
Resumen
- Estados Unidos no vive otra Gran Depresión, pero la pobreza sigue extendida
- El alquiler, los desahucios y la falta de vivienda golpean a millones
- Trabajar ya no garantiza hogar, comida suficiente ni estabilidad económica
Estados Unidos no atraviesa una segunda Gran Depresión en el sentido económico e histórico del término. La economía estadounidense creció a un ritmo anualizado del 2,1% durante el primer trimestre de 2026 y el desempleo se mantuvo en el 4,3% en mayo. En 1933, por comparar sin hacer trampas, la producción estadounidense había caído cerca de un 30% y una cuarta parte de los trabajadores buscaba empleo sin encontrarlo. No es la misma película. Ni siquiera el mismo género.
Pero debajo de esa economía que todavía avanza existe una crisis social áspera, extensa y muy visible: familias que trabajan y no pueden pagar un alquiler, jubilados instalados en coches, niños que cambian de sofá cada pocas semanas y hogares que reducen la comida para llegar a final de mes. No es una crisis macroeconómica; es algo quizá más desconcertante, una prosperidad nacional capaz de convivir con el derrumbe doméstico.
En 2024, 35,9 millones de personas vivían oficialmente bajo el umbral de la pobreza, 771.480 fueron contabilizadas como personas sin hogar en una sola noche y 22,7 millones de hogares inquilinos dedicaban más del 30% de sus ingresos a vivienda y suministros. Son categorías distintas y no deben sumarse, pero dibujan la misma grieta: tener empleo o ingresos ya no garantiza estabilidad.
No es 1929, aunque algunas escenas lo parezcan
La expresión «segunda Gran Depresión» funciona como título de impacto, no como diagnóstico económico. Una depresión implica una caída profunda y prolongada de la producción, desempleo masivo, quiebras empresariales y bancarias en cadena y una contracción general de la actividad. Estados Unidos está lejos de ese escenario: crece lentamente, mantiene un mercado laboral relativamente sólido y no ha entrado oficialmente siquiera en recesión.
Lo que sí ha cambiado es el modo en que se reparte la seguridad. Las estadísticas agregadas observan un país entero desde el aire; desde esa altura se ven autopistas, rascacielos, empleo y consumo. A ras de suelo aparecen el alquiler atrasado, la factura médica, el coche convertido en dormitorio y el supermercado recorrido con una calculadora mental. La economía puede crecer mientras millones pierden margen para respirar.
También conviene evitar la nostalgia estadística. La Gran Depresión fue una catástrofe de una brutalidad hoy difícil de imaginar: producción hundida, deflación, ahorros evaporados y desempleo cercano al 25%. La crisis contemporánea es diferente. No paraliza toda la máquina; aprieta determinadas piezas hasta deformarlas, especialmente la vivienda, la sanidad y los cuidados.
El documental reaparece, pero sus cifras no son nuevas
El documental difundido como The New Face of America: Inside the Second Great Depression fue republicado en junio de 2026, aunque sus imágenes y referencias pertenecen a una etapa anterior. La narración habla de un desempleo inferior al 4%, presenta a Donald Trump en su primera presidencia y utiliza datos previos a la pandemia sobre pobreza, seguros médicos y personas sin hogar. Un estreno reciente en internet no convierte en reciente lo que muestra la cámara.
El documental acompaña a trabajadores que duermen en vehículos en San Diego, familias expulsadas de sus casas en Richmond, hogares dependientes de ayuda alimentaria en los Apalaches y pacientes que esperan durante horas para ser atendidos gratuitamente en un pabellón deportivo. Su fuerza está en esas vidas concretas: la cuidadora que ordena cada mañana su furgoneta antes de ir al trabajo, el antiguo informático que recoge pizza sobrante o el padre atrapado en una habitación de motel.
El problema llega cuando aquellas cifras se presentan como una fotografía tomada en 2026. Los 43 millones de pobres citados corresponden a otro momento estadístico. El último dato nacional completo, referido a 2024, sitúa la pobreza oficial en 35,9 millones de personas, el 10,6% de la población. La cifra es menor, aunque llamar tranquilizador a un número semejante sería un ejercicio bastante atlético de optimismo.
La pobreza baja en el papel, pero cambia al medir la vida real
La tasa oficial de pobreza cuenta fundamentalmente los ingresos monetarios antes de impuestos. Es una regla útil para comparar años, pero bastante tosca para describir la vida en lugares donde un alquiler modesto puede costar más que el salario entero de otro estado.
Por eso existe la medida suplementaria de pobreza, que incorpora impuestos, ayudas públicas, gastos médicos, costes laborales y diferencias geográficas en vivienda. Según ese cálculo, la tasa fue del 12,9% en 2024 y no registró una variación estadísticamente significativa respecto al año anterior. La misma familia puede aparecer fuera de la pobreza con una regla y dentro con otra; no es magia contable, sino una diferencia sobre qué gastos y recursos se consideran.
Las prestaciones y transferencias públicas tampoco son un adorno al margen del sistema. La Seguridad Social evitó que 28,7 millones de personas cayeran bajo el umbral suplementario en 2024. Dicho de manera menos burocrática: una parte enorme de la aparente estabilidad estadounidense descansa sobre ayudas que impiden que millones de hogares atraviesen el suelo.
La pobreza moderna, además, rara vez lleva uniforme. Puede tener coche, teléfono, empleo y ropa limpia. Puede fichar a las ocho y buscar un aparcamiento seguro a las diez de la noche. La vieja imagen del indigente separado del mercado laboral ya no explica por sí sola un país donde los costes esenciales han crecido más deprisa que la capacidad de numerosos hogares para absorberlos.
La vivienda es el verdadero epicentro de la fractura
El dato más contundente de la crisis de vivienda no está en Wall Street, sino en el recibo del alquiler. En 2024, 22,7 millones de hogares inquilinos, el 49% del total, gastaron más del 30% de sus ingresos en vivienda y suministros. Entre ellos, 12,1 millones entregaron más de la mitad de lo que ganaban. Después quedan la comida, el transporte, los medicamentos, los niños y esas pequeñas extravagancias burguesas conocidas como luz y agua.
La oferta barata también se evapora. Entre 2014 y 2024 desaparecieron o pasaron a categorías más caras más de siete millones de viviendas cuyo alquiler, ajustado por inflación, estaba por debajo de 1.000 dólares mensuales. Al mismo tiempo, once millones de hogares con ingresos extremadamente bajos competían por apenas 3,8 millones de viviendas asequibles y disponibles. La aritmética del mercado es sencilla y cruel: demasiadas personas ante muy pocas puertas.
El recuento federal localizó a 771.480 personas sin hogar durante una noche de enero de 2024, un máximo histórico y un aumento del 18% en un año. No representa a todas las personas que perdieron una vivienda durante el conjunto del año; es una instantánea puntual que deja fuera situaciones difíciles de localizar. Aun así, su tamaño basta para desmontar la idea de que se trata de una anomalía concentrada en unas cuantas calles de Los Ángeles.
Trabajar, ducharse en un gimnasio y dormir al volante
Los protagonistas del documental encarnan una forma de precariedad especialmente estadounidense: conservar el trabajo y perder la casa. El vehículo permite esconder la caída durante un tiempo. Allí caben una manta, varias bolsas, documentos, agua y poco más; el cuarto de baño suele estar en un gimnasio, una gasolinera o una biblioteca. El coche protege de la lluvia, pero convierte cualquier avería en amenaza de desahucio sobre ruedas.
Esta realidad no se explica únicamente por salarios bajos. Una enfermedad, una separación, la reducción de horas o una factura inesperada pueden desequilibrar presupuestos que ya caminan por una cornisa. Cuando casi la mitad de los inquilinos vive sobrecargada por el coste de la vivienda, el salto entre un apartamento y el asiento reclinado de un automóvil puede ser sorprendentemente corto.
La crisis tampoco termina al encontrar un motel. Las habitaciones de larga estancia suelen costar más que un alquiler convencional, pero quienes arrastran un desahucio, una mala puntuación crediticia o no pueden pagar depósito y mensualidades por adelantado quedan excluidos del mercado normal. Pagan más por tener menos. Es la economía de la pobreza: cada escalón hacia abajo sale más caro.
El hambre y la salud completan el paisaje
En 2024, el 13,7% de los hogares estadounidenses padeció inseguridad alimentaria en algún momento del año. Dentro de ese grupo, 7,2 millones de hogares sufrieron la modalidad más grave, aquella en la que algún miembro reduce la cantidad de comida o altera sus hábitos porque no hay dinero suficiente. Entre los hogares con niños, la inseguridad alimentaria alcanzó el 18,4%.
Inseguridad alimentaria no significa que todas esas personas pasaran hambre cada día. Significa vivir sin la certeza de poder comprar alimentos suficientes y adecuados durante todo el año. A veces los adultos se saltan comidas para proteger a los niños; otras veces se abarata la dieta hasta convertirla en una repetición gris de productos que llenan mucho y nutren poco.
La sanidad añade otra capa. El 92% de la población tuvo algún tipo de seguro médico durante parte o todo 2024, lo que deja aproximadamente a un 8% sin cobertura durante el año completo. La mayoría está asegurada, sí, pero incluso con póliza pueden aparecer copagos, franquicias, medicamentos o tratamientos que erosionan rápidamente los ingresos de un hogar frágil.
Por eso las imágenes del documental —dentistas voluntarios trabajando en un gimnasio, pacientes esperando desde la madrugada, familias tratando una extracción como un regalo extraordinario— no describen una depresión nacional, pero tampoco una rareza pintoresca. Muestran los agujeros de una red que cubre mucho territorio y deja, sin embargo, zonas enteras al aire.
Un país que crece por arriba y se resquebraja por abajo
Estados Unidos no vive otra Gran Depresión. Las cifras de producción y empleo lo desmienten con claridad. Utilizar esa etiqueta literalmente confunde una crisis de acceso a los bienes básicos con el colapso económico generalizado de los años treinta.
La expresión, sin embargo, toca un nervio verdadero. La pobreza actual convive con el trabajo, el consumo y el crecimiento económico; no siempre se reconoce desde fuera y a menudo se esconde tras una puerta de coche cerrada, una suscripción al gimnasio o el uniforme limpio de quien acaba de pasar la noche en un aparcamiento.
El documental exagera cuando transforma esa fractura en una segunda Gran Depresión y envejece mal cuando presenta datos antiguos como si acabaran de salir del horno. Pero acierta en algo incómodo: en la nación más rica del planeta, una parte de la población no teme que se hunda la Bolsa. Teme algo más cercano. Que llegue el alquiler, que falle el motor o que una muela rota termine de romper también el presupuesto.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/estados-unidos-segunda-gran-depresion/
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