
Cada segundo domingo de mayo — o el 10 de mayo en México, o el tercer domingo de octubre en Argentina — el mundo se detiene para honrar a las madres. Pero pocos conocen la historia completa detrás de esa pausa universal: una historia de duelo, activismo, paz, amor filial y, paradójicamente, de una mujer que luchó con toda su energía hasta el fin de sus días para destruir lo que ella misma había creado.
Hay fechas que el calendario instala con tanta naturalidad que ya nadie se pregunta de dónde vienen. El Día de las Madres es una de ellas. Cada año, en algún domingo de mayo — o el 10 de ese mes en México, o el tercer domingo de octubre en Argentina, o el primer domingo de mayo en España, según el país y su historia particular — millones de familias en todo el mundo suspenden su rutina para rodear de flores, abrazos y palabras de gratitud a quienes les dieron la vida. Restaurantes llenos, teléfonos con mensajes, claveles entregados con torpeza emocionada por manos pequeñas: el ritual es conocido por todos. Lo que pocos conocen es que detrás de esa celebración universal existe una historia extraordinaria y, en muchos sentidos, paradójica: la historia de mujeres valientes que lo impulsaron desde las cenizas de la guerra civil estadounidense, de un amor filial que se transformó en campaña política, y de una fundadora que murió sola, en bancarrota y combatiendo lo que había creado, convencida de que había «dado vida a un monstruo». Esta es esa historia, contada con el rigor y la profundidad que merece.
Las raíces del Día de las Madres se hunden en la sangre y el duelo de la Guerra de Secesión estadounidense (1861–1865)
La historia comienza mucho antes de que existiera un «Día de las Madres» como tal, en la profundidad del tiempo y en la inmensidad del dolor humano. Las primeras semillas de esta celebración se encuentran en las civilizaciones antiguas: en el Antiguo Egipto, donde se rendía culto a Isis, la gran diosa madre; en la Antigua Grecia, donde los honores se tributaban a Rea, madre de los dioses Zeus, Poseidón y Hades, con festividades que se celebraban cada mes de marzo; y entre los romanos, que adoptaron de los griegos la celebración denominada Hilaria, realizada el 15 de marzo en el templo de Cibeles durante tres días de ofrendas. Con la llegada del cristianismo, estas tradiciones paganas se reformularon alrededor de la figura de la Virgen María, la madre de Jesús, y así durante siglos la honra a las madres quedó ligada al calendario litúrgico cristiano. En Inglaterra, hacia el siglo XVII, existía el llamado «Domingo de las Madres», en el que los niños regresaban a misa y llevaban regalos a sus madres. Pero la versión contemporánea de la celebración — la que hoy reconocemos en su forma masiva y globalizada — tiene un origen mucho más preciso, más reciente y más humano. Nació en Virginia Occidental, Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, de la mano de una mujer extraordinaria llamada Ann Maria Reeves Jarvis.
Ann Maria Reeves Jarvis era una activista social de profunda convicción moral. Antes, durante y después de la devastadora Guerra de Secesión estadounidense (1861–1865), esta mujer de Virginia Occidental organizó lo que denominó los «Clubes de Trabajo del Día de la Madre»: asociaciones comunitarias de mujeres que trabajaban activamente para mejorar las condiciones sanitarias de los hogares, combatir la alarmante mortalidad infantil de la época y cuidar a los soldados heridos en el frente de batalla, sin importar de qué bando provenían. Ann tenía una convicción que la guiaba: las madres son la columna vertebral invisible de la sociedad, las que sostienen a las familias y a las comunidades en los momentos más oscuros, y merecen ser reconocidas. Cuando terminó la guerra, en 1868, organizó el llamado «Día de la Amistad de las Madres», un valiente acto de reconciliación en el que invitó a familias de ambos bandos — los del Norte y los del Sur — a reunirse en un mismo espacio para compartir, para sanar las heridas, para recordar que por encima de las causas políticas estaban los lazos humanos que las madres tejen desde el nacimiento. Ese gesto es, en muchos sentidos, el espíritu original del Día de las Madres: un llamado a la paz, a la unidad y al reconocimiento del trabajo invisible que sostiene el mundo.
«Espero y rezo para que alguien, un día, reconozca un día en memoria de las madres, para celebrar el servicio incomparable que prestan a la humanidad en todas las áreas de la vida.»
— Ann Maria Reeves Jarvis, madre de Anna Jarvis, en palabras que su hija nunca olvidó · Fuente: National Geographic / Wikipedia
Ann Maria Reeves Jarvis falleció el 9 de mayo de 1905. Su hija, Anna Jarvis, una mujer que nunca tendría hijos propios, tomó esa última plegaria de su madre y la convirtió en una cruzada. Dos años después de la muerte de Ann, el 12 de mayo de 1907, Anna organizó en la iglesia metodista de St. Andrew, en Grafton, Virginia Occidental, la primera conmemoración oficial en su memoria: distribuyó aproximadamente 500 claveles blancos — las flores favoritas de su madre — entre las mujeres asistentes, instaurando así un símbolo que perdura hasta hoy. El clavel blanco representaba la memoria de las madres fallecidas, mientras que el clavel rojo honoraba a las vivas, una distinción cargada de significado que, como muchos aspectos del Día de las Madres original, ha ido diluyéndose con los años. A partir de esa primera celebración íntima y emotiva, Anna Jarvis inició una campaña de alcance nacional sin precedentes para la época: escribió cartas a congresistas, senadores, gobernadores, celebridades y figuras religiosas de influencia, suplicando que se reconociera oficialmente un día nacional en honor a todas las madres. La campaña, que muchos tomaron primero con escepticismo, ganó fuerza con los años. En 1911, la mayor parte de los estados de la Unión ya reconocían la festividad de alguna manera. Y finalmente, el 8 de mayo de 1914, el presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación que convirtió el segundo domingo de mayo en el Día de la Madre oficial de los Estados Unidos, fijando para siempre una fecha que luego se propagaría como una llama por el resto del mundo.
Anna Jarvis (1864–1948), quien nunca fue madre, pasó su vida entera luchando primero por crear el Día de las Madres y luego por salvarlo de la comercialización
La paradoja de Anna: creó una fiesta universal y murió intentando abolirla
Pocos relatos en la historia cultural contemporánea son tan humanos y tan perturbadores como el de Anna Jarvis. Logró su objetivo — la celebración fue reconocida oficialmente — y ese logro se convirtió en la mayor fuente de dolor de su vida. Casi de inmediato, la maquinaria comercial de la época se apropió de la festividad. Los floristas duplicaban y triplicaban los precios de los claveles en mayo. Las tiendas de tarjetas de felicitación lanzaban colecciones especiales. Las chocolaterías y los confiteros se sumaban con campañas agresivas. Para Anna, que había imaginado el Día de las Madres como un momento de silencio, oración personal y comunicación íntima entre madres e hijos, aquella transformación era una traición de proporciones insoportables. En 1923, apenas nueve años después de la proclamación presidencial, Anna Jarvis declaró públicamente su arrepentimiento en una entrevista a un reportero, pidiendo que el día fuera «sagrado y no consumista». Fue el inicio de una cruzada solitaria y cada vez más amarga. Llegó a tirar comida al suelo en salones de té que vendían «menús especiales del Día de la Madre». Protagonizó protestas públicas frente a florerías que ella llamaba «violadores de los derechos de autor, vándalos comerciales y especuladores declarados». Fue arrestada en al menos una ocasión por «alterar el orden público» durante una de esas manifestaciones. Fundó la «Asociación Internacional del Día de la Madre» para intentar recuperar los derechos legales del nombre. Gastó toda su herencia familiar en batallas judiciales. Recolectó firmas para pedir la abolición formal de la festividad. Y perdió todas esas batallas, una a una.
Anna Jarvis falleció el 24 de noviembre de 1948, a los 84 años, en el sanatorio Marshall Square de Filadelfia, sin un céntimo y recluida en estado de demencia avanzada. Nunca se casó, nunca tuvo hijos. La única razón de ser de toda su vida adulta había sido honrar a su madre con un día que, según ella, había terminado desnaturalizado por completo. La ironía final, que la historiadora Katharine Lane Antolini registró con precisión en su libro «La conmemoración de la maternidad: Anna Jarvis y la lucha por el control del Día de la Madre», es que los gastos de su internamiento en el sanatorio fueron pagados parcialmente por la industria de flores y tarjetas que ella tanto había combatido, cuyos líderes la consideraban, en cierto modo, su benefactora fundacional. Hoy, solo en los Estados Unidos, el Día de las Madres genera gastos que superan los 30.000 millones de dólares anuales, convirtiéndose en uno de los fines de semana comerciales más importantes del año. Anna Jarvis lo habría considerado un escándalo. Y, al mismo tiempo, la existencia de esa cifra demuestra que su obra — la de honrar a las madres — encontró un eco en la humanidad que trasciende cualquier debate sobre la comercialización. La fiesta sobrevivió a su propia fundadora. Y eso, en algún sentido profundo que Ann Maria Reeves Jarvis habría entendido mejor que nadie, también es una forma de amor.
El Día de las Madres se celebra en distintas fechas alrededor del mundo, con tradiciones y orígenes propios en cada país
Cómo llegó la celebración al Mercosur y a América Latina
La propagación del Día de las Madres desde los Estados Unidos hacia el resto del mundo no fue un fenómeno uniforme ni simultáneo. En cada país, la celebración encontró un terreno social y cultural propio que determinó tanto la fecha elegida como el significado que adquirió. En México, la historia tiene un protagonista bien definido: el periodista y director del diario Excélsior, Rafael Alducín, quien el 13 de abril de 1922 publicó en la primera plana de su influyente periódico una convocatoria nacional para celebrar a las madres el 10 de mayo de ese año. El entonces Secretario de Educación Pública Federal, José Vasconcelos, respaldó la iniciativa, dándole el impulso institucional que necesitaba para transformarse en tradición nacional. Ese mismo año, en Yucatán, la activista Esperanza Velázquez abogaba por los derechos a la planificación familiar y al control natal — lo que sugiere que la celebración del Día de la Madre fue, desde su inicio en México, un escenario de tensiones entre distintas visiones sobre el rol de la mujer en la sociedad. Desde 1922, el 10 de mayo es una fecha inamovible en el calendario mexicano, que en 2026 cae en domingo — una coincidencia que este año convierte la celebración en especialmente festiva. El Monumento a la Madre en Ciudad de México, inaugurado en 1949 durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés y en cuya base se lee «A la que nos amó antes de conocernos», es el símbolo más tangible de esa tradición centenaria.
En Brasil, la celebración tuvo un origen diferente y significativamente conectado con el movimiento feminista. La primera conmemoración registrada fue el 12 de mayo de 1918 en Porto Alegre, organizada por la Associação Cristã de Moços (ACM). Pero fue en 1932 cuando la fecha adquirió carácter nacional: el presidente Getúlio Vargas, a petición de la Federación Brasileña de Mujeres Feministas para el Progreso, oficializó el segundo domingo de mayo como el Día de la Madre en todo el país. La iniciativa partió de las propias mujeres que, en ese mismo año, habían ganado el derecho al voto en febrero — y que entendían la celebración de la maternidad no como un estereotipo, sino como una valoración del rol transformador de la mujer en la sociedad. En 1947, el cardenal arzobispo de Río de Janeiro, Jaime de Barros Câmara, le otorgó también reconocimiento en el calendario oficial de la Iglesia Católica. En Argentina, el camino fue distinto: durante décadas la Iglesia Católica celebraba la Maternidad de la Virgen María el 11 de octubre, y era tradición honrar a las madres en los domingos próximos a esa fecha. Aunque la Iglesia cambió posteriormente esa conmemoración al 1° de enero, el tercer domingo de octubre quedó definitivamente fijado en Argentina como el Día de la Madre, una particularidad que distingue al país del resto del continente. En Uruguay, Paraguay, Brasil y la mayoría de los países del Mercosur, la celebración se realiza en el segundo domingo de mayo, en sintonía con la tradición impulsada por Anna Jarvis.
«Una tarjeta impresa no significa más que se es demasiado indolente para escribirle de puño y letra a la mujer que ha hecho por uno más que nadie en el mundo.»
— Anna Jarvis, en su campaña contra la comercialización del Día de las Madres · Fuente: Mujeres Bacanas / El Español
Hay otras mujeres que la historia oficial suele dejar en el margen de esta narrativa, pero que merecen ser recordadas con claridad. Julia Ward Howe, poetisa y activista estadounidense, fue posiblemente la primera en proponer, en 1865, un día específico dedicado a las madres — aunque su propuesta tenía un horizonte más político que sentimental: quería organizar una jornada pacifista en la que las madres de soldados de ambos bandos de la Guerra de Secesión se reunieran a rezar por la paz y contra la guerra. Lo llamó el «Día de la Paz de las Madres». Su propuesta fue pionera, aunque no logró oficializarse. También merece mención Mary Towles Sasseen, maestra de Kentucky, quien en 1887 publicó una guía sobre «Celebraciones del Día de la Madre» destinada a las escuelas, buscando fortalecer los lazos entre alumnos, padres y docentes. Y Frank Hering, profesor de la Universidad de Notre Dame, fue el primero en hacer un llamado público y nacional a reservar un día para honrar a las madres en 1904. Estos actores menos conocidos completan el tapiz de una celebración que, lejos de surgir de un único impulso, fue el resultado de décadas de iniciativas dispersas que confluyeron en el esfuerzo incansable de Anna Jarvis. El Día de las Madres es, en ese sentido, una construcción colectiva — como lo es, en definitiva, la maternidad misma.
En Uruguay, Paraguay y Brasil se celebra el segundo domingo de mayo; en Argentina, el tercer domingo de octubre
Lo que Anna quiso que siempre recordáramos
Más allá de los debates sobre fechas, tradiciones y comercialización, hay algo en el núcleo de esta historia que resiste el tiempo y merece ser rescatado en cada celebración. Anna Jarvis quiso crear un día de reconocimiento íntimo, personal y sincero. Quería que los hijos le escribieran a sus madres con su propia letra. Que les dijeran lo que sienten con sus propias palabras. Que se sentaran con ellas y escucharan sus historias. Que les preguntaran sobre su vida antes de ser madres, sobre sus sueños, sus miedos, sus alegrías no dichas. Quería, en definitiva, que una vez al año el mundo les devolviera a las madres una parte del tiempo y la atención que ellas han dado sin condiciones durante toda una vida. Ese deseo original — despojado de tarjetas impresas y de cenas con precio fijo — sigue siendo el corazón verdadero del Día de las Madres. Y es también, en el fondo, lo que cada madre merece no solo un domingo de mayo o de octubre, sino en la cotidianidad de cada día. Porque la maternidad — en todas sus formas, en todas sus culturas, en todos sus idiomas — es el trabajo más exigente, más amoroso y más subestimado que existe. Ann Maria Reeves Jarvis lo supo antes que nadie. Su hija Anna lo convirtió en una causa. Y el mundo, pese a todo, terminó escuchándolas.
«El clavel blanco era la flor de las madres fallecidas; el clavel rojo, de las que aún viven. Hoy, esta distinción ha dado paso casi por completo a una ‘cultura del confeti’: la misma superficialidad contra la que Anna Jarvis se rebeló durante toda su vida.»
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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