𝗘𝗹 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗚𝘂𝗲𝗿𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗘𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗨𝗻𝗶𝗱𝗼𝘀, 𝗣𝗲𝘁𝗲 𝗛𝗲𝗴𝘀𝗲𝘁𝗵, 𝗮𝗳𝗶𝗿𝗺ó 𝗲𝘀𝘁𝗲 𝟭𝟯 𝗱𝗲 𝗮𝗴𝗼𝘀𝘁𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗪𝗮𝘀𝗵𝗶𝗻𝗴𝘁𝗼𝗻 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗰𝗮𝗿𝘁𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗮𝗰𝗰𝗶ó𝗻 𝗺𝗶𝗹𝗶𝘁𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗖𝘂𝗯𝗮 𝘆 𝗮𝗱𝘃𝗶𝗿𝘁𝗶ó 𝗾𝘂𝗲 “𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀” 𝗽𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗲𝗰𝗲𝗻 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮 𝗺𝗲𝘀𝗮, 𝗶𝗻𝗰𝗹𝘂𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗺𝗶𝗹𝗶𝘁𝗮𝗿𝗲𝘀. 𝗟𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗳𝘂𝗲 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝘂𝗿𝗮𝗻𝘁𝗲 𝘀𝘂 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮 𝗮 𝗣𝗮𝗻𝗮𝗺á, 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗰𝗶𝗽ó 𝗲𝗻 𝗿𝗲𝘂𝗻𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗼𝗮𝗹𝗶𝗰𝗶ó𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗖á𝗿𝘁𝗲𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗔𝗺é𝗿𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝘆 𝗿𝗲𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮 𝘂𝗻 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗼 𝘀𝗮𝗹𝘁𝗼 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝘁ó𝗿𝗶𝗰𝗮 𝗱𝗲 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗶ó𝗻 𝗱𝗲𝗹 𝗚𝗼𝗯𝗶𝗲𝗿𝗻𝗼 𝗱𝗲 𝗗𝗼𝗻𝗮𝗹𝗱 𝗧𝗿𝘂𝗺𝗽 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗟𝗮 𝗛𝗮𝗯𝗮𝗻𝗮. 𝗦𝗶𝗻 𝗲𝗺𝗯𝗮𝗿𝗴𝗼, 𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗻𝗼 𝗲𝗾𝘂𝗶𝘃𝗮𝗹𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗮𝗻𝘂𝗻𝗰𝗶𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗮𝘀𝗶ó𝗻 𝗻𝗶 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗿𝗺𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗼𝗿𝗱𝗲𝗻 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗲𝗷𝗲𝗰𝘂𝘁𝗮𝗿 𝘂𝗻 𝗮𝘁𝗮𝗾𝘂𝗲. 𝗟𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗛𝗲𝗴𝘀𝗲𝘁𝗵 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗿𝗺ó 𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝗮𝗹𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮 𝗺𝗶𝗹𝗶𝘁𝗮𝗿 𝗽𝗲𝗿𝗺𝗮𝗻𝗲𝗰𝗲 𝗱𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗻𝗷𝘂𝗻𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝗰𝗲𝗻𝗮𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗪𝗮𝘀𝗵𝗶𝗻𝗴𝘁𝗼𝗻 𝗲𝘀𝘁á 𝗱𝗶𝘀𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗿.
Las palabras del jefe del Pentágono se producen después de meses de creciente presión estadounidense contra el Gobierno de Miguel Díaz-Canel. La Administración Trump ha combinado sanciones económicas, restricciones comerciales, presión energética y advertencias de carácter militar, mientras sostiene que el régimen cubano constituye una amenaza para la seguridad nacional estadounidense y mantiene vínculos con países y actores considerados hostiles por Washington.
La Casa Blanca formalizó esa posición en enero, cuando el presidente Donald Trump declaró una emergencia nacional respecto de Cuba mediante la Orden Ejecutiva 14380. El documento acusa al Gobierno cubano de mantener relaciones con Rusia, China e Irán, además de otros actores considerados adversarios por Washington, y creó un mecanismo para imponer aranceles a países que suministren petróleo a la isla.
En mayo, la Casa Blanca profundizó esa estrategia con una nueva orden ejecutiva que amplió las posibilidades de sancionar a personas, empresas y entidades vinculadas con sectores estratégicos de la economía cubana, incluidos energía, defensa, minería, servicios financieros y seguridad. La medida confirmó que la política estadounidense ya no se limita al embargo tradicional, sino que busca aumentar el costo económico y político para quienes sostienen al aparato estatal cubano.
De la presión económica a la advertencia militar
La evolución del discurso estadounidense resulta especialmente significativa porque, durante los primeros meses de 2026, Washington todavía insistía en que no estaba preparando una invasión de Cuba.
En marzo, el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, declaró ante el Senado que las Fuerzas Armadas estadounidenses no estaban preparando ni ensayando una invasión de la isla. Según el general, la planificación militar estaba centrada en escenarios como la protección de la embajada estadounidense en La Habana, la defensa de la base de Guantánamo y una eventual respuesta ante una crisis migratoria masiva.
Cinco meses después, el lenguaje procedente del Pentágono es considerablemente más duro.
En junio, durante una visita a Guantánamo, Hegseth ya había advertido a La Habana que sería imprudente adquirir armas capaces de alcanzar territorio estadounidense o la base militar estadounidense situada en la isla. En aquella ocasión afirmó que una decisión de ese tipo podría provocar una confrontación que Cuba no estaría en condiciones de soportar.
Ahora, la expresión “todas las opciones están sobre la mesa” incorpora explícitamente la posibilidad de una operación militar.
El factor Guantánamo
La base naval de Guantánamo ocupa un lugar central en la creciente tensión.
Estados Unidos mantiene allí una instalación militar desde hace más de un siglo, mientras Cuba considera que la presencia estadounidense en ese territorio constituye una violación de su soberanía. Para Washington, en cambio, la base representa un punto estratégico extraordinariamente importante para vigilar el Caribe y mantener capacidad de respuesta ante diferentes escenarios regionales.
Por eso, cualquier eventual confrontación tendría una dimensión mucho más amplia que una disputa bilateral.
Una crisis militar en Cuba podría afectar las rutas marítimas del Caribe, aumentar la presión migratoria hacia Estados Unidos, involucrar a otros países de la región y modificar el equilibrio estratégico entre Washington, La Habana, Moscú y Pekín.
Cuba enfrenta además una crisis económica profunda
La amenaza militar llega en un momento extremadamente delicado para Cuba.
La isla atraviesa una grave crisis energética y económica, caracterizada por apagones prolongados, escasez de combustible, dificultades para importar alimentos y medicamentos y deterioro de su infraestructura. La presión estadounidense sobre los suministros de petróleo procedentes del exterior ha agravado todavía más las dificultades.
Reuters informó anteriormente que el endurecimiento estadounidense sobre el suministro de combustible había contribuido a agravar la crisis energética cubana, mientras que el Gobierno de La Habana sostiene que las medidas estadounidenses forman parte de una estrategia destinada a provocar el colapso económico y político de la isla.
La situación crea un escenario particularmente delicado: Estados Unidos incrementa la presión precisamente cuando Cuba dispone de menos margen económico para responder.
Washington también está construyendo una nueva arquitectura militar en América Latina
Las declaraciones sobre Cuba no ocurren de manera aislada.
Durante los últimos días, la Administración Trump ha impulsado una política de cooperación militar regional mucho más agresiva contra organizaciones criminales y narcotraficantes. El 12 de agosto, Reuters informó que Washington estaba planteando operaciones militares conjuntas con Colombia contra grupos armados considerados terroristas por Estados Unidos, incluidos el ELN y remanentes de las FARC.
Al mismo tiempo, el nuevo Gobierno colombiano de Abelardo de la Espriella solicitó formalmente cooperación estadounidense para operaciones contra el narcoterrorismo y Colombia se incorporó a la iniciativa denominada Shield of the Americas.
El movimiento es importante porque muestra que Washington está intentando construir una red de gobiernos regionales dispuestos a colaborar militarmente con Estados Unidos en la lucha contra organizaciones criminales.
Cuba, sin embargo, representa un escenario completamente diferente. No se trata de una operación contra un grupo armado no estatal, sino de una eventual confrontación con un Estado soberano, lo que elevaría considerablemente las consecuencias jurídicas, diplomáticas y militares.
El precedente de Venezuela cambia el cálculo regional
Otro elemento que explica la preocupación internacional es el precedente de Venezuela.
La política estadounidense hacia América Latina durante 2026 ha incluido acciones militares directas y una estrategia mucho más abierta de presión sobre gobiernos considerados adversarios de Washington. Ese precedente modifica las percepciones sobre las declaraciones de Hegseth.
En marzo, Reuters señaló que Cuba había advertido que estaba preparada para enfrentar un eventual ataque estadounidense, aunque funcionarios cubanos consideraban que una confrontación militar era improbable. La Habana acusó entonces a Washington de aumentar deliberadamente la presión económica y política.
El problema ahora es que la retórica militar se está convirtiendo en una constante y no en una declaración aislada.
¿Qué tendría que ocurrir para pasar de las palabras a una operación?
La declaración de Hegseth no significa que exista una operación militar inminente. Entre una advertencia pública y una intervención existen numerosas etapas políticas, jurídicas y militares.
Una operación de gran escala requeriría definir objetivos, evaluar los riesgos para las tropas estadounidenses, establecer reglas de enfrentamiento, analizar las consecuencias sobre la población civil y determinar el marco legal bajo el cual se utilizaría la fuerza.
Además, el Congreso estadounidense conserva competencias fundamentales sobre la autorización del uso de la fuerza militar. De hecho, senadores demócratas ya habían intentado impulsar una War Powers Resolution destinada a limitar la capacidad de Trump para utilizar fuerza militar contra Cuba sin autorización legislativa.
Por lo tanto, la afirmación de Hegseth debe interpretarse por ahora como una señal política y estratégica: Washington quiere que La Habana sepa que la opción militar no está excluida.
El factor Rusia, China e Irán
La dimensión geopolítica es todavía más compleja.
La Casa Blanca sostiene que Cuba mantiene relaciones con Rusia, China e Irán, y ha utilizado esos vínculos como parte de su argumentación para definir al Gobierno cubano como una amenaza para la seguridad estadounidense.
Para Washington, permitir que potencias rivales incrementen su presencia militar o tecnológica en una isla situada a unos 145 kilómetros de Florida tendría un significado estratégico particularmente sensible.
Para La Habana, por el contrario, la cooperación con otros países representa una forma de reducir su dependencia de Estados Unidos y encontrar fuentes alternativas de financiamiento, energía, tecnología y defensa.
Esa diferencia de percepciones convierte a Cuba en algo más que un conflicto ideológico heredado de la Guerra Fría: puede transformarse en un nuevo punto de competencia entre grandes potencias dentro del hemisferio occidental.
Antes, ahora y después
Antes de la actual escalada, la relación entre Washington y La Habana ya estaba marcada por décadas de embargo, sanciones, ruptura diplomática, acercamientos parciales y nuevos retrocesos. Durante el Gobierno de Barack Obama hubo una histórica aproximación diplomática, pero la política volvió a endurecerse durante el primer mandato de Trump y posteriormente volvió a modificarse bajo Joe Biden.
Ahora, en agosto de 2026, la situación es mucho más tensa. Estados Unidos mantiene una fuerte presión económica, amenaza con profundizar las medidas contra Cuba y, por primera vez en este ciclo reciente de tensión, el jefe del Pentágono afirma públicamente que una operación militar no está descartada.
El futuro dependerá en buena medida de la reacción de La Habana y de las decisiones que adopte Trump. Si Cuba realiza concesiones políticas o acepta cambios exigidos por Washington, podría abrirse un espacio para una negociación. Si, por el contrario, el Gobierno cubano mantiene su posición y Estados Unidos interpreta determinadas acciones de La Habana como una amenaza directa, la presión podría aumentar todavía más.
También existe un tercer escenario: una prolongada guerra de presión sin intervención directa, en la que Washington intensifique sanciones y aislamiento mientras mantiene la amenaza militar como instrumento de negociación.
Ese escenario podría ser particularmente duro para la población cubana, ya afectada por la crisis económica y energética.
Una amenaza que trasciende a Cuba
La declaración de Hegseth tiene finalmente una importancia que va más allá de la isla.
Estados Unidos está redefiniendo su política de seguridad hacia América Latina mediante una combinación de presión económica, cooperación militar, lucha contra el narcotráfico y advertencias directas a gobiernos considerados adversarios. Colombia, Panamá y otros socios regionales están adquiriendo un papel más importante dentro de esa estrategia.
En ese contexto, Cuba aparece como el caso más delicado porque representa una confrontación potencial con un Gobierno que Washington lleva décadas intentando transformar sin conseguirlo.
La frase de Hegseth no anuncia una guerra. Pero sí marca un cambio relevante: la posibilidad de utilizar la fuerza militar contra Cuba ha dejado de ser presentada como un escenario que Washington descarta y pasó a formar parte explícita de las opciones que el Pentágono dice estar dispuesto a considerar.
El próximo movimiento será decisivo. Si la Casa Blanca transforma esta advertencia en preparativos concretos, el Caribe entraría en una fase de crisis mucho más peligrosa. Si, en cambio, la amenaza sirve para aumentar la presión negociadora sobre La Habana, podría convertirse en una herramienta de coerción diplomática sin llegar al enfrentamiento.
Por ahora, la señal enviada desde Panamá es inequívoca: Estados Unidos quiere que Cuba entienda que el margen de maniobra de Washington ya no se limita a las sanciones económicas.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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