Durante décadas, los fósiles llevaron a los científicos a comparar a Miracinonyx trumani con el guepardo africano por su cuerpo esbelto, sus largas extremidades y su apariencia de corredor veloz. Ahora, el ADN antiguo y el análisis químico de sus restos están obligando a reescribir esa historia: el llamado “guepardo americano” era en realidad un pariente cercano del puma y desarrolló estrategias de supervivencia mucho más diversas de lo que se pensaba.
El animal habitó Norteamérica durante el Pleistoceno, aproximadamente entre 2,5 millones y 16.000 años atrás. Sus restos habían llevado a los paleontólogos a imaginar un gran felino especializado en perseguir presas rápidas en espacios abiertos. Su anatomía parecía respaldar esa interpretación: tenía un cuerpo ligero, extremidades delanteras largas y cavidades nasales grandes, características que recordaban al guepardo moderno.
Pero la nueva investigación, dirigida por científicos de la Universidad de California en Santa Cruz, utilizó paleogenómica nuclear y análisis de isótopos estables de fósiles procedentes de distintas regiones de Norteamérica. El resultado permitió establecer que Miracinonyx trumani estaba mucho más emparentado con el puma (Puma concolor) que con el guepardo africano (Acinonyx jubatus). Las dos líneas evolutivas se separaron hace aproximadamente 2,6 millones de años.
Parecía un guepardo, pero evolucionó de otra manera
La semejanza física entre ambos animales constituye un ejemplo extraordinario de evolución convergente. Esto ocurre cuando especies que no son estrechamente emparentadas desarrollan características similares porque enfrentan problemas ambientales parecidos.
En este caso, un cuerpo estilizado y unas extremidades largas podían resultar ventajosos para desplazarse rápidamente por las grandes praderas de la Norteamérica prehistórica. El parecido, sin embargo, no significa que el Miracinonyx fuera un guepardo ni que hubiera heredado de él esas características.
La nueva evidencia genética cambia además la imagen de un depredador exclusivamente especializado en perseguir animales veloces. Los científicos descubrieron que distintas poblaciones podían adaptarse de manera muy diferente a las condiciones locales.
Un felino que comía pescado en el Ártico
Uno de los resultados más sorprendentes apareció en fósiles encontrados en el Yukón, en el extremo noroccidental de Canadá. Allí, los análisis isotópicos indican que algunas poblaciones de Miracinonyx trumani ocupaban un nicho ecológico completamente diferente del que durante años se había atribuido a la especie.
Los animales del norte parecen haber consumido grandes cantidades de peces, probablemente especies migratorias como el salmón. Esto significa que el supuesto “guepardo americano” llegó mucho más al norte de lo que se reconocía anteriormente y pudo sobrevivir en ambientes árticos aprovechando recursos acuáticos.
El rango geográfico conocido de la especie se extendía aproximadamente 20 grados de latitud más hacia el norte de lo que se había reconocido. La presencia de estos felinos en Beringia resulta especialmente llamativa: esa antigua región conectaba Siberia y Alaska durante determinados períodos del Pleistoceno y fue escenario de una extraordinaria concentración de grandes mamíferos.
En cambio, las poblaciones que vivían más al sur, en lugares como Wyoming y Florida, parecen haber tenido una dieta más generalista y habitaron ambientes de pastizales templados. La especie, por tanto, no tenía necesariamente una única estrategia alimentaria.
El ADN también encontró adaptaciones al frío extremo
La investigación encontró además modificaciones genéticas que podrían haber ayudado a estos felinos a soportar las condiciones particulares de las regiones septentrionales.
Los científicos identificaron mutaciones de pérdida de función en determinados genes relacionados con los ritmos circadianos. Estos cambios podrían haber ayudado a las poblaciones del norte a adaptarse a los ciclos extremos de luz y oscuridad característicos de las latitudes árticas, donde durante determinadas épocas del año los días y las noches pueden prolongarse durante períodos extraordinarios.
También se detectó una modificación relacionada con la percepción de sabores ácidos, una característica que los investigadores consideran particularmente llamativa porque podría estar relacionada con la especialización alimentaria de algunas poblaciones.
¿Por qué desapareció?
El estudio también aporta nuevas pistas sobre la desaparición de Miracinonyx trumani, que ocurrió aproximadamente al final del Pleistoceno, hace unos 13.000 años, aunque el rango temporal de sus últimos registros puede variar según los fósiles considerados.
Una hipótesis que podría parecer sencilla sería atribuir su desaparición a una pérdida extrema de diversidad genética y a la endogamia. Sin embargo, los investigadores encontraron algo más complejo.
Las poblaciones estudiadas presentaban una diversidad genética relativamente baja, pero no mostraban las señales típicas de un colapso repentino provocado por una intensa endogamia. En lugar de una caída brusca, la diversidad genética habría disminuido lentamente durante un período muy prolongado.
Según los investigadores, esa reducción gradual pudo dejar a la especie con menos capacidad para responder a los cambios ambientales que se produjeron al finalizar la última edad de hielo. El clima comenzó a transformarse, muchos ecosistemas cambiaron y desaparecieron numerosos grandes mamíferos que habían caracterizado la fauna del Pleistoceno.
El nombre puede haber engañado durante décadas
El caso del “guepardo americano” muestra uno de los problemas más interesantes de la paleontología: los animales extintos deben reconstruirse a partir de evidencias incompletas.
Cuando los científicos encuentran un fósil con una anatomía que recuerda a una especie moderna, existe una tendencia natural a utilizarla como referencia. Pero la genética puede revelar una historia completamente diferente.
Miracinonyx trumani no era un guepardo norteamericano. Era un felino emparentado con el puma que desarrolló una anatomía semejante a la del guepardo debido a las presiones evolutivas de su ambiente. Y, lejos de ser simplemente un corredor de las praderas, fue capaz de ocupar hábitats muy diferentes y explotar recursos tan distintos como los grandes mamíferos terrestres y los peces.
El descubrimiento transforma la imagen de uno de los grandes depredadores desaparecidos de Norteamérica. El antiguo “guepardo americano” no solo tenía un parentesco distinto del que se suponía: también era mucho más adaptable. Su historia demuestra que la evolución puede producir formas corporales prácticamente idénticas en animales diferentes y que el ADN antiguo puede revelar comportamientos que los huesos, por sí solos, jamás habrían contado.
Foto: Julius Csotonyi / UC Santa Cruz
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