El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a colocar a la inteligencia artificial en el centro del debate tecnológico y geopolítico al denunciar una supuesta “conspiración” contra la IA y los centros de datos, y sostener que cualquier intento de frenar su desarrollo terminaría beneficiando principalmente a China. Sus declaraciones llegan en un momento en que líderes tecnológicos y científicos discuten precisamente lo contrario: cómo permitir que la IA avance con rapidez sin perder el control sobre sus posibles usos peligrosos.
Trump considera que Estados Unidos no puede ralentizar una tecnología que, según su visión, será uno de los principales motores económicos, industriales y estratégicos de las próximas décadas. El mandatario ha rechazado nuevas restricciones generales y sostiene que Washington ya dispone de herramientas para responsabilizar a las empresas cuando desarrollen sistemas que puedan generar daños.
La discusión, sin embargo, no debería reducirse a una disputa entre quienes quieren “frenar” la IA y quienes quieren desarrollarla. El verdadero desafío es conseguir que la inteligencia artificial avance todo lo posible en beneficio de la humanidad, pero bajo mecanismos de control suficientemente fuertes para impedir que sus capacidades sean utilizadas por organizaciones criminales, grupos terroristas u otros actores que busquen causar daño.
Y en este punto aparece una de las grandes razones por las que resulta difícil imaginar un retroceso de la IA: su capacidad para acelerar la investigación científica está empezando a modificar la manera en que se estudian problemas que durante décadas exigieron enormes cantidades de tiempo y recursos.
La medicina podría ser uno de los grandes beneficiarios
Uno de los campos donde la transformación puede resultar más profunda es la medicina. La inteligencia artificial ya está siendo utilizada para analizar enormes cantidades de información genética, imágenes médicas, estructuras moleculares, historiales clínicos y datos de laboratorio que serían extremadamente difíciles de procesar manualmente.
En investigación oncológica, por ejemplo, sistemas de IA están siendo utilizados para integrar información procedente de genómica, proteómica, imágenes y datos clínicos. Esa combinación permite estudiar la enorme diversidad biológica existente entre distintos tumores, mejorar la clasificación de pacientes, investigar mecanismos de resistencia a medicamentos y buscar nuevas posibilidades terapéuticas.
Esto no significa que la IA ya haya encontrado una cura universal contra el cáncer. Sería científicamente incorrecto afirmarlo. Pero sí significa que una herramienta capaz de procesar simultáneamente cantidades gigantescas de información puede ayudar a los investigadores a encontrar relaciones que serían mucho más difíciles de identificar utilizando métodos tradicionales.
Un ejemplo especialmente significativo es el desarrollo de sistemas capaces de actuar como agentes científicos. Una investigación publicada en Nature presentó “Robin”, un sistema multiagente que puede generar hipótesis, analizar información científica, proponer experimentos, interpretar resultados y actualizar sus hipótesis a partir de lo aprendido.
Ese cambio puede ser trascendental.
Hasta ahora, un grupo científico podía dedicar meses o años a recopilar literatura, ordenar resultados, comparar hipótesis y decidir qué experimentos realizar. La IA no elimina la necesidad del científico, pero puede reducir drásticamente el tiempo necesario para recorrer determinadas etapas del proceso de investigación.
Del ADN a las enfermedades que todavía no sabemos tratar
El potencial también alcanza las enfermedades relacionadas con alteraciones genéticas.
La biología moderna genera cantidades enormes de información sobre ADN, ARN, proteínas, células y tejidos. Una persona puede tener millones de variantes genéticas y múltiples factores ambientales que interactúan entre sí. Comprender cómo esas variables producen una enfermedad es un problema de una complejidad extraordinaria.
La IA puede ayudar a integrar esas capas de información y encontrar patrones.
En cáncer, las investigaciones actuales ya exploran sistemas capaces de combinar información molecular y clínica para identificar características de los tumores, anticipar respuestas a determinados tratamientos y descubrir posibles mecanismos de resistencia.
También se está avanzando hacia herramientas capaces de analizar imágenes patológicas de miles de pacientes y encontrar características que pueden pasar desapercibidas para una evaluación convencional. Un estudio publicado en Nature Medicine presentó un sistema de IA aplicado a más de 5.400 pacientes y cinco tipos de cáncer, capaz de generar conceptos biológicamente relevantes relacionados con pronóstico y biomarcadores, aunque sus autores advierten que todavía se necesita validación clínica prospectiva.
La diferencia fundamental está en la escala.
Un investigador puede estudiar cientos o miles de variables. Una infraestructura computacional puede analizar millones o incluso cantidades mucho mayores de combinaciones en tiempos imposibles para un equipo humano.
El descubrimiento de medicamentos también puede acelerarse
El desarrollo tradicional de medicamentos es extraordinariamente lento, costoso y presenta una elevada tasa de fracaso. La IA está siendo incorporada para identificar objetivos terapéuticos, analizar estructuras moleculares, buscar candidatos, predecir determinadas propiedades y explorar posibilidades de reutilización de medicamentos existentes.
Una revisión científica publicada en agosto de 2026 reconoce que la IA está transformando diferentes etapas del descubrimiento y desarrollo farmacológico, aunque también advierte que la evidencia de impacto clínico todavía es limitada en comparación con las enormes expectativas generadas alrededor de la tecnología.
Ese matiz es fundamental.
La IA puede proponer una molécula prometedora en horas, pero todavía hay que demostrar en laboratorio que funciona, comprobar su seguridad, realizar estudios preclínicos, ensayos clínicos y evaluaciones regulatorias. La velocidad computacional no puede sustituir la evidencia médica.
El gran debate: avanzar, pero con control
Aquí es donde la discusión planteada por Trump adquiere una dimensión mucho más compleja.
El problema no es simplemente si Estados Unidos, China o Europa avanzan más rápido. El problema es que la misma tecnología que puede acelerar el descubrimiento de un tratamiento contra una enfermedad también puede proporcionar capacidades peligrosas si cae en manos equivocadas.
Por eso, la supervisión no debería estar dirigida contra la investigación científica legítima ni convertirse en una barrera que impida descubrir nuevos tratamientos. Debería concentrarse en controlar usos capaces de generar daños graves, proteger información sensible, establecer responsabilidades para quienes desarrollan y utilizan sistemas avanzados y evitar que determinadas capacidades sean explotadas por redes criminales o terroristas.
Incluso dentro de la industria tecnológica existe actualmente un intenso debate. Ejecutivos como Dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk han expresado preocupaciones sobre determinados riesgos asociados al desarrollo acelerado de sistemas avanzados, mientras Trump sostiene que un exceso de regulación podría hacer perder a Estados Unidos la carrera tecnológica frente a China.
La IA no debería detenerse: debería aprender a convivir con la humanidad
Existe una conclusión que puede extraerse de este debate: detener completamente la inteligencia artificial probablemente no sea una opción realista, pero desarrollarla sin controles tampoco debería serlo.
La humanidad está entrando en una etapa en la que una máquina puede leer cantidades gigantescas de literatura científica, comparar estructuras moleculares, analizar imágenes médicas, encontrar patrones genéticos, formular hipótesis y ayudar a diseñar experimentos.
Eso puede significar una transformación extraordinaria para la medicina.
En el futuro, enfermedades que hoy parecen difíciles de comprender podrían ser estudiadas desde perspectivas que actualmente resultan imposibles. Algunos tipos de cáncer podrían encontrar nuevos tratamientos; determinadas enfermedades genéticas podrían ser diagnosticadas con mayor precisión; otras patologías podrían beneficiarse de medicamentos diseñados específicamente para las características moleculares de cada paciente.
Pero no existe ninguna garantía de que la IA cure el cáncer o todas las enfermedades. Lo que sí existe es una nueva capacidad científica para buscar esas respuestas a una velocidad y a una escala que antes no estaban disponibles.
Y esa diferencia puede ser histórica.
El verdadero desafío es decidir para qué utilizaremos esta tecnología
La discusión sobre la IA ya no debería centrarse únicamente en si las máquinas serán más inteligentes o rápidas que las personas.
La pregunta más importante es qué hará la humanidad con esa capacidad.
Si la inteligencia artificial se utiliza para acelerar la investigación médica, comprender el ADN, estudiar enfermedades, diseñar medicamentos, mejorar diagnósticos y ampliar el conocimiento científico, sus beneficios pueden alcanzar a millones de personas.
Si, por el contrario, sus capacidades más avanzadas son utilizadas por organizaciones criminales, terroristas o actores que buscan causar daños masivos, el mismo poder tecnológico puede convertirse en una amenaza.
Por eso, la respuesta no debería ser apagar la IA, sino construir reglas capaces de distinguir entre innovación y abuso, entre investigación y peligro, entre conocimiento destinado a salvar vidas y capacidades que no deberían quedar libremente disponibles para quienes pretenden destruirlas.
La declaración de Trump refleja una preocupación geopolítica real: ningún país quiere quedarse atrás en una tecnología que puede transformar la economía, la ciencia y la seguridad. Pero el mundo enfrenta una responsabilidad todavía mayor: hacer que la carrera por la inteligencia artificial no sea solamente una carrera por quién llega primero, sino por quién consigue convertirla en una de las herramientas más poderosas para mejorar la vida humana sin perder el control sobre ella.
Foto: Archivo / Infobae
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