El fenómeno de El Niño ya está plenamente establecido y los últimos datos científicos confirman que seguirá intensificándose durante los próximos meses, con posibilidades de alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) estima además una probabilidad cercana al 100% de que el episodio continúe activo hasta febrero de 2027, mientras la NOAA estadounidense calcula que existe más de un 90% de probabilidad de que alcance una categoría muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte.
El fenómeno está asociado con un calentamiento excepcional de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial. Los datos de la NOAA indican que, durante agosto, la anomalía de temperatura llegó a aproximadamente +1,8 °C en la región Niño 3.4, +2,5 °C en Niño 3 y +3,4 °C en Niño 1+2. En el Pacífico ecuatorial oriental también se registraron anomalías superiores a +3 °C, una señal de la extraordinaria intensidad que está adquiriendo el episodio.
La importancia de El Niño no está solamente en cuánto se calienta el océano, sino en cómo ese cambio modifica la circulación atmosférica y redistribuye las lluvias y las temperaturas. Por eso, un mismo fenómeno puede provocar precipitaciones extraordinarias e inundaciones en una región y, simultáneamente, condiciones mucho más secas de lo normal en otra. La OMM advierte que la intensidad del episodio por sí sola no permite determinar exactamente qué ocurrirá en cada país, porque también intervienen otros patrones oceánicos y atmosféricos.
Sudamérica queda entre las regiones más sensibles
Para América del Sur, la evolución del fenómeno adquiere especial importancia porque coincide con la primavera y posteriormente con el inicio del verano austral, un período fundamental para la agricultura y para la evolución de grandes cuencas hidrográficas.
En Argentina, los pronósticos apuntan a una mayor probabilidad de precipitaciones abundantes en el Litoral y un incremento del riesgo de crecidas. Las zonas vinculadas a las grandes cuencas fluviales deberán prestar especial atención a la evolución de las lluvias, especialmente cuando los suelos ya se encuentren saturados.
En el área del Mercosur, el impacto puede extenderse a Paraguay, Brasil, Uruguay y el sur de Bolivia, aunque no necesariamente de la misma manera en todos los territorios. La distribución de las lluvias puede cambiar considerablemente entre regiones y entre períodos, por lo que productores agrícolas, autoridades de protección civil y responsables de recursos hídricos deberán trabajar con pronósticos actualizados y no solamente con el comportamiento histórico de El Niño.
Para la producción agropecuaria, la amenaza tiene dos caras. El exceso de agua puede provocar inundaciones, pérdida de cultivos, erosión del suelo y dificultades para ingresar a los campos, mientras que los períodos secos dentro de una temporada irregular pueden afectar la germinación, el desarrollo de las plantas y las reservas de agua. La NOAA ya había advertido que un episodio de estas características puede alterar las fechas de siembra, los rendimientos agrícolas, la logística y los mercados internacionales de materias primas.
No solo Sudamérica está en alerta
Los efectos potenciales abarcan amplias zonas del planeta. Los análisis de la OMM señalan que durante septiembre-noviembre de 2026 se esperan temperaturas superiores a lo normal en prácticamente todas las regiones terrestres, mientras las precipitaciones podrían presentar fuertes contrastes regionales.
Entre las áreas que aparecen particularmente expuestas a temperaturas anómalamente altas se encuentran partes de África, el sur de Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, el este de Asia, América Central, el Caribe, el sur de África, buena parte de Sudamérica y Nueva Zelanda. En algunas de estas regiones, el calor puede combinarse con déficit de precipitaciones y aumentar el riesgo de incendios forestales y estrés hídrico.
En otras partes del planeta, la configuración atmosférica asociada con El Niño puede favorecer lluvias intensas. Esto significa que el fenómeno debe ser entendido como un gran reorganizador de los patrones climáticos, no simplemente como un episodio de calentamiento del Pacífico.
El océano Índico puede aumentar la complejidad
Otro elemento que los científicos siguen de cerca es el comportamiento del océano Índico. La OMM prevé el desarrollo de una fase positiva del Dipolo del Océano Índico, con una anomalía media prevista cercana a +0,9 °C para septiembre-noviembre. La combinación de este fenómeno con El Niño puede modificar aún más la distribución regional de las precipitaciones.
Este factor ayuda a explicar por qué los especialistas insisten en que no basta con decir que “El Niño traerá más lluvia” o “El Niño traerá sequía”. El resultado depende de la región, de la época del año y de la interacción entre distintos patrones climáticos.
Un planeta más caliente puede aumentar las consecuencias
La situación también se produce en un contexto de temperaturas globales elevadas. La OMM advierte que la interacción entre El Niño y un planeta que ya presenta un calentamiento considerable puede favorecer temperaturas extremas y hacer más difíciles de predecir algunos impactos regionales.
Esto significa que incluso cuando El Niño desaparezca, algunos de sus efectos pueden prolongarse durante meses debido a la persistencia de las alteraciones oceánicas y atmosféricas.
Los especialistas también recuerdan que El Niño no permite predecir un desastre específico con meses de anticipación. Lo que ofrece es una señal climática que modifica las probabilidades de determinados tipos de fenómenos. Para saber si una determinada ciudad tendrá inundaciones, sequías o temperaturas extremas se necesitan pronósticos meteorológicos y climáticos regionales actualizados.
La fase más intensa todavía no habría llegado
Los modelos internacionales coinciden en que el fenómeno continuará fortaleciéndose y podría alcanzar su máximo entre noviembre y diciembre de 2026. La OMM calcula que la anomalía media del índice Niño 3.4 podría acercarse a 3,6 °C durante septiembre-noviembre, aunque los valores reales dependerán de la evolución del océano y de la atmósfera durante los próximos meses.
La NOAA, por su parte, mantiene una probabilidad superior al 90% de que se produzca un episodio muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte.
Por eso, la preocupación principal no es únicamente lo que está ocurriendo ahora, sino cómo evolucionará el fenómeno durante los próximos meses, cuando coincidirá con períodos agrícolas y estaciones meteorológicas especialmente sensibles en distintas partes del mundo.
El Mercosur deberá prepararse para un escenario irregular
Para los países del Mercosur, el fenómeno merece una vigilancia especial por su potencial impacto sobre la agricultura, las reservas de agua, la navegación fluvial, la generación hidroeléctrica, las carreteras y los precios de los alimentos.
Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay forman parte de una región estrechamente conectada por grandes sistemas fluviales y por cadenas agroindustriales que dependen de condiciones meteorológicas relativamente estables. Una temporada marcada por lluvias excesivas en algunas áreas y déficit hídrico en otras puede tener consecuencias que trasciendan las fronteras nacionales.
El Niño que se está desarrollando no significa que todos los países sufrirán una catástrofe, pero sí que aumentan las probabilidades de extremos climáticos y que las autoridades deberán prepararse con mayor anticipación.
La señal científica es clara: El Niño está fortaleciéndose, podría alcanzar una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026 y probablemente permanecerá activo hasta comienzos de 2027. La próxima etapa será determinar, región por región, dónde se concentrarán las lluvias, dónde aumentará la sequía y qué territorios estarán más expuestos al calor extremo.
Foto: Archivo / Infobae
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