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Durante décadas, tomar una aspirina al día fue casi una rutina para millones de personas que buscaban mantener el corazón protegido. La pequeña pastilla se convirtió en uno de los símbolos de la prevención cardiovascular y durante años fue recomendada incluso a adultos que nunca habían sufrido un infarto ni un accidente cerebrovascular. Hoy, sin embargo, la medicina está cambiando esa recomendación.
La razón no es que la aspirina haya dejado de funcionar. El problema es que sus beneficios y sus riesgos ya no se valoran de la misma manera que hace varias décadas. La evidencia científica más reciente ha llevado a los especialistas a ser mucho más cautelosos, especialmente cuando se trata de personas que nunca han sufrido una enfermedad cardiovascular.
Las enfermedades del corazón y los accidentes cerebrovasculares continúan entre las principales causas de muerte en Colombia y en el mundo. Frente a ese escenario, durante años parecía lógico utilizar una herramienta económica, accesible y conocida para reducir la posibilidad de que apareciera un coágulo capaz de provocar un infarto. La aspirina cumplía precisamente esa función.
Pero existe una diferencia fundamental que durante mucho tiempo no siempre fue suficientemente comprendida: no es lo mismo intentar evitar el primer infarto que impedir que ocurra un segundo.
La llamada prevención primaria se refiere a las personas que nunca han tenido un infarto, un accidente cerebrovascular ni otros eventos cardiovasculares. En esos casos, la pregunta es si los beneficios de tomar aspirina para evitar un primer episodio justifican los posibles efectos adversos.
La prevención secundaria es diferente. Quien ya sufrió un infarto, un accidente cerebrovascular o tiene determinadas condiciones cardiovasculares puede obtener un beneficio importante de la aspirina para reducir el riesgo de nuevos acontecimientos. Por eso, una recomendación dirigida a una persona sana no necesariamente puede aplicarse a alguien que ya tiene una enfermedad cardiovascular.
El cambio en las recomendaciones también tiene que ver con la transformación de la medicina durante los últimos 30 años. El tratamiento del colesterol mejoró de manera significativa con la utilización de estatinas, aumentó el control de la presión arterial, disminuyó el consumo de tabaco en numerosos países y se desarrollaron estrategias más eficaces para identificar y tratar los factores de riesgo cardiovascular.
En consecuencia, el riesgo de sufrir un infarto en determinados grupos de personas es hoy menor que décadas atrás. Y cuando el riesgo inicial disminuye, también se reduce el beneficio adicional que puede aportar una aspirina.
El problema es que su principal riesgo no desaparece.
La aspirina puede reducir la formación de coágulos, pero al mismo tiempo puede aumentar la posibilidad de sufrir hemorragias, particularmente sangrados gastrointestinales y, en determinados casos, eventos hemorrágicos graves.
Tres grandes estudios publicados en 2018 contribuyeron a modificar de manera importante la conversación médica.
El estudio ARRIVE analizó a personas consideradas de riesgo cardiovascular moderado que no tenían diabetes. La investigación no encontró una reducción significativa de los principales eventos cardiovasculares, mientras que sí observó un aumento de los episodios de sangrado gastrointestinal.
El estudio ASCEND examinó a personas con diabetes que no habían sufrido previamente un evento cardiovascular. En este grupo, la aspirina redujo algunos acontecimientos cardiovasculares, pero también incrementó los sangrados graves. El equilibrio entre ambos efectos hizo que el beneficio general fuera mucho más limitado de lo que se esperaba.
El estudio ASPREE se concentró en adultos mayores aparentemente sanos. En este grupo, la aspirina no produjo una prolongación de la vida saludable y se relacionó con un aumento del riesgo de hemorragias.
Los resultados reforzaron una conclusión que hoy ocupa un lugar central en las recomendaciones médicas: para muchas personas que nunca han tenido una enfermedad cardiovascular, tomar aspirina diariamente puede ofrecer un beneficio demasiado pequeño frente al riesgo de sangrado.
Eso no significa que la aspirina haya dejado de ser importante.
Para pacientes que ya han sufrido un infarto, un accidente cerebrovascular o que tienen determinadas enfermedades cardiovasculares, la aspirina continúa siendo una herramienta relevante dentro del tratamiento y puede ayudar a reducir el riesgo de nuevos eventos. La decisión, sin embargo, depende de las características de cada paciente y del tratamiento indicado por su médico.
La edad también cambió el escenario. En adultos mayores sin antecedentes de enfermedad cardiovascular, las recomendaciones actuales son particularmente prudentes debido al incremento del riesgo de hemorragias asociado con la edad.
En términos generales, las guías actuales desaconsejan iniciar aspirina de manera rutinaria para prevención primaria en personas mayores de 60 años que nunca han tenido una enfermedad cardiovascular. En adultos de entre 40 y 59 años con un riesgo cardiovascular elevado, la decisión puede ser individualizada y requiere valorar tanto el riesgo de sufrir un evento como el riesgo de sangrado.
La conclusión más importante es también la más sencilla: nadie debería comenzar ni suspender un tratamiento con aspirina por su propia cuenta.
Para una persona que lleva años tomando la pastilla, escuchar que ya no la necesita puede resultar desconcertante. Pero que un médico cambie una recomendación no significa necesariamente que las decisiones anteriores hayan sido equivocadas.
La ciencia médica funciona precisamente mediante la revisión permanente de la evidencia. Las recomendaciones cambian cuando aparecen nuevos estudios, mejores tratamientos y una comprensión más precisa de los riesgos y beneficios.
La aspirina sigue siendo una herramienta fundamental en determinados pacientes. Lo que está desapareciendo es la idea de que una aspirina diaria sea una protección universal para cualquier persona.
La pequeña pastilla que durante décadas simbolizó la prevención del infarto sigue existiendo. Lo que cambió es la pregunta que los médicos hacen antes de recomendarla: ya no se trata simplemente de saber si puede prevenir un coágulo, sino de determinar si, para esa persona en particular, el beneficio supera realmente el riesgo.
Y esa diferencia puede cambiar por completo la decisión.
Vía :El Espectador
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