
La rodilla es una de las articulaciones que más exigencia soporta durante la práctica deportiva y concentra una parte importante de las lesiones provocadas por impactos, giros bruscos, aterrizajes, sobrecarga y movimientos repetitivos. Un estudio citado por Infobae, realizado sobre más de 930 atletas, estimó que las lesiones de rodilla representaron el 41% de los traumatismos relacionados con la actividad deportiva, con una incidencia particularmente elevada entre los jóvenes de 16 a 20 años.
La complejidad de la articulación ayuda a explicar esa vulnerabilidad. La rodilla reúne huesos, cartílagos, meniscos, ligamentos, tendones y estructuras que permiten absorber cargas y mantener la estabilidad. Cuando una de ellas se daña, el tratamiento puede ir desde reposo y fisioterapia hasta una intervención quirúrgica, dependiendo de la gravedad y del tejido afectado.
Entre las lesiones que más preocupan a los deportistas se encuentra la rotura del ligamento cruzado anterior (LCA). Es especialmente frecuente en fútbol, básquet y vóley, disciplinas en las que son habituales los cambios repentinos de dirección, frenadas y saltos. Puede producirse incluso sin contacto directo, por ejemplo, cuando un deportista aterriza mal o gira bruscamente con el pie apoyado.
Una rotura importante del LCA suele provocar dolor, inflamación e inestabilidad, y muchas veces el deportista describe haber escuchado o sentido un chasquido en el momento de la lesión. En los casos que requieren cirugía, la recuperación deportiva es prolongada y suele demandar varios meses de rehabilitación. No todas las lesiones del LCA necesitan necesariamente una operación: la decisión depende de la edad, el nivel deportivo, la inestabilidad y las características concretas de cada lesión.
Otra lesión ligamentaria es la del ligamento cruzado posterior (LCP). A diferencia del LCA, suele producirse cuando la parte frontal de la tibia recibe un golpe fuerte mientras la rodilla está flexionada, aunque también puede aparecer después de una caída o de una hiperextensión. El dolor, la inflamación y la sensación de inestabilidad son algunos de sus síntomas habituales.
Los casos leves o moderados del LCP pueden responder favorablemente a un tratamiento conservador que incluya protección de la articulación, control de la inflamación y fortalecimiento muscular. Las lesiones graves o acompañadas por daños en otras estructuras requieren una evaluación especializada para determinar el tratamiento más adecuado.
También están los ligamentos colaterales, situados a ambos lados de la rodilla. El ligamento colateral medial puede lesionarse después de recibir un golpe desde el exterior de la articulación, mientras que el ligamento colateral lateral puede dañarse cuando la rodilla se desplaza hacia afuera o recibe determinadas fuerzas mientras el pie permanece fijo.
Cuando no existe una rotura completa, muchas lesiones de estos ligamentos pueden tratarse sin cirugía mediante fisioterapia, fortalecimiento y una recuperación progresiva. Sin embargo, una lesión ligamentaria importante debe ser evaluada antes de volver a practicar deporte, porque regresar demasiado pronto puede aumentar la inestabilidad y favorecer nuevas lesiones.
El menisco representa otro de los principales problemas entre quienes realizan actividad física. Cada rodilla tiene dos meniscos, estructuras de cartílago que funcionan como amortiguadores entre el fémur y la tibia. Un giro brusco con el pie apoyado o un impacto puede provocar una rotura.
El dolor, la rigidez, la inflamación y la sensación de que la rodilla se traba o queda bloqueada son signos frecuentes. El tratamiento depende de la ubicación y extensión de la rotura. Algunas lesiones pueden mejorar con fisioterapia y manejo conservador, mientras que otras necesitan una artroscopia, procedimiento mediante el cual se interviene la articulación utilizando una cámara e instrumentos pequeños.
La tendinitis rotuliana, conocida también como “rodilla del saltador”, aparece principalmente como consecuencia de una sobrecarga repetitiva del tendón que conecta la rótula con la tibia. Es habitual entre jugadores de vóley y básquet y entre atletas que realizan saltos de manera frecuente.
El dolor suele localizarse en la zona situada debajo de la rótula y puede aumentar al correr, saltar o realizar movimientos que cargan repetidamente la articulación. El tratamiento suele centrarse en modificar temporalmente la carga, controlar el dolor y desarrollar un programa de fortalecimiento y fisioterapia, siempre adaptado a cada paciente.
Otra afección muy habitual es el síndrome de dolor patelofemoral, conocido popularmente como “rodilla del corredor”. En este caso, el dolor aparece en la zona anterior de la articulación, alrededor o detrás de la rótula, y puede intensificarse al correr, subir escaleras, permanecer mucho tiempo sentado o realizar sentadillas.
A diferencia de una rotura ligamentaria, no necesariamente existe un episodio traumático claramente identificable. Puede desarrollarse progresivamente como consecuencia de una combinación de sobrecarga, problemas de fuerza muscular y alteraciones en la forma en que la articulación soporta el movimiento. La fisioterapia suele incluir ejercicios para fortalecer cuádriceps, isquiotibiales y musculatura de la cadera, además de una adaptación progresiva de la actividad física.
La bursitis de rodilla completa el grupo de afecciones destacadas. Las bursas son pequeñas bolsas llenas de líquido que disminuyen la fricción entre diferentes tejidos alrededor de la articulación. Cuando se inflaman, pueden aparecer dolor, sensibilidad, calor local y limitación del movimiento.
La bursitis puede estar relacionada con golpes repetidos, presión prolongada o sobrecarga. En muchos casos se controla con reposo relativo, medidas para reducir la inflamación y tratamiento indicado por un profesional. No todas las inflamaciones de rodilla tienen el mismo origen, por lo que identificar correctamente la estructura afectada es fundamental antes de iniciar cualquier tratamiento.
A estas lesiones se suman otros traumatismos que también pueden comprometer seriamente la articulación, como fracturas y luxaciones. Una caída fuerte, una colisión o un impacto de alta energía puede afectar simultáneamente huesos, ligamentos, cartílagos y meniscos. En esos casos, la evaluación médica debe realizarse con rapidez.
La prevención ocupa un lugar importante, especialmente entre quienes entrenan varias veces por semana. Un buen calentamiento, el fortalecimiento de la musculatura que estabiliza la rodilla, una progresión razonable de las cargas y una técnica adecuada pueden ayudar a disminuir el riesgo.
También es importante evitar aumentar bruscamente la intensidad del entrenamiento. Pasar de una actividad física ocasional a sesiones muy exigentes sin adaptación puede sobrecargar tendones y estructuras articulares, incluso cuando no existe un traumatismo concreto.
El equipamiento también influye. El calzado adecuado para cada disciplina ayuda a controlar las cargas y proporciona estabilidad, aunque ningún calzado puede compensar por sí solo una técnica deficiente o una sobrecarga excesiva.
Otro aspecto fundamental es la recuperación. El descanso no debería considerarse una interrupción del entrenamiento, sino parte del proceso de adaptación del organismo. Entrenar repetidamente sobre una lesión o ignorar un dolor persistente puede transformar un problema inicialmente manejable en una lesión más prolongada.
El dolor de rodilla después de una actividad deportiva no debe interpretarse automáticamente como una lesión grave, pero tampoco debería ignorarse cuando persiste, aumenta o aparece acompañado de inflamación, bloqueo o sensación de inestabilidad. Una evaluación profesional permite diferenciar una sobrecarga de una lesión estructural y determinar si hacen falta estudios de imagen u otras pruebas.
En particular, después de un traumatismo importante, la imposibilidad de apoyar el peso, una inflamación rápida, una deformidad, un bloqueo de la articulación o una sensación marcada de que la rodilla “cede” son señales que justifican una evaluación médica.
El regreso al deporte también debe ser progresivo. Que el dolor haya disminuido no significa necesariamente que la articulación esté preparada para volver a soportar la misma exigencia anterior. En lesiones ligamentarias, meniscales o tendinosas, recuperar fuerza, movilidad, coordinación y estabilidad es parte fundamental del proceso.
La rehabilitación puede ser especialmente extensa en las lesiones del LCA. En deportistas que requieren reconstrucción quirúrgica, los programas de recuperación suelen extenderse durante muchos meses y buscan no solo recuperar el movimiento, sino también reducir el riesgo de una nueva lesión.
La edad también puede influir en el tipo de lesión y en la recuperación. Los jóvenes que practican deportes de alta intensidad están expuestos a traumatismos ligamentarios, mientras que el desgaste acumulado puede adquirir mayor relevancia con el paso de los años.
Además, las lesiones de rodilla no afectan de la misma manera a todos los deportistas. El deporte practicado, la frecuencia de entrenamiento, el nivel competitivo, antecedentes de lesiones y características individuales modifican el riesgo.
En deportes que exigen saltos y cambios rápidos de dirección, por ejemplo, las lesiones ligamentarias tienen una importancia particular. En corredores, en cambio, pueden adquirir mayor protagonismo los problemas relacionados con la sobrecarga y el síndrome de dolor patelofemoral.
Por eso, hablar de “una lesión de rodilla” resulta demasiado general. El tratamiento correcto depende de qué estructura está dañada, cómo se produjo la lesión y cuál es el nivel de afectación. Un mismo síntoma puede aparecer en problemas muy diferentes y requerir tratamientos completamente distintos.
La medicina deportiva busca actualmente no solo recuperar al atleta después de una lesión, sino también identificar factores de riesgo antes de que el problema aparezca. El fortalecimiento muscular, el entrenamiento neuromuscular y la mejora de las técnicas de aterrizaje y cambio de dirección forman parte de las estrategias preventivas utilizadas en diferentes disciplinas.
La recuperación tampoco termina necesariamente cuando desaparece el dolor. Volver a competir exige recuperar la capacidad de realizar los movimientos específicos del deporte con seguridad y confianza.
Las ocho afecciones —lesiones del LCA, LCP, ligamentos colaterales, menisco, tendón rotuliano, síndrome de dolor patelofemoral y bursitis— muestran que la rodilla puede lesionarse tanto por un traumatismo repentino como por el desgaste provocado por movimientos repetidos. Algunas requieren cirugía, otras responden a fisioterapia y rehabilitación, y muchas pueden prevenirse o reducir su gravedad mediante una preparación física adecuada.
La principal recomendación para los deportistas es no intentar determinar por cuenta propia qué estructura está dañada. Un diagnóstico adecuado es el primer paso para elegir el tratamiento y establecer cuándo es seguro regresar a la actividad física. Una rodilla que continúa funcionando pese al dolor no necesariamente está recuperada, y forzarla puede prolongar el problema.
En definitiva, cuidar las rodillas no significa dejar de practicar deporte. Significa entrenar de manera progresiva, fortalecer la musculatura, respetar los períodos de recuperación y prestar atención a las señales que envía el cuerpo. La prevención y una rehabilitación bien dirigida pueden marcar la diferencia entre una pausa temporal y una lesión que termine condicionando durante mucho tiempo la vida deportiva.
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