El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el lunes 10 de agosto continúa generando consecuencias graves en distintas regiones del país, mientras los organismos de emergencia avanzan con la búsqueda de desaparecidos, la identificación de víctimas y la evaluación de edificios y viviendas dañados. El movimiento tuvo su epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y se sintió con fuerza en ciudades como Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó. Según el balance difundido por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), la cifra de fallecidos llegó a 285, mientras que miles de personas resultaron heridas y cientos continúan desaparecidas o sin localizar. La magnitud de los daños obligó al Gobierno colombiano a mantener desplegados equipos de rescate, asistencia humanitaria y evaluación estructural en varias zonas afectadas.
El sismo ocurrió a las 7:34 de la mañana y tuvo una duración suficiente para ser percibido en una extensa parte del territorio colombiano. La intensidad del movimiento provocó daños en viviendas, edificios y otras infraestructuras, especialmente en municipios del centro y occidente del país. Pereira aparece entre las localidades más golpeadas, mientras que Cali, Manizales, Armenia y Quibdó también registraron afectaciones importantes. La emergencia adquirió una dimensión nacional porque el terremoto no concentró sus efectos exclusivamente en el área cercana al epicentro, sino que produjo daños y situaciones de emergencia en diferentes departamentos.
Uno de los mayores desafíos para las autoridades continúa siendo la búsqueda de personas que permanecen desaparecidas. En el balance difundido por la UNGRD, Cali registraba 105 fallecidos y 1.401 heridos, mientras Pereira acumulaba 93 muertos y 260 personas desaparecidas. Cinco capitales —Cali, Pereira, Quibdó, Manizales y Armenia— permanecían bajo alerta roja, con un total de 375 personas desaparecidas o no localizadas y 311 estructuras colapsadas. Estas cifras explican por qué las operaciones de rescate y evaluación todavía no pueden considerarse concluidas.
La situación de las víctimas también ha requerido un trabajo complejo por parte de Medicina Legal. Con corte al jueves 13 de agosto, el organismo había recibido 260 cuerpos relacionados con el terremoto. De ese total, 246 habían sido identificados plenamente y 222 ya habían sido entregados a sus familiares. Entre los fallecidos identificados había 17 menores de edad, un dato que evidencia el impacto de la tragedia sobre familias enteras y que ha obligado a mantener un proceso de identificación y entrega de cuerpos en distintas sedes.
Pereira se convirtió en uno de los principales puntos de la emergencia debido al colapso de edificaciones y a la necesidad de mantener operaciones de búsqueda durante varios días. La destrucción de estructuras generó situaciones especialmente complejas para los equipos de rescate, que deben ingresar a zonas inestables sin poner en riesgo a quienes todavía podrían encontrarse bajo los escombros. La evaluación estructural también resulta indispensable antes de permitir que las familias regresen a inmuebles que permanecen en pie, pero que podrían haber sufrido daños internos.
Cali también enfrenta una situación particularmente delicada. Además del elevado número de fallecidos y heridos, la ciudad registró colapsos de edificaciones y personas desaparecidas. Uno de los casos que refleja la dimensión humana de la tragedia es el de la familia Saavedra Caicedo, cuyos integrantes quedaron atrapados tras el derrumbe de un edificio en el barrio Cuarto de Legua. Los equipos de rescate localizaron posteriormente los cuerpos de varios miembros de la familia, mientras una de las hermanas permanecía con vida y era atendida en una unidad de cuidados intensivos.
El departamento del Chocó, donde se produjo el epicentro, continúa además registrando actividad sísmica. Durante la madrugada del viernes 14 de agosto se produjeron nuevos movimientos en San José del Palmar y Sipí que fueron reportados incluso por habitantes de Bogotá. Las réplicas constituyen una preocupación adicional para las comunidades que permanecen en viviendas dañadas o cerca de estructuras que ya presentan problemas de estabilidad.
La posibilidad de nuevas réplicas obliga a mantener protocolos de vigilancia incluso después de que haya pasado el terremoto principal. Una estructura que sufrió daños durante el primer movimiento puede volverse más vulnerable ante nuevos temblores, mientras que las condiciones meteorológicas pueden complicar las operaciones de rescate y aumentar los riesgos en determinadas zonas. En el Chocó, por ejemplo, las autoridades reportaron además tormentas eléctricas en Quibdó y otros municipios afectados por el terremoto.
La respuesta del Estado se encuentra ahora dividida entre dos necesidades simultáneas: atender la emergencia inmediata y comenzar la reconstrucción. Mientras los organismos de socorro buscan personas, recuperan cuerpos y atienden a los heridos, el Gobierno debe determinar qué viviendas pueden ser reparadas, cuáles deberán ser reconstruidas y qué zonas requieren intervenciones urbanas de mayor alcance. Esta transición resulta especialmente compleja porque miles de personas necesitan alojamiento temporal mientras se determina si podrán regresar a sus hogares.
El Gobierno colombiano anunció un plan de vivienda organizado en tres etapas para las personas afectadas. La estrategia contempla inicialmente subsidios de arrendamiento para quienes quedaron sin vivienda, posteriormente diagnósticos técnicos de los inmuebles y finalmente procesos de reparación, reconstrucción o renovación urbana en las zonas que resultaron más afectadas. El objetivo es evitar que las familias permanezcan indefinidamente en albergues y establecer una ruta diferenciada según el nivel de daño sufrido por cada vivienda.
La revisión de los daños se está ampliando también a municipios que inicialmente no figuraban entre los puntos más afectados. En Risaralda, el ministro del Interior, Rodrigo Lara Restrepo, inició una nueva evaluación después de reunirse con el gobernador y 12 alcaldes del departamento. La primera respuesta se había concentrado en Pereira y Dosquebradas, pero las autoridades consideran necesario ampliar el diagnóstico para determinar las consecuencias reales en otras localidades.
Esta segunda etapa es fundamental porque el número de estructuras aparentemente afectadas no siempre refleja el verdadero nivel de riesgo. Algunas viviendas pueden presentar daños visibles, mientras otras pueden haber sufrido problemas en columnas, vigas, muros o sistemas estructurales que solamente pueden ser detectados mediante una inspección técnica. Por ello, los organismos especializados deben determinar qué inmuebles son habitables, cuáles requieren reparación y cuáles representan un peligro para sus ocupantes.
La emergencia también está generando una demanda considerable de recursos básicos. Asocapitales advirtió que las ciudades afectadas necesitan equipos especializados para realizar evaluaciones estructurales, además de plantas eléctricas, agua, alimentos, medicamentos y materiales destinados a los albergues. La situación adquiere mayor complejidad cuando los servicios públicos resultan afectados o cuando las vías de comunicación dificultan el ingreso de ayuda a determinados municipios.
El número de fallecidos todavía debe considerarse provisional porque las operaciones de búsqueda continúan y los organismos responsables siguen actualizando sus registros. La UNGRD informó un balance de 285 muertos, mientras Medicina Legal había recibido hasta el jueves 260 cuerpos. Las diferencias entre ambos registros no necesariamente representan una contradicción: cada institución cumple funciones distintas y las cifras pueden actualizarse en momentos diferentes a medida que los cuerpos son recuperados, trasladados, identificados y registrados oficialmente.
La identificación de las víctimas constituye además una etapa esencial para las familias. Medicina Legal debe establecer la identidad mediante procedimientos forenses antes de entregar los cuerpos, particularmente cuando las condiciones en las que fueron recuperados dificultan el reconocimiento visual. El proceso requiere coordinación con familiares y autoridades locales, y puede prolongarse cuando existen personas desaparecidas cuyos paraderos todavía no han podido ser confirmados.
El terremoto también puso a prueba la capacidad de respuesta de las instituciones colombianas ante una emergencia de gran escala. Equipos de rescate, autoridades municipales, organismos nacionales, personal médico y fuerzas de seguridad tuvieron que coordinarse en varias regiones simultáneamente. La magnitud territorial de la emergencia obliga a distribuir recursos sin descuidar las zonas donde todavía existe la posibilidad de encontrar sobrevivientes.
Uno de los principales desafíos es precisamente establecer prioridades en una emergencia que continúa evolucionando. Los equipos deben concentrarse primero en las estructuras donde existen indicios de personas atrapadas, mientras otros grupos evalúan edificios, habilitan refugios, distribuyen suministros y atienden a los heridos. Al mismo tiempo, las autoridades deben comenzar a registrar las pérdidas económicas y definir los mecanismos de reconstrucción.
La tragedia también ha dejado una dimensión social que irá mucho más allá de los primeros días. Miles de personas que perdieron sus viviendas necesitarán asistencia durante semanas o meses, mientras las familias que perdieron integrantes deberán enfrentar procesos de duelo y recuperación. Los municipios más afectados tendrán que restablecer servicios, reparar infraestructura y recuperar actividades económicas interrumpidas por el desastre.
Las réplicas registradas en Chocó demuestran que la emergencia sísmica todavía no terminó completamente. Aunque la intensidad de los movimientos posteriores sea menor que la del terremoto principal, pueden generar nuevos desprendimientos o daños en estructuras que ya quedaron debilitadas. Por eso, las autoridades mantienen la vigilancia sobre las zonas afectadas y recomiendan mantener las medidas de seguridad mientras continúan las evaluaciones técnicas.
La magnitud de la tragedia también obliga a revisar la capacidad de preparación sísmica de las ciudades. Colombia posee una actividad tectónica importante y cuenta con numerosas áreas urbanas ubicadas en regiones susceptibles a movimientos telúricos. La experiencia de este terremoto puede convertirse en un elemento para evaluar normas de construcción, sistemas de alerta, protocolos de evacuación y capacidad de respuesta de los servicios de emergencia.
El terremoto del 10 de agosto, además, no puede analizarse únicamente a partir de la cifra de fallecidos. El número de heridos, desaparecidos, viviendas afectadas, edificios colapsados y familias desplazadas determina el verdadero alcance de una catástrofe. La reconstrucción requerirá recursos públicos, coordinación institucional y probablemente asistencia adicional para los municipios que no cuentan con capacidad financiera suficiente para recuperar por sí solos la infraestructura destruida.
Colombia enfrenta ahora una emergencia que pasó rápidamente de la fase de rescate a una etapa mucho más extensa de identificación de víctimas, atención humanitaria, evaluación estructural y reconstrucción. El terremoto de 7,4 con epicentro en San José del Palmar dejó al menos 285 muertos según el balance de la UNGRD, miles de heridos, cientos de desaparecidos y más de 300 estructuras colapsadas en las principales capitales afectadas. Pereira, Cali, Manizales, Armenia y Quibdó concentran buena parte de los daños, mientras el Chocó continúa bajo vigilancia por las réplicas. El desafío inmediato es localizar a quienes todavía permanecen desaparecidos y garantizar asistencia a los sobrevivientes; el siguiente será reconstruir viviendas, infraestructura y comunidades enteras. La magnitud de las pérdidas indica que la respuesta colombiana no será cuestión de días, sino de un proceso prolongado que deberá combinar emergencia, recuperación económica, atención social y reconstrucción segura.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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