
«Tapar el Sol» parece una idea sacada de una serie de dibujos, pero en realidad describe una propuesta que la ciencia climática lleva años estudiando con mucha cautela. No se trata de poner una pantalla gigante en el cielo, sino de liberar partículas reflectantes en la estratosfera para devolver al espacio una pequeña parte de la luz solar.
El contexto es claro. El planeta sigue calentándose y 2025 fue, según Copernicus, el tercer año más cálido registrado, con una temperatura media global 1,47 °C por encima del nivel preindustrial. Pero el nuevo estudio no presenta esta tecnología como una solución mágica. Más bien avisa de algo bastante incómodo, los modelos suelen imaginar un escenario demasiado perfecto, mientras que el mundo real está lleno de fallos, costes y decisiones políticas difíciles.
Qué propone esta tecnología
La técnica se conoce como inyección de aerosoles estratosféricos. La idea básica consiste en llevar pequeñas partículas a la parte alta de la atmósfera para que reflejen parte de la radiación solar antes de que caliente la superficie terrestre.
La inspiración viene, en buena parte, de los volcanes. Cuando el monte Pinatubo entró en erupción en 1991, lanzó grandes cantidades de dióxido de azufre a la estratosfera y la NASA midió después un enfriamiento global de unos 0,6 °C durante unos 15 meses. Funcionó, pero fue temporal. Y también tuvo efectos no deseados.
Ahí está la trampa. Imitar una erupción volcánica no es lo mismo que controlar el clima de forma segura durante años. Una cosa es un fenómeno natural puntual y otra muy distinta es mantener una operación artificial sobre la atmósfera del planeta.
El estudio baja la idea al suelo
El nuevo trabajo, firmado por investigadores de la Universidad de Columbia y publicado en «Scientific Reports», analiza la parte menos vistosa de la geoingeniería solar. No pregunta solo si puede enfriar la Tierra, sino si se podría hacer de una forma controlada, coordinada y con materiales que realmente funcionen a gran escala.
V. Faye McNeill, química atmosférica de Columbia, resume el problema con una advertencia sencilla. Incluso cuando los modelos climáticos son sofisticados, siguen siendo «necesariamente idealizados». En otras palabras, muchas simulaciones trabajan con partículas perfectas, en el tamaño perfecto y colocadas justo donde conviene.
La realidad suele ser menos limpia. En un laboratorio todo puede parecer ordenado, pero la atmósfera no es una mesa de trabajo. Tiene vientos, estaciones, corrientes y reacciones químicas que no siempre obedecen al plan.
No basta con lanzar partículas
Uno de los puntos más importantes del estudio es el lugar donde se lanzarían esos aerosoles. La latitud, la altura, la época del año y la cantidad liberada pueden cambiar el resultado de forma notable. Parece un detalle técnico, pero no lo es.
Según el comunicado de Columbia, una inyección concentrada en regiones polares podría alterar sistemas de monzones tropicales. En cambio, una liberación cerca del ecuador podría afectar a la corriente en chorro y a patrones de circulación que ayudan a mover calor hacia los polos.
McNeill lo explicó con una frase muy directa. «No es solo meter cinco teragramos de azufre en la atmósfera. Importa dónde y cuándo se hace». Para alguien que vive en Europa, esto significa que no hablamos de un interruptor sencillo para bajar la temperatura. Hablamos de tocar piezas de un sistema que ya de por sí es delicado.
Los materiales también fallan
Durante años, muchos modelos han estudiado el uso de compuestos ricos en sulfato, parecidos a los aerosoles que se forman tras grandes erupciones volcánicas. El problema es que estos materiales también pueden traer riesgos, como calentamiento de la estratosfera, daños sobre la capa de ozono y otros impactos ambientales.
Por eso se han propuesto alternativas minerales, como carbonato cálcico, alúmina, dióxido de titanio, zirconia cúbica o incluso diamante. Sobre el papel, algunas reflejan mejor la luz o podrían reducir ciertos riesgos químicos. Pero el papel lo aguanta casi todo.
Miranda Hack, autora principal del estudio, advierte de que se han discutido candidatos para aerosoles «sin considerar demasiado» las limitaciones prácticas para inyectar cantidades enormes cada año. Algunos materiales no son abundantes, otros encarecerían sus cadenas de suministro y los más prometedores presentan otro obstáculo muy terrenal. Se apelmazan.
El problema de los grumos
La geoingeniería solar necesita partículas muy pequeñas, de tamaño submicrónico. El problema es que muchas partículas sólidas tienden a juntarse y formar agregados más grandes. Algo parecido a lo que ocurre cuando un polvo muy fino deja de comportarse como polvo suelto y empieza a formar pequeños grumos.
El estudio señala que esos agregados reflejan peor la luz que las partículas individuales. Además, pueden caer antes de la atmósfera, obligando a lanzar más material para conseguir el mismo efecto. Y eso aumenta costes, vuelos, cargas y riesgos.
Los investigadores incluso calculan que dispersar aerosoles sólidos de forma adecuada exigiría sistemas pesados de compresión o gases a presión a bordo. En la práctica, eso reduce la carga útil de cada vuelo y puede disparar los costes. No es poca cosa.
Quién decide el clima
La otra gran pregunta no es química, sino política. Si una tecnología así afectara a lluvias, sequías, temperaturas o vientos en distintas regiones del mundo, ¿quién tendría derecho a decidir cuándo usarla?
El estudio diferencia entre una aplicación coordinada y una aplicación desordenada o descentralizada. La primera permitiría ajustar mejor la altura, la latitud, la estación y la cantidad. La segunda aumentaría la incertidumbre y podría generar partículas con peor duración, peor efecto reflectante y más riesgos asociados.
Aquí el problema es evidente. El clima no tiene fronteras. Una decisión tomada en un país podría tener consecuencias en otro, incluso a miles de kilómetros. Por eso hablar de «tapar el Sol» no es solo hablar de aviones y partículas, sino también de acuerdos internacionales difíciles de controlar.
No sustituye al CO2
La conclusión más importante para el lector es esta. La inyección de aerosoles estratosféricos, si algún día se planteara, no eliminaría el CO2 acumulado en la atmósfera. Tampoco resolvería por sí sola la acidificación de los océanos ni la dependencia de los combustibles fósiles.
En el fondo, sería como bajar un poco la persiana en una casa que se está calentando, mientras la estufa sigue encendida. Puede aliviar parte del calor durante un tiempo, pero no apaga la causa del problema. Y eso se nota.
Por eso, el estudio no cambia la prioridad principal. Reducir emisiones, acelerar energías renovables, mejorar la eficiencia, electrificar la movilidad y consumir de forma más responsable siguen siendo las herramientas centrales. La geoingeniería solar aparece, como mucho, como una opción extrema que todavía tiene demasiadas preguntas abiertas.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Scientific Reports
Adrián Villellas
Fuente de esta noticia: https://www.ecoticias.com/cambio-climatico/parecia-una-idea-loca-de-elon-musk-pero-cientificos-empiezan-a-plantear-la-posibilidad-de-tapar-el-sol-para-frenar-el-calentamiento-global
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