El azafrán, una de las especias más apreciadas y costosas del mundo, está siendo estudiado por una razón que va mucho más allá de la gastronomía: sus posibles efectos sobre el estado de ánimo. Diferentes ensayos clínicos han evaluado extractos estandarizados de Crocus sativus en personas con síntomas de depresión y ansiedad, y algunos encontraron mejoras frente al placebo. Sin embargo, la evidencia todavía no permite presentar al azafrán como un tratamiento equivalente a las terapias médicas establecidas. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 reunió 34 ensayos clínicos aleatorizados con 1.769 participantes y encontró reducciones significativas en determinadas escalas de depresión y ansiedad, pero no en todas las herramientas utilizadas para medir los síntomas. Los propios investigadores calificaron la certeza global de la evidencia como moderada y señalaron la necesidad de estudios más grandes y rigurosos.
El azafrán procede de los estigmas secos de la flor Crocus sativus y tiene una historia de uso de varios siglos en regiones de Medio Oriente, el Mediterráneo y el sur de Asia. Su interés científico se concentra especialmente en compuestos como la crocina, la crocetina y el safranal, sustancias a las que diferentes investigaciones han atribuido propiedades antioxidantes y antiinflamatorias.
La investigación moderna, sin embargo, no estudia simplemente agregar unas hebras de azafrán a una comida. La mayoría de los ensayos utiliza extractos estandarizados capaces de proporcionar cantidades relativamente precisas de los compuestos estudiados. Esa diferencia es fundamental: los resultados obtenidos con un suplemento de composición controlada no pueden trasladarse automáticamente al consumo culinario habitual de la especia.
El interés por la salud mental surgió inicialmente a partir de pequeños ensayos que observaron posibles cambios en síntomas depresivos y de ansiedad. Algunos trabajos compararon el azafrán con placebo, mientras otros lo evaluaron frente a medicamentos antidepresivos o como complemento de tratamientos convencionales.
Una revisión sistemática publicada en 2026 representa hasta ahora una de las evaluaciones más amplias de esta evidencia. Los investigadores analizaron 34 ensayos clínicos aleatorizados que incluyeron a 1.769 adultos y concluyeron que la suplementación se asoció con una reducción de los síntomas cuando se utilizaron determinadas escalas de autorreporte. En particular, se observaron efectos estadísticamente significativos en las escalas de Beck para depresión y ansiedad.
Pero el resultado tiene una limitación importante. El mismo metaanálisis no encontró efectos significativos en otras herramientas clínicas utilizadas para evaluar depresión, ansiedad y estado de ánimo. Esto significa que los resultados no fueron uniformes y que todavía existe incertidumbre sobre la magnitud real del beneficio.
La heterogeneidad entre los estudios también es considerable. Los ensayos utilizaron diferentes extractos, dosis, períodos de tratamiento y escalas para medir los resultados. Cuando las investigaciones presentan metodologías tan diferentes, es más difícil determinar si un efecto observado puede atribuirse de manera consistente al suplemento.
La revisión de 2026 calificó la certeza de la evidencia como moderada. En términos prácticos, esto significa que existe una señal científica suficientemente interesante como para continuar investigando, pero todavía no una base sólida que permita afirmar que el azafrán constituye un tratamiento establecido para los trastornos depresivos o de ansiedad.
Además, buena parte de los estudios se concentró en personas con síntomas leves o moderados. Eso es relevante porque no puede extrapolarse automáticamente un posible efecto observado en esos grupos a personas con depresión grave, riesgo suicida u otros cuadros psiquiátricos complejos.
La Organización Mundial de la Salud considera la depresión un trastorno que puede afectar profundamente el funcionamiento cotidiano y que, dependiendo de su gravedad, puede requerir psicoterapia, medicamentos o una combinación de tratamientos. Un suplemento nutricional no debería utilizarse para reemplazar esas intervenciones cuando existe una indicación clínica.
La comparación con los antidepresivos también necesita ser interpretada con cautela. Un metaanálisis publicado en 2025 comparó directamente azafrán con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina y no encontró diferencias estadísticamente significativas entre ambos grupos en determinados resultados de depresión y ansiedad. Sin embargo, los autores también señalaron que se necesitan investigaciones con muestras mayores y poblaciones más diversas para confirmar esos resultados.
Esto no significa que el azafrán haya demostrado ser equivalente a los antidepresivos en la práctica clínica. Una comparación estadística entre pequeños ensayos no sustituye el volumen de evidencia, la experiencia clínica, las guías terapéuticas y los datos de seguridad a largo plazo disponibles para los medicamentos aprobados.
Una de las dificultades de esta investigación es precisamente el tamaño de los estudios. Muchos ensayos individuales incluyeron decenas de participantes y tuvieron una duración relativamente corta. Un estudio reciente de 2026, por ejemplo, evaluó durante 56 días un extracto estandarizado de 15 miligramos en 56 adultos con bajo estado de ánimo y síntomas depresivos subclínicos o leves. Encontró mejoras frente al placebo en diferentes medidas de estado de ánimo, ansiedad, estrés y sueño, pero el tamaño de la muestra continúa siendo pequeño para extraer conclusiones generales.
Otro ensayo publicado en 2025 también analizó extracto de azafrán en adultos sanos con síntomas depresivos subclínicos. Este tipo de investigación resulta interesante porque estudia una población que presenta malestar emocional sin necesariamente cumplir criterios para un trastorno depresivo mayor, pero tampoco permite concluir que el suplemento sea un tratamiento para la depresión clínica.
La cuestión de cómo podría actuar el azafrán sobre el cerebro sigue abierta. Se han propuesto diferentes mecanismos relacionados con neurotransmisores, estrés oxidativo, inflamación y sistemas neuroendocrinos, pero todavía no existe una explicación definitiva que permita atribuir sus posibles efectos antidepresivos a una sola vía biológica.
La crocina, la crocetina y el safranal son algunos de los compuestos que aparecen con mayor frecuencia en la investigación. Los estudios experimentales han planteado que pueden intervenir en procesos relacionados con la neurotransmisión y la respuesta inflamatoria, aunque demostrar un mecanismo en laboratorio no equivale a demostrar un beneficio clínico en pacientes.
También es importante distinguir entre una asociación estadística y un efecto terapéutico comprobado. Que un grupo que recibe azafrán presente una reducción promedio de sus síntomas no significa necesariamente que todas las personas responderán de la misma manera. La salud mental está influida por factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales que pueden modificar considerablemente la respuesta a cualquier intervención.
La dosis constituye otro punto que suele perderse en las publicaciones sobre suplementos. Los estudios citados por la investigación reciente utilizaron habitualmente cantidades cercanas a los 28 o 30 miligramos diarios de extracto estandarizado, mientras que la cantidad de azafrán que una persona consume normalmente como condimento es muy inferior. Por eso, no se puede asumir que aumentar el consumo culinario producirá los mismos efectos observados en un ensayo clínico.
Tampoco todos los suplementos comerciales son iguales. La concentración de los componentes activos puede variar según la materia prima, el método de extracción, la estandarización y el fabricante. Esta variabilidad representa uno de los problemas que dificultan comparar estudios y trasladar sus resultados directamente al mercado de suplementos.
En cuanto a la seguridad, los ensayos disponibles sugieren una tolerancia generalmente aceptable a corto plazo, pero se han descrito efectos adversos como molestias gastrointestinales, dolor de cabeza, mareos y sequedad de boca. La ausencia de problemas graves en estudios pequeños no equivale a demostrar seguridad absoluta para un uso prolongado.
También existen situaciones en las que se recomienda especial precaución. Las fuentes revisadas señalan la necesidad de consultar a un profesional antes de utilizar suplementos de azafrán durante el embarazo o la lactancia y en personas que toman determinados medicamentos, entre ellos anticoagulantes y algunos fármacos para la presión arterial.
Ese aspecto es especialmente importante porque los suplementos suelen percibirse como productos “naturales” y, por lo tanto, como sustancias necesariamente inocuas. Pero natural no significa libre de efectos farmacológicos ni de interacciones. Una sustancia capaz de modificar procesos biológicos también puede interferir con medicamentos o resultar inadecuada para determinadas personas.
El problema se vuelve más delicado cuando una persona con depresión o ansiedad decide abandonar un tratamiento prescrito y sustituirlo por un suplemento. Esa decisión puede retrasar una intervención eficaz y, en casos graves, aumentar el riesgo asociado con una enfermedad que requiere atención profesional.
El azafrán podría tener un lugar como objeto de investigación y, eventualmente, como complemento en determinados contextos, pero la evidencia disponible no justifica presentarlo como una alternativa universal a la psicoterapia o a los medicamentos indicados por un profesional.
La revisión científica también muestra por qué es importante mirar más allá de los titulares sobre “remedios naturales”. Una investigación puede encontrar resultados positivos y, al mismo tiempo, reconocer que existen limitaciones metodológicas importantes. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
En este caso, la señal positiva es clara: diferentes ensayos han observado una reducción de determinados síntomas de depresión y ansiedad. La incertidumbre también es clara: los efectos no aparecen de forma consistente en todas las escalas y los estudios todavía presentan muestras relativamente pequeñas, períodos de seguimiento limitados y diferencias entre los productos utilizados.
La evidencia acumulada es más amplia que hace una década. Una revisión publicada en 2019 había incluido 23 estudios y también encontró efectos favorables frente al placebo, pero detectó señales de sesgo de publicación y reclamó ensayos realizados en poblaciones geográficamente más diversas.
Una revisión de 2024 amplió todavía más el panorama al analizar 46 ensayos aleatorizados sobre diferentes resultados neurológicos y psiquiátricos. Encontró señales favorables para depresión, ansiedad, cognición y sueño, aunque, nuevamente, la diversidad de condiciones estudiadas y de intervenciones hace necesario interpretar los resultados con prudencia.
La investigación futura deberá resolver precisamente esas incertidumbres. Se necesitan ensayos con más participantes, seguimiento durante períodos más largos, productos estandarizados y poblaciones diversas. También será importante determinar qué personas podrían beneficiarse, qué dosis son apropiadas y cómo interactúa el suplemento con tratamientos convencionales.
Otro punto relevante será establecer con mayor precisión qué se entiende por “mejoría”. Una reducción en una escala de síntomas puede ser estadísticamente significativa sin necesariamente representar una recuperación completa o un cambio suficientemente importante en la vida cotidiana.
Por eso, los estudios futuros deberán prestar atención no solo a las puntuaciones de cuestionarios, sino también a resultados clínicos como remisión, funcionamiento social, calidad de vida, recaídas y persistencia del efecto después de terminar el tratamiento.
Mientras esa evidencia llega, el azafrán puede considerarse una línea de investigación prometedora, pero todavía incompleta. La ciencia no lo ha descartado, pero tampoco ha llegado al punto de recomendarlo como tratamiento principal para la depresión o la ansiedad.
Para los consumidores, la conclusión más razonable es evitar tanto el entusiasmo exagerado como el rechazo absoluto. Los resultados disponibles justifican interés científico, no promesas terapéuticas.
El azafrán muestra una señal científica interesante en el campo de la salud mental, especialmente para síntomas leves de depresión y ansiedad, pero todavía no puede considerarse un sustituto de los tratamientos establecidos. La revisión más reciente, que reunió 34 ensayos y 1.769 participantes, encontró beneficios en determinadas escalas de autorreporte, aunque no en todas las mediciones clínicas y con una certeza de evidencia considerada moderada. Los estudios también muestran que los resultados dependen del tipo de extracto, la dosis y las características de los participantes. Además, los suplementos pueden producir efectos adversos e interactuar con medicamentos, por lo que su utilización requiere prudencia. El verdadero valor del azafrán en salud mental deberá determinarse mediante investigaciones más amplias, prolongadas y rigurosas. Por ahora, la evidencia permite hablar de una posible herramienta complementaria, pero no de una cura natural ni de un reemplazo para la atención médica y psicológica.
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