
La fauna de la Ciudad de Buenos Aires está cambiando y el fenómeno puede verse con claridad en sus plazas, parques y barrios: aumentan los avistamientos de caranchos, gavilanes, aguiluchos y lechuzas, mientras algunas especies que durante décadas fueron habituales, como los gorriones, parecen perder presencia. No se trata de un plan diseñado para introducir aves rapaces en la ciudad, sino de una transformación progresiva del ecosistema urbano, en la que influyen la disponibilidad de alimento, los espacios verdes, los cambios en la arquitectura y la modificación de los ambientes naturales que rodean a la capital.
El caso de los caranchos es uno de los más visibles. Hasta hace relativamente pocos años era poco habitual encontrarlos dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Hoy pueden observarse en distintos sectores urbanos, aprovechando árboles altos, edificios, terrazas y otros puntos elevados desde donde pueden vigilar grandes superficies.
Su presencia tiene una explicación bastante sencilla: Buenos Aires ofrece alimento y lugares adecuados para vivir. La enorme cantidad de palomas, restos de comida y otros recursos disponibles en una ciudad densamente poblada genera condiciones favorables para determinadas especies que antes estaban asociadas principalmente a ambientes rurales o periurbanos.
Algo similar ocurre con el gavilán mixto, una rapaz que también comenzó a hacerse más visible en distintos barrios. Es un cazador eficiente y encuentra en la ciudad una combinación especialmente favorable: árboles altos para descansar o nidificar y una abundante población de palomas y otras aves que forman parte de su alimentación.
Esto explica además una creencia que circula desde hace años: que las aves rapaces fueron liberadas deliberadamente en Buenos Aires para controlar las palomas. No existen evidencias de que haya ocurrido una liberación planificada de caranchos o gavilanes con ese objetivo. Sí hubo proyectos que evaluaron utilizar halcones peregrinos para ahuyentar palomas, pero esa iniciativa no prosperó como un sistema general de control.
La presencia de aves de cetrería sí se utiliza en determinados lugares, especialmente para disuadir a las palomas de permanecer en sectores donde pueden representar un problema, como aeropuertos. Sin embargo, se trata de acciones específicas y controladas, muy diferentes del proceso natural mediante el cual las rapaces comenzaron a instalarse en distintos sectores de Buenos Aires.
Uno de los factores que favoreció esta expansión es la transformación de los espacios verdes. Los árboles de parques y plazas crecieron y alcanzaron alturas importantes, generando nuevos lugares de descanso y nidificación para especies que necesitan estructuras elevadas.
El crecimiento de la vegetación urbana también produjo otro efecto: aumentó la biodiversidad. Donde hay árboles, plantas e insectos aparecen nuevas fuentes de alimento y refugio, y detrás de esos recursos llegan diferentes especies de aves.
En una plaza porteña pueden encontrarse actualmente decenas de especies de aves, una diversidad que aumenta en grandes espacios verdes como los Bosques de Palermo y alcanza niveles todavía mayores en la Reserva Ecológica.
Pero mientras algunas especies avanzan, otras retroceden.
El gorrión, uno de los pájaros más asociados históricamente con las ciudades, es precisamente uno de los ejemplos más llamativos. Su disminución no tiene una causa única confirmada, aunque existen distintas hipótesis relacionadas con la transformación de los edificios y la competencia con otras especies.
Durante décadas, los gorriones encontraron en las construcciones tradicionales numerosos lugares donde instalar sus nidos: pequeños huecos, resquicios, techos y estructuras que ofrecían refugio. La arquitectura moderna, más cerrada y uniforme, redujo muchos de esos espacios disponibles.
También se ha planteado la posibilidad de que el estornino pinto, una especie introducida, compita con los gorriones por determinados lugares de nidificación. Sin embargo, todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que esa sea la causa principal de su descenso.
El estornino es precisamente otro ejemplo de cómo las ciudades pueden convertirse en escenarios de mezclas entre especies nativas, especies provenientes de otras regiones y animales introducidos por los seres humanos.
Algo similar ocurre con los loros, particularmente con la cotorra argentina. Esta especie encontró en Buenos Aires condiciones extraordinariamente favorables. Sus grandes nidos comunitarios pueden observarse en árboles altos y estructuras urbanas, y su capacidad de adaptación le permitió expandirse con rapidez.
Las cotorras tienen además una característica excepcional: construyen enormes nidos comunales, algo poco habitual entre los loros. La altura de muchos árboles plantados en las ciudades les proporciona lugares seguros para establecer esas estructuras.
No todas las especies que hoy pueden observarse en Buenos Aires llegaron allí de la misma manera. Algunas forman parte de la fauna regional y ampliaron su presencia urbana; otras llegaron desde distintas zonas del país y algunas fueron introducidas accidentalmente o como consecuencia del comercio de mascotas.
El problema aparece cuando una especie que no pertenece naturalmente a un determinado ambiente consigue establecerse y reproducirse sin controles naturales suficientes.
Un ejemplo es el estornino, mientras que también existen poblaciones de otras aves que llegaron después de haber sido mantenidas como mascotas. Algunas fueron liberadas voluntariamente por sus propietarios; otras escaparon.
Los especialistas advierten que liberar una mascota nunca debería ser una decisión improvisada, incluso cuando se trate de una especie que parezca inofensiva o sea originaria de alguna región del país. Un animal trasladado a un ambiente diferente puede competir con otras especies, transmitir enfermedades o alterar relaciones ecológicas.
Entre las aves que han ganado presencia también aparece el caburé, una pequeña lechuza que sorprende por sus apariciones en barrios densamente urbanizados. Su presencia demuestra hasta qué punto algunas especies pueden adaptarse a un entorno que, a primera vista, parece completamente dominado por el cemento.
Las aves rapaces también encuentran oportunidades en una ciudad que produce enormes cantidades de residuos. La basura y los restos de alimentos generan una fuente constante de recursos para numerosas especies, directa o indirectamente.
Las palomas, ratas, insectos y otros animales aprovechan esos recursos y, a su vez, forman parte de cadenas alimentarias que terminan beneficiando a depredadores.
Por eso, la presencia de un carancho sobre un edificio porteño no significa necesariamente que el animal haya sido llevado hasta allí por las personas. Puede ser simplemente el resultado de una cadena ecológica que se desarrolla dentro de la propia ciudad.
Otro factor que está modificando la distribución de las especies es el cambio climático. Las variaciones de temperatura están favoreciendo el desplazamiento de determinadas aves hacia regiones donde anteriormente eran menos frecuentes.
El fenómeno no se limita a Buenos Aires. Grandes ciudades de América del Sur también están registrando cambios similares. Lima, Montevideo, La Plata, Rosario y Córdoba muestran transformaciones en sus comunidades de aves, aunque cada ciudad presenta características particulares.
La urbanización tampoco puede analizarse separada de lo que ocurre fuera de las ciudades. La expansión de la agricultura y la transformación de ambientes naturales reducen los espacios disponibles para muchas especies.
En determinados casos, paradójicamente, una ciudad puede terminar ofreciendo mejores condiciones que un paisaje rural profundamente transformado. Una zona agrícola intensiva puede tener menos diversidad de alimentos y refugios que una ciudad con parques, árboles, jardines y espacios verdes.
Eso no significa que las ciudades sean ambientes naturales ideales. Significa que las especies buscan las mejores condiciones disponibles y modifican sus comportamientos cuando los ambientes originales cambian.
Buenos Aires ofrece un ejemplo muy claro de esa adaptación.
Los espacios verdes cumplen aquí un papel fundamental. Cuanto mayor es la diversidad de árboles, plantas e insectos, mayor puede ser la variedad de aves capaces de encontrar alimento y refugio.
La presencia de aves, por lo tanto, puede funcionar también como un indicador de la calidad ambiental de determinados sectores urbanos.
Una plaza con vegetación variada puede albergar muchas más especies que una superficie completamente pavimentada. Los parques grandes permiten además que diferentes aves encuentren lugares para descansar, alimentarse y reproducirse.
La Reserva Ecológica constituye el ejemplo más evidente, pero incluso pequeños espacios verdes distribuidos por los barrios pueden convertirse en puntos importantes para la fauna.
El cambio en las aves porteñas también modifica la relación cotidiana entre los habitantes y la naturaleza. Muchos vecinos pueden descubrir actualmente especies que antes solo asociaban con el campo, como caranchos, gavilanes o determinadas lechuzas.
La reacción frente a ellas no siempre es positiva. Algunas personas sienten temor cuando observan una rapaz cerca de sus viviendas, aunque la presencia del animal no implique necesariamente un peligro.
Por eso, los especialistas consideran importante mejorar la educación ambiental y explicar cómo convivir con estas especies.
Un carancho no necesita ser perseguido simplemente por estar posado en una terraza o volando sobre un parque. Como cualquier animal silvestre, debe mantenerse cierta distancia y evitar intentar capturarlo o alimentarlo.
La misma recomendación vale para aves heridas o aparentemente desorientadas. Manipular fauna silvestre sin conocimientos puede causar daños tanto al animal como a la persona, por lo que ante situaciones particulares resulta preferible recurrir a organismos especializados.
La transformación de Buenos Aires también puede observarse en especies que parecen completamente comunes. Las palomas domésticas continúan siendo numerosas, pero ahora comparten espacios con palomas picazuró, cotorras, zorzales, chingolos, jilgueros y diferentes especies de rapaces.
Algunas de estas aves ya estaban presentes en la región y simplemente se hicieron más visibles. Otras ampliaron su distribución debido a los cambios ambientales.
El resultado es una ciudad con una fauna mucho más dinámica de lo que suele imaginarse.
La pregunta sobre por qué hay más caranchos y menos gorriones, entonces, no tiene una respuesta única. Es la consecuencia de varios procesos simultáneos: cambios en la arquitectura, crecimiento de los árboles, disponibilidad de alimento, expansión de espacios verdes, introducción de especies, modificaciones del ambiente rural y cambio climático.
Cada especie responde de manera diferente a esas transformaciones.
Los caranchos y gavilanes encontraron oportunidades. Las cotorras se adaptaron extraordinariamente bien. Algunas especies nativas ampliaron su presencia. Los gorriones, en cambio, parecen haber perdido parte de las condiciones que históricamente favorecieron su convivencia con los seres humanos.
La ciudad no es un espacio separado de la naturaleza: es un ecosistema transformado por las personas, pero todavía lleno de relaciones entre animales, plantas y ambiente. Observar qué aves aparecen, cuáles desaparecen y dónde construyen sus nidos permite conocer también cómo está cambiando Buenos Aires.
Y quizá una de las señales más interesantes sea justamente esa: mientras los edificios crecen y el tránsito se multiplica, el cielo porteño también está cambiando.
Cada vez que un carancho sobrevuela una avenida o un gavilán se posa en un árbol de un barrio, está mostrando que algunas especies aprendieron a aprovechar las oportunidades que ofrece la ciudad. Al mismo tiempo, la desaparición progresiva del gorrión de determinados sectores recuerda que no todas las aves consiguen adaptarse de la misma manera. Buenos Aires está construyendo un nuevo equilibrio ecológico y sus habitantes pueden observarlo prácticamente sin salir de sus casas. El desafío será conservar los espacios verdes, evitar la liberación de animales domésticos y aprender a convivir con una fauna urbana que, lejos de desaparecer, está cambiando frente a nuestros ojos.
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