
No todas las personas que sufrieron violencia sexual durante la infancia procesan esa experiencia de la misma manera, y exigir una única forma de “superarla” puede terminar generando una nueva carga sobre quienes sobrevivieron. Ese es el eje de una reflexión publicada por la psicóloga Sonia Almada, a partir de una escena de la serie sobre la vida de Moria Casán, en la que la actriz habla públicamente de los abusos sexuales que sufrió durante su infancia y sostiene que aquella experiencia no le dejó un trauma.
El planteo abre una discusión importante sobre la manera en que la sociedad interpreta las consecuencias de la violencia sexual infantil. Una persona puede afirmar que no se siente traumatizada y tiene derecho a elaborar su historia de esa manera, pero esa experiencia individual no puede convertirse en un modelo que indique cómo deberían reaccionar los demás sobrevivientes.
La especialista advierte que el trauma no tiene una expresión única. Algunas personas pueden desarrollar síntomas inmediatamente después de una experiencia de violencia, mientras que otras pueden tardar años en identificar lo ocurrido y comprender cómo influyó en sus emociones, relaciones o comportamientos. También existen sobrevivientes que no presentan las manifestaciones que habitualmente asociamos con el trauma.
Entre las posibles consecuencias descritas por la investigación clínica aparecen estrés postraumático, ansiedad, depresión, dificultades en los vínculos, problemas relacionados con la sexualidad, consumos problemáticos e ideación suicida. Sin embargo, la presencia de esos riesgos a nivel poblacional no significa que todas las víctimas desarrollarán esos problemas ni permite anticipar cómo será la trayectoria de una persona determinada.
Ese punto resulta central. Reconocer que la violencia sexual infantil puede ser traumática no significa afirmar que todas las víctimas quedarán traumatizadas de la misma manera o durante toda su vida. Cada persona dispone de recursos psicológicos diferentes y construye su propia relación con lo sucedido.
La violencia sexual durante la infancia tiene además una particularidad: ocurre cuando el niño todavía no cuenta con las mismas herramientas emocionales y simbólicas que un adulto para comprender una situación de naturaleza sexual. Por eso, las reacciones pueden ser contradictorias y difíciles de interpretar incluso para la propia víctima.
Una respuesta corporal tampoco debe confundirse con consentimiento. Un niño puede experimentar sensaciones físicas ante un estímulo sexual sin comprenderlo, desearlo o poder consentirlo. La responsabilidad corresponde siempre al adulto que utiliza la vulnerabilidad y la asimetría de poder para involucrar al menor en una situación sexual.
El problema aparece cuando, con el paso del tiempo, la sociedad comienza a evaluar a los sobrevivientes según la manera en que enfrentaron aquello que les ocurrió. Surge entonces una especie de clasificación entre quienes lograron “salir adelante” y quienes continúan experimentando dolor, enojo, dificultades o necesitan tratamiento.
Esa comparación puede resultar profundamente injusta. Una persona que necesita ayuda psicológica durante años no es menos fuerte que otra que pudo elaborar su experiencia de una manera diferente. Tampoco significa que haya fracasado en su recuperación.
La cultura contemporánea suele presentar la resiliencia como una obligación: superar, perdonar, transformar el sufrimiento en aprendizaje y continuar con la vida. Esos procesos pueden ser positivos cuando surgen de una decisión personal, pero se convierten en un problema cuando se transforman en una exigencia.
En el caso de la violencia sexual infantil, esa exigencia puede desplazar involuntariamente la atención. En lugar de preguntarnos qué hizo el adulto que abusó de un niño, terminamos preguntando qué hizo la víctima con aquello que le hicieron.
Durante décadas, las víctimas fueron sometidas a preguntas que colocaban sobre ellas una responsabilidad que no les correspondía: por qué no hablaron antes, por qué no escaparon, por qué regresaron junto al agresor o por qué no pudieron defenderse. El riesgo actual es reemplazar esas preguntas por otra igualmente injusta: por qué no consiguieron superar el trauma.
La especialista sostiene que cada sobreviviente tiene derecho a encontrar su propia manera de relacionarse con su historia. Puede hablar de ella, guardar silencio, buscar tratamiento, sentir enojo, perdonar, no perdonar, resignificar lo ocurrido o decidir que aquello no definirá su identidad.
Lo que no debería ocurrir es convertir una de esas opciones en una regla para todos los demás.
También existe una dificultad particular cuando una figura pública cuenta una experiencia de violencia sexual ante millones de personas. Su relato puede tener un valor personal y, al mismo tiempo, influir en la manera en que otras personas interpretan sus propias experiencias.
Una persona que todavía no pudo hablar sobre lo ocurrido puede escuchar un mensaje de desdramatización y preguntarse por qué ella no consigue reaccionar de la misma manera. El riesgo es que termine interpretando su propio sufrimiento como una falta de fortaleza o de capacidad para avanzar.
La recuperación tampoco sigue necesariamente una línea recta. Una persona puede sentirse estable durante años y posteriormente atravesar una etapa en la que determinados recuerdos, relaciones o situaciones despierten nuevamente emociones vinculadas con lo sucedido.
Eso no significa necesariamente que haya “retrocedido”. El proceso de elaboración puede cambiar con el tiempo y adquirir nuevos significados a medida que la persona atraviesa diferentes etapas de su vida.
La edad también puede modificar la manera en que se comprende una experiencia infantil. Algo que durante la niñez pudo haber sido confuso puede adquirir otro significado durante la adolescencia o la adultez, cuando existen mayores herramientas para interpretar las conductas de los adultos y reconocer situaciones de abuso.
Por eso, algunas personas recién pueden ponerle nombre a lo ocurrido muchos años después. El silencio prolongado no invalida una experiencia ni demuestra que el hecho haya sido olvidado o irrelevante.
La reflexión también cuestiona la idea de que existe un “buen sobreviviente”: alguien que consigue convertir el dolor en una historia inspiradora, perdona al agresor y logra continuar sin mostrar demasiado sufrimiento.
En contraposición, quienes reclaman justicia, mantienen su enojo, necesitan tratamiento o no desean perdonar pueden quedar injustamente asociados con una supuesta incapacidad para avanzar.
No existe una manera correcta de sobrevivir a la violencia sexual infantil. Lo que puede ser reparador para una persona puede resultar completamente inadecuado para otra.
La prevención y el acompañamiento profesional siguen siendo fundamentales, especialmente cuando existen síntomas que afectan el sueño, la alimentación, las relaciones, el rendimiento escolar, la vida laboral o la salud mental. La búsqueda de ayuda no debería interpretarse como una señal de debilidad, sino como una posibilidad de contar con herramientas para elaborar una experiencia extremadamente compleja.
El debate también tiene una dimensión social. Hablar de violencia sexual infantil permite visibilizar un problema que durante mucho tiempo permaneció oculto y ayuda a que niños, adolescentes y adultos puedan reconocer situaciones de abuso y buscar protección.
Pero visibilizar no significa imponer una determinada narrativa sobre las víctimas. La sociedad puede escuchar sus historias sin exigirles que las cuenten de una manera determinada ni esperar que todas lleguen al mismo lugar.
La reflexión surgida a partir de la serie sobre Moria Casán deja justamente esa diferencia. Su manera de interpretar lo vivido puede ser legítima como experiencia personal, pero no debería utilizarse para medir la experiencia de otros sobrevivientes.
La superación no puede convertirse en otra prueba que las víctimas deban aprobar. Cada persona tiene derecho a construir su propio proceso, con sus tiempos, sus decisiones y sus formas de entender lo ocurrido.
En definitiva, el objetivo no debería ser enseñar a las víctimas cómo deben sentirse después de una violencia que nunca debieron sufrir. El foco debe permanecer en la responsabilidad del agresor, en la protección de los menores y en la posibilidad de que cada sobreviviente encuentre, con o sin acompañamiento profesional, la manera que considere adecuada para reconstruir su vida.
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