
¿Cómo deberíamos leer las leyes en el Antiguo Testamento y los imperativos o mandatos para el cristiano en el Nuevo Testamento? A la luz del nuevo pacto inaugurado.
El nuevo pacto
Cristo Jesús no solo marcó la historia con el conteo de los años antes o después de Él, también cambió la historia de Su pueblo. Su muerte, sepultura y resurrección cambiaron de capítulo la historia de redención y de la gracia de Dios.
Esto es así porque nuestro Señor Jesús inauguró el nuevo pacto. El Señor había dicho por medio del profeta Jeremías:
«Porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días», declara el SEÑOR. «Pondré Mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces Yo seré su Dios y ellos serán Mi pueblo. No tendrán que enseñar más cada uno a su prójimo y cada cual a su hermano, diciéndole: “Conoce al SEÑOR”, porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande», declara el SEÑOR, «pues perdonaré su maldad, y no recordaré más su pecado» (Jr 31:33-34).
Por causa del sacrificio expiatorio de Cristo, Dios ejecutó el perdón de los pecados de Su pueblo (cp. Lc 22:20). Por causa de Su resurrección, Dios derramó Su Espíritu sobre Sus hijos (cp. Hch 2:33; Ef 4:10-11).
Olvidando el evangelio
Los creyentes solemos reconocer que solo podemos participar del reino de Dios por causa de la obra de Cristo y por el poder de Su Espíritu. Sin embargo, algo pasa a menudo cuando leemos los mandatos bíblicos.
Solo guiados por el Espíritu podemos reconocer el amor del Padre y la justicia del Hijo para morir a nuestro miedo de la ley y confianza en nuestros esfuerzos
Muchos creyentes leen un mandato en las Escrituras e inmediatamente sacan conclusiones y aplicaciones para sí que olvidan la realidad del evangelio de Cristo. Por ejemplo, alguien lee un mandato como «Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia» (Ef 4:31) y empieza a pensar en resoluciones para, con todo su esfuerzo, erradicar estas cosas de su vida. Esto, por supuesto, no es incorrecto; de hecho es necesario. Pero algo falta si el creyente lee un mandato bíblico y no lo hace a la luz de la presencia santificadora del Espíritu Santo en su vida, pensando que solo con sus fuerzas puede cumplirlo.
Otros simplemente se saltan los mandamientos —especialmente los relacionados con la ley moral del Antiguo Testamento—, pensando «Todo ya está cumplido en Cristo, no tengo por qué preocuparme por esto».1 Pero no se dan cuenta de que muchos de los mandamientos veterotestamentarios no solo son leyes que valoran la dignidad del prójimo (¡cuánto bien nos haría a aquellos que vivimos en países con «altos índices de cristianismo» que nuestros políticos meditaran más en las leyes del pacto sinaítico!), sino que también hablan del bello carácter de Dios: Su justicia, sabiduría, amor, etc. y de Su voluntad para Su pueblo. Ciertamente, la perfecta obediencia de Jesús es indispensable para nuestra fe, pero algo falta si el creyente piensa que los mandamientos en la Biblia no son relevantes para su cristianismo diario.
Amados por el Dios de la ley
Lo primero que debemos reconocer es que los mandamientos bíblicos, aunque a veces son difíciles de entender en su contexto, son buenos, pues revelan a un Dios bondadoso (cp. Ro 7:12). No fueron hechos para hacer «sufrir», sino para señalarnos lo que es correcto.
El «problema» (aunque realmente es una bendición) es que los mandamientos bíblicos también revelan —si los leemos bien— que somos malos e incapaces de cumplirlos cabalmente con nuestras propias fuerzas (v. 14). Esto es especialmente evidente con las explicaciones de la ley que nuestro Señor Jesús realizó durante Su ministerio terrenal (cp. Mt 5:17-48).
De modo que nuestra relación con «la ley» se vuelve a veces agridulce, pues aunque debería hacernos ver a un Dios bueno, también nos condena por causa de nuestro propio pecado (Ro 7:13). Esto puede llevarnos a dos errores: (1) creer que la ley es mala y que, por tanto, necesitamos eliminar todo vestigio de ella; y (2) creer que el Dios de la ley es malo y severo, pues desea condenarnos.
Pero el evangelio de Cristo nos muestra que, aunque la ley revela nuestra maldad, en realidad la ley no solo es buena, sino que también apunta a un Dios bondadoso que nos ama.
Cuando leas un mandamiento —por ejemplo, «Si encuentras extraviado el buey de tu enemigo o su asno, ciertamente se lo devolverás» (Éx 23:4)—, considera: ¿Qué me dice este mandamiento sobre el carácter de Dios?
Cautivados por la obra de Cristo
Cuando leemos los evangelios, notamos que el Señor Jesús gustosamente se sometió a la ley (Mt 5:17). Esto no le era cargoso, pues, como Dios, esta también era Su ley (cp. Jn 5:19). Pero Cristo no solo cumplió la ley a la perfección (activamente), sino que también cumplió (pasivamente) todos los castigos que esta imponía sobre los transgresores (cp. Lc 22:37). En esto, Jesús también se sometió al mandamiento del Padre de buena gana (cp. Jn 8:38-30), pues estaba convencido de que la voluntad del Padre era confiable (cp. Lc 22:42).
Así, el Señor Jesús demuestra que la ley es buena. Pero también confirma que el Padre, quien buscaba la salvación y no la condenación, es bueno y amoroso. Cristo ejecutó la voluntad y deseo del Padre de salvarnos (cp. Jn 16:26-28).
Por la revelación del evangelio de Cristo podemos conocer verdaderamente al Padre
Debido a la encarnación, la obediencia de Cristo, Su muerte expiatoria y Su gloriosa resurrección, la ley ya no nos condena. No porque Jesús haya «abolido» la ley o porque esta dejó de ser «mala» (¡nunca lo fue en realidad!), sino porque la cumplió para nosotros. Al estar unidos a Cristo por la fe, nuestra condición ante el tribunal divino deja de ser «pecadores» —puesto que Él sufrió nuestro castigo y nos concede Su justicia— para ser declarados santos y justos (Ro 8:2-4). De este modo, la ley no puede condenar a un pecador justificado por Cristo (cp. Ro 8:1).
Los creyentes somos libres para ver los mandamientos bíblicos con alegría y deleite. Estos no solo nos instruyen sobre lo que es correcto y agradable, sino que también nos muestran el amor del Padre y la justicia del Hijo. Cuando leas un mandamiento —«no codiciarás… nada que sea de tu prójimo» (Éx 20:17)—, deja por un momento que su verdad te aplaste, considera todas las formas en que lo quebrantas y lo has quebrantado y, entonces, recuerda que el Señor Jesús no solo no quebrantó este mandamiento, sino que sufrió la pena por tu incumplimiento. Ahora puedes deleitarte en Su mandamiento, considerar su bondad y anhelar que sea tuyo.
Por la revelación del evangelio de Cristo podemos conocer verdaderamente al Padre. La ley no nos condena porque Dios perdonó nuestra maldad y no recuerda más nuestro pecado por medio de la obra expiatoria de Cristo, pero Su amor no termina allí. Pues no solo nos perdona, sino que también nos transforma con Su presencia.
Guiados por la presencia del Espíritu
La encarnación ya es un misterio asombroso, pero la presencia de Dios morando en pecadores justificados sobrepasa mi comprensión del amor divino. Con razón, el Señor Jesús dijo:
Yo les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, se lo enviaré… cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saber lo que habrá de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo Mío y se lo hará saber a ustedes. Todo lo que tiene el Padre es Mío; por eso dije que Él toma de lo Mío y se lo hará saber a ustedes (Jn 16:7, 13-14).
Con la resurrección de Cristo, Dios logró que verdaderamente fuéramos limpiados y que, entonces, Su presencia divina pudiera morar en nosotros (cp. Ez 36:25-27; Jl 2:28-32; Hch 2:32-33). Así, por medio de Su Espíritu, Dios pone Su ley dentro de nosotros, la escribe en nuestros corazones.
Por el Espíritu, podemos poner la mente en las cosas espirituales, es decir, en Cristo mismo y todos los beneficios de estar unidos a Dios por causa de Él
Solo guiados por el Espíritu podemos reconocer el amor del Padre y la justicia del Hijo para morir a nuestro miedo de la ley y a nuestra confianza en nuestros esfuerzos (Ro 8:13-17). Solo guiados por el Espíritu podemos abandonarnos en la justicia de Cristo y en el poder de Su resurrección.
Por causa del Espíritu, podemos deleitarnos en la ley de Dios (7:22), aun cuando nos sabemos lejos de los estándares divinos (cp. v. 23). Por causa del Espíritu en nosotros, podemos poner la mente en las cosas espirituales, es decir, en Cristo mismo y todos los beneficios de estar unidos a Dios por medio de Él (8:5).
Mientras leemos los mandamientos bíblicos —«lleven los unos las cargas de los otros» (Gá 6:2)—, reconociendo la bondad de Dios impresa en ellos, nuestra incapacidad de cumplirlos y la perfecta obediencia del Hijo, clamamos: «Padre, por Tu Espíritu, hazme morir a mis deseos egoístas, alínea mi ser interior a la justicia de Tu Hijo, para que pueda vivir por Tu poder» (cp. Ro 8:11, 13-14).
Entonces, la próxima vez que leas un mandamiento en la Biblia, reflexiona: ¿Qué me dice sobre el buen y justo carácter del Padre? No temas considerar la profundidad de Su santidad. El evangelio te hace libre para hacerlo. Pero no te quedes allí, también considera cuán lejos estamos de la belleza de Sus estándares. El pecado que queda en ti no te condena por causa del sacrificio de Cristo, pero quieres desenmascararlo. No lo barras debajo de la alfombra: míralo, ódialo y recuérdale que no tiene poder sobre ti. Vive por el Espíritu.
Publicado por: Katherine de Estrada
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/mandatos-nuevo-pacto/
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