
La causa por el fentanilo contaminado que provocó decenas de muertes en Argentina volvió a tomar fuerza durante agosto, con nuevas medidas judiciales que apuntan no solo a los responsables de los laboratorios involucrados, sino también al funcionamiento de los organismos encargados de controlar los medicamentos. El debate se reavivó a partir de una columna publicada por el diario argentino Clarín, que plantea el caso como un ejemplo de descontrol estatal y posibles responsabilidades políticas. Más allá de esa interpretación editorial, la investigación judicial efectivamente avanzó sobre las actuaciones de la ANMAT y el Instituto Nacional de Medicamentos (INAME) y ya alcanzó a exfuncionarias que estaban al frente de esos organismos cuando se produjeron los hechos.
El expediente tiene como principal acusado al empresario Ariel García Furfaro, propietario de HLB Pharma y Laboratorios Ramallo, empresas vinculadas a la fabricación y distribución del fentanilo contaminado. La Justicia sostiene que el medicamento fue contaminado con bacterias y que su utilización en pacientes hospitalizados estuvo relacionada con un elevado número de fallecimientos. García Furfaro permanece detenido y procesado, aunque su responsabilidad penal todavía debe ser definida por la Justicia.
Uno de los aspectos que transformó el caso en una crisis sanitaria de enorme gravedad es que las irregularidades no se limitan a la contaminación de un lote. La investigación judicial comenzó a reconstruir una cadena de fallas anteriores en los controles, inspecciones y decisiones administrativas vinculadas con los laboratorios.
En agosto, el juez federal Ernesto Kreplak ordenó un allanamiento en el Ministerio de Salud y dispuso la detención de Nélida Agustina Bisio, ex titular de la ANMAT, y Gabriela Mantecón Fumadó, exdirectora del INAME. Ambas estuvieron al frente de organismos que tenían responsabilidades directas sobre la fiscalización de los establecimientos involucrados.
La Justicia busca determinar si las irregularidades detectadas en los laboratorios pudieron mantenerse durante un período prolongado debido a fallas u omisiones de los organismos de control. Entre los elementos incorporados al expediente aparecen inspecciones anteriores que habían detectado deficiencias en las instalaciones y en los procedimientos de fabricación.
Uno de los puntos que adquirió especial relevancia es una inspección realizada en noviembre de 2024, antes de la elaboración del fentanilo posteriormente cuestionado. Según la investigación, se habían detectado deficiencias consideradas graves en la planta de Laboratorios Ramallo, pero no se adoptaron medidas que impidieran inmediatamente la continuidad de determinadas operaciones.
La propia investigación también encontró otros episodios relacionados con medicamentos comercializados por HLB Pharma. Un dictamen fiscal analiza, por ejemplo, la comercialización de propofol y dopamina utilizando certificados correspondientes a otra empresa, una situación que habría persistido durante años sin una intervención inmediata del organismo regulador.
El dato es relevante porque cambia la dimensión del caso. Ya no se investiga únicamente qué ocurrió con un lote de fentanilo, sino cómo pudo funcionar durante años una empresa farmacéutica bajo controles estatales que, según la investigación, presentaban deficiencias.
El fentanilo cuestionado estaba destinado a usos médicos y debía cumplir estrictas condiciones de fabricación. La contaminación bacteriana de medicamentos inyectables constituye un riesgo particularmente grave porque el producto ingresa directamente al organismo de pacientes que, en muchos casos, ya se encuentran en condiciones de salud delicadas.
En el caso investigado aparecieron las bacterias Klebsiella pneumoniae y Ralstonia pickettii, microorganismos capaces de provocar infecciones graves. La Justicia analiza su presencia en las ampollas y la relación entre esos productos y los fallecimientos registrados en hospitales y clínicas de distintas provincias.
Otro elemento bajo investigación es la respuesta de los organismos sanitarios después de recibir las primeras alertas. Según documentación incorporada al expediente, un reporte sobre contaminación bacteriana del lote 31202 llegó al sistema de vigilancia de la ANMAT el 2 de mayo de 2025, aunque el contenido no fue revisado hasta el siguiente día hábil. Posteriormente comenzaron a acumularse informes sobre pacientes afectados.
La secuencia temporal es fundamental para la investigación. Los fiscales y el juez buscan establecer qué información tenía cada organismo, cuándo la recibió y qué medidas tomó después de conocerla.
También se intenta determinar si existieron alertas anteriores que podrían haber permitido detectar el problema antes de que el medicamento llegara a los pacientes.
En paralelo, la causa judicial avanzó sobre los responsables de las empresas. Actualmente existen numerosos procesados y García Furfaro es uno de los principales imputados. Su defensa sostiene que no fue responsable de la contaminación y llegó incluso a plantear la posibilidad de un sabotaje. Esa hipótesis forma parte de la estrategia de defensa y deberá ser evaluada por la Justicia.
El empresario declaró durante varias jornadas ante el juez y cuestionó las conclusiones de la investigación. Entre sus argumentos aparece la idea de que, si la contaminación hubiera afectado a todas las ampollas producidas, el número de personas perjudicadas debería haber sido mucho mayor. Los investigadores, por su parte, analizan qué cantidad de dosis llegó efectivamente a utilizarse y bajo qué circunstancias.
La investigación también busca establecer qué ocurrió dentro de los laboratorios después de que comenzaron a aparecer los primeros casos. Existen elementos incorporados al expediente que apuntan a posibles intentos de eliminar o alterar evidencia, aunque esas conductas también forman parte de la investigación y deberán ser acreditadas judicialmente.
La dimensión política aparece porque el caso involucra organismos que dependen del Estado nacional y funcionarios que tenían responsabilidades específicas de fiscalización. Sin embargo, atribuir responsabilidad política o penal a una persona concreta requiere demostrar qué sabía, qué debía hacer y qué decisión tomó o dejó de tomar.
Ese punto es especialmente importante porque una falla administrativa no equivale automáticamente a un delito. Para establecer responsabilidad penal se necesita demostrar una conducta concreta, el conocimiento de determinadas circunstancias y una relación jurídicamente relevante con el resultado investigado.
El expediente también permite observar una debilidad estructural de cualquier sistema de control sanitario: la autoridad reguladora puede establecer normas, inspeccionar establecimientos y sancionar irregularidades, pero necesita que esas medidas se ejecuten de manera efectiva y en tiempo oportuno.
Cuando una inspección detecta una deficiencia y la respuesta administrativa se demora, el problema puede adquirir una dimensión mucho mayor si el producto continúa circulando.
Eso es precisamente lo que los investigadores intentan determinar en este caso: si existió una acumulación de advertencias que no fueron atendidas hasta que aparecieron los primeros fallecimientos.
Las nuevas medidas judiciales muestran que el expediente está entrando en una etapa diferente. La investigación dejó de concentrarse exclusivamente en los laboratorios y comenzó a examinar con mayor profundidad la actuación de los organismos públicos responsables de la fiscalización.
En agosto, además de los allanamientos, las dos exfuncionarias fueron interrogadas y posteriormente recuperaron la libertad bajo determinadas condiciones. La situación procesal de cada una continúa siendo analizada por el juez Kreplak.
Una de ellas, Mantecón Fumadó, declaró que durante su gestión existían dificultades para inspeccionar determinados establecimientos y relató ante la Justicia situaciones que, según su versión, involucraban decisiones de funcionarios superiores. Sus declaraciones forman parte del expediente y deberán ser contrastadas con otros testimonios y documentos.
La causa también investiga posibles vínculos entre las empresas, funcionarios y diferentes actores del sistema sanitario. Ese aspecto deberá ser tratado con especial cuidado porque una relación personal, comercial o política no demuestra por sí misma la existencia de un delito.
Lo que sí está acreditado es que el caso generó una crisis sanitaria de grandes dimensiones y que existen múltiples líneas de investigación abiertas.
La cantidad de víctimas también ha ido cambiando a medida que avanzaron las pericias. Algunas etapas del expediente trabajaron con 90 o 96 fallecimientos, mientras investigaciones posteriores incorporaron nuevos casos y llegaron a 114 muertes vinculadas al medicamento contaminado. Por eso, cualquier cifra debe ubicarse temporalmente dentro del estado de la investigación.
Esa evolución demuestra la complejidad de establecer una relación causal entre un medicamento y una muerte. Los investigadores deben revisar historias clínicas, análisis microbiológicos, lotes utilizados, fechas de administración, enfermedades previas y otros factores médicos antes de incorporar un caso formalmente a la causa.
La investigación también tiene una dimensión sanitaria más amplia. El caso obliga a revisar cómo se controlan los medicamentos de alto riesgo, cómo circulan dentro del sistema de salud y qué mecanismos existen para retirar rápidamente un producto cuando aparece una alerta.
La experiencia puede derivar en modificaciones de los protocolos de vigilancia y fiscalización. Un sistema sanitario necesita detectar rápidamente un problema de calidad y disponer de mecanismos eficaces para bloquear la distribución de un producto potencialmente peligroso.
Pero también necesita trazabilidad. Cuando un medicamento se distribuye en diferentes provincias y llega a múltiples hospitales, identificar rápidamente dónde fue utilizado resulta fundamental para evitar nuevas exposiciones.
El caso del fentanilo contaminado muestra las consecuencias que puede tener una falla en cualquiera de esos eslabones.
La discusión planteada por Clarín sobre el descontrol estatal y la corrupción política debe distinguirse de los hechos que la Justicia ya está investigando. Hay evidencia de inspecciones, irregularidades administrativas, actuaciones de organismos de control y decisiones empresariales que forman parte del expediente. Pero todavía corresponde determinar judicialmente si esas fallas fueron producto de negligencia, connivencia, corrupción u otras conductas penalmente relevantes.
La investigación tendrá que responder una pregunta central: ¿cómo fue posible que un medicamento contaminado llegara a pacientes hospitalizados pese a las obligaciones de control existentes?
La respuesta probablemente no dependa de una sola persona. Puede involucrar decisiones tomadas dentro de los laboratorios, controles de calidad, autoridades sanitarias, cadenas de distribución y responsables de adquirir o utilizar los medicamentos.
Por eso, el verdadero alcance de la causa no estará determinado únicamente por las condenas que eventualmente puedan producirse, sino también por la capacidad del Estado para identificar qué controles fallaron, por qué fallaron y qué mecanismos deben modificarse para evitar que una situación semejante vuelva a repetirse.
El caso del fentanilo contaminado se convirtió así en una de las investigaciones sanitarias y judiciales más graves de la Argentina reciente. La Justicia ya avanzó sobre empresarios y responsables de los laboratorios, pero las últimas medidas incorporaron un nuevo eje: determinar si las autoridades encargadas de controlar los medicamentos actuaron correctamente frente a las señales de alerta que existían antes de que la tragedia adquiriera dimensiones nacionales. El desafío ahora es establecer responsabilidades individuales con pruebas concretas y, al mismo tiempo, determinar qué fallas institucionales permitieron que el problema llegara hasta los hospitales.
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