
El aumento de las temperaturas y los cambios en las lluvias y la humedad están favoreciendo la expansión de distintas especies de mosquitos hacia regiones donde antes no podían sobrevivir. El fenómeno preocupa a especialistas porque amplía el territorio potencial para enfermedades como dengue, zika, fiebre amarilla y malaria, al mismo tiempo que obliga a revisar las estrategias de prevención y control de estos vectores.
Los mosquitos necesitan determinadas condiciones de temperatura y humedad para completar su ciclo de vida. Cuando el ambiente se vuelve más cálido y húmedo, algunas especies pueden reproducirse durante períodos más largos y establecerse en lugares que anteriormente presentaban condiciones poco favorables. El cambio climático, por lo tanto, está modificando progresivamente la distribución geográfica de estos insectos.
El problema no se limita al aumento de las poblaciones de mosquitos. También importa hasta dónde pueden desplazarse los insectos capaces de transmitir enfermedades. Un estudio publicado en Nature Communications identificó 45 especies de mosquitos con capacidad de transmitir enfermedades a seres humanos que ya viven fuera de sus regiones originales, y 28 de ellas consiguieron establecerse en nuevos territorios.
Entre las especies que generan mayor preocupación se encuentran Aedes aegypti y Aedes albopictus, transmisores de enfermedades como el dengue. Actualmente están presentes en prácticamente todos los continentes, con excepción de la Antártida. Su expansión no depende exclusivamente del clima: el transporte internacional, la urbanización y el movimiento de mercancías también facilitan que lleguen a nuevos lugares.
Los mosquitos pueden viajar inadvertidamente en barcos, aviones y camiones, incluso dentro de neumáticos usados o entre plantas transportadas de un país a otro. Una vez que llegan a una nueva región, encuentran en las ciudades numerosos lugares donde reproducirse, especialmente recipientes con agua acumulada, patios, calles y espacios urbanos con deficiente drenaje.
Uno de los ejemplos más llamativos ocurrió en Islandia. En octubre del año pasado, las autoridades confirmaron la presencia de Culiseta annulata, una especie habitual en Europa. Aunque no transmite enfermedades conocidas en ese país, su aparición fue considerada una señal de que determinadas especies pueden comenzar a sobrevivir en regiones que anteriormente tenían condiciones demasiado adversas.
El dengue es uno de los principales motivos de preocupación. Investigadores de la Universidad Tecnológica de Nanyang utilizaron modelos matemáticos y registros históricos para analizar cómo el aumento de las temperaturas puede favorecer la expansión de los mosquitos que transmiten esta enfermedad hacia latitudes más altas.
El estudio proyectó que entre 2041 y 2060 podrían producirse hasta 77 millones de infecciones anuales de dengue, una cifra aproximadamente 57% superior al promedio registrado entre 2000 y 2019. La estimación combina el efecto del calentamiento, la mayor disponibilidad de ambientes adecuados para los mosquitos y el crecimiento de la población.
Ante este escenario, los investigadores plantean reforzar el control de los criaderos y desarrollar nuevas herramientas. Entre las alternativas estudiadas aparecen mosquitos modificados genéticamente y mosquitos infectados con la bacteria Wolbachia, una estrategia que busca reducir la capacidad de estos insectos para transmitir determinados virus.
El cambio climático también puede modificar la duración de la vida de los mosquitos y el período durante el cual pueden transmitir enfermedades. Las variaciones de temperatura, humedad y precipitaciones crean condiciones diferentes para cada especie, por lo que una región puede pasar de tener un riesgo limitado a presentar períodos del año más favorables para la transmisión.
La adaptación de los propios insectos agrega otra dificultad. Investigadores de la Universidad de California en Berkeley observaron que determinadas poblaciones de mosquitos presentan cambios genéticos que pueden mejorar su capacidad para soportar temperaturas elevadas. Esto plantea la posibilidad de que algunos modelos utilizados para calcular los riesgos futuros estén subestimando la capacidad de adaptación de estos vectores.
Las olas de calor, las lluvias intensas y las sequías prolongadas pueden tener efectos diferentes, pero todos pueden favorecer determinadas etapas del ciclo de los mosquitos. Después de lluvias abundantes, por ejemplo, pueden multiplicarse los lugares donde queda agua acumulada. En períodos secos, algunos recipientes urbanos pueden convertirse igualmente en pequeños reservorios donde las larvas consiguen desarrollarse.
La expansión también está alcanzando zonas de mayor altitud. Investigaciones realizadas en la región andina documentaron la presencia de Aedes aegypti y Anopheles por encima de los 2.000 metros sobre el nivel del mar, acompañada por brotes de dengue y malaria en áreas de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia que anteriormente eran consideradas de menor riesgo.
Pero el problema no es exclusivamente ambiental. La vulnerabilidad social puede determinar qué tan grave resulta la expansión de una enfermedad. Las comunidades con dificultades para acceder al agua potable, sistemas adecuados de saneamiento, servicios de salud o mecanismos de prevención pueden enfrentar mayores consecuencias cuando los vectores llegan a una nueva región.
La urbanización desordenada también desempeña un papel importante. El crecimiento de las ciudades genera numerosos espacios donde puede acumularse agua, mientras que la falta de infraestructura adecuada dificulta el control de los criaderos. De esta manera, el cambio climático se combina con factores sociales y urbanos que pueden acelerar la propagación de los mosquitos.
Argentina también registra señales de este proceso. En la Patagonia se identificaron 16 especies de mosquitos, principalmente de los géneros Culex y Aedes. Algunas tienen importancia sanitaria, como Culex pipiens, relacionado con el virus del Nilo Occidental, y Aedes albifasciatus, capaz de transmitir encefalitis equina y fiebre hemorrágica.
En los últimos años también se detectó el avance de Aedes aegypti hacia zonas más australes de Argentina, con presencia confirmada en Neuquén y San Antonio Oeste. Los monitoreos realizados en Neuquén muestran que la especie logró establecerse en áreas que anteriormente se consideraban demasiado frías para su supervivencia.
Esto no significa que el cambio climático sea el único responsable de la expansión. El comercio internacional y el transporte facilitan el desplazamiento de los insectos, mientras que la urbanización proporciona nuevos criaderos. El clima puede abrir la puerta, pero las condiciones sociales y ambientales determinan en buena medida si una especie consigue establecerse.
El escenario obliga a modificar las estrategias de vigilancia. Las autoridades sanitarias necesitan detectar tempranamente la presencia de nuevas especies y monitorear los cambios en las poblaciones existentes para anticipar posibles brotes.
La prevención también continúa dependiendo de medidas sencillas pero importantes, como eliminar recipientes donde pueda acumularse agua, mantener limpios patios y jardines y evitar que objetos abandonados se conviertan en criaderos. Estas acciones no solucionan por sí solas el problema climático, pero reducen los lugares disponibles para la reproducción de los mosquitos.
La investigación científica, mientras tanto, busca nuevas herramientas para enfrentar un escenario que podría volverse más complejo durante las próximas décadas. El desarrollo de estrategias biológicas, sistemas de vigilancia y mejores modelos de predicción será cada vez más importante.
El avance de los mosquitos representa uno de los efectos menos visibles, pero potencialmente más importantes, del cambio climático sobre la salud pública. No se trata simplemente de que haya más insectos: las nuevas condiciones ambientales pueden permitir que especies transmisoras de enfermedades lleguen a poblaciones que históricamente estuvieron fuera de sus áreas de riesgo.
La combinación de temperaturas más altas, cambios en las precipitaciones, urbanización y movilidad internacional está modificando el mapa sanitario. El desafío para los gobiernos será anticiparse a ese desplazamiento y fortalecer la vigilancia antes de que la presencia de un nuevo mosquito se transforme en un problema epidemiológico.
El cambio climático está haciendo que el riesgo asociado a los mosquitos deje de ser exclusivamente tropical y se convierta en un desafío cada vez más amplio para distintas regiones del mundo. La expansión del dengue y de otras enfermedades dependerá de múltiples factores, pero la evidencia científica muestra que los cambios ambientales ya están creando condiciones favorables para que los vectores sobrevivan y se reproduzcan en territorios donde antes tenían dificultades para hacerlo.
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