La discusión sobre la edad y las condiciones de acceso de niños y adolescentes a las redes sociales gana fuerza en distintos países, pero especialistas advierten que el problema puede comenzar mucho antes de que un menor abra su primera cuenta. El verdadero desafío aparece cuando el teléfono, la tableta o la televisión empiezan a ocupar el tiempo destinado al juego, la conversación, el movimiento, la exploración y el aprendizaje.
La cuestión ya no se limita a contar cuántas horas pasa un niño frente a una pantalla. El debate internacional incorpora también la forma en que se utiliza la tecnología, el tipo de contenido al que acceden los menores y, especialmente, qué actividades están siendo desplazadas por ese consumo digital. La Organización Mundial de la Salud sostiene que los entornos digitales tienen efectos tanto potencialmente beneficiosos como perjudiciales sobre la salud infantil y juvenil y plantea la necesidad de maximizar sus beneficios sin ignorar sus riesgos.
La psicóloga Karen Escudero, consultada por InfoNegocios, coloca el foco en los primeros años de vida. En esa etapa, explicó, el cerebro se encuentra en pleno desarrollo y los niños aprenden fundamentalmente mediante el vínculo con otras personas, el juego, el movimiento, la exploración y la interacción con su entorno. El problema no sería la pantalla por sí misma, sino cuando empieza a sustituir experiencias esenciales para el desarrollo.
Cuando la pantalla reemplaza experiencias fundamentales
Una jornada infantil está compuesta por numerosas experiencias que no pueden ser sustituidas completamente por contenidos digitales: conversar con los padres, jugar con otros niños, manipular objetos, correr, resolver pequeños conflictos, escuchar un cuento, esperar un turno o simplemente aburrirse.
La especialista advierte precisamente sobre ese desplazamiento. Cuando un niño permanece durante largos períodos frente a un dispositivo, puede reducirse el tiempo disponible para conversar, jugar, realizar actividad física o explorar directamente el ambiente. El riesgo, por tanto, no está solamente en la pantalla, sino en lo que deja de ocurrir mientras la pantalla está encendida.
Esta preocupación coincide con las recomendaciones de la OMS para la primera infancia, que vinculan el bienestar con un equilibrio adecuado entre actividad física, sueño y tiempo sedentario frente a pantallas. Para los menores de cinco años, la organización recomienda limitar el tiempo de actividades sedentarias basadas en pantallas y priorizar el movimiento, el descanso y las experiencias activas.
Sueño, lenguaje y atención bajo observación
Uno de los puntos que más preocupa a especialistas es el impacto que puede producir una exposición excesiva cuando comienza a interferir con el sueño y las actividades cotidianas.
El informe, elaborado por la Universidad Austral y el Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat de Buenos Aires sobre hábitos digitales de familias con niños de hasta cinco años, identificó preocupaciones relacionadas con alteraciones del sueño, dificultades en el desarrollo del lenguaje, atención, ansiedad y menor tolerancia a la frustración.
El lenguaje constituye un ejemplo particularmente importante. Un niño no aprende solamente escuchando palabras provenientes de una pantalla. Necesita participar en una interacción: escuchar a otra persona, responder, observar expresiones faciales, equivocarse, recibir una respuesta y volver a intentarlo.
Por eso, una conversación entre un adulto y un niño tiene componentes que un contenido audiovisual no reproduce completamente. El intercambio permite desarrollar comunicación, comprensión de emociones, turnos conversacionales y habilidades sociales.
El teléfono como “calmante” también genera preocupación
Otro comportamiento que empieza a ser observado con mayor atención es el uso del teléfono como herramienta automática para detener el llanto, el aburrimiento, una rabieta o la impaciencia.
La estrategia puede funcionar inmediatamente: el niño recibe un estímulo atractivo y deja de protestar. Sin embargo, según Escudero, el problema aparece cuando cada emoción incómoda termina siendo respondida con una pantalla.
Los momentos de espera y aburrimiento también forman parte del aprendizaje. Un niño necesita desarrollar progresivamente recursos propios para tolerar que algo no ocurra inmediatamente, manejar la frustración y encontrar alternativas para entretenerse.
La pantalla puede convertirse así en una solución demasiado rápida para situaciones que, desde el punto de vista del desarrollo emocional, también deberían ser oportunidades de aprendizaje.
¿Cuáles son las señales que deberían observar los padres?
No es necesario esperar a que exista una dependencia diagnosticada para revisar los hábitos digitales. Entre las señales que la especialista recomienda observar aparecen la irritabilidad intensa cuando se retira el dispositivo, dificultad para entretenerse sin pantallas, problemas de sueño, pérdida de interés por otras actividades, aislamiento social y conflictos familiares frecuentes relacionados con el uso de la tecnología.
En adolescentes pueden agregarse otros comportamientos: necesidad permanente de revisar notificaciones, ansiedad por permanecer conectados, comparación constante con otras personas en redes sociales y modificaciones de la autoestima.
La OMS también advierte que la relación entre tecnología y salud mental no es sencilla ni exclusivamente de causa y efecto. El uso digital puede influir sobre el bienestar, pero los jóvenes que ya atraviesan dificultades también pueden recurrir con mayor intensidad a las plataformas digitales. Por eso, el contexto individual y familiar debe ser considerado.
Paraguay también debate cómo regular los dispositivos
El debate no es ajeno a Paraguay. En marzo de 2026, comisiones del Senado analizaron un proyecto de ley destinado a regular el uso de dispositivos electrónicos portátiles en instituciones educativas de los niveles inicial, escolar básico y medio. La iniciativa buscaba proteger los procesos de enseñanza-aprendizaje y la salud mental de niños y adolescentes.
El Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación también informó sobre la participación de Paraguay en un conversatorio regional con Brasil, Argentina y Chile para analizar la regulación de celulares en los entornos educativos. El planteamiento oficial destacó que la discusión debe acompañarse de inclusión digital, formación docente y acceso equitativo a la tecnología.
Además, desde el propio sistema sanitario paraguayo se ha insistido en recuperar experiencias presenciales. Una especialista del Instituto de Previsión Social recomendó promover durante la infancia mayor presencia familiar, juego, movimiento y vínculos cara a cara, sin plantear una eliminación absoluta de la tecnología.
¿Prohibir las redes sociales es suficiente?
Varios países han comenzado a establecer restricciones de edad o a estudiar mecanismos de verificación. El caso de Australia ocupa un lugar destacado por establecer una edad mínima de 16 años para determinadas plataformas, mientras que distintos países europeos analizan medidas adicionales de protección para menores.
Pero una prohibición por sí sola difícilmente resolverá todos los problemas. La psicóloga consultada por InfoNegocios plantea que “prohibir no educa” y considera que las restricciones deberían acompañarse de educación digital, prevención, participación familiar y espacios de diálogo con los adolescentes.
El desafío consiste entonces en enseñar a utilizar la tecnología sin permitir que esta termine organizando toda la vida cotidiana del menor. Una familia puede establecer horarios, zonas de la casa sin dispositivos, momentos destinados a conversar y comer sin teléfonos y períodos previos al sueño libres de pantallas.
Y la regla también debe alcanzar a los adultos. Los niños observan el comportamiento de sus padres y cuidadores. Resulta difícil enseñar que el teléfono debe dejarse a un lado durante una conversación si los adultos permanecen permanentemente pendientes de sus propias notificaciones.
El verdadero debate: qué infancia queremos construir
La discusión sobre las redes sociales no debería reducirse a una guerra entre tecnología y educación tradicional. Los niños crecerán en un mundo digital y necesitarán aprender a utilizar sus herramientas. La cuestión es determinar qué lugar ocuparán esas herramientas dentro de una vida que también necesita juego, movimiento, imaginación, conversación, afecto y contacto con otras personas.
El problema comienza cuando la pantalla deja de ser una herramienta y se convierte en el principal mecanismo para entretener, tranquilizar, ocupar el tiempo o evitar cualquier situación de frustración.
La pregunta que queda abierta para las familias, las escuelas y los gobiernos es sencilla, pero de enorme trascendencia: ¿estamos enseñando a los niños solamente a utilizar la tecnología o también les estamos dando las herramientas para vivir bien cuando la tecnología no está presente?
Foto: Imagen ilustrativa
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