
Vivimos en una época que nos ha enseñado a tener prisa. Prisa por crecer, por alcanzar metas, por sanar, por encontrar respuestas, por tener estabilidad, por enamorarnos, por superar las pérdidas y hasta por sentirnos bien nuevamente.
Miramos nuestra vida y, casi inevitablemente, la comparamos con la de otros. Alguien parece haber llegado mientras nosotros seguimos caminando. Alguien encontró aquello que todavía buscamos. Alguien floreció mientras nosotros sentimos que seguimos atravesando el invierno.
Y entonces aparece una pregunta silenciosa:
“¿Por qué todavía no me sucede a mí?”
Quizás una de las enseñanzas más difíciles de la existencia sea comprender que no todo lo que tarda está perdido, ni todo lo que termina ha sido un fracaso.
Hay cosas que simplemente pertenecen a otro tiempo.
la vida también está hecha de estaciones.
La naturaleza nunca permanece igual.
Los árboles pierden sus hojas, las semillas permanecen ocultas bajo la tierra, llegan las lluvias, cambia el clima y finalmente aquello que parecía dormido vuelve a florecer.
Nuestra vida también atraviesa estaciones.
Hay temporadas para construir y otras para detenernos. Momentos para luchar y momentos para soltar. Épocas en las que sentimos que avanzamos rápidamente y otras en las que aparentemente nada está ocurriendo.
Pero que no podamos observar el cambio no significa que no exista un proceso.
Una semilla bajo la tierra parece inmóvil desde afuera. Sin embargo, en su interior está ocurriendo una transformación indispensable para aquello que algún día veremos emerger.
A veces nosotros también estamos creciendo en lugares que nadie puede ver.
No todo retraso significa fracaso.
Una de las mayores fuentes de sufrimiento humano aparece cuando nuestra realidad no coincide con el tiempo que habíamos imaginado.
“Para esta edad ya debería…”
“Pensé que a estas alturas tendría…”
“Creí que ya habría superado…”
“Pensé que mi vida sería diferente.”
Ese “debería” puede convertirse en una carga enorme.
Cada persona posee una historia distinta, circunstancias diferentes, heridas particulares, oportunidades diferentes y procesos que no pueden compararse justamente con los de alguien más.
No existe un único calendario para vivir.
Algunas personas encuentran su vocación muy joven; otras después de recorrer caminos completamente diferentes. Algunas construyen una familia temprano; otras encuentran el amor mucho después. Algunas necesitan meses para recuperarse de una pérdida; otras requieren años para reconstruirse.
El tiempo humano no debería convertirse en una competencia.
Hay un tiempo para quedarse y otro para soltar.
Madurar también implica reconocer que algunas cosas tienen temporadas.
Personas que fueron fundamentales pueden dejar de acompañarnos.
Sueños que alguna vez defendimos pueden dejar de representarnos.
Lugares donde fuimos felices pueden convertirse simplemente en recuerdos.
Incluso versiones antiguas de nosotros mismos necesitan desaparecer para permitirnos convertirnos en alguien diferente.
Soltar no siempre significa que aquello carecía de valor.
A veces significa precisamente lo contrario:
fue valioso mientras perteneció a nuestra historia.
Pretender que todo permanezca eternamente puede hacernos sufrir frente a una realidad inevitable: la vida está en constante transformación.
Aceptar los ciclos no significa dejar de amar lo vivido. Significa aprender a agradecerlo sin exigirle que permanezca.
También hay un tiempo para el dolor
Nuestra sociedad suele sentirse incómoda frente al sufrimiento.
Queremos recuperarnos rápidamente.
“Sé fuerte.”
“Supéralo.”
“Continúa.”
Pero existen experiencias que necesitan ser lloradas.
Una pérdida, una decepción, una separación, una enfermedad, una oportunidad que desapareció o simplemente descubrir que la vida no ocurrió como esperábamos puede requerir un verdadero proceso de duelo.
No todas las heridas necesitan inmediatamente una solución.
Algunas necesitan primero ser reconocidas, comprendidas y acompañadas.
Permitirte sentir tristeza no significa rendirte ante ella.
Llorar tampoco contradice la fe.
Incluso espiritualmente podemos comprender que existen momentos en los que el alma necesita silencio antes de volver a encontrar palabras.
Hay tiempos en los que dios parece guardar silencio.
Una de las experiencias espirituales más difíciles ocurre cuando oramos y aparentemente nada cambia.
Pedimos una respuesta.
Esperamos una puerta.
Buscamos una señal.
Y encontramos silencio.
Entonces podemos comenzar a preguntarnos si Dios nos escucha.
Sin embargo, la fe adquiere una profundidad diferente cuando dejamos de relacionarla exclusivamente con recibir inmediatamente aquello que pedimos.
Creer cuando todo sale bien puede resultar sencillo.
Confiar cuando todavía no comprendemos lo que está sucediendo transforma nuestra espiritualidad.
Hay respuestas que llegan como esperábamos.
Otras llegan de una manera completamente diferente.
Y existen situaciones cuyo significado quizá solamente comprenderemos después de atravesarlas.
La fe no siempre consiste en entender el camino.
A veces consiste simplemente en continuar caminando.
No confundas esperar con quedarte inmóvil
Comprender que todo tiene su tiempo tampoco significa asumir una actitud pasiva frente a la vida.
Esperar también puede implicar prepararnos.
Mientras llega una oportunidad, podemos aprender.
Mientras buscamos una relación saludable, podemos trabajar nuestra propia manera de amar.
Mientras esperamos resultados, podemos construir disciplina.
Mientras atravesamos una crisis, podemos pedir ayuda.
Mientras una puerta permanece cerrada, podemos descubrir otras.
Confiar en los tiempos de Dios no significa abandonar nuestra responsabilidad humana.
Podemos orar y actuar, confiar y prepararnos, esperar y seguir creciendo.
Quizás hoy estés viviendo una temporada de abundancia.
Disfrútala.
Quizás estés comenzando nuevamente.
Ten paciencia.
Quizás estés despidiéndote de algo que amabas.
Permítete llorarlo.
Quizás llevas mucho tiempo esperando una respuesta.
Continúa preparándote.
Quizás simplemente estás cansado y necesitas detenerte.
Descansa.
No todas las temporadas necesitan producir frutos visibles.
Algunas existen para echar raíces.
No necesitas tener toda tu vida resuelta hoy.
No necesitas comprender inmediatamente aquello que estás atravesando.
No necesitas florecer durante todo el año.
Hay momentos para sembrar, momentos para esperar, momentos para perder, momentos para reconstruir y momentos para volver a comenzar.
Y la paz comienza cuando dejamos de preguntarnos constantemente “¿por qué todavía no?” y aprendemos también a decir:
“Haré lo que me corresponde hoy y confiaré aquello que todavía no puedo controlar.”
Porque algunas cosas necesitan esfuerzo.
Otras necesitan valentía.
Algunas necesitan ser soltadas.
Y otras, simplemente, necesitan tiempo.
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” Eclesiastés 3:1 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
- ★ACTOS DE AMOR PROPIO: APRENDER A CUIDARTE TAMBIÉN ES AMARTE.
- ★TODO TIENE SU TIEMPO: APRENDER A CONFIAR EN LOS PROCESOS DE LA VIDA.
- ★SAPIOSEXUALIDAD: CUANDO LA INTELIGENCIA SE CONVIERTE EN ATRACCIÓN.
- ★EL TRAUMA TAMBIÉN PUEDE HABLAR A TRAVÉS DEL CUERPO.
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