
El filósofo alemán Nietzsche advertía que más que seres racionales, los humanos somos seres dominados por las emociones y los instintos, que estos y aquéllas constituyen el primer filtro con el cual miramos e interpretamos la realidad circundante y, muchas veces, esa primera impresión es la que determina nuestra primera reacción frente a los desafíos que diariamente la vida nos ofrece.
Para completar esa visión ominosa y preocupante de nuestra manera de percibir, interpretar y actuar, los seres humanos aplicamos nuestro particular e individual enfoque de la realidad, determinado por nuestros prejuicios y paradigmas y, muy al final, con mucha cautela e incluso molicie, por allá en el fondo tortuoso de nuestras sinapsis cerebrales, se despierta, ahí si, la racionalidad, muchas veces después de que, volviendo sobre nuestros pasos, revisamos el porqué de la ineficacia de nuestras acciones iniciales.
Los seres humanos somos un rebaño temeroso, dominado por las pasiones, los instintos y las emociones que cargamos como parte de nuestra naturaleza, adocenado por los prejuicios y los paradigmas que nos enseñan otros seres adocenados y emocionales como nosotros, que han creado y mantenido históricamente estructuras para perpetuar la estupidez y, en menor grado, para estimular la racionalidad, ni qué decir del pensamiento crítico.
La historia da ejemplos vergonzosos, pero elocuentes e irrefutables de esto.
El conocimiento científico no la ha tenido precisamente muy fácil para desarrollarse y difundirse, la edad media es lo primero que se viene a mi mente, el oscurantismo, el autoritarismo, la ignorancia de las masas y de la mayoría de los dirigentes, señores feudales y monarcas de esa época, es de todos conocido. Víctimas de ese fango pegajoso de estupidez rampante fueron muchos de aquéllos que marcaron con sus ideas y sus descubrimientos el destino de la ciencia y, por ende, de la humanidad.
La inquisición bastaría para finiquitar todo reproche a esta tesis: Qué distinto hubiera sido el desarrollo humano, el progreso social si personas como Giordano Bruno, Galileo Galilei, Nicolas Copérnico y todo un ejército de genios que quedaron en las sombras y que fueron obligados a abjurar de sus ideas, simplemente porque ellas no coincidían con la doctrina impuesta y dominante por esas difíciles épocas, hubieran podido desarrollar sus estudios y llevar a muy buen término sus descubrimientos y sus teorías..
No quiero extenderme en ejemplos, no quiero convertir este artículo en un inventario de hechos históricos que justificarían que en vez de llamarnos presuntuosamente homo sapíens, nos debiéramos llamar homo estupidus.
Me quiero centrar en un problema muy actual, muy amenazante, muy real y muy presente: El calentamiento global.
Por estos días, como si fueran pocas las noticias que hoy mismo nos asaltan como ladrones de esquina, me puse en la tarea, inspirado en una, aparentemente banal, tarea de una clase que tomo de producción de medios, de revisar los documentales de Al Gore, el frustrado exvicepresidente demócrata que lamentablemente nunca llegó a la presidencia de la nación más contaminante del orbe, y de Leonardo di Caprio, ese chico sesentón talentoso que siempre nos ha conmovido o divertido con sus papeles fantásticos en las grandes producciones cinematográficas en las que ha participado.
“Una verdad incómoda”, se llama el aporte de Al Gore y “Antes de que sea tarde” el documental de Leonardo, el primero data de 2006 y el segundo de 2014, o sea 20 y 12 años antes de nuestra fecha actual. Estos son los enlaces a través de los cuales, si nuestra apreciada audiencia no los ha visto, los puede ver y, diría que, sufrir, no porque sean de baja calidad, ni más faltaba, sino porque son un testimonio duro y doloroso de los que hemos sido capaces de hacerle a este pequeño punto azul en el que todas nuestras vidas y las de aquellos que nos precedieron y, ojalá, las de aquellos que vengan luego de nosotros han sucedido.
https://www.youtube.com/watch?v=8UqBuUSn3hY&t=980s
El 23 de septiembre de 2014, ya van a ser 12 años de ello, el actor Leonardo Di Caprio fue nombrado por el, por entonces, secretario de la ONU, Ban Ki-moon, embajador especial para temas ambientales de esa importante entidad multilateral.
Previamente y durante cerca de dos años Di Caprio recorrió diversas locaciones en el mundo donde pudo constatar directamente la situación alarmante de degradación del medio ambiente, se entrevistó con muchos activistas, científicos y autoridades entre quienes encontró un claro consenso a favor de que se tomaran medidas para evitar la catástrofe que la ciencia nos ha anunciado desde hace ya varias décadas, pero no han encontrado la voluntad política para llevarlas a cabo, en buena parte por la pertinaz, dura y muy bien financiada resistencia de grupos económicos muy poderosos que se dedican a la explotación del carbón, el petróleo y sus derivados. “Los políticos hacen lo que la gente diga” aseguraba uno de los personajes a los cuales entrevistó, pero ellos también son muy proclives a eludir decisiones que puedan poner en peligro su acceso al poder por buenas y recomendables que ellas mismas sean para el futuro de la humanidad.
Es, por lo tanto, fundamental educar a las personas del común acerca de los peligros que entraña el uso desenfrenado de combustibles fósiles que arrojan anualmente millones de toneladas de gases de efecto invernadero a nuestra delgada y vulnerable atmósfera. Pero la lucha no podría ser más difícil y peligrosa.
Campañas publicitarias robustas, difusión de opiniones de personajes reconocidos y poderosos como, para no ir más lejos, Donald J Trump y Marco Rubio, entre otros hacen mella y desacreditan a quienes se han atrevido a llamar nuestra atención acerca del peligro del aumento de la temperatura global, íconos de la industria como los hermanos Koch, legisladores, cadenas noticiosas reconocidas, provocando incluso que estas personas sean excluidas, relegadas y amenazadas de muerte.
Si eso sucede a nivel global, en Colombia la situación no es más halagüeña: Decenas, si no centenares de líderes ambientales han sido asesinados en nuestro país en los últimos veinte años, la deforestación para la siembre de coca o de palma africana, la ganadería extensiva y la minería ilegal destruye anualmente miles y miles de hectáreas de selvas y bosques, dejando tras de sí cicatrices brutales en la faz de la tierra, al igual que sucede en los EEUU Y Canadá con las zonas donde se explota carbón o arenas bituminosas.
El activismo de Leonardo di Caprio también le ha costado el ser sometido a burlas y críticas acerbas por parte de activistas del desastre, en forma muy somera en su potente documental “Antes de que sea Tarde”, Di Caprio hace un rápido paneo sobre algunas de esas ultrajantes versiones. El discurso de Di Caprio es una plegaria, un sentido ruego a quienes en el mundo tiene la potestad de tomar decisiones para que hagan realidad y apoyen las recomendaciones del congreso mundial de París.
Más allá del demoledor mensaje que dejan esos dos documentales, más allá de promover una visión apocalíptica propia de heraldos de la muerte, juntos, Al Gore y Leonardo Di Caprio, actúan como guardianes de la esperanza, pero la esperanza tiene un costo, genera unas responsabilidades y estas nos atañen a todos y cada uno de nosotros. Esos dos personajes imploran nuestra atención, nos advierten, arrostran las consecuencias de la persecución desatada en su contra por esos poderosos intereses que se oponen a la difusión de estas “peligrosas ideas” que, indiscutiblemente no son buenas para los negocios.
Y uno se pregunta, si estos dos personajes, nada pequeños, nada minúsculos, muy meritorios, muy reconocidos, verdaderos íconos de la política, el primero, y del arte, el segundo, fueron víctimas de una inclemente persecución, de amenazas, de burlas, ¿qué pueden esperar otros seres humanos que desde su tribuna como científicos, sociólogos, médicos, líderes ambientales han alzado su voz en contra de esa demolición de nuestro planeta?, ¿Qué podemos esperar aquellos que no desde una posición tan relevante, sino desde la altura de nuestros zapatos, en la penumbra de nuestras nacionalidades tercermundistas, luchamos por la conservación del medio ambiente, la flora, la fauna, los ríos , las montañas, el agua, el aire que respiramos?
Colombia, Ay mi Colombia, no ha sido ajena a esta problemática, este bello rincón del mundo, rico en especies, en fuentes de agua, en recursos, en umbríos bosques y dilatadas llanuras, ha visto cómo casi a diario son asesinados líderes comunitarios que se atreven a protestar frente a la depredación ambiental generada por la explotación de combustibles fósiles, el oro de nuestras cuencas, el platino de nuestras selvas, el coltán de nuestras llanuras.
Pero aún así la gente se levanta, como si los cuerpos acribillados por las balas de tenebrosos asesinos fueran semilla, aparecen por aquí y por allá nuevos gestores y guerreros del medio ambiente, el plomo no esteriliza la conciencia, el miedo no apacigua el amor por esta patria, por esta tierra fecunda y generosa.
En pocos días se posesionará en Colombia un sujeto que ha hablado de aumentar hasta su extinción la explotación de combustibles fósiles, de aplicar técnicas de extracción peligrosa y deletérea como el fracking, de permitir la explotación del oro en nuestros páramos, de devolver el país a esas épocas aciagas en las que cabalgaba, a la par con la estupidez de muchos, la perversidad de nuestra clase política, la codicia de algunos empresarios y de nuestra delincuencia (Cada vez las diferencias entre estas categorías se hacen menos evidentes), la violencia contra los vulnerables, los contradictores, a quienes ha colocado, muy al estilo del señor Trump y su adlátere Marco Rubio, al nivel de terroristas.
Esa toma de consciencia, por parte de la humanidad y de sus líderes, ha sido dífícil y tortuosa, al paso que vamos no sabemos a ciencia cierta cuánto tiempo nos queda, el escalafón de países contaminantes sigue muy parecido a lo que fuera hace doce años, se han registrado avances importantes en la adopción de fuentes de energía amigables con el ambiente, tanto los páneles solares como las torres eólicas se han vuelto más eficientes y, de seguro, su desarrollo en el futuro nos va a llevar a que puedan ser una cada vez mejor alternativa frente al consumo de combustibles fósiles, pero la depredación ambiental impulsada por la codicia de unos pocos sigue y sigue impertérrita y los efectos del calentamiento globalson cada día más evidentes…
Tengo fe en la humanidad, sé, con toda seguridad que el homo sapiens anda buscando la manera de salvarnos el pellejo. Colombia, el mundo, saldrán adelante, siempre lo han hecho. De alguna manera en algún momento, por allá en el fondo de la cloaca repugnante y sórdida en la que nos han querido convertir, se despertará la racionalidad, la conciencia, el mono sabio. Talvez aún haya tiempo para ello…
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

