El ruso Sergey Boytsov se lanzó desde un globo aerostático situado a 11.551 metros sobre la región de Altái, en Siberia, y convirtió una caída desde la estratosfera en un nuevo récord para esta modalidad de paracaidismo. Durante el descenso alcanzó aproximadamente 501 km/h, soportó temperaturas de hasta -59 °C y permaneció unos dos minutos y medio en caída libre antes de abrir el paracaídas a 1.565 metros del suelo. La misión completa duró 7 minutos y 19 segundos y terminó sin lesiones.
A esa altura, el problema no es simplemente la distancia que separa al paracaidista del suelo. El aire se vuelve mucho más escaso, la presión atmosférica cae y el organismo deja de recibir oxígeno en condiciones normales. Boytsov utilizó un sistema autónomo de oxígeno, equipamiento térmico especializado y protección diseñada para soportar temperaturas cercanas a los 60 grados bajo cero. Antes del salto, el deportista realizó entrenamientos en cámaras de presión para simular altitudes de hasta 12.000 metros y pruebas con temperaturas de hasta -60 °C. El proyecto también incluyó ensayos en túnel de viento y una preparación médica y técnica destinada a evitar que una alteración durante los primeros segundos de la caída terminara en una emergencia irreversible.
La operación fue realizada desde un globo de aire caliente de aproximadamente 10.000 metros cúbicos, pilotado por Ivan Menyailo, presidente de la Federación Rusa de Deportes de Globo y campeón mundial. El aerostato alcanzó incluso 11.610 metros, una marca propia de altura para este tipo de vuelo, mientras Boytsov saltó desde 11.551 metros. En la plataforma abierta del globo, el deportista desplegó la bandera rusa antes de lanzarse al vacío. La aeronave permaneció más de tres horas en vuelo y el equipo de tierra siguió mediante telemetría las condiciones del salto. Cerca de un centenar de técnicos, ingenieros y especialistas médicos participaron en la operación.
La caída tuvo una característica que permite comprender la enorme diferencia entre este salto y un salto convencional. A más de 11 kilómetros de altura, la densidad del aire es mucho menor, por lo que durante los primeros instantes el paracaidista no experimenta exactamente la misma resistencia que tendría al lanzarse desde una avioneta a pocos miles de metros. Boytsov llegó a una velocidad máxima de unos 501 km/h, mientras permaneció aproximadamente 150 segundos en caída libre. El paracaídas fue abierto cuando todavía se encontraba a 1.565 metros del terreno, dejando un margen suficiente para completar la maniobra y aterrizar en el distrito de Ust-Kalmansky, en el territorio de Altái.
El récord también necesita una precisión importante. No se trata del récord absoluto de mayor salto en paracaídas desde la estratosfera. Esa categoría pertenece a hazañas realizadas con cápsulas presurizadas y globos de helio a alturas muy superiores: Felix Baumgartner saltó desde 38.969 metros en 2012 y Alan Eustace alcanzó 41.422 metros en 2014. El logro de Boytsov corresponde específicamente al salto realizado desde un globo aerostático convencional de aire caliente, una modalidad mucho más limitada por la capacidad de ascenso del aerostato. El registro anterior para esta categoría era de 10.060 metros y estaba atribuido a deportistas polacos. Además, la nueva marca todavía debe pasar por el proceso correspondiente de ratificación internacional antes de considerarse definitivamente homologada por la Federación Aeronáutica Internacional.
El salto ruso también revive una historia mucho más conocida: la carrera por convertir la caída desde la estratosfera en un laboratorio humano. Baumgartner convirtió su salto de 2012 en uno de los acontecimientos deportivos y científicos más vistos del siglo XXI. Desde una cápsula suspendida de un enorme globo de helio, ascendió hasta casi 39 kilómetros y llegó a superar la velocidad del sonido durante la caída. Dos años después, Alan Eustace llevó el desafío todavía más lejos: ascendió hasta 41,4 kilómetros y alcanzó una velocidad aproximada de 1.323 km/h, estableciendo el récord absoluto de caída libre desde mayor altura. A diferencia de Boytsov, ambos utilizaron sistemas diseñados específicamente para sobrevivir en una zona atmosférica mucho más extrema. La comparación permite entender que los 11.551 metros del salto ruso son extraordinarios dentro de su categoría, pero no constituyen el límite humano alcanzado en una caída desde la estratosfera.
La preparación de Boytsov tuvo además un componente tecnológico poco visible durante las imágenes del salto. El proyecto Stratum Jump 11–12 utilizó equipamiento producido en Rusia, con participación de empresas especializadas en globos, paracaídas, sistemas de oxígeno y trajes de alta montaña. El deportista, que acumula más de 2.000 saltos y posee licencia D de la USPA, había desarrollado anteriormente otros proyectos de paracaidismo extremo. La misión fue presentada también como una demostración de capacidades tecnológicas nacionales y como parte de las actividades vinculadas al Festival Internacional de la Juventud 2026.
Hay una particularidad física que hace especialmente peligrosa la primera parte del descenso. El paracaidista debe atravesar en pocos minutos diferentes capas de la atmósfera, pasando de un ambiente extremadamente frío y con poca densidad de aire a regiones donde la resistencia aumenta rápidamente. La ropa y el sistema de oxígeno resultan esenciales durante la fase inicial, pero también lo es controlar la posición corporal. Una pérdida de estabilidad a gran altura puede producir una rotación descontrolada y dificultar la orientación antes de que el deportista alcance las capas más densas de la atmósfera. El entrenamiento en túnel de viento y las simulaciones realizadas por Boytsov estaban dirigidos precisamente a reducir ese riesgo.
El globo utilizado para el salto también alcanzó una marca propia. Los 11.610 metros de altura superaron el registro ruso de 10.678 metros establecido en 2025 por el explorador Fyodor Konyukhov junto con Menyailo. El dato muestra que el proyecto no solamente buscaba poner a un hombre a más de 11 kilómetros de altura: también intentaba ampliar los límites de los vuelos en globos de aire caliente, una tecnología mucho más antigua y diferente de los globos de helio utilizados en los grandes saltos estratosféricos.
El escenario elegido fue Altái, una extensa región del sur de Siberia caracterizada por grandes cadenas montañosas, temperaturas extremas y enormes espacios abiertos. El aterrizaje en una zona relativamente despoblada permitió reducir riesgos en tierra y facilitó el seguimiento de la trayectoria. La misión terminó con el aterrizaje seguro tanto de Boytsov como de la tripulación del globo. El equipo aéreo había permanecido durante horas en las alturas antes de completar su descenso.
La imagen de un hombre saltando desde más de 11 kilómetros puede parecer una demostración puramente deportiva, pero detrás existe una enorme cantidad de ingeniería aplicada al cuerpo humano. A esa altura, un traje, una máscara de oxígeno, un paracaídas o un instrumento de medición no pueden fallar como lo harían en un salto convencional. Cada componente tiene que funcionar en temperaturas extremas, con cambios rápidos de presión y durante una caída en la que el deportista puede superar los 500 km/h. Por eso, estos saltos funcionan también como pruebas de tecnología para ambientes de gran altitud.
Boytsov consiguió completar el desafío y aterrizó sin lesiones. El verdadero récord de esta historia no está solamente en los 11.551 metros que separaban al paracaidista de la superficie, sino en la cantidad de variables que debieron funcionar simultáneamente para que una persona pudiera sobrevivir a ese descenso. Durante poco más de siete minutos, un globo, un traje, un sistema de oxígeno, un paracaídas, decenas de especialistas y la capacidad de reacción de un solo hombre tuvieron que funcionar como una única operación.
Desde el suelo, el salto duró apenas unos minutos. Para quienes lo prepararon, fueron meses de pruebas. Y para Boytsov, fueron 11.551 metros entre la plataforma del globo y la tierra, 150 segundos de caída libre y una pregunta que acompaña desde hace décadas a los deportes extremos: hasta dónde puede llegar el ser humano cuando convierte una situación aparentemente imposible en un problema de ingeniería, preparación y control.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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