El uso de teléfonos, redes sociales, videojuegos y otros dispositivos digitales forma parte de la vida cotidiana de niños, adolescentes y adultos, pero puede convertirse en un problema cuando empieza a desplazar el sueño, las relaciones personales, la actividad física, el estudio, el trabajo o las actividades recreativas. Especialistas consultados por Infobae advierten que la cantidad de horas frente a una pantalla no es, por sí sola, suficiente para determinar si existe un uso perjudicial. La señal más importante aparece cuando una persona pierde capacidad para controlar el tiempo conectado, continúa utilizando el dispositivo pese a las consecuencias negativas o abandona actividades importantes para permanecer en línea. En Argentina, además, el fenómeno tiene una dimensión significativa: el 95% de los menores de entre 9 y 17 años dispone de un celular propio y el 46% de los chicos consultados en un estudio de UNICEF y UNESCO percibe un uso problemático del teléfono, los videojuegos o las redes sociales.
El problema, por tanto, no consiste simplemente en utilizar mucho un teléfono. Una persona puede pasar varias horas frente a una computadora por motivos laborales, académicos o profesionales y mantener una relación saludable con la tecnología. La preocupación comienza cuando el uso deja de responder a una decisión consciente y pasa a interferir con otras áreas de la vida.
Una de las primeras señales es la dificultad para interrumpir la conexión. La persona puede decidir que utilizará el teléfono durante unos minutos y terminar permaneciendo mucho más tiempo del previsto. También puede comprobar repetidamente las redes sociales aunque no tenga una razón concreta para hacerlo. La Asociación Estadounidense de Psicología considera indicios de uso problemático que alguien quiera reducir su utilización y no pueda hacerlo, que dedique esfuerzos excesivos a mantener el acceso o que termine pasando más tiempo conectado del que había previsto.
La segunda señal importante aparece en el sueño. Revisar mensajes antes de dormir, despertarse para consultar notificaciones o prolongar el desplazamiento por las redes durante la noche puede reducir el tiempo destinado al descanso. La Organización Mundial de la Salud ha relacionado el uso problemático de redes sociales entre adolescentes con horarios de sueño más tardíos y menor descanso.
En los niños y adolescentes también puede aparecer irritabilidad cuando se interrumpe la conexión. El enojo intenso, la ansiedad o los cambios bruscos de humor cuando se retira el dispositivo o no existe acceso a internet pueden indicar que el aparato está adquiriendo un papel desproporcionado en la regulación emocional. Esto no significa que cualquier protesta de un menor frente a un límite constituya una señal de dependencia; el patrón debe observarse de forma sostenida y junto con otras conductas.
La tercera señal es la pérdida de concentración. Las interrupciones constantes provocadas por notificaciones, mensajes o la necesidad de revisar una aplicación pueden dificultar la atención prolongada. En estudiantes, esto puede traducirse en problemas para completar tareas, estudiar durante períodos continuos o mantener el rendimiento académico. El uso problemático también puede desplazar progresivamente actividades que requieren mayor esfuerzo sostenido.
La cuarta señal es el abandono de actividades que antes formaban parte de la rutina. Dejar de practicar un deporte, reducir los encuentros presenciales, abandonar un pasatiempo o preferir sistemáticamente permanecer conectado antes que participar en actividades familiares son cambios que merecen atención. La OMS advierte que los entornos digitales pueden desplazar las relaciones presenciales y favorecer el aislamiento cuando su utilización se vuelve excesiva.
La quinta señal es utilizar la pantalla como una forma habitual de escapar de emociones desagradables. El teléfono puede convertirse en una respuesta automática frente al aburrimiento, la tristeza, la soledad, el estrés o el enojo. En lugar de resolver o procesar aquello que genera malestar, la persona busca inmediatamente una nueva fuente de estímulos digitales. Este mecanismo puede terminar creando un círculo en el que la ansiedad impulsa una mayor conexión y la conexión excesiva genera nuevas dificultades.
La sexta señal está relacionada con la pérdida de control del tiempo. Una persona puede entrar a una aplicación con la intención de revisar un mensaje y terminar navegando durante horas sin advertir cuánto tiempo transcurrió. El problema no está solamente en la duración, sino en la incapacidad de establecer límites y cumplirlos.
La séptima señal es la necesidad de permanecer permanentemente conectado. El miedo a perderse una conversación, una publicación o una novedad —conocido como FOMO— puede generar la necesidad de revisar constantemente las redes. A esto se suman conductas como el desplazamiento interminable de contenidos negativos, conocido como doomscrolling, y la ansiedad asociada a no disponer del teléfono, denominada nomofobia. Estos fenómenos pueden intensificar un vínculo ya problemático con el dispositivo.
La octava señal aparece cuando la persona continúa utilizando las pantallas pese a reconocer que están generando consecuencias negativas. Puede saber que duerme menos, que discute con familiares, que descuida sus obligaciones o que abandonó actividades importantes y, aun así, no consigue modificar el comportamiento. Esa combinación entre conciencia del problema y dificultad para detenerlo es uno de los indicadores más relevantes de uso problemático.
En los adolescentes existe además un factor particular: las redes sociales pueden convertirse en un espacio central para construir identidad y pertenencia. Por eso, eliminar de manera abrupta el acceso puede ser contraproducente. La preocupación surge cuando las relaciones digitales sustituyen de forma sistemática las experiencias presenciales o cuando el temor a quedar excluido genera ansiedad intensa.
La comparación social constituye otro riesgo. La exposición constante a imágenes cuidadosamente seleccionadas de cuerpos, estilos de vida, viajes o situaciones aparentemente perfectas puede modificar la percepción que los jóvenes tienen de sí mismos. Según los datos citados por Infobae, el 67% de los adolescentes argentinos consultados había visto contenidos relacionados con dietas o cambios en la apariencia física.
En los adultos, las señales pueden presentarse de una manera diferente. Revisar el celular durante una conversación, interrumpir una comida para responder mensajes, mirar constantemente las notificaciones o utilizar el dispositivo durante actividades que antes se realizaban sin tecnología son comportamientos que pueden indicar que el teléfono está ocupando un lugar excesivo.
También pueden aparecer consecuencias físicas. El sedentarismo, las molestias cervicales y posturales, la fatiga visual y las alteraciones del descanso son algunos de los problemas asociados a períodos prolongados de exposición y a determinadas posturas. No todos estos síntomas significan que exista una adicción, pero pueden indicar que es necesario revisar los hábitos cotidianos.
La salud mental merece una consideración particular. La OMS señala que los entornos digitales pueden tener efectos positivos, pero también pueden contribuir a problemas como ansiedad, depresión, aislamiento y alteraciones del sueño, especialmente en personas vulnerables. La relación tampoco es necesariamente de causa y efecto en una sola dirección: una persona que ya atraviesa ansiedad o soledad puede recurrir más a las redes y, al mismo tiempo, el uso excesivo puede terminar agravando esas dificultades.
Por esa razón, los especialistas recomiendan evitar una interpretación simplista basada únicamente en el número de horas. Dos personas pueden pasar el mismo tiempo conectadas y tener consecuencias completamente diferentes. Lo importante es observar qué actividades están siendo desplazadas y si existe capacidad real para desconectarse.
La intervención tampoco tiene que comenzar necesariamente con una prohibición absoluta. En niños y adolescentes, establecer reglas claras, mantener conversaciones sobre lo que ocurre en internet y crear espacios familiares sin dispositivos puede ser más útil que retirar el teléfono como castigo. El comportamiento de los adultos también tiene un papel importante: los menores tienden a incorporar las prácticas que observan en su entorno.
En los adultos pueden funcionar medidas sencillas, como establecer momentos sin teléfono durante las comidas, las conversaciones y la actividad física, además de evitar llevar el dispositivo a la cama. Desactivar notificaciones innecesarias y retirar de la pantalla principal las aplicaciones que generan consultas compulsivas también puede ayudar a reducir los estímulos automáticos.
La recuperación del equilibrio requiere sustituir parte del tiempo digital por actividades concretas. Caminar, practicar ejercicio, leer, conversar cara a cara, realizar actividades artísticas o simplemente permanecer un período sin estímulos digitales permite recuperar espacios que pueden haber quedado desplazados por la conexión permanente.
En los casos en que la pérdida de control sea persistente y afecte significativamente el sueño, los estudios, el trabajo, las relaciones o el estado emocional, puede ser conveniente buscar orientación profesional. La utilización intensa de un teléfono no constituye por sí misma un diagnóstico de adicción y las clasificaciones médicas no reconocen la llamada “adicción al celular” como un trastorno independiente. Lo que debe evaluarse es el patrón de comportamiento y el deterioro que pueda estar provocando.
La discusión sobre las pantallas tampoco implica que la tecnología sea perjudicial en sí misma. Los dispositivos permiten estudiar, trabajar, comunicarse, acceder a servicios y mantener vínculos a distancia. La propia OMS reconoce que los entornos digitales pueden ampliar oportunidades de aprendizaje, comunicación y acceso a servicios de salud. El desafío consiste en impedir que sus beneficios queden anulados por un uso que termine desplazando necesidades básicas.
El criterio más útil, entonces, no es preguntar únicamente “¿cuántas horas pasa frente al teléfono?”, sino qué está ocurriendo durante esas horas y qué queda fuera de la vida cotidiana por permanecer conectado. Cuando dormir, estudiar, trabajar, hacer ejercicio, conversar o relacionarse presencialmente comienzan a perder espacio de manera constante, la tecnología deja de ser solamente una herramienta y empieza a convertirse en un factor que afecta el bienestar.
El uso saludable de las pantallas no depende de eliminar los dispositivos, sino de conservar la capacidad de decidir cuándo utilizarlos y cuándo desconectarse. Las ocho señales más importantes —problemas de sueño, irritabilidad, pérdida de concentración, deterioro del rendimiento, utilización como escape emocional, aislamiento, pérdida del control del tiempo y conexión impulsiva— adquieren relevancia cuando aparecen de manera repetida y empiezan a interferir con la vida cotidiana. En niños y adolescentes, la observación de estas conductas resulta especialmente importante porque el desarrollo emocional, social y académico todavía está en proceso. En los adultos, el impacto puede verse en el descanso, las relaciones, la actividad física y la capacidad de concentración. La clave no está en demonizar la tecnología, sino en evitar que termine ocupando el lugar del sueño, el movimiento, las relaciones presenciales y otras actividades esenciales para la salud.
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