El crecimiento de las apuestas deportivas y los juegos de azar a través del celular está modificando la forma en que se desarrolla la ludopatía y haciendo que una conducta que antes requería acudir físicamente a un casino pueda realizarse en cualquier momento y desde prácticamente cualquier lugar. La disponibilidad permanente, las billeteras electrónicas, la publicidad vinculada al deporte y la participación de adolescentes y jóvenes están creando un escenario particularmente complejo para la prevención. Especialistas consultados por DEF advierten que el problema no consiste en que toda persona que apuesta desarrolle una adicción, sino en que el entorno digital reduce las barreras para apostar y puede facilitar que una conducta inicialmente recreativa evolucione hacia una pérdida de control, endeudamiento, aislamiento y deterioro de la salud mental.
La principal transformación respecto del juego tradicional es la disponibilidad. Ya no es necesario desplazarse hasta un casino, una sala de apuestas o un hipódromo para realizar una jugada: basta con tener un teléfono y acceso a una plataforma. La entrevistada por DEF, la psicoanalista Silvia Papuchado, señala que esta característica modifica sustancialmente la relación con el juego porque permite apostar de manera inmediata y repetida, incluso en momentos en los que la persona debería estar realizando otras actividades. El artículo indica que el 83% de las apuestas se realizan desde celulares, un dato que ayuda a dimensionar hasta qué punto el teléfono se convirtió en la principal puerta de entrada al juego digital.
La preocupación aumenta cuando el fenómeno alcanza a menores y adolescentes. Según los datos citados por DEF, la ludopatía puede comenzar a edades muy tempranas y existe una participación considerable de jóvenes en apuestas digitales. La investigación científica internacional confirma que la adolescencia constituye una etapa de especial vulnerabilidad frente al juego problemático: una revisión sistemática sobre apuestas en línea encontró una gran variabilidad en las tasas de juego problemático entre adolescentes, debido a las diferencias metodológicas de los estudios, pero identificó consistentemente la existencia de un grupo que desarrolla patrones de juego problemático o trastorno del juego.
El problema no es solamente la posibilidad de perder dinero. El juego problemático puede relacionarse con dificultades de regulación emocional, impulsividad, ansiedad, depresión y otros problemas psicológicos. Una revisión sistemática sobre juego problemático y adolescencia encontró asociaciones entre estas conductas y diferentes problemas emocionales y psiquiátricos, aunque los investigadores advierten que las relaciones son complejas y no deben interpretarse automáticamente como una relación causal en un único sentido. En algunos casos, una vulnerabilidad psicológica previa puede aumentar el riesgo de desarrollar una conducta adictiva y, posteriormente, el juego puede agravar las dificultades existentes.
La tecnología agrega otro elemento: la velocidad con la que se suceden las decisiones. Una apuesta puede realizarse en segundos, conocer su resultado rápidamente y volver a apostar inmediatamente. Esa sucesión reduce el intervalo entre la decisión, la expectativa y la recompensa o pérdida, haciendo que el comportamiento pueda repetirse muchas veces en períodos muy cortos. En el caso de los adolescentes, esta dinámica adquiere particular importancia porque las investigaciones sobre desarrollo juvenil han identificado una mayor vulnerabilidad frente a conductas impulsivas y de búsqueda de riesgo durante esta etapa.
La publicidad constituye otro componente central. El artículo de DEF señala que las casas de apuestas aparecen vinculadas a clubes, competiciones y equipos deportivos, de modo que el mensaje comercial puede integrarse en contenidos que los jóvenes consumen habitualmente. La apuesta deja así de presentarse exclusivamente como una actividad asociada al azar y comienza a aparecer vinculada con el fútbol, el entretenimiento, la emoción de un partido o incluso con la idea de obtener ingresos rápidos. Para un adolescente, esa exposición repetida puede contribuir a normalizar una actividad que legalmente está restringida para menores.
Las redes sociales profundizan esa normalización porque permiten que las apuestas sean mostradas como una actividad colectiva. Jóvenes que comparten pronósticos, capturas de ganancias o desafíos pueden generar una percepción de que apostar es una práctica habitual dentro de su grupo. La literatura científica sobre adolescentes y juego identifica precisamente la influencia de los pares, la búsqueda de sensaciones, la impulsividad y determinadas distorsiones cognitivas como factores relacionados con un mayor riesgo de desarrollar problemas de juego.
En este punto aparece un fenómeno conocido como imitación o “copycat”, mencionado por Papuchado en la entrevista. El adolescente observa a otras personas apostar, interpreta la conducta como socialmente aceptada y puede reproducirla sin comprender plenamente sus consecuencias. La dificultad aumenta cuando quienes muestran las apuestas también exhiben únicamente los resultados positivos, como una supuesta ganancia, pero no muestran el dinero perdido, las deudas o el tiempo dedicado a jugar. De esa manera se genera una representación distorsionada de las probabilidades reales.
Uno de los principales mecanismos que mantiene el juego problemático es precisamente la expectativa de recuperar lo perdido. Después de una derrota, la persona puede pensar que la próxima apuesta permitirá recuperar el dinero anterior. Si vuelve a perder, aumenta la necesidad de recuperar una suma cada vez mayor y el proceso puede convertirse en un ciclo. El problema deja de ser entonces la búsqueda de entretenimiento y pasa a estar dominado por la necesidad de reparar una pérdida anterior, una conducta conocida como persecución de pérdidas.
Las señales de alerta pueden variar según la edad. En adolescentes, Papuchado menciona cambios en los hábitos cotidianos, alteraciones del sueño o la alimentación, aislamiento y modificaciones repentinas en las relaciones sociales. En adultos, además de cambios de comportamiento, pueden aparecer endeudamiento, solicitudes de préstamos y dificultades para explicar determinados movimientos de dinero. La combinación de varios de estos signos merece mayor atención que una apuesta ocasional aislada.
El endeudamiento es una de las consecuencias más visibles porque las plataformas digitales permiten realizar operaciones con enorme rapidez. Una persona puede comenzar con pequeñas cantidades y aumentar progresivamente el dinero apostado a medida que intenta recuperar pérdidas. El acceso a billeteras electrónicas y otros medios de pago facilita el proceso y puede hacer que familiares descubran el problema solamente cuando las consecuencias financieras ya son importantes.
En Argentina, la propia Línea 141 ha registrado la evolución de las consultas vinculadas con el juego compulsivo. Un boletín oficial de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina analizó las llamadas recibidas por esta línea entre octubre de 2018 y octubre de 2025 y señaló que los juegos con dinero comenzaron a ser abordados como una problemática de salud, debido a sus posibles consecuencias comparables con otras conductas adictivas.
La dimensión digital también dificulta que las familias detecten el problema a tiempo. Un adolescente puede apostar desde su habitación utilizando un teléfono que sus padres consideran un dispositivo cotidiano. No necesariamente existen fichas, boletos, recibos o movimientos físicos que permitan identificar inmediatamente la actividad. Las transacciones electrónicas pueden mezclarse con otras operaciones y las aplicaciones pueden permanecer ocultas entre las numerosas funciones del dispositivo.
La investigación científica tampoco respalda una cifra única sobre cuántos adolescentes desarrollan ludopatía. Una revisión sistemática encontró resultados muy diferentes entre los estudios debido a las distintas escalas utilizadas, edades de las muestras y períodos analizados. Para el trastorno del juego propiamente dicho, los estudios revisados encontraron porcentajes mucho menores que para las categorías más amplias de juego problemático. Esa diferencia es importante porque no toda persona que apuesta ocasionalmente puede ser considerada clínicamente ludópata.
Esta distinción resulta esencial para evitar diagnósticos exagerados. Apostar alguna vez no significa necesariamente tener un trastorno del juego. La preocupación aparece cuando existe pérdida de control, la persona no consigue reducir o detener la conducta, continúa apostando pese a las consecuencias negativas y el juego comienza a interferir con las relaciones, los estudios, el trabajo, las finanzas o el bienestar psicológico.
El tratamiento depende de la gravedad y de las características de cada persona. DEF recoge que algunos pacientes pueden ser tratados mediante psicoterapia, mientras que los casos más graves pueden requerir una intervención intensiva e incluso internación. El abordaje puede incluir psicología, psiquiatría, terapia grupal y participación familiar. La evidencia disponible sobre intervenciones preventivas en adolescentes indica que los programas educativos pueden reducir conductas de juego, aunque una revisión publicada en 2025 calificó como muy baja la certeza global de esa evidencia, por lo que todavía se necesitan estudios más sólidos.
La familia tiene un papel especialmente importante cuando el afectado es menor. La respuesta no debería limitarse a retirar el teléfono o castigar al adolescente, porque esas medidas pueden ocultar temporalmente el comportamiento sin abordar las razones que lo mantienen. Es necesario comprender qué función cumple la apuesta, cuánto tiempo ocupa, qué pérdidas produjo, si existen otras conductas de riesgo y si hay problemas emocionales previos que necesitan atención.
La prevención también debe alcanzar a las plataformas y al Estado. El artículo plantea la necesidad de reforzar los controles de edad, revisar la publicidad y desarrollar programas de educación en salud mental. La evidencia disponible sobre adolescentes indica que las estrategias preventivas pueden producir efectos, aunque requieren diseños sostenidos y adaptados a las características del entorno digital. No basta con advertir que “apostar es peligroso” cuando el joven recibe diariamente mensajes comerciales que presentan el juego como diversión, competencia y posibilidad de ganar dinero.
Existe además una cuestión regulatoria particularmente difícil: bloquear una plataforma no necesariamente elimina el acceso al juego. Los usuarios pueden migrar hacia otros sitios, utilizar servicios no regulados o recurrir a mecanismos de pago alternativos. Por eso, la prevención requiere una combinación de controles tecnológicos, regulación publicitaria, verificación de identidad y edad, educación y asistencia sanitaria. Cada una de esas medidas aborda una parte diferente del problema.
La pandemia también aparece en el análisis de DEF como un punto de inflexión. El aislamiento social incrementó el tiempo frente a las pantallas y estuvo acompañado por un deterioro de distintos indicadores de salud mental. En ese contexto, las actividades digitales adquirieron una importancia todavía mayor y las apuestas pudieron incorporarse con facilidad a las rutinas domésticas. La combinación entre disponibilidad permanente, aislamiento y dificultades emocionales creó condiciones especialmente favorables para la expansión del juego en línea.
La problemática tampoco debe reducirse exclusivamente a los jóvenes. Los adultos pueden desarrollar patrones de juego problemático y las consecuencias pueden extenderse rápidamente al resto de la familia. Una deuda provocada por apuestas puede afectar el presupuesto doméstico, generar conflictos de pareja, comprometer ahorros y producir una cadena de préstamos destinados a cubrir pérdidas anteriores. Por eso, el impacto de la ludopatía no termina en la persona que realiza la apuesta.
La diferencia fundamental entre una práctica recreativa y un trastorno está en la relación que la persona establece con el juego. Cuando puede apostar ocasionalmente, aceptar una pérdida, detenerse y continuar con su vida cotidiana, no existe necesariamente un patrón adictivo. Cuando el juego comienza a ocupar progresivamente más tiempo y atención, se convierte en una prioridad y continúa pese a sus consecuencias, la situación cambia y requiere una evaluación profesional.
La ludopatía digital representa uno de los desafíos emergentes de la salud mental porque combina un comportamiento adictivo conocido con un entorno tecnológico diseñado para ofrecer acceso inmediato y permanente. El celular elimina muchas de las barreras que antes separaban a una persona del juego, mientras que la publicidad deportiva, las redes sociales y los sistemas de pago digitales pueden contribuir a su normalización. La mayor preocupación se concentra en adolescentes y jóvenes, pero el problema alcanza también a adultos y puede afectar a familias completas mediante endeudamiento, aislamiento y deterioro de las relaciones. La respuesta requiere detectar las señales tempranas, ofrecer tratamiento cuando existe pérdida de control y desarrollar políticas que combinen prevención, regulación, control de edad y responsabilidad de las plataformas.
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