
Hay transformaciones que ocurren en la superficie: cambiamos una conducta, repetimos una frase diferente, intentamos pensar positivamente o tomamos una decisión momentánea. Pero existen cambios mucho más profundos. Son aquellos que alcanzan las creencias desde las cuales hemos aprendido a interpretar quiénes somos, qué podemos esperar de los demás y qué creemos posible para nuestra vida.
Una persona puede decirse conscientemente: “soy capaz”, mientras en lo profundo continúa funcionando desde una creencia como “voy a fracasar”. Puede repetirse “merezco ser amado”, pero interpretar cada silencio como abandono porque interiormente sigue creyendo “no soy suficiente”. Puede querer avanzar y, al mismo tiempo, mantenerse atada a una narrativa interna construida durante años.
Por eso, una verdadera transformación no consiste solamente en cambiar lo que pensamos durante unos minutos. Implica revisar desde qué lugar estamos pensando nuestra vida.
Desde la psicología: las creencias funcionan como lentes.
Desde la psicología cognitiva, las creencias profundas o nucleares forman parte de los esquemas mediante los cuales interpretamos nuestras experiencias. No vemos los acontecimientos de manera completamente neutral: los interpretamos según nuestra historia, aprendizajes, expectativas, temores y experiencias anteriores.
Dos personas pueden enfrentarse a una misma situación y construir significados completamente diferentes.
Una puede experimentar un fracaso y pensar:
“Esto demuestra que nunca seré capaz.”
Otra puede pensar:
“Esto demuestra que todavía tengo algo que aprender.”
El acontecimiento puede ser exactamente el mismo. Lo que cambia es el significado psicológico atribuido a él.
Y ese significado tiene consecuencias. Influye en nuestras emociones; las emociones influyen en nuestras decisiones; las decisiones se convierten en comportamientos; los comportamientos repetidos generan hábitos y esos hábitos, sostenidos en el tiempo, pueden modificar significativamente nuestra trayectoria vital.
Podríamos representarlo así:
Creencia → interpretación → emoción → conducta → repetición → resultados.
Por eso algunas transformaciones parecen producir una especie de “sincronización”. No necesariamente porque el mundo haya cambiado primero, sino porque la persona dejó de relacionarse con el mundo desde la misma estructura interna.
Desde la neurociencia: aquello que repetimos fortalece caminos.
Nuestro cerebro posee una extraordinaria capacidad de adaptación conocida como neuroplasticidad. Las experiencias, aprendizajes y comportamientos repetidos pueden modificar la fortaleza y organización funcional de determinadas redes neuronales.
Esto también significa que las formas habituales de interpretar la realidad pueden volverse cada vez más automáticas.
Cuando durante años pensamos:
“No puedo.”
“Algo malo va a ocurrir.”
“Nadie puede quererme realmente.”
“Siempre termino perdiendo.”
el cerebro aprende a anticipar, detectar y responder con especial sensibilidad a aquello que parece confirmar esas expectativas.
Aquí intervienen procesos relacionados con la atención selectiva, la memoria, la predicción y los sesgos cognitivos. Nuestro cerebro constantemente intenta anticipar qué significa lo que está ocurriendo utilizando experiencias anteriores.
Por eso cambiar una creencia profundamente arraigada requiere más que pronunciar afirmaciones positivas. Necesita nuevas experiencias, nuevas interpretaciones y nuevas respuestas suficientemente consistentes para que el cerebro vaya aprendiendo:
“Existe otra manera de responder.”
La neuroplasticidad no significa que podamos programarnos para conseguir cualquier cosa que deseemos. Significa algo quizá más poderoso y realista: no estamos condenados a interpretar eternamente nuestra presente realidad con los mismos mapas que construimos en el pasado.
Desde la espiritualidad bíblica: la transformación comienza dentro.
La Biblia también concede una enorme importancia a aquello que ocurre en el interior de la persona.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre la perspectiva bíblica y la idea de que nuestros pensamientos simplemente “atraen” acontecimientos.
La fe bíblica no enseña que el universo deba acomodarse automáticamente a nuestros pensamientos. Enseña que Dios puede transformar al ser humano desde su interior para que aprenda a vivir, discernir y actuar de una manera diferente.
La transformación espiritual no consiste solamente en conseguir aquello que queremos; muchas veces consiste en permitir que cambie aquello que queremos, aquello que creemos y la manera en que comprendemos nuestra propia historia.
La fe puede cambiar la desesperanza por confianza, el resentimiento por un proceso de perdón, la culpa destructiva por arrepentimiento y restauración, el miedo paralizante por valentía y la sensación de no tener propósito por una vida orientada hacia un significado mayor.
Entonces quizá no sea la vida la que mágicamente comienza a “sincronizarse” con nuestra creencia.
Quizá somos nosotros quienes comenzamos a caminar de manera diferente.
cuando sanas la raíz.
Hay momentos en los que descubres que llevabas años peleando contra las ramas cuando aquello que necesitaba atención estaba debajo de la tierra.
Intentabas cambiar comportamientos sin comprender tus heridas.
Querías tomar decisiones diferentes conservando los mismos temores.
Deseabas relaciones nuevas mientras continuabas mirándote con los ojos de quienes alguna vez te hicieron sentir insuficiente.
Hasta que un día preguntas:
¿Qué estoy creyendo acerca de mí que continúa dirigiendo mi vida sin que yo lo note?
Y esa pregunta puede convertirse en el comienzo de algo profundamente humano.
Porque sanar no significa borrar nuestra historia. Significa conseguir que nuestra historia deje de tener la última palabra sobre nuestro futuro.
Cuando cambia una creencia desde la raíz, probablemente el mundo seguirá teniendo dificultades. Seguirán existiendo pérdidas, incertidumbre, puertas que no se abren y acontecimientos que escapan completamente de nuestro control.
Pero quien atraviesa esas circunstancias ya no necesariamente es la misma persona.
Donde antes solamente veía amenaza, puede comenzar a reconocer posibilidades. Donde interpretaba rechazo, aprende a establecer límites. Donde esperaba que alguien confirmara su valor, comienza a reconocer su dignidad. Donde el miedo decidía por ella, empieza a aparecer la libertad de elegir.
Y desde la fe ocurre algo todavía más profundo: comprendemos que la renovación interior no tiene como finalidad controlar la vida, sino aprender a vivirla desde una mente, un corazón y un espíritu renovados.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

