
Hace poco, un miembro de mi iglesia me contó qué fue lo que más le impactó la primera vez que asistió a nuestro servicio dominical, hace diez años. ¿Fue la fiel enseñanza de la Biblia? ¿O tal vez la amabilidad de la gente? ¿La forma en que el evangelio informa todo lo que hacemos? No.
«Al mirar a mi alrededor, vi que todo el mundo estaba cantando de verdad. En voz alta. Como si realmente lo creyeran», me dijo. Él creció en un contexto de iglesia en el que cantar parecía algo opcional. Cuando nos visitó, se quedó asombrado al ver a tanta gente reunida en un mismo lugar y al mismo tiempo, cantando con todo el corazón a Dios. Su comentario me animó y me entristeció a la vez. Me animó porque eso es lo que yo he experimentado en mi iglesia. Me entristeció porque sé que eso no es lo normal.
Pero ¿no debería serlo? En todas partes, la Biblia ordena, invita y da ejemplo de cantar como respuesta a la Palabra, las obras y la dignidad de Dios. El canto aparece cuando Dios crea el mundo (Job 38:6-7), cuando Dios libera a los israelitas de Egipto (Éx 15:1), cuando David y otros proclaman las obras maravillosas de Dios (1 Cr 16:9), cuando el pueblo de Dios se reúne para alabarle (Sal 149:1), cuando peregrinamos entre las naciones (Sal 108:3) y cuando lleguemos a los nuevos cielos y la nueva tierra (Ap 15:3). De principio a fin, la Biblia da por sentado que el evangelio convierte a los pecadores en santos y a los santos en cantantes.
El evangelio convierte a los pecadores en santos y a los santos en cantantes
Entonces, si los cantos son una de las principales formas que Dios ha diseñado para darle gloria, animar nuestros corazones y proclamar las buenas nuevas de la salvación, ¿cómo podríamos dejar de cantar el domingo en el culto de adoración? Por supuesto, un liderazgo deficiente, bandas que tocan demasiado alto y una mala elección de canciones pueden obstaculizar la voz de la congregación. Pero los miembros también deben desempeñar su papel, y somos bastante expertos a la hora de encontrar excusas para no cantar. Por eso, vamos a analizar siete obstáculos con la esperanza de que Dios pueda «afinar nuestros corazones» para cantar de Su gracia, independientemente de lo que esté sucediendo a nuestro alrededor.
1. La ignorancia
Muchos cristianos simplemente no comprenden la importancia que Dios concede al canto. Las Escrituras contienen más de cincuenta mandamientos que nos dicen que cantemos. ¿Por qué? Cantar expresa y evoca nuestros afectos, nos permite recordar la Palabra de Dios y profundiza la unidad de la que disfrutamos a través del evangelio. Cantar es más que una buena idea. Es un don para nuestro bien. Como dice Paul Tripp: «Las canciones dan alas a las emociones de nuestro corazón». Pero, si no nos damos cuenta de eso, estaremos menos motivados para cantar.
2. El temor al hombre
Hay personas que se sienten cohibidas por su voz. Quizá te hayan dicho que no sabes cantar, que desafinas o, peor aún, que no tienes oído musical. Te preguntas qué pensarán los demás de tu forma de cantar y no quieres llamar la atención. Pero si Jesús reprendió a los fariseos por querer acallar la alabanza de los niños (Mt 21:15-16), es dudoso que Él tenga problemas con tu voz. El Padre busca adoradores, no cantantes profesionales. Él escucha tu corazón, no tu tono.
La verdadera cuestión es cuál es la gloria que ocupa nuestra atención. ¿Realmente buscamos la gloria de Dios cuando nuestros pensamientos están absortos en el sonido de nuestra propia voz? Una de las bellezas del canto congregacional es que cada voz —fuerte o débil, buena o mala— queda absorbida por el sonido de toda la iglesia. ¡Aprovecha al máximo esa oportunidad!
3. Condenación
No es raro entrar al culto de la iglesia más conscientes de nuestra culpa que del perdón de Dios. No nos sentimos dignos de cantar con los santos. Si la gente supiera lo que hemos hecho, o con qué estamos luchando, probablemente nos tildarían de hipócritas. Al menos, eso es lo que nos decimos a nosotros mismos. Pero para todos los que estamos en Cristo, el evangelio nos dice que hemos sido perdonados de todo corazón, por completo y de una vez por todas, a través de la muerte sustitutiva de nuestro Salvador en la cruz (He 10:12; 12:2; Col 2:13).
No cantamos porque «nos sintamos» perdonados, sino porque somos perdonados. Cantar con el pueblo de Dios nos recuerda esa realidad gloriosa que transforma la vida. Como dijo Charles Spurgeon: «Debemos cantar la obra consumada de un precioso Salvador; y quien más conozca el amor perdonador, cantará más fuerte».
4. La mundanalidad
El Salmo 147:1 nos dice:
¡Cuán bueno es cantar salmos a nuestro Dios,
cuán agradable y justo es alabarlo! (NVI).
¿Por qué es agradable alabar a Dios? No solo porque la música es placentera, sino porque Dios mismo lo es. La melodía, la armonía y el ritmo son humildes servidores que nos permiten disfrutar más plenamente del suntuoso banquete de gracia que hemos recibido en Cristo. Cantar hace crecer nuestro amor por Dios y satisface nuestros anhelos más profundos al reflexionar sobre Su bondad, Su amor inquebrantable, Su misericordia y Su fidelidad.
Dios utiliza el canto para recordarnos que nos ha buscado con un amor incansable
Entonces, si nos sentimos apáticos o indiferentes al cantar, podría ser que nos hayamos estado llenando de los placeres del mundo. Como resultado, nuestro apetito por Dios es débil cuando cantamos. Pero, a medida que perseveremos y permitamos que el Espíritu traiga convicción y anime nuestros corazones, descubriremos que «lo terrenal sin valor será a la luz del glorioso Señor».
5. Falta de preparación
Cada vez que dirijo la música los domingos, me encanta ver cómo se iluminan los rostros, cómo los cuerpos participan y cómo aumenta el volumen cuando cantamos. Pero también me pregunto por qué no estamos más deseosos de participar cuando entramos por las puertas. David dice en el Salmo 108:2:
¡Despierten, arpa y lira!
¡A la aurora despertaré!
No está esperando a que los instrumentos «le impulsen a adorar». Les está diciendo que lo acompañen en una alabanza exuberante porque su corazón ya está rebosante. ¿Qué diferencia habría si nos levantáramos un poco más temprano el domingo por la mañana, nos familiarizáramos con los cantos que vayamos a entonar, cantáramos mientras conducimos hacia el culto u oráramos de antemano para que el Espíritu de Dios nos llene mientras nos cantamos unos a otros (Ef 5:18-19)?
6. El egocentrismo
Pablo escribe: «Cuando se reúnan, cada cual aporte salmo, enseñanza, revelación, lenguas o interpretación. Que todo se haga para edificación» (1 Co 14:26, énfasis añadido). La «edificación» no siempre es lo primero en lo que pensamos al cruzar las puertas los domingos, especialmente cuando se trata de cantar. Cantar bien requiere esfuerzo. Tenemos que prestar atención. Involucra nuestros pulmones, nuestras laringes, nuestros labios, nuestras bocas, nuestras mentes, nuestras manos y, para algunos, nuestros pies. Pero Dios no diseñó el canto solo para nosotros. También tiene como objetivo servir a los demás, tal y como ocurrió cuando mi amigo visitó nuestra iglesia por primera vez.
7. El sufrimiento y el dolor
Puede resultar difícil cantar cuando atravesamos pruebas. El apóstol Santiago parece insinuarlo cuando pregunta: «¿Sufre alguien entre ustedes? Que haga oración. ¿Está alguien alegre? Que cante alabanzas» (Stg 5:13). A veces nuestro dolor es tan profundo, tan intenso, que lo mejor que podemos hacer es dejar que el sonido de los creyentes que nos rodean inunde nuestra alma cansada y agobiada, y eso también da gloria a Dios. Pero los cristianos nunca estamos sin esperanza. Cantar nos ayuda a recordar que «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (He 11:1). De esa certeza y convicción surge un canto que expresa confianza, incluso cuando el amanecer aún no ha llegado.
Sí, cantar los domingos puede resultar difícil. Pero Dios nos da más gracia. Descubrimos que, al elegir alzar nuestra voz junto a otros pecadores redimidos, acabamos siendo los destinatarios de Su bondad. Esto se debe a que cantar con la iglesia es en sí mismo un medio de gracia. Nos consuela en nuestro sufrimiento, nos aleja del mundo y nos calma cuando nos sentimos cohibidos o asustados. Supera nuestras distracciones, ideas erróneas e incluso nuestra resistencia. Dios utiliza el canto para recordarnos que nos ha buscado con un amor incansable, que envió a Su precioso Hijo a morir en nuestro lugar y que nos ha dado Su Espíritu para derramar ese amor en nuestros corazones.
¿Todo eso no te hace querer cantar?
Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: Bob Kauflin
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/canta-como-alguien-salvado/
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