
Cada día, sin falta y sin ruido, el océano sube y baja. Lo ha hecho miles de millones de veces desde que la Luna empezó a tirar de los mares con su gravedad. Durante siglos, ese vaivén incansable fue solo una curiosidad del paisaje costero. Hoy, la energía mareomotriz convierte ese movimiento inevitable en electricidad limpia para hogares y ciudades enteras. Porque las mareas no entienden de nubes ni de calmas: llegan con la puntualidad de un reloj cósmico, dos veces al día, todos los días del año. Un recurso que no se agota, que no contamina y que lleva escrito en sus corrientes algo que pocas fuentes de energía pueden presumir: la previsibilidad absoluta.
El océano como reloj: por qué las mareas son tan predecibles
Imagina un reloj de miles de millones de toneladas de agua que sube y baja con una puntualidad casi obsesiva. Eso son las mareas: el resultado de la atracción gravitatoria que ejercen la Luna y, en menor medida, el Sol sobre los océanos. Cada vez que la Luna «tira» del agua, el nivel del mar asciende en unas costas y desciende en otras. Y lo hace con una cadencia que los marinos conocen de memoria: aproximadamente dos veces al día, cada doce horas y media, el ciclo se repite.
Esta regularidad es lo que hace especial a las mareas frente al sol o al viento. Un cielo nublado silencia un panel solar. Una calma chicha detiene un aerogenerador. Pero la Luna no falla. Los ingenieros pueden saber con décadas de antelación exactamente cuándo y con qué intensidad llegará la próxima marea, lo que convierte al océano en algo extraordinariamente valioso para la energía: una fuente predecible, constante y absolutamente gratuita.
¿Cómo se transforma el vaivén del agua en electricidad?
Imagina una presa hidroeléctrica, pero en lugar de un río, lo que la alimenta es el propio mar subiéndose y bajándose como si fuera la respiración del planeta. Ese es el principio básico de las barreras mareomotrices: grandes diques construidos en estuarios o bahías estrechas que atrapan el agua durante la marea alta y la sueltan de manera controlada a través de turbinas. El movimiento del agua hace girar esas turbinas exactamente igual que el viento hace girar los áspas de un molino, y ese giro genera electricidad. La central de La Rance, en la Bretaña francesa, lleva demostrando que esto funciona a escala industrial desde la década de los sesenta.
Pero hay otro enfoque más discreto y, quizá, más elegante: las turbinas mareomotrices submarinas. En lugar de frenar al mar con una barrera, se colocan directamente en el fondo de los estrechos o canales donde las corrientes de marea fluyen con más fuerza. Son, en esencia, aerogeneradores sumergidos: hélices que el agua empuja sin que nadie las vea desde la superficie. Si alguna vez has observado cómo una hoja de papel gira arrastrada por la corriente de un río, ya tienes la imagen mental adecuada.
Ambas tecnologías comparten una virtud envidiable: no necesitan viento, no dependen del sol y el «combustible» llega puntual, dos veces al día, sin falta.
Las centrales que ya encienden hogares gracias al mar
Si hay un lugar donde esta idea dejó de ser teoría hace décadas, ese es el estuario del río Rance, en la Bretaña francesa. Inaugurada en 1966, su central de energía mareomotriz lleva más de medio siglo generando electricidad para cientos de miles de hogares. La planta funciona como un dique gigante: cuando la marea sube, el agua atraviesa sus turbinas en un sentido; cuando baja, las atraviesa en el otro. El océano trabaja en ambas direcciones.
Al otro lado del Canal de la Mancha, en las aguas turbulentas del estrecho de Pentland Firth —uno de los corredores marinos más energéticos del planeta—, el proyecto escocés MeyGen ha instalado turbinas submarinas que giran silenciosamente a varios metros de profundidad, sin presas, sin alterar apenas el paisaje. Con sus primeras unidades ya conectadas a la red, es el mayor parque de energía de corrientes mareales en funcionamiento en el mundo.
En Corea del Sur, la central de Sihwa supera incluso a La Rance en capacidad instalada, aprovechando una laguna costera artificial que se llena y vacía con cada ciclo.
Tres países, tres soluciones distintas, y un mismo motor: la luna.
El futuro azul: ¿podría el océano alimentar nuestras ciudades?
El gran argumento a favor de la energía mareomotriz no es su tamaño, sino su fiabilidad. Mientras el sol se esconde y el viento amaina, las mareas llegan puntuales, día tras día, independientemente del clima o la estación. Para quienes diseñan redes eléctricas, esa certeza vale oro.
El potencial técnico global es enorme: costas tan distintas como las de Corea del Sur, Argentina, Canadá o las Islas Británicas reúnen condiciones excepcionales para aprovechar este recurso. Se calcula que solo una fracción de ese potencial bastaría para cubrir una parte significativa de la demanda energética de varios países.
Los retos, sin embargo, son reales. Los generadores trabajan en un entorno hostil —agua salada, corrientes fuertes, organismos marinos— lo que dispara los costes de mantenimiento. La inversión inicial sigue siendo elevada y las mejores ubicaciones no siempre coinciden con los centros de consumo, lo que exige infraestructura de transporte adicional.
Aun así, muchos especialistas en transición energética la consideran una pieza irremplazable del puzle: no para sustituir a la eólica o la solar, sino para complementarlas justo cuando estas fallan. Un seguro azul, puntual como el propio océano, que podría redondear la apuesta renovable del siglo XXI.
Para finalizar sobre energía mareomotriz
Hay algo casi poético en la idea de que la misma fuerza que dictó las horas de los marineros fenicios, que vaciaba y llenaba las rías antes de que existieran las ciudades, pueda ahora encender una bombilla, cargar un móvil o mover un tranvía. Las mareas no entienden de crisis energéticas ni de mercados del petróleo; simplemente, van y vienen. Y seguirán haciéndolo dentro de mil años, con la misma puntualidad con que lo hacían antes de que nadie pensara en aprovecharlas. La próxima vez que veas la orilla desnuda de una playa en bajamar, recuerda: estás mirando una central eléctrica en pausa.
Redacción Ambientum
Ambientum Portal Ambiental
Fuente de esta noticia: https://www.ambientum.com/ambientum/energia/energia-mareomotriz-electricidad-mar.asp
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