
Los mosquitos no eligen al azar. Detrás de cada picadura hay una cadena de señales químicas, térmicas y visuales que el insecto interpreta como una invitación. Las hembras, que son las que pican, buscan sangre para completar la maduración de los huevos, y en esa búsqueda algunas personas resultan mucho más visibles que otras para su sistema sensorial.
La explicación no está en una supuesta sangre dulce. Lo que pesa es una mezcla de factores: el dióxido de carbono que exhalamos, el calor que desprende la piel, los compuestos del sudor, la actividad de los microbios cutáneos y rasgos biológicos como la genética o el embarazo. Esa combinación convierte a ciertas personas en blancos más fáciles, casi como si llevaran una baliza encendida en medio de una noche de verano.
Una cacería guiada por señales invisibles
El mosquito funciona como un rastreador de laboratorio, aunque su laboratorio sea una cabeza diminuta y unas antenas muy finas. Primero detecta señales de larga distancia, sobre todo el CO₂ que expulsamos al respirar, y después se acerca usando calor, humedad y olor corporal. Solo en la fase final decide dónde aterrizar y dónde clavar su probóscide, ese aparato bucal con el que perfora la piel.
Ese proceso explica por qué una terraza llena de gente puede convertirse en una escena desigual. No todos emiten las mismas señales ni en la misma intensidad. Quien respira más, suda más o tiene una combinación particular de moléculas en la piel puede destacar como un faro en una costa oscura. Y una vez que el insecto te encuentra, la decisión suele apoyarse en detalles que no controlamos de forma consciente.
También hay diferencias entre especies. No todos los mosquitos buscan lo mismo ni responden igual a los mismos estímulos. Algunos prefieren humanos, otros aves o incluso anfibios, y cada uno interpreta el entorno con sus propios receptores olfativos. Por eso la experiencia de ser picado no es uniforme: cambia según la especie, el lugar, la hora y la química del cuerpo que tiene delante.
El peso del dióxido de carbono y el calor corporal
El CO₂ es una de las primeras pistas que activan su búsqueda. Los mosquitos lo detectan a varios metros de distancia y lo usan como un mapa para orientarse hacia un posible huésped. Cuanto mayor es la emisión, más fácil les resulta localizar a la persona, algo que ayuda a explicar por qué adultos grandes, personas con metabolismo alto o mujeres embarazadas suelen atraer más atención.
Ese gas no actúa solo. Cerca del cuerpo aparecen otros marcadores, como el vapor de agua, el calor y la humedad que rodean la piel y la respiración. El mosquito no ve un cuerpo como lo haría una persona; lo percibe como un conjunto de pistas superpuestas. Es una especie de mosaico químico y térmico que, bien ensamblado, le indica que está ante una fuente de sangre potencial.
La temperatura también cuenta. En noches cálidas o con sudoración abundante, la piel se convierte en un objetivo más sencillo. El insecto no necesita una gran diferencia de grados para orientarse; le basta con notar un gradiente útil. Por eso el verano multiplica las molestias y vuelve más evidente algo que durante otras estaciones pasa casi desapercibido.
Olor corporal, sudor y la huella que dejan los microbios
La piel humana no huele solo a piel. Sobre ella vive una comunidad enorme de bacterias y otros microorganismos que transforman sustancias del sudor en compuestos volátiles. Esos compuestos, que viajan por el aire, forman una firma olfativa única para cada persona. En términos prácticos, el mosquito no muerde una identidad abstracta; sigue una mezcla de moléculas que para él tiene una firma muy concreta.
Investigaciones recientes han señalado a varios compuestos con especial poder de atracción, entre ellos el ácido láctico, ciertos alcoholes, aldehídos y ácidos grasos. Uno de los hallazgos más citados es que el receptor IR8a permite a Aedes aegypti detectar ácido láctico y otros olores ácidos emitidos por humanos. Cuando ese receptor falla, el insecto pierde parte de su capacidad para reconocer a la presa.
La microbiota de la piel puede inclinar la balanza. Personas con comunidades microbianas distintas producen aromas diferentes, y esas variaciones son suficientes para que un mosquito prefiera a unas sobre otras. No significa que existan pieles buenas o malas, sino combinaciones químicas más o menos atractivas para especies concretas. En la práctica, es como si cada cuerpo llevara una etiqueta olfativa con una intensidad distinta.
Algunas infecciones incluso alteran ese paisaje químico. Se ha observado que virus como dengue y zika pueden cambiar el olor de ratones y humanos infectados, elevando compuestos como la acetofenona, más atractiva para los mosquitos. En modelos animales, reducir esa señal disminuyó el interés del insecto, una pista de cómo los patógenos pueden servirse del huésped para facilitar su propia circulación.
Genética, sangre y otros rasgos que inclinan la balanza
La genética no decide todo, pero pesa bastante. Estudios con gemelos y con distintos perfiles de olor corporal sugieren que una parte importante de la atracción de los mosquitos está escrita en el ADN. No se trata de un destino inamovible, sino de una predisposición: ciertas personas producen de forma natural combinaciones de olores o señales que resultan más fáciles de rastrear.
También se ha observado una preferencia frecuente por el grupo sanguíneo O frente a otros tipos, aunque el mecanismo exacto sigue sin estar del todo claro. La sangre, sin embargo, no es el imán directo que popularizó el mito de la sangre dulce. El mosquito no analiza el dulzor del torrente sanguíneo desde fuera; lo que capta son señales externas, y esas señales, en personas de grupo O, parecen ser más eficaces para provocar aterrizaje y picadura.
El embarazo es otro factor bien descrito. Las mujeres embarazadas suelen emitir más CO₂, presentan un metabolismo más alto y, en muchos casos, una temperatura corporal mayor. Todo ello las hace más visibles para los mosquitos. Algunos estudios han encontrado que pueden recibir hasta el doble de picaduras que las no embarazadas, una diferencia que no solo es molesta, sino relevante en contextos donde circulan enfermedades transmitidas por vectores.
La edad y el tamaño corporal también cuentan. Quienes exhalan más aire o tienen un cuerpo más grande dejan una estela de CO₂ más fácil de seguir. No es que el mosquito haga cálculos conscientes, pero sí integra mejor ciertas señales cuando son más intensas. En ese sentido, el cuerpo grande funciona como una radio con mayor potencia de emisión.
Ropa, cerveza y hábitos cotidianos que cambian el riesgo
La ropa no es un detalle menor. El color oscuro atrae más la atención de algunos mosquitos porque contrasta mejor con el entorno y facilita la detección visual cuando el insecto ya se ha acercado. Por eso, en ambientes abiertos y al atardecer, llevar tonos claros puede reducir parte de la exposición. No elimina el problema, pero sí quita una señal de más a un sistema que ya opera con precisión quirúrgica.
La cerveza aparece de forma recurrente en estudios observacionales porque parece aumentar la atracción en ciertas situaciones. No está del todo claro si el efecto se debe a cambios en el olor corporal, a la temperatura o a variaciones metabólicas, pero el patrón se repite lo suficiente como para ser tomado en serio. En otras palabras, una bebida fría puede ser agradable para la persona y muy tentadora para el insecto que la rodea.
También influyen el ejercicio y la sudoración reciente. Tras actividad física, el cuerpo libera más calor, más humedad y más compuestos relacionados con el esfuerzo. Eso no convierte a nadie en un imán permanente, pero sí crea una ventana breve en la que el rastreo del mosquito se vuelve más sencillo. El insecto, en el fondo, aprovecha cualquier pista fresca que aparezca en el aire.
Incluso la hora y el lugar alteran el balance. En zonas húmedas, cerca de agua estancada o al anochecer, el entorno favorece la presencia de mosquitos y mejora la transmisión de sus señales. No es casual que muchos brotes de dengue o malaria se intensifiquen en determinados climas: el escenario ambiental alimenta la biología del insecto y amplifica su contacto con las personas.
Por qué la picadura pica tanto y por qué algunas personas se irritan más
La roncha no la produce la picadura en sí, sino la respuesta inmunitaria. Cuando la hembra perfora la piel, inyecta saliva con sustancias anticoagulantes para que la sangre fluya con facilidad. El organismo interpreta esa saliva como una agresión y libera histamina, que provoca picor, enrojecimiento e hinchazón. Es una reacción defensiva, una especie de alarma local que acaba siendo más molesta que el pinchazo original.
La intensidad de la reacción varía de una persona a otra. Hay quienes apenas notan una pequeña marca y otros que desarrollan una roncha amplia, caliente y persistente. Esa diferencia no significa que el mosquito haya sido diferente, sino que la piel y el sistema inmune han respondido con mayor o menor rapidez. Es el mismo aviso, con volumen distinto.
Rascarse empeora el cuadro. Al frotar la zona, la piel se irrita más y puede abrirse la puerta a infecciones secundarias. La mejor forma de cortar el ciclo es enfriar la zona y evitar la fricción, algo que también ayuda a calmar el impulso de seguir rascando. El alivio inmediato, tan engañoso como una puerta que cruje al abrirse, suele dejar una molestia mayor después.
Lo que la ciencia ya sabe y lo que sigue en estudio
El mapa está bastante avanzado, pero no completo. La atracción de los mosquitos depende de una suma de señales que incluye CO₂, calor, humedad, color, olor corporal, genética, microbiota y estado fisiológico. Lo que aún se investiga es cómo se combinan esas pistas en cada especie y por qué algunos individuos resultan repetidamente más atractivos que otros en contextos similares.
Los estudios sobre semioquímicos de la piel están abriendo una vía prometedora para el control de vectores. Identificar compuestos que atraen a los mosquitos podría servir para diseñar trampas más eficaces, mientras que conocer las señales asociadas a personas menos atractivas podría inspirar repelentes nuevos. En una ciencia aplicada que busca reducir infecciones, la nariz del mosquito se ha vuelto tan importante como su capacidad de vuelo.
El desafío es enorme porque el enemigo también aprende. La resistencia a insecticidas ya limita el impacto de algunas medidas tradicionales, y eso obliga a buscar soluciones más finas. Entender por qué los mosquitos pican a unos y a otros no no es una curiosidad de verano; es una pieza central en la prevención de dengue, zika, chikungunya y malaria, enfermedades que siguen causando millones de casos y cientos de miles de muertes en el mundo.
En el fondo, la diferencia entre salir ileso de una noche húmeda o terminar lleno de ronchas no responde a un solo motivo. Es el resultado de una coreografía invisible entre química, biología y entorno. Y en esa coreografía, los mosquitos llevan siglos afinando el oído, aunque sean apenas unos cuantos milímetros de carne alada.
Un problema menor en apariencia que revela una biología muy precisa
La picadura más común del verano encierra un mecanismo extraordinariamente sofisticado. Lo que parece un simple fastidio doméstico es, en realidad, una interacción de alta precisión entre un insecto y el cuerpo humano. Cada respiración, cada olor de la piel y cada variación de temperatura suma información en un sistema que el mosquito descifra con sorprendente eficacia.
Por eso la idea de que unas personas tienen la sangre dulce ha sobrevivido tanto tiempo: simplifica un fenómeno complejo y lo hace fácil de recordar. Pero la biología real es más interesante. Habla de receptores, microbiomas, metabolitos, genética y señales químicas que cambian de una persona a otra, como si cada cuerpo fuera un paisaje distinto para el ojo del insecto.
Comprenderlo sirve para algo más que evitar ronchas. Ayuda a explicar por qué ciertas enfermedades se expanden con mayor facilidad en unas poblaciones que en otras y por qué el control de mosquitos no puede apoyarse solo en fumigaciones. El verdadero avance llegará cuando la ciencia pueda traducir esa lectura fina del olor humano en métodos de prevención más inteligentes y menos invasivos.
Mientras tanto, el reparto desigual de picaduras seguirá pareciendo caprichoso desde la silla del patio. Pero no lo es. El mosquito no improvisa: detecta, compara y elige con una lógica biológica que, aunque invisible, deja marca en la piel y en la salud pública.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/porque-los-mosquitos-pican/
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