dos años. Su familia se instaló en Queens, donde abrió un restaurante. Antes de incorporarse al cuerpo de bomberos de Nueva York había trabajado durante siete años como oficial antidrogas y posteriormente combinó su actividad como bombero con un negocio de regalos que llevaba adelante junto a su prometida, Tanya.

La mañana del atentado había terminado su turno aproximadamente a las 8:00. Podría haberse retirado del servicio, pero cuando se produjo el primer impacto decidió regresar al World Trade Center. Ingresó a la zona de las torres y, mientras se desarrollaba la emergencia, el segundo avión impactó contra la Torre Sur. Su familia y su prometida mantuvieron durante 28 días la búsqueda entre los escombros, aferradas a la posibilidad de encontrarlo con vida.
Pedro Grehan: había regresado a Nueva York un día antes
Pedro Grehan, nacido en San Isidro, trabajaba para la firma financiera Cantor Fitzgerald, instalada en el World Trade Center. En agosto de 2001 había viajado inesperadamente a Buenos Aires debido a una operación de su padre. Aquel viaje le permitió despedirse de sus padres y de sus ocho hermanos antes de regresar a Nueva York junto con su esposa y sus tres hijos el 10 de septiembre, apenas un día antes de los atentados.

Después del ataque, seis de sus hermanos viajaron a Nueva York tan pronto como se reanudaron los vuelos. Durante más de diez días participaron en la búsqueda de Pedro entre los restos del complejo, hasta que la familia comenzó a asumir que no había sobrevivido. El caso quedó marcado por una circunstancia especialmente dolorosa: había regresado a Estados Unidos prácticamente en la víspera de la tragedia.
Guillermo Chalcoff: una vida profesional construida en Nueva York
Guillermo Alejandro Chalcoff nació en Buenos Aires y se graduó en la Universidad de Buenos Aires. A mediados de la década de 1980 se trasladó a Nueva York junto a su esposa después de recibir una propuesta laboral de su suegro, que tenía oficinas en la ciudad.
En 2001 tenía 41 años, dos hijos y trabajaba como desarrollador de sistemas para la consultora Marsh & McLennan. Su oficina se encontraba en uno de los pisos alcanzados directamente por el primer avión. Según los registros citados por Los Andes, ninguno de los 358 empleados y contratistas que se encontraban allí logró sobrevivir.

Su condición de ciudadano estadounidense hizo que su incorporación a la nómina oficial de víctimas argentinas demorara varios años. Su historia refleja además una característica común entre las víctimas: personas que habían desarrollado carreras profesionales y familias en Estados Unidos sin perder el vínculo con sus países de origen.
Gabriela Waisman: las últimas llamadas desde la Torre Norte
Gabriela Waisman había nacido en el barrio porteño de Caballito y vivía en Nueva York desde los seis años. Tenía 33 años y trabajaba para la empresa de software Sybase. Aquella mañana se encontraba en el piso 106 de la Torre Norte para realizar una presentación profesional.

Durante los momentos posteriores al impacto consiguió comunicarse telefónicamente con familiares. En esas llamadas describió el humo y la dificultad creciente para respirar. En su último contacto telefónico estaba llorando y ya no podía respirar con normalidad. Después de las 9:00 de la mañana se perdió definitivamente la comunicación con ella.
Mario Santoro: salió de su casa para ayudar
Mario Santoro, nacido en Rosario, tenía 28 años y trabajaba como técnico en emergencias médicas en el Presbyterian Hospital de Nueva York. Era padre de una niña de apenas dos años y se encontraba de franco aquella mañana.

Desde su vivienda, situada a pocas cuadras del World Trade Center, observó una enorme columna de humo. Su reacción fue dirigirse inmediatamente hacia el lugar. Según el relato recogido por Los Andes, dijo: “Me voy para allá, me van a necesitar”. Luego se comunicó con un compañero de ambulancia para coordinar un punto de encuentro en una de las entradas de las torres. Nunca volvió a ser escuchado.
Su historia quedó especialmente asociada con la de los trabajadores de emergencia que, aun teniendo la posibilidad de mantenerse alejados, se dirigieron hacia una zona que se estaba convirtiendo en uno de los lugares más peligrosos de Nueva York.
Cinco historias que permanecen 25 años después
Las vidas de Villanueva, Grehan, Chalcoff, Waisman y Santoro fueron diferentes, pero terminaron unidas por aquella mañana. Tres estaban dentro de las Torres Gemelas cuando ocurrieron los impactos y otros dos acudieron posteriormente al lugar para responder a la emergencia.
A un cuarto de siglo de los atentados, sus nombres continúan formando parte de la memoria argentina sobre el 11-S. Detrás de cada nombre hubo familias, hijos, padres, hermanos, parejas y proyectos que quedaron interrumpidos de manera abrupta. La distancia entre Nueva York y Argentina no impidió que aquella tragedia tuviera también un profundo impacto en numerosas familias argentinas.
El 11 de septiembre no solo dejó una cifra de víctimas. Dejó historias individuales que permiten comprender la dimensión humana de la tragedia. Veinticinco años después, recordar a los cinco argentinos que murieron aquel día significa recuperar sus nombres, sus profesiones, sus familias y las decisiones que tomaron en las últimas horas de sus vidas. Son cinco historias argentinas dentro de una tragedia que cambió al mundo.
Foto: Los Andes
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