
Las elecciones a la presidencia del Real Madrid han dejado de ser una liturgia sin urnas para convertirse en una pelea política real, con dos nombres, dos relatos y una pregunta que atraviesa el Bernabéu como corriente fría: qué se vota exactamente cuando se vota entre Florentino Pérez y Enrique Riquelme. No es solo una elección entre continuidad y relevo. Es una disputa por el modelo de club, por el papel del socio, por el futuro del estadio y por la forma de gobernar una entidad que presume de pertenecer a sus dueños, aunque durante dos décadas esos dueños apenas hayan tenido que sacar la papeleta del cajón.
Riquelme ha entrado en campaña atacando el flanco más sensible de Florentino: no los títulos, donde el presidente juega con un álbum casi indecente, sino el trato al socio después de la reforma del Santiago Bernabéu. Su mensaje es sencillo, casi de barra de estadio, pero eficaz: se han invertido 1.700 millones en el campo y el abonado, según él, tiene asientos más estrechos, esperas largas para comprar algo en el descanso y pocos beneficios tangibles más allá del orgullo de ser socio. Florentino, mientras tanto, responde desde su lugar natural: la obra hecha, los títulos, el músculo institucional, la idea de que el Madrid sigue siendo de sus socios y no de intereses ajenos. La campaña, vaya ironía, empieza como empiezan todas las campañas importantes: hablando menos de fichajes que de poder.
La primera batalla electoral en veinte años
El dato pesa más que muchas proclamas: el Real Madrid se encamina a sus primeras elecciones competidas en veinte años. La Junta Electoral validó la candidatura de Enrique José Riquelme Vives tras recibir su documentación, su programa electoral y el preaval y aval bancario exigidos por los estatutos. No es un trámite menor. En el Madrid, presentarse no consiste en levantar la mano y pedir turno; hay que llegar con años de socio, patrimonio, estructura, avales y una resistencia notable al fuego cruzado.
Florentino Pérez había adelantado el proceso el 12 de mayo, en una comparecencia de tono áspero, casi de trinchera, donde anunció que no dimitía, que convocaba elecciones y que volvería a presentarse con su Junta Directiva. En su relato, el proceso nace para defender los intereses de los socios ante una corriente que, según él, buscaba dañar al club y poner en duda su liderazgo. No fue un discurso de despedida. Fue más bien un golpe de bastón sobre la mesa: quien quiera el Madrid, que dé la cara.
Y Riquelme la dio. Empresario alicantino, ligado al grupo Cox, ha superado la barrera que durante años funcionó como muralla invisible para cualquier aspirante. Los estatutos exigen, entre otras condiciones, nacionalidad española, mayoría de edad, al menos 20 años de socio ininterrumpido, no estar inhabilitado y presentar un aval equivalente al 15% del presupuesto del club, una cifra que se sitúa alrededor de los 187 millones de euros. El filtro es tan alto que la democracia interna del Madrid parece diseñada por un arquitecto de cajas fuertes.
El resultado es una escena extraña para el madridismo joven: dos candidatos, dos sedes, dos campañas. Florentino representa la continuidad monumental, el presidente de las Champions modernas, el Bernabéu transformado, la economía global, la marca convertida en imperio. Riquelme aparece como el aspirante que dice hablar desde el malestar social, desde el asiento del abonado, desde la sensación de que el club se ha hecho gigante hacia fuera y, quizá, menos amable hacia dentro.
Qué promete Riquelme: socios, Bernabéu y transformación
La promesa central de Riquelme, al menos en el arranque, no se ha formulado con nombres de delanteros ni entrenadores de cartel. Ha elegido otro terreno: el socio. El candidato asegura que presentará la mayor transformación de la historia del club para los socios, una fórmula ambiciosa, algo nebulosa todavía, que funciona como anzuelo electoral y como desafío directo a la gestión de Florentino. Lo importante aquí no es solo lo que promete; es dónde coloca el foco. No empieza por el palco. Empieza por la grada.
Riquelme sostiene que el socio del Real Madrid se ha convertido en un gran olvidado dentro de un club que ha crecido hasta parecer una multinacional con escudo. Su crítica al Bernabéu reformado resume bien la línea de ataque: mucho acero, mucha piel futurista, mucho evento, mucho negocio; pero el abonado sigue haciendo cola para un bocadillo y se sienta más apretado que antes. Es una imagen poderosa porque baja la política del club al cuerpo: la rodilla que roza, el pasillo estrecho, el descanso que se escapa entre empujones.
También ha pedido debates con Florentino Pérez “las veces que sean necesarias”, de forma sana y respetuosa. Esa petición tiene más carga de la que parece. Durante años, el madridismo se acostumbró a procesos electorales sin rival, a aclamaciones institucionales, a una presidencia casi plebiscitaria. Pedir un debate es pedir algo más que una conversación televisada: es exigir que el club vuelva a tener una escena deliberativa, una plaza pública, aunque sea breve, donde los socios comparen proyectos y no solo biografías.
En el plano deportivo, Riquelme mantiene una promesa todavía envuelta. Ha hablado de un proyecto deportivo potente e ilusionante, ha dejado claro que habrá propuesta deportiva y ha insinuado que no va a contar todo el primer día. Esa prudencia puede ser estrategia o puede ser falta de concreción, según quién lo mire. El aficionado, que tiene un detector finísimo para el humo de mercado, espera nombres. Y en el Real Madrid, ya se sabe, cualquier candidato que hable de futuro acaba pasando por la aduana de los fichajes. Ahí no hay poesía que valga.
El socio como campo de batalla
Otro eje de su discurso es la oposición a una posible privatización o a fórmulas que permitan la entrada de capital externo. Riquelme intenta apropiarse de una bandera que Florentino también reivindica: el Madrid de los socios. La diferencia está en el diagnóstico. Florentino asegura que ha trabajado para que el club siga siendo de sus socios. Riquelme sugiere que ciertas operaciones societarias podrían cambiar la naturaleza del poder real dentro de la entidad. La palabra privatización, en el Bernabéu, no es una palabra; es una alarma.
El socio aparece, de pronto, como territorio electoral. No como figura decorativa en la memoria sentimental del club, sino como núcleo político. Riquelme insiste en los beneficios, en la comodidad, en la participación y en la sensación de pertenencia. Florentino responde con una idea mayor: sin un club económicamente fuerte, no hay independencia posible. Y ahí está el choque. Uno habla del asiento. El otro, del edificio entero. El madridismo tendrá que decidir si ambas cosas pueden ir juntas o si una ha terminado devorando a la otra.
Qué asegura Florentino: títulos, propiedad social y continuidad
Florentino Pérez no compite con promesas pequeñas. Compite con una obra acumulada. Su argumento electoral cabe en una vitrina: 66 títulos como presidente entre fútbol y baloncesto, 37 en fútbol y 29 en baloncesto, incluidas siete Copas de Europa de fútbol y tres de baloncesto. Es un balance que intimida incluso a sus críticos, porque el fútbol, tan sentimental cuando pierde, se vuelve contable cuando gana. Y Florentino ha ganado mucho.
Su mensaje principal es que el Real Madrid no tiene un solo dueño, sino alrededor de 100.000 socios, y que su candidatura busca defender esa propiedad colectiva frente a quienes, según él, quieren influir o hacerse con el club desde fuera. En su comparecencia, mezcló orgullo institucional, reproche a la prensa, defensa personal y una declaración de continuidad. No sonaba a presidente cansado. Sonaba a presidente irritado. Matiz importante.
Florentino no ha desplegado, al menos de forma pública en este arranque, un catálogo de promesas electorales al uso. Su promesa es la estabilidad. Su candidatura dice, en esencia: miren lo que hemos construido, miren lo que somos, miren el estadio, miren los títulos, miren la potencia económica. Es el tipo de mensaje que no necesita fuegos artificiales porque vive de la memoria reciente. También tiene un riesgo: cuando una presidencia se vuelve tan larga, hasta los méritos pueden empezar a sonar a inventario.
El presidente juega además con una ventaja psicológica evidente. Para buena parte del madridismo, Florentino es el hombre que trajo a Figo, Zidane, Cristiano, Mbappé, el nuevo Bernabéu y una década europea que parece escrita con tinta de privilegio. Su figura está adherida a la idea de grandeza contemporánea del club. Riquelme no solo pelea contra un candidato; pelea contra una épica administrativa, contra una costumbre de victoria, contra una estructura que ha hecho del éxito una forma de autoridad.
Pero esa misma autoridad es el punto que puede desgastarle. La frase de Santiago Cañizares sobre la manzana que cae sola apunta a algo que en política se conoce bien: a veces no hace falta derribar una estatua, basta con esperar a que el tiempo haga su trabajo. Florentino tiene 79 años, una presidencia larguísima y una exposición creciente. Riquelme, con 37, puede perder estas elecciones y aun así instalarse como alternativa futura. En una campaña, sembrar también es competir.
El Bernabéu como símbolo incómodo
El nuevo Santiago Bernabéu debía ser el monumento final del florentinismo, y en buena medida lo es. La envolvente metálica, el techo, la explotación comercial, los grandes eventos, la promesa de ingresos recurrentes: todo encaja con la visión de club global que Florentino ha construido durante años. El estadio no es solo un campo. Es una máquina económica, un escaparate, un tótem urbano plantado en la Castellana.
Riquelme ha entendido que atacar el Bernabéu como obra sería torpe. Nadie gana unas elecciones en el Madrid diciendo que el club no debe aspirar a tener el mejor estadio posible. Su crítica va por otro carril: no discute tanto el continente como la experiencia del socio dentro de él. Ahí cambia el encuadre. El estadio deja de ser postal y se convierte en asiento, baño, barra, abono, cola, incomodidad. Del dron al culo en la grada. Perdonen la imagen, pero es exactamente eso.
Ese enfoque puede tener recorrido porque conecta con una tensión muy actual en los grandes clubes europeos: la transformación del aficionado en cliente. El Real Madrid presume, con razón histórica, de ser un club de socios, no una sociedad anónima deportiva. Pero vive en un mercado donde cada metro cuadrado del estadio se monetiza, cada visita se empaqueta, cada experiencia se vende. El socio veterano puede sentirse propietario en los estatutos y figurante en la práctica. Esa grieta, pequeña o grande, es la que Riquelme intenta ensanchar.
Florentino, por su parte, puede responder que sin crecimiento económico no hay independencia, y sin independencia no hay títulos. Es un argumento fuerte. El fútbol moderno no perdona romanticismos mal financiados. Los clubes que no generan ingresos suficientes acaban vendiendo jugadores, hipotecando activos o mendigando competitividad. La cuestión es otra: cuánto negocio soporta la identidad antes de que el socio empiece a mirar el escudo como quien mira un escaparate.
El riesgo de convertir al aficionado en cliente
La reforma del estadio ha colocado al Madrid en una posición envidiable para generar ingresos, pero también ha abierto una discusión más áspera, menos fotogénica. El socio no mira solo el marcador. Mira el precio del abono, la comodidad del asiento, el trato recibido, la facilidad para acceder al estadio, la forma en que el club escucha o no escucha. El Bernabéu es una joya arquitectónica, sí, pero una joya donde alguien tiene que sentarse dos horas en enero con frío, prisa y paciencia limitada.
Ahí Riquelme encuentra material político. No necesita negar la grandeza del estadio. Le basta con insinuar que el socio del Real Madrid ha pagado parte del relato sin recibir el retorno que merecía. Florentino, de nuevo, tiene defensa: el Bernabéu es una inversión de futuro, una herramienta para competir con los clubes-Estado y con la Premier League. La campaña se vuelve entonces más profunda de lo que parecía. No va solo de butacas. Va de qué precio acepta pagar un club social para seguir siendo una potencia mundial.
Fichajes, selección española y el relato deportivo que falta
Aunque la campaña haya arrancado por lo social, el Real Madrid siempre acaba volviendo al césped. Riquelme ha dejado caer que su proyecto deportivo será ilusionante, pero no ha puesto todavía sobre la mesa una arquitectura completa. Sin nombres concretos, la promesa queda suspendida en el aire, como esos globos blancos que parecen bonitos hasta que alguien pregunta quién los paga.
El candidato sí ha tocado una tecla emocional: la presencia de jugadores del Real Madrid en la selección española. Ha lamentado que el club tenga tan poca representación en la convocatoria mundialista y ha prometido recuperar grandes jugadores españoles que hagan sentir orgullosos a los madridistas también en clave nacional. Es un mensaje interesante porque mezcla cantera, identidad, mercado español y una nostalgia muy concreta: la del Madrid que no solo compraba estrellas globales, sino que también colocaba columna vertebral en la selección.
Aquí Riquelme pisa terreno resbaladizo. El Real Madrid ficha para ganar Champions, no para equilibrar banderas. Si el mejor central es francés, se ficha al francés. Si el mediocentro decisivo es inglés, se ficha al inglés. La meritocracia del Bernabéu es brutal, a veces antipática, casi darwiniana. Pero también es verdad que una parte del socio mira con incomodidad que el club más grande de España apenas tenga peso en la selección. No decide elecciones por sí solo, pero alimenta una conversación.
Florentino puede defender que el proyecto deportivo reciente ha sido exitoso precisamente porque no se ha encerrado en etiquetas. Vinícius, Bellingham, Mbappé, Valverde, Camavinga, Tchouaméni: el Madrid ha competido comprando presente y futuro en el mercado global. La bandera, en el césped, la pone el rendimiento. Aun así, el debate no es menor. Habla de identidad deportiva, de cantera, de política de fichajes y de una sensación que no siempre aparece en las cuentas: la pertenencia.
Una campaña entre promesas, avales y memoria
La campaña de Riquelme necesita concreción. Esa es su urgencia real, aunque no convenga decirlo demasiado alto. Prometer una transformación histórica para el socio abre expectativas enormes, pero también invita a la comparación minuciosa. Qué beneficios, qué costes, qué calendario, qué impacto en los abonos, qué cambios en la gobernanza, qué modelo de estadio, qué política deportiva, qué ejecutivos. El madridismo tolera la épica; la vaguedad, menos.
Florentino, en cambio, necesita evitar que la elección se convierta en un referéndum sobre el cansancio. Su mayor fortaleza es su trayectoria. Su mayor amenaza también. Después de tantos años, cualquier crítica se acumula como polvo sobre una lámpara cara: al principio no se ve, luego cambia la luz. Los títulos protegen, claro. Pero no blindan para siempre. Y una elección con rival obliga a algo que el club había olvidado: explicar, convencer, responder.
La metáfora de Cañizares sobre la manzana tiene gracia porque es futbolera y política a la vez. Riquelme no necesita aparecer como un ariete furioso si su objetivo es construir alternativa. Puede perder ante Florentino y salir más conocido, más legitimado, más instalado en el mapa del poder blanco. Puede hacer campaña para 2026 pensando también en lo que venga después. Esa es la doble lectura de estas elecciones: se decide una presidencia inmediata, sí, pero quizá también se empieza a escribir la sucesión.
Y luego está el socio, ese personaje tan citado que a veces parece decorado. En los próximos días escuchará palabras grandes: legado, futuro, transformación, democracia, estabilidad, independencia, modernización. Algunas serán sinceras, otras serán campaña, otras vendrán con música de himno y olor a palco. Su tarea será separar la promesa útil del envoltorio brillante. No es poco.
El poder blanco vuelve a pasar por las urnas
La elección entre Florentino Pérez y Enrique Riquelme no enfrenta únicamente a un presidente veterano y a un aspirante joven. Enfrenta dos maneras de contar el Real Madrid. Una mira la vitrina, la obra, la potencia económica y la continuidad como garantía. La otra mira al socio, la grada, la posible pérdida de control y la necesidad de abrir ventanas en una casa gobernada durante demasiado tiempo por la misma mano.
Riquelme promete devolver protagonismo al socio, presentar una transformación histórica y discutir el futuro del club sin aceptar que el Bernabéu sea solo una máquina de ingresos. Florentino asegura que el Madrid sigue siendo de sus socios, que su gestión ha protegido esa propiedad y que los resultados deportivos e institucionales avalan su continuidad. Uno ofrece cambio. El otro ofrece prueba de vida: títulos, estadio, poder. Así de simple. Así de complicado.
El Madrid, que tantas veces ha convertido el ruido en combustible, entra ahora en una campaña que no estaba en el guion cómodo de los últimos años. Habrá promesas, reproches, pancartas, frases calculadas y silencios estratégicos. Y por debajo, una cuestión mucho más seria que un fichaje anunciado al borde de medianoche: quién manda de verdad en el club que presume de no tener dueño único. La respuesta, esta vez, no saldrá de un palco cerrado. Saldrá de una urna. O al menos eso, en el Real Madrid de 2026, ya parece una noticia enorme.
Alessandro Elia
Fuente de esta noticia: https://donporque.com/riquelme-reta-a-florentino/
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