Muchas personas buscan la hora perfecta para acostarse convencidas de que dormir a las 22:00, 23:00 o exactamente a medianoche puede garantizar un mejor descanso. Sin embargo, la ciencia ofrece una respuesta menos rígida: no existe una hora universal que funcione para todos. La verdadera clave parece estar en respetar el reloj biológico, dormir el tiempo suficiente y, sobre todo, mantener horarios regulares.
El organismo funciona siguiendo un ritmo circadiano, una especie de reloj interno que regula, entre otros procesos, los ciclos de sueño y vigilia. Por eso, algunas personas se sienten naturalmente más activas temprano, mientras otras tienen una mayor tendencia a mantenerse despiertas hasta más tarde. Obligar al cuerpo a seguir un horario completamente contrario a su ritmo puede dificultar el descanso, aunque se permanezca varias horas en la cama.
No se trata solo de la hora, sino de cuándo hay que despertar
Una forma práctica de organizar el descanso consiste en comenzar por la hora en que una persona necesita levantarse y calcular hacia atrás el tiempo necesario para dormir. Para la mayoría de los adultos, las recomendaciones habituales se sitúan entre siete y nueve horas de sueño por noche, aunque las necesidades individuales pueden variar.
Por ejemplo, una persona que debe despertarse a las 6:00 y necesita aproximadamente ocho horas de descanso debería procurar que su rutina le permita dormir cerca de las 22:00. Pero esto no significa que las 22:00 sean la hora ideal para toda la población. Para alguien que debe levantarse más tarde o posee un cronotipo diferente, el horario puede cambiar.
La regularidad puede ser más importante que buscar una hora perfecta
Uno de los aspectos que más se repite en las investigaciones sobre el sueño es la importancia de la consistencia. Acostarse a una hora completamente diferente cada noche y modificar drásticamente el horario durante los fines de semana puede alterar el ritmo biológico.
Una revisión científica que analizó 41 estudios y más de 92.000 participantes concluyó que los horarios de sueño más tardíos y una mayor irregularidad se asociaban, en general, con resultados menos favorables para la salud. Los investigadores también señalaron que la evidencia disponible no permite establecer una hora exacta que pueda considerarse universalmente como el límite ideal.
En otras palabras: la ciencia no dice que todos debamos dormir a las 22:00, pero sí sugiere que nuestro organismo se beneficia de una rutina relativamente estable.
Dormir ocho horas no siempre significa descansar bien
La cantidad de horas es importante, pero la calidad del sueño también cuenta. Una persona puede pasar ocho horas en la cama y, aun así, despertarse agotada.
Tardar demasiado tiempo en conciliar el sueño, despertarse repetidamente durante la noche o sufrir una fatiga persistente durante el día puede indicar que el descanso no está siendo reparador. Despertarse ocasionalmente durante la noche no necesariamente representa un problema, pero las interrupciones frecuentes y prolongadas merecen mayor atención.
Los especialistas advierten además que varias noches consecutivas con poco descanso pueden acumular sus efectos. La falta de sueño puede afectar la atención, la concentración, la capacidad de reacción y el rendimiento cotidiano.
Cinco hábitos que pueden ayudar a mejorar el descanso
Mantener una hora de despertar relativamente estable. El cuerpo responde mejor cuando reconoce un patrón regular de sueño y vigilia.
Buscar luz natural por la mañana. La exposición a la luz durante las primeras horas del día ayuda a sincronizar el reloj biológico.
Evitar la cafeína demasiado tarde. Algunos especialistas recomiendan reducir su consumo entre seis y ocho horas antes de la hora prevista para dormir.
Reducir las pantallas antes de acostarse. El teléfono, la computadora y otros dispositivos pueden mantener a la persona mentalmente estimulada cuando el organismo debería comenzar su transición hacia el descanso.
Mantener actividad física regular. El ejercicio y una rutina diaria saludable pueden contribuir a mejorar la calidad del sueño, aunque cada persona debe adaptar sus hábitos a sus propias condiciones.
El error de intentar recuperar todo el sueño durante el fin de semana
Muchas personas duermen poco de lunes a viernes y tratan de compensarlo con largas horas de sueño durante el fin de semana. Aunque recuperar parte del descanso puede proporcionar alivio, los grandes cambios de horario pueden alterar la regularidad del ciclo de sueño.
La evidencia científica también ha analizado el llamado «jet lag social», producido cuando los horarios de descanso cambian significativamente entre los días laborales y los días libres. Mantener una mayor estabilidad parece ser una estrategia más favorable que someter al organismo a cambios bruscos de rutina.
Entonces, ¿cuál es la mejor hora para dormir?
La mejor hora no es necesariamente la que aparece en una recomendación viral de internet. Es aquella que permite dormir el tiempo suficiente, coincide razonablemente con el ritmo biológico de la persona y puede mantenerse de manera regular.
Para la mayoría de los adultos, el objetivo debería ser construir una rutina que permita alcanzar entre siete y nueve horas de sueño y evitar grandes variaciones de una noche a otra.
Si una persona mantiene buenos hábitos, duerme suficientes horas y, aun así, continúa despertándose exhausta o presenta una somnolencia intensa durante el día, conviene consultar a un profesional de salud, ya que podría existir un trastorno del sueño u otra causa que requiera evaluación.
No existe un reloj mágico que indique la hora perfecta para todos. El verdadero secreto parece estar en escuchar al propio cuerpo, respetar su ritmo y darle al descanso la misma importancia que se concede a las actividades del día. Dormir bien no consiste solamente en cerrar los ojos durante varias horas: consiste en permitir que el organismo tenga, noche tras noche, la oportunidad real de recuperarse.
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