La Tierra puede pasar días, semanas e incluso meses produciendo decenas o cientos de pequeños terremotos en una misma zona sin que ninguno sea necesariamente “el gran terremoto”. Ese fenómeno recibe el nombre de enjambre sísmico y está volviendo a ocupar la atención de los científicos debido a la intensa actividad registrada recientemente en Granada, España, mientras Sudamérica también atraviesa una etapa de elevada actividad sísmica. La diferencia con una secuencia convencional de réplicas es fundamental: en un enjambre no existe necesariamente un terremoto principal claramente dominante, sino una sucesión de movimientos que pueden presentar magnitudes relativamente similares.
Para entender qué ocurre hay que bajar muchos kilómetros bajo nuestros pies. La superficie terrestre está dividida en grandes placas tectónicas que se desplazan lentamente sobre el manto. Cuando esas placas chocan, se separan o se deslizan unas respecto de otras, acumulan tensión en las rocas y en las fallas geológicas. Cuando la resistencia de una zona finalmente es superada, se produce una ruptura o desplazamiento y la energía acumulada se libera en forma de ondas sísmicas. El punto donde comienza la ruptura se denomina hipocentro, mientras que el lugar situado directamente sobre él en la superficie es el epicentro.
En un terremoto convencional, la secuencia suele ser relativamente fácil de reconocer: primero aparece un evento principal de mayor magnitud y posteriormente se producen réplicas, normalmente más pequeñas, mientras la corteza se reajusta alrededor de la zona que acaba de romperse. En un enjambre, en cambio, la situación es diferente. Pueden producirse numerosos movimientos sin que uno de ellos domine claramente al resto. La actividad puede aumentar, disminuir y volver a intensificarse durante días o semanas, haciendo difícil saber en tiempo real exactamente qué está ocurriendo bajo tierra.
Granada ofrece actualmente un ejemplo particularmente interesante. Desde mediados de agosto se han registrado cientos de movimientos sísmicos en la provincia, incluidos terremotos que llegaron a magnitudes cercanas a 5. Los especialistas están estudiando si la secuencia debe clasificarse como un verdadero enjambre o como una serie de réplicas alrededor de uno o varios terremotos principales. Esa diferencia no es simplemente una cuestión de terminología: permite comprender cómo está liberándose la tensión acumulada en las fallas de la región.
La geología de Granada ayuda a explicar la situación. La zona se encuentra en el límite de interacción entre las placas africana y euroasiática, que se aproximan unos 4 a 5 milímetros por año en la región de la Vega de Granada. Parece un movimiento insignificante, pero durante miles o millones de años representa una enorme deformación acumulada en la corteza. Esa tensión puede liberarse mediante fallas activas que atraviesan el subsuelo de la región.
Lo inquietante de un enjambre es precisamente que la Tierra no avisa cuál será el próximo movimiento. Un conjunto de pequeños terremotos puede desaparecer progresivamente sin producir un evento mayor, pero también puede incluir posteriormente un movimiento más fuerte. Por eso los científicos evitan utilizar estos fenómenos como una herramienta de predicción exacta. Que se registren cientos de pequeños temblores no significa automáticamente que vaya a producirse un gran terremoto, pero tampoco permite garantizar que no ocurrirá. La actividad debe analizarse en función de la profundidad, las fallas involucradas, la distribución espacial y la evolución temporal de los movimientos.
La profundidad también cambia completamente la historia. Dos terremotos de igual magnitud pueden producir efectos muy diferentes dependiendo de dónde se origine la ruptura. Un sismo superficial puede provocar una sacudida mucho más intensa en una zona cercana al epicentro, mientras que uno profundo puede sentirse a una distancia considerable pero generar menores efectos locales. Por eso la magnitud por sí sola no permite determinar cuánto daño provocará un terremoto.
Otro concepto fundamental es la diferencia entre magnitud e intensidad. La magnitud mide la energía liberada en el origen del terremoto y corresponde al evento sísmico como fenómeno físico. La intensidad describe cómo se sintió o qué efectos produjo en un lugar determinado. Un mismo terremoto tiene una sola magnitud, pero puede presentar diferentes intensidades según la distancia al epicentro, el tipo de suelo, la profundidad y las características de las construcciones.
Los enjambres tampoco son exclusivos de España. Se han registrado en distintas partes del mundo, incluidos México, Japón, Estados Unidos, Islandia, Italia y otras regiones tectónicamente activas. En Chiapas, por ejemplo, la actividad sísmica está relacionada con la compleja interacción entre las placas de Cocos, Norteamérica y Caribe. La presencia de fallas y procesos tectónicos activos puede generar secuencias de numerosos movimientos en determinadas circunstancias.
Y existe una diferencia importante entre un enjambre y lo que ocurrió recientemente en varias regiones de Sudamérica. Que Perú, Venezuela, Colombia u otros países hayan experimentado terremotos importantes en períodos cercanos no significa que formen parte de un único enjambre continental. Los terremotos pueden coincidir temporalmente sin estar conectados. Cada región tiene sus propias fallas, profundidades, mecanismos de ruptura y condiciones tectónicas.
Esa aclaración resulta especialmente importante porque, cuando varios países registran terremotos en pocas semanas, surge rápidamente la idea de que existe una especie de “reacción en cadena” alrededor del planeta. La sismología no respalda esa interpretación simplemente por observar coincidencias temporales. Para establecer una relación entre terremotos sería necesario demostrar un mecanismo físico y una transferencia de esfuerzos compatible con las características de los eventos.
Entonces, ¿por qué una zona puede temblar tantas veces? Una posibilidad es que el movimiento de una falla redistribuya las tensiones existentes y active segmentos cercanos. Otra es que existan fluidos circulando a través de fracturas profundas, modificando la presión sobre las fallas y facilitando pequeños desplazamientos. También puede intervenir la estructura geológica específica de cada región. No existe una única explicación universal para todos los enjambres sísmicos.
En algunos casos, además, las investigaciones posteriores descubren que lo que inicialmente parecía un enjambre era en realidad una secuencia de réplicas. Eso está ocurriendo precisamente en el análisis de Granada: algunos investigadores han señalado que el episodio actual presenta diferencias respecto del verdadero enjambre registrado allí en 2021, porque en esta ocasión existe un terremoto principal seguido de movimientos decrecientes.
El caso de 2021 resulta especialmente interesante porque demuestra que un mismo territorio puede experimentar diferentes comportamientos sísmicos. La naturaleza no necesariamente repite exactamente el mismo patrón cada vez que una falla se activa. Una secuencia puede comenzar con pequeños movimientos y crecer; otra puede tener un terremoto principal y luego réplicas; otra puede mantenerse durante semanas con numerosos eventos de magnitud parecida.
Por eso los científicos necesitan observar no solamente cuántos terremotos ocurren, sino también dónde están sus epicentros, a qué profundidad se producen, cómo se distribuyen las magnitudes y qué mecanismos de falla presentan. Cuando esos datos se colocan sobre mapas y modelos tridimensionales, los investigadores pueden comenzar a reconstruir qué segmentos de la corteza están participando en la actividad.
El enjambre sísmico es, en cierto sentido, una conversación entre las fallas de la Tierra. Una ruptura modifica las condiciones de las rocas próximas; esas rocas responden; otras fallas pueden desplazarse; la tensión vuelve a redistribuirse. El resultado puede ser una sucesión aparentemente caótica de pequeños terremotos que, en realidad, refleja un complejo proceso de reajuste subterráneo.
Pero hay algo que la ciencia todavía no puede hacer: decir exactamente cuándo ocurrirá el próximo gran terremoto y cuál será su magnitud. Los instrumentos modernos permiten detectar movimientos diminutos, localizar fallas y estudiar patrones históricos, pero no proporcionan un reloj capaz de anunciar con precisión el momento de una ruptura futura.
Esa limitación es fundamental. Un enjambre no debe convertirse automáticamente en una predicción. Cientos de pequeños terremotos pueden disipar parte de la energía acumulada y desaparecer; también pueden formar parte de un proceso que posteriormente produzca un movimiento mayor. Sin información suficiente, ninguna de las dos posibilidades puede presentarse como certeza.
Lo que sí puede hacer la ciencia es convertir esa incertidumbre en preparación. Los terremotos no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden reducirse. Construcciones resistentes, inspecciones estructurales, sistemas de alerta, planes de evacuación, educación de la población y conocimiento de las zonas de riesgo pueden marcar una diferencia enorme cuando finalmente ocurre un movimiento fuerte.
Y esa es probablemente la verdadera importancia de los enjambres sísmicos. No son necesariamente una advertencia de que viene un terremoto gigantesco. Son una ventana excepcional para observar cómo se comporta la corteza terrestre mientras libera tensión.
Granada vuelve a recordarlo. Una zona que parecía tranquila puede comenzar a registrar decenas, cientos o incluso miles de pequeños movimientos. Los instrumentos los detectan uno tras otro y los científicos intentan reconstruir el proceso que está ocurriendo a varios kilómetros de profundidad. Algunos desaparecerán. Otros serán réplicas. Algunos podrían alcanzar magnitudes mayores.
La Tierra no está quieta aunque nosotros no podamos sentirla. Las placas continúan desplazándose milímetro a milímetro, las fallas acumulan deformación y, de vez en cuando, esa energía encuentra una salida. Un enjambre sísmico es una de las formas más visibles de ese movimiento permanente.
Por eso, cuando una ciudad registra decenas de terremotos en pocos días, la pregunta más importante no debería ser solamente “¿viene un terremoto más grande?”. La pregunta científica es mucho más profunda: “¿qué está haciendo la corteza terrestre en este momento y qué nos están diciendo todos esos pequeños movimientos?”
Cada temblor es una señal. El desafío de los científicos consiste en descifrar si estamos viendo el final de un reajuste, el comienzo de uno nuevo o simplemente una de las muchas formas en que nuestro planeta libera, lentamente, la energía acumulada bajo nuestros pies.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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