Emirlendris Carolina Benítez Rosales se convirtió durante años en uno de los casos más emblemáticos de las denuncias sobre presos políticos en Venezuela. Comerciante y madre, fue detenida el 5 de agosto de 2018 cuando tenía cuatro meses de embarazo y posteriormente acusada de participar en el fallido atentado con drones contra Nicolás Maduro ocurrido un día antes. Benítez negó las acusaciones y organizaciones de derechos humanos sostuvieron que no existían pruebas creíbles que la vincularan con el ataque. Durante su encarcelamiento denunció haber sufrido torturas y malos tratos mientras estaba embarazada, perdió el embarazo y quedó con graves problemas de salud que terminaron obligándola a utilizar una silla de ruedas. En 2022 fue condenada a 30 años de prisión. Tras permanecer casi ocho años privada de libertad, su nombre apareció entre los casos de presos políticos excarcelados por las autoridades venezolanas en agosto de 2026.
La historia de Benítez comenzó el 5 de agosto de 2018, cuando viajaba en un automóvil junto con su pareja, Jolmer Escalona, realizando un servicio de transporte. Ambos fueron detenidos durante un control policial en el estado Portuguesa, un día después del atentado con drones ocurrido durante un acto militar en Caracas en el que Maduro resultó ileso. Según las organizaciones que documentaron el caso, Benítez no tenía relación conocida con actividades políticas ni militares y fue trasladada posteriormente a Caracas, donde quedó bajo custodia de organismos de inteligencia.
La acusación contra ella estuvo vinculada al denominado “caso drones”. El 4 de agosto de 2018, dos drones cargados con explosivos detonaron durante un acto conmemorativo de la Guardia Nacional Bolivariana en Caracas mientras Maduro pronunciaba un discurso. El Gobierno venezolano presentó el episodio como un intento de magnicidio y posteriormente detuvo a varias personas a las que señaló como integrantes de una conspiración. Benítez fue incorporada a esa investigación pese a que, según sus familiares y organizaciones de derechos humanos, no existían elementos que demostraran su participación en la planificación o ejecución del ataque.
El caso adquirió especial gravedad porque Benítez estaba embarazada cuando fue detenida. Según el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre la Detención Arbitraria, durante su permanencia bajo custodia sufrió interrogatorios y malos tratos que incluyeron golpes y otras formas de violencia, pese a que había informado a sus captores de su embarazo. El documento de Naciones Unidas recoge denuncias según las cuales fue sometida a asfixia con bolsas y agua y recibió golpes y patadas en el abdomen. Estas afirmaciones forman parte de las denuncias documentadas internacionalmente y fueron presentadas como elementos para evaluar la legalidad de su detención.
La pérdida del embarazo se convirtió posteriormente en uno de los aspectos más dramáticos de su caso. Organizaciones como Amnistía Internacional señalaron que Benítez sufrió una interrupción del embarazo después de haber sido sometida a torturas y otros malos tratos durante su reclusión. La organización afirmó que posteriormente fue trasladada a un centro médico y que el episodio tuvo consecuencias físicas y psicológicas duraderas.
Su estado de salud continuó deteriorándose durante los años siguientes. Amnistía Internacional documentó que las consecuencias de la tortura y de las condiciones de reclusión afectaron gravemente su movilidad y que terminó necesitando una silla de ruedas. La organización también denunció que durante períodos prolongados tuvo dificultades para acceder a atención médica especializada, pese a presentar episodios de desmayo y otros problemas de salud.
El deterioro físico fue particularmente llamativo porque, según testimonios recogidos por Infobae, Benítez caminaba cuando comenzó su encarcelamiento y posteriormente perdió progresivamente su movilidad. En 2023, Amnistía Internacional informó que finalmente había sido trasladada a un centro médico para recibir atención por varios problemas derivados de la tortura y de las condiciones de reclusión. La organización sostuvo que necesitaba tratamiento integral y seguimiento médico especializado.
Después de pasar aproximadamente un año en instalaciones de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), Benítez fue trasladada al Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), en Los Teques. Allí permaneció durante buena parte de su encarcelamiento. Las condiciones de reclusión fueron cuestionadas reiteradamente por organizaciones de derechos humanos, que denunciaron problemas de alimentación, atención médica y condiciones generales de detención.
El proceso judicial tampoco estuvo exento de controversia. En 2022, un tribunal venezolano condenó a Benítez a 30 años de prisión, acusándola de delitos relacionados con terrorismo y el supuesto intento de magnicidio. Organizaciones como Amnistía Internacional calificaron la condena de injusta y sostuvieron que las autoridades no habían presentado pruebas creíbles que justificaran su responsabilidad en los hechos.
La situación fue observada también por mecanismos internacionales. El Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre la Detención Arbitraria concluyó que la privación de libertad de Benítez era arbitraria y pidió su liberación inmediata, además de señalar la necesidad de que recibiera reparación. El documento cuestionó aspectos relacionados con su detención, la falta de garantías y las condiciones en las que permaneció bajo custodia.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también había otorgado medidas de protección relacionadas con su situación. Según la información difundida por sus familiares y organizaciones de derechos humanos, esas medidas buscaban proteger su vida e integridad física ante el deterioro de su salud y las condiciones de encarcelamiento. Sin embargo, las denuncias sobre la falta de atención adecuada continuaron durante años.
Benítez se convirtió así en una figura representativa de las mujeres encarceladas por causas políticas en Venezuela. Su caso reunía varios elementos que provocaron especial preocupación internacional: una detención cuestionada, un embarazo durante la reclusión, denuncias de tortura, pérdida del bebé, deterioro físico, dificultades para recibir atención médica y una condena de tres décadas. Su nombre fue mencionado repetidamente por organizaciones venezolanas e internacionales que reclamaban la liberación de los presos considerados políticos.
En marzo de 2026, Foro Penal volvió a señalar públicamente que Benítez continuaba privada de libertad desde agosto de 2018 y reclamó su liberación. El mensaje de la organización muestra la duración extraordinaria de su encarcelamiento: casi ocho años después de su detención, su caso seguía sin resolverse mediante una liberación definitiva.
El escenario cambió en agosto de 2026. El Gobierno venezolano anunció la excarcelación de 131 presos políticos en medio de un proceso de diálogo con sectores de la oposición. Foro Penal confirmó inicialmente un número menor de liberaciones efectivamente verificadas, pero posteriormente las autoridades continuaron ejecutando excarcelaciones. Entre los nombres identificados se encontraba Emirlendris Benítez.
La liberación tiene además un significado particular porque se produjo después de años de reclamos internacionales. El caso de Benítez había sido utilizado por organizaciones de derechos humanos como ejemplo de los efectos que pueden producir las detenciones prolongadas y las denuncias de tortura sobre personas acusadas en investigaciones de carácter político. Su excarcelación representa, por tanto, el cierre de una etapa de casi ocho años de encarcelamiento, aunque no elimina automáticamente las consecuencias físicas y psicológicas acumuladas durante ese período.
La situación de las personas liberadas tampoco es necesariamente equivalente a una absolución. Los reportes sobre las excarcelaciones de agosto señalan que algunos presos políticos recuperaron la libertad bajo determinadas condiciones o con restricciones judiciales. Por eso, la excarcelación debe distinguirse de una declaración de inocencia o de una anulación automática de las condenas. En el caso de Benítez, las organizaciones de derechos humanos han reclamado durante años no solamente su libertad, sino también reparación por las violaciones que denunciaron.
El contexto de su liberación es igualmente relevante. Venezuela atraviesa en 2026 un proceso político caracterizado por negociaciones entre sectores del oficialismo y la oposición, con participación y presión internacional. La liberación de presos políticos se convirtió en uno de los principales puntos de discusión dentro de ese proceso. El anuncio de 131 excarcelaciones fue presentado por las autoridades como una medida vinculada al diálogo nacional, mientras organizaciones opositoras y de derechos humanos insistieron en que todavía existen personas detenidas por razones políticas.
La cifra de presos políticos ha variado considerablemente durante 2026 debido a las sucesivas excarcelaciones. Foro Penal había registrado cientos de personas detenidas por razones políticas antes de esta nueva ronda de liberaciones y había advertido en ocasiones anteriores sobre las diferencias entre los anuncios oficiales y las liberaciones que podían ser verificadas individualmente. Esa cautela resulta importante porque la existencia de una lista oficial de excarcelados no significa necesariamente que todas las personas hayan recuperado inmediatamente su libertad plena.
El caso de Benítez también permite observar cómo una acusación relacionada con un acontecimiento político de alto impacto puede tener consecuencias personales que se extienden durante años. La investigación sobre el atentado contra Maduro produjo numerosos procesos y condenas, pero los casos individuales presentaron circunstancias muy diferentes. En el caso de Benítez, organismos internacionales cuestionaron específicamente la legalidad de su detención y las condiciones en las que fue mantenida bajo custodia.
Su historia ha quedado marcada además por la separación familiar. Durante los primeros años de detención, sus familiares denunciaron dificultades para conocer su paradero y acceder a ella. Posteriormente, las restricciones de visita y las condiciones penitenciarias complicaron aún más el contacto. En mayo de 2026, una fotografía de Benítez junto con familiares fue utilizada por el propio Gobierno venezolano en una publicación relacionada con el Día Internacional de la Familia, generando críticas de organizaciones de derechos humanos que consideraron contradictorio que se utilizara la imagen de una mujer encarcelada políticamente para una campaña institucional sobre la familia.
La liberación también vuelve a poner el foco sobre su recuperación. Después de casi ocho años de encarcelamiento y de las secuelas físicas denunciadas, la salida de prisión no significa necesariamente el final de sus dificultades. El acceso a atención médica especializada, rehabilitación física y tratamiento psicológico puede ser determinante para evaluar hasta qué punto algunas de las lesiones y limitaciones desarrolladas durante su encarcelamiento pueden ser tratadas.
El caso plantea además una cuestión jurídica que continuará abierta: qué ocurrirá con la condena de 30 años que recibió en 2022. Una excarcelación puede responder a una medida política, judicial o administrativa y no necesariamente equivale a la anulación de una sentencia. Para que exista una reparación integral, las organizaciones que defendieron a Benítez han planteado durante años la necesidad de revisar la condena y establecer responsabilidades por las violaciones denunciadas.
La historia de Emirlendris Benítez se encuentra, por ello, en un punto de transición. Durante años fue conocida principalmente como una mujer encarcelada por el llamado caso drones; después pasó a convertirse en un símbolo de las denuncias internacionales sobre tortura, detención arbitraria y falta de atención médica en Venezuela. Ahora, tras su excarcelación, el desafío es determinar qué condiciones acompañarán su libertad y si las autoridades permitirán que su caso sea revisado desde la perspectiva de los derechos humanos y de la reparación a la víctima.
La excarcelación de Emirlendris Benítez pone fin a casi ocho años de una historia marcada por una acusación que ella negó, una condena de 30 años y graves denuncias sobre las condiciones en las que permaneció detenida. Su caso adquirió una dimensión internacional porque organismos como Naciones Unidas y Amnistía Internacional cuestionaron la legalidad de su encarcelamiento y documentaron denuncias de tortura, pérdida del embarazo y deterioro de su salud. La salida de prisión representa un cambio fundamental en su situación, pero no borra las consecuencias de los años de encarcelamiento ni resuelve por sí sola las cuestiones relacionadas con su condena, su estado de salud y las denuncias de violaciones de derechos humanos. Benítez queda ahora como uno de los rostros más conocidos de una crisis penitenciaria y política que todavía mantiene a otras personas privadas de libertad y que continúa siendo uno de los principales obstáculos para una normalización institucional en Venezuela.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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