
¿DEBE SEPARARSE LA OBRA DEL AUTOR O DEBE CANCELARSE DE ACUERDO CON LOS CUESTIONAMIENTOS ÉTICOS AL MISMO?
Pedofilia, necrofilia, zoofilia, onanismo, narcisismo, misoginia, fascismo, racismo, eurocentrismo y no sé cuántas espinas más podemos hallar en la vida y la intimidad de varios autores, artistas, filósofos, escritores de renombre. Sus obras, aparentemente, se yerguen impertérritas por encima de esas miserias, y, como para continuar aprovechando la metáfora de las espinas, son la corola flamante de una rosa.
En los últimos años nos hemos visto con frecuencia confrontados con esas mezquinas realidades, con esa cara monstruosa de nuestra cotidianidad. Las pirámides de Egipto son un hito histórico y cultural, pero su construcción, aparentemente, costó muchas vidas, al igual que la gran muralla china, ¿deberíamos entonces demolerlas por ello?
¿Deberíamos retirar de la historia cultural, esconder en los laberínticos y oscuros depósitos de los museos obras cimeras de reconocidos pintores, escultores, arquitectos, quemar los libros de los escritores, repudiar los conceptos de los filósofos, sociólogos y antropólogos que han aportado tantas luces al desarrollo de nuestro entendimiento de la realidad, a raíz de que, hoy, muchos años después de su muerte, surgen evidencias de comportamientos y actos degradantes de los mismos?
Valga aquí decir, en una época en la que, imbuidos por el espíritu liberal, en la mejor de sus acepciones, defendemos a ultranza los derechos, no sólo los propios, sino particular y decididamente los de los demás y los de todos nosotros como conjunto social, que, si bien es cierto que existen evidencias documentales de algunas de esas anomalías, ello no prueba que fueran ciertas. El poder de la palabra trasciende, al igual que el arte, los años, las eras, las sociedades, las personas. Una calumnia puede persistir en el tiempo y una mentira repetida cientos de veces puede, ya lo hemos visto, convertirse en verdad histórica e incontestable.
Pero, haciendo caso omiso de esa suspicacia, y asumiendo que las acusaciones son ciertas, la pregunta a responder es si, en consonancia con lo que afirmaba el presuntamente pedófilo Roland Barthes, seguramente él también tendría sus pecados, ¿la obra debería tener una vida independiente de su autor -Sería como asimilar la creación artística o la elucubración social o filosófica con un parto a cuyo producto no se le puede ni se le debe encausar por los errores de sus padres- o, por el contrario, debemos castigar al autor con la demolición, olvido y ocultamiento de su obra?
DALÍ fascista y misógino, PICASSO abusador, también acusado de misoginia, GAUGUIN pedófilo son apenas tres de las más relevantes figuras a los que sus víctimas desnudaron como héroes con pies de barro.
Y aquí una precisión que toma la forma de un cuestionamiento: ¿Al desconocer, mutilar, ignorar, desaparecer o cancelar una obra de un autor que nos ha llenado de estupefacción, que ha generado toda suerte de ideas y desarrollos, posturas, escuelas, en los seres humanos, imitadores aventajados, porque al decir del racista y anti semitista Francisco de Quevedo, todo lo nuevo no es sino una reconstrucción de lo viejo, no estaríamos amputando también una parte fundamental de nuestra historia, de nuestra filosofía, de nuestra sociología, de nuestro arte?
Antes de continuar les quiero recordar que ni Barthes ni Quevedo están en capacidad actualmente de argumentar su posición ni defenderse, además que ambos, separados por siglos de desarrollo cultural y humano, son productos refinados de sus épocas y, por lo tanto, juzgarlos es también juzgar su contexto, lo cual en principio no tiene nada de particular ni ilícito, tampoco de transgresor, lo que no me queda muy claro es si tenemos derecho a condenarlos al olvido.
Pero un artista, un creador en cualquier área de la cultura o el conocimiento debe ser un transgresor, debe ser también un reprocesador de los conceptos asumidos como verdades absolutas en sus épocas, es un constructor de nuevas realidades, de nuevas tendencias, un activista del conocimiento y, para decirlo en términos actuales, también, sin duda alguna, un influencer del desarrollo humano. Su vida y su obra pueden ser constructos revulsivos, como “producto refinado” que son, son en externo sensibles a las virtudes y defectos, las miserias, del ser humano de los años en los que vivieron.
Es válido, como un ejercicio riguroso de comprensión del entorno de su genialidad, revisar sus actos, sus conceptos, sin olvidar que son seres humanos, por naturaleza erróneos, a la vez ángeles y demonios, que transgredieron y trascendieron sus realidades, intentaron entenderlas y plasmarlas, algunos fueron endiosados en vida, otros vivieron en el borde de la pobreza, pero todos fueron productos de sus épocas, consecuencias de estas y, al mismo tiempo, causas de lo que hoy somos.
Somos, por nuestra parte, también consecuencias de ellos, somos su simiente, con todos sus defectos y cualidades, mismos que a lo largo de nuestro tránsito por el mundo, parafraseando el principio masónico de pulir la piedra bruta, hemos venido corrigiendo o perfeccionando.
Quizás estemos condenados, en algún futuro hipotético, a convertirnos en ángeles, pueda ser que la evolución (?!) nos lleve a confiscar y mutilar esa vilipendiada naturaleza demoniaca, pero, indiferentemente de la calidad de hormiga o de elefante de cada uno de nosotros, del peso y aporte de nuestras vidas, siempre, en todo caso, querámoslo o no, proyectaremos, mientras vivamos y mientras el olvido no haga inocuas nuestras cenizas y esterilice nuestro recuerdo, sombras, más cortas o más largas, más oscuras o más tenues y dejaremos, consciente o inconscientemente, a nuestro paso huellas superficiales o profundas.
Sí, decididamente si tenemos el derecho y el deber de evaluarlos, cuestionarlos, analizarlos, sacarlos del púlpito de perfección inhumano en el que los hemos puesto, bajarlos de esa cruz que los eleva como superhombres cuando nunca fueron otra cosa más que simples seres humanos que se atrevieron a superar sus limitaciones y a descubrir y sacar provecho de sus talentos, pero no tenemos ningún derecho a cancelarlos.
CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

