El fenómeno de El Niño amenaza con agravar la situación alimentaria de América Latina y el Caribe durante los próximos meses. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas estima que más de 16 millones de personas adicionales podrían sufrir inseguridad alimentaria como consecuencia del impacto del fenómeno sobre las lluvias, las cosechas y los medios de vida rurales. A escala mundial, la estimación asciende a unos 49 millones de personas adicionales.
La advertencia fue realizada por Lena Savelli, directora regional del PMA para América Latina y el Caribe, durante una visita a Tegucigalpa, donde se reunió con el presidente hondureño Nasry Asfura. Savelli explicó que la sequía asociada a El Niño puede deteriorar la producción agrícola y aumentar la vulnerabilidad de millones de familias que dependen directamente de la agricultura para obtener alimentos e ingresos.
La preocupación no se limita a una eventual reducción de las cosechas. Cuando las lluvias se alteran durante las temporadas de siembra y producción, las familias rurales pueden perder simultáneamente alimentos, ingresos, semillas y animales, lo que dificulta la recuperación para la siguiente campaña agrícola. El encarecimiento de determinados productos también puede trasladar el impacto hacia las poblaciones urbanas.
Centroamérica aparece entre las zonas más expuestas
Uno de los puntos críticos es el denominado Corredor Seco de Centroamérica, una extensa franja que atraviesa territorios de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, además de zonas del sur de México y Costa Rica. Allí millones de personas dependen de cultivos de subsistencia y de unas lluvias que presentan una elevada variabilidad.
El PMA calcula que América Central podría registrar un incremento proporcional de la inseguridad alimentaria de 83,1%, el mayor aumento entre las regiones analizadas en su evaluación. El organismo advierte que las poblaciones que ya enfrentan pobreza, inestabilidad económica o episodios climáticos recurrentes tienen menos capacidad para absorber un nuevo golpe.
Honduras constituye un ejemplo de esta vulnerabilidad. Más de un centenar de comunidades fueron declaradas en alerta roja durante agosto debido a la sequía, con pérdidas parciales y totales en cultivos de maíz y frijol, alimentos fundamentales para la dieta de numerosas familias.
El fenómeno todavía puede intensificarse
La alerta alimentaria adquiere mayor importancia porque El Niño todavía no habría alcanzado su máxima intensidad. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó el 3 de septiembre que el fenómeno ya está firmemente establecido y que existe una probabilidad cercana al 100% de que persista hasta febrero de 2027. Los modelos apuntan a una intensificación durante los próximos meses, con un posible máximo hacia finales de 2026.
El Pacífico tropical presenta temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas. La OMM advierte que un episodio de intensidad muy fuerte puede modificar significativamente los patrones de lluvia y temperatura y aumentar el riesgo de sequías, inundaciones, olas de calor y otros fenómenos extremos.
Reuters informó que las temperaturas de algunas zonas del Pacífico asociadas al fenómeno ya se encontraban más de 2 °C por encima de lo normal, y que este episodio se encuentra entre los cuatro El Niño clasificados como “muy fuertes” desde que existen registros comparables desde 1950.
¿Qué significa para el Mercosur?
Aunque la advertencia del PMA está centrada en América Latina y el Caribe y sus efectos no serán iguales en todos los países, el desarrollo de un El Niño excepcional también representa un asunto estratégico para el Mercosur.
Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina tienen sectores agropecuarios altamente integrados al comercio regional y mundial. Alteraciones importantes en las lluvias pueden afectar rendimientos agrícolas, disponibilidad de agua, producción ganadera, generación hidroeléctrica, transporte fluvial y precios de alimentos.
El impacto, sin embargo, no puede interpretarse simplemente como una sequía generalizada para todo el Mercosur. El Niño modifica los patrones climáticos de manera diferente según la región y la época del año. Algunas zonas pueden recibir precipitaciones superiores a lo normal mientras otras enfrentan déficit hídrico. Por eso, los efectos concretos deberán seguirse mediante los pronósticos regionales y nacionales.
La experiencia reciente demuestra además que un mismo fenómeno puede generar consecuencias opuestas dentro de un mismo país: mientras una región enfrenta exceso de lluvia e inundaciones, otra puede sufrir sequía y pérdidas agrícolas.
El PMA pide actuar antes de que llegue la crisis
Para Naciones Unidas, la respuesta no debería comenzar cuando las familias ya hayan perdido sus cosechas. El PMA plantea anticipar la emergencia mediante sistemas de alerta temprana, asistencia económica, semillas resistentes a la sequía o a las inundaciones, protección del ganado, almacenamiento de agua y apoyo a los agricultores.
La organización ya había advertido en agosto que, en los 45 países analizados, la cantidad de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda podría pasar de aproximadamente 225 millones a 274 millones, un aumento cercano al 22%, si los impactos climáticos asociados a El Niño se combinan con otras vulnerabilidades.
En América Latina y el Caribe, el desafío se suma a una situación alimentaria que ya presenta importantes dificultades. En mayo, FAO, FIDA y PMA señalaron que más de 33 millones de personas padecían hambre en la región, 167 millones enfrentaban inseguridad alimentaria moderada o grave y más de 181 millones no podían permitirse una alimentación saludable.
Una amenaza climática que puede convertirse en crisis económica
El riesgo de El Niño no termina en el campo. Una caída importante de la producción puede repercutir en precios, exportaciones, ingresos rurales, empleo, disponibilidad de alimentos y gasto público destinado a atender emergencias.
Para países cuya economía depende en gran medida de las materias primas agrícolas, la previsibilidad climática adquiere una importancia estratégica. Una temporada especialmente adversa puede modificar las decisiones de siembra, los costos de producción y la disponibilidad de determinados productos en los mercados regionales.
Por eso, el dato de los 16 millones de personas adicionales no debe interpretarse únicamente como una estadística humanitaria. Es también una advertencia sobre el posible impacto que un episodio climático excepcional puede tener sobre los sistemas alimentarios latinoamericanos.
El Niño todavía tiene varios meses por delante y los científicos esperan que alcance su mayor intensidad hacia finales de 2026. Para millones de familias rurales, la diferencia entre una emergencia controlable y una crisis alimentaria dependerá en buena medida de cuánto se pueda anticipar el problema. La ONU ya está haciendo sonar la alarma: preparar alimentos, agua, semillas, asistencia social y sistemas de producción antes de que lleguen los efectos más severos puede ser decisivo.
Foto: Jesús Riveros / ABC Color
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