
UNA HISTORIA PARA REFLEXIONAR.
Una vez un caballo estaba amarrado y se jaloneaba para soltarse, y vino un demonio y lo soltó.
El caballo se metió en la finca de un campesino y comenzó a comerse la siembra.
El dueño de la finca se enojó tomó su rifle y mató al caballo.
Entonces el dueño del caballo también se enojó tomó su rifle por venganza mató al dueño de la finca.
Después la mujer del dueño de la finca lo vió y mató al dueño del caballo.
Entonces el hijo del dueño del caballo se enfureció fuertemente y mató a la mujer del dueño de la finca…
Los vecinos enardecidos, mataron al muchacho y quemaron su casa; entonces le preguntaron al demonio;
¿Por qué hiciste todo eso?
El demonio respondió:
“Yo solamente solté al caballo.”
La historia muestra cómo una acción aparentemente pequeña puede desencadenar consecuencias cada vez mayores. El verdadero sentido de la parábola no está en la figura del demonio, sino en la responsabilidad humana frente a nuestras decisiones y en la facilidad con que podemos convertirnos en parte de una cadena de daño.
La moraleja.
La enseñanza más profunda de esta historia es que no siempre podemos controlar las consecuencias de nuestras acciones, pero sí tenemos responsabilidad sobre aquello que hacemos y sobre la manera en que respondemos después.
El demonio no obligó a nadie a reaccionar con violencia. Soltó el caballo, pero fueron las decisiones posteriores de las personas las que permitieron que el conflicto creciera.
Esta idea nos invita a detenernos antes de actuar. Una palabra pronunciada en un momento de ira, una acusación sin fundamento, una mentira, una humillación o un acto aparentemente pequeño pueden producir consecuencias que jamás imaginamos.
Por eso, la responsabilidad no termina en nuestras intenciones. También debemos preguntarnos:
¿Qué consecuencias puede tener lo que estoy haciendo?
Desde una perspectiva humanista, esta historia nos recuerda que vivimos conectados unos con otros. Nuestras decisiones afectan a otras personas, incluso cuando no lo pretendemos.
El ser humano tiene la capacidad de elegir entre alimentar el conflicto o detenerlo; entre responder al daño con más daño o buscar justicia; entre propagar una acusación o comprobar primero la verdad; entre actuar impulsivamente o reflexionar.
La verdadera grandeza humana no consiste en no equivocarse nunca. Consiste también en tener la capacidad de detener una cadena de consecuencias negativas.
Cuando ocurre una desgracia, resulta fácil buscar inmediatamente un culpable. Sin embargo, la justicia requiere algo más profundo: distinguir responsabilidades, conocer los hechos y evitar que el dolor nos convierta en instrumentos de nuevas injusticias.
La historia del caballo nos recuerda que podemos ser víctimas de una circunstancia y, al mismo tiempo, tener la posibilidad de decidir qué hacemos después de ella.
El peligro de la reacción en cadena.
Muchas tragedias comienzan con un acontecimiento aparentemente pequeño. Una persona se siente ofendida, responde con agresividad; otra devuelve la agresión; alguien más interviene; aparece una nueva acusación y, poco a poco, el problema original queda olvidado.
Lo que comenzó como un hecho termina transformándose en una cadena de resentimiento.
Por eso, una de las mayores expresiones de madurez consiste en saber cuándo detenerse.
Detenerse no significa aceptar la injusticia. Significa comprender que buscar justicia no es lo mismo que buscar venganza.
La justicia intenta reparar, proteger y establecer la verdad. La venganza, en cambio, puede convertirse fácilmente en una nueva fuente de sufrimiento.
También existe responsabilidad por lo que permitimos.
La parábola puede llevarnos a una reflexión todavía más profunda: no solamente somos responsables de lo que hacemos, sino también de aquello que, pudiendo evitarlo, decidimos ignorar.
Un adulto que presencia una situación injusta y guarda silencio; una comunidad que conoce un problema y decide mirar hacia otro lado; una institución que recibe una señal de alarma y no actúa; todos ellos tienen una responsabilidad moral que merece ser examinada.
En especial cuando se trata de personas vulnerables, como los niños, la indiferencia puede tener consecuencias graves.
Por eso, una sociedad humanista no solamente pregunta:
“¿Quién hizo esto?”
También pregunta:
“¿Quién podía proteger, ¿quién podía prevenir y qué podemos hacer para que no vuelva a ocurrir?”
Elegir qué hacer con lo que sucede.
No podemos controlar todo lo que ocurre en nuestra vida. Hay acontecimientos que llegan sin que los hayamos provocado. Pero podemos decidir qué hacemos después.
Podemos alimentar el odio o buscar comprensión.
Podemos difundir rumores o buscar la verdad.
Podemos responder con violencia o intentar detenerla.
Podemos quedarnos en silencio o levantar la voz cuando alguien vulnerable necesita protección.
En esa capacidad de elegir existe una parte esencial de nuestra libertad y de nuestra dignidad.
La historia del caballo y el demonio, entonces, no debería hacernos pensar solamente en el mal que otros pueden provocar. También debería preguntarnos qué hacemos nosotros con las circunstancias que recibimos.
La moraleja de esta historia puede resumirse en una frase:
Una pequeña acción puede iniciar una gran cadena de consecuencias, pero siempre existe la posibilidad de detenerla.
“No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.” Romanos 12:21 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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