El Salvador enfrenta una dificultad que puede comprometer la recuperación de uno de sus cultivos históricos: no hay suficiente material vegetal certificado para renovar los cafetales envejecidos y ampliar las áreas de producción. El problema aparece en un momento particularmente delicado para la caficultura salvadoreña, después de casi dos décadas de reducción de la superficie cultivada, dificultades financieras de los productores, efectos del cambio climático y las consecuencias que dejó la epidemia de roya.
El Instituto Salvadoreño del Café (ISC) advirtió que la disponibilidad limitada de plantas y semillas certificadas constituye actualmente uno de los principales obstáculos para modernizar el parque cafetalero. La situación afecta tanto a los productores que necesitan sustituir cafetos antiguos como a quienes pretenden establecer nuevas plantaciones.
El diagnóstico aparece en la memoria institucional correspondiente al período junio de 2025 a mayo de 2026, que describe un sector que intenta recuperarse pero que enfrenta restricciones presupuestarias y una oferta insuficiente de material vegetal adecuado. El problema no se limita a conseguir plantas: la falta de recursos también ha reducido la capacidad para investigar, validar variedades y brindar asistencia técnica a los productores.
La dimensión del deterioro puede observarse en la superficie destinada al café. Según datos del V Censo Agropecuario del Banco Central de Reserva de El Salvador, el área cultivada pasó de 217.628 manzanas durante el ciclo 2007–2008 a 105.741 manzanas en 2023–2024. Es decir, el país perdió aproximadamente 111.887 manzanas de superficie cafetalera, una reducción cercana al 51% en menos de dos décadas.
La pérdida de superficie no representa solamente una transformación del paisaje agrícola. El café sostiene una cadena económica que involucra productores, trabajadores rurales, viveristas, beneficiadores, exportadores, transportistas y numerosas familias vinculadas directa o indirectamente con la actividad. Una reducción prolongada del área productiva termina afectando también la capacidad del país para generar ingresos a través de sus exportaciones.
El problema actual tiene además una dimensión generacional. En numerosas fincas todavía existen plantas que fueron sembradas durante la década de 1980, lo que significa que una parte importante del parque cafetalero está compuesto por árboles envejecidos con un potencial productivo inferior al de variedades más modernas.
La renovación, sin embargo, requiere mucho más que retirar un cafeto viejo y plantar uno nuevo. El productor necesita disponer de material genético de calidad, adaptado a las condiciones de la zona, resistente a enfermedades y con características productivas que permitan recuperar la inversión durante los siguientes años.
Ahí aparece el cuello de botella identificado por el ISC. La oferta nacional de plantas y semillas certificadas no alcanza para cubrir las necesidades de renovación, mientras las limitaciones presupuestarias dificultan que el propio sistema institucional pueda acelerar la producción, investigación y validación de nuevas variedades.
La certificación tiene una importancia que va más allá de un trámite administrativo. Permite establecer la procedencia y las características del material vegetal, reduciendo el riesgo de que los productores inviertan en plantas de origen desconocido, con baja productividad o con características diferentes de las que se suponía que poseían.
También existe un componente sanitario. Una planta de mala calidad puede convertirse en una vía para introducir o multiplicar enfermedades dentro de las plantaciones, mientras que variedades correctamente seleccionadas pueden aumentar la capacidad de los cafetales para enfrentar determinadas amenazas.
El antecedente más importante es la roya del café, una enfermedad que golpeó fuertemente al sector salvadoreño durante el ciclo 2012–2013. El impacto de aquella crisis todavía se refleja en la estructura productiva actual y constituye una de las razones por las que la renovación con material vegetal resistente es considerada estratégica.
La roya no solamente redujo el rendimiento de las plantas afectadas. También debilitó económicamente a numerosos productores y aceleró la necesidad de sustituir cafetos que habían perdido productividad. Sin embargo, la renovación no avanzó a la velocidad necesaria para recuperar el terreno perdido.
La consecuencia es una paradoja: El Salvador necesita renovar sus cafetales precisamente cuando enfrenta dificultades para conseguir las plantas certificadas necesarias para hacerlo.
A esto se suma otro problema estructural: el financiamiento. Los productores han señalado que el acceso limitado al crédito, los bajos precios internacionales y el endeudamiento acumulado reducen su capacidad para invertir en nuevas plantaciones.
Renovar un cafetal exige esperar varios años antes de recuperar plenamente la inversión. Para un productor endeudado o con ingresos reducidos, destinar recursos a una plantación que no generará inmediatamente el mismo nivel de producción puede resultar financieramente difícil, incluso cuando la renovación sea necesaria para garantizar el futuro de la finca.
El cambio climático agrega otra capa de incertidumbre. Las variaciones de temperatura, los cambios en los patrones de lluvia, las sequías y los fenómenos meteorológicos extremos pueden alterar las condiciones tradicionales de producción del café.
Por eso, la selección del material vegetal se vuelve todavía más importante. Una variedad adecuada para las condiciones climáticas de hace varias décadas no necesariamente ofrece el mismo rendimiento o resistencia frente al escenario climático que enfrentan actualmente los productores.
La recuperación del sector tampoco puede medirse únicamente por la superficie sembrada. La productividad por unidad de superficie, la calidad del grano, la resistencia a enfermedades y la capacidad de acceder a mercados de mayor valor son factores igualmente determinantes.
Los datos más recientes muestran una situación que puede parecer contradictoria. Durante el ciclo 2024–2025, El Salvador produjo 858.542 quintales oro-uva, una disminución del 3,89% respecto del período anterior. Sin embargo, para el 31 de marzo de 2026, la producción acumulada del ciclo 2025–2026 ya alcanzaba 898.784 quintales, un aumento del 7,9%.
El propio ISC advierte que esa última cifra todavía no era definitiva porque la cosecha continuaba en desarrollo al momento del cierre de su informe. Por lo tanto, el incremento debe interpretarse como una señal positiva dentro de una recuperación todavía incompleta, y no como evidencia de que los problemas estructurales hayan desaparecido.
De hecho, el país todavía está lejos de recuperar los niveles históricos. Las cosechas que en el pasado superaban el millón de quintales todavía no han vuelto a convertirse en una referencia estable de producción nacional.
La situación obliga a mirar más allá de una sola cosecha. Un aumento de producción durante un ciclo puede ser positivo, pero si el parque cafetalero continúa envejecido y no se renueva, el crecimiento puede resultar difícil de sostener en el largo plazo.
En abril de 2026, la Asamblea Legislativa aprobó además una modificación de la legislación relacionada con la comercialización, registro y protección de la propiedad del café. La reforma estableció la inscripción obligatoria de semilleristas y viveristas ante el Instituto Salvadoreño del Café, con el objetivo de fortalecer la trazabilidad y la calidad del material vegetal disponible.
La medida apunta directamente a uno de los problemas identificados por el sector: saber quién produce las plantas y semillas, cuál es su origen y qué características poseen.
Pero la regulación por sí sola no resuelve el déficit de material certificado. El país necesita simultáneamente aumentar la capacidad de producción de plantas, fortalecer la investigación y crear condiciones financieras que permitan a los agricultores comprarlas y utilizarlas.
De lo contrario, podría producirse una situación en la que existan normas más estrictas para garantizar la calidad, pero no suficiente oferta certificada para atender la demanda de renovación.
La investigación agrícola también es fundamental. El ISC señala que sus restricciones presupuestarias han limitado los programas destinados a investigar y validar nuevas variedades, precisamente en un momento en que el sector necesita material adaptado a nuevas condiciones sanitarias y climáticas.
Esto coloca al Estado ante una decisión estratégica: tratar la renovación cafetalera como una política agrícola de largo plazo o continuar respondiendo principalmente a las crisis de cada ciclo productivo.
La primera opción implica inversión sostenida en investigación, viveros, asistencia técnica, financiamiento y renovación. Los resultados no aparecerían inmediatamente, pero permitirían reconstruir gradualmente la capacidad productiva del país.
La segunda puede generar recuperaciones temporales, pero dejaría intacto el problema fundamental: un parque cafetalero reducido y envejecido que necesita ser reemplazado progresivamente.
El Salvador tiene además una tradición cafetalera que excede el aspecto económico. El café forma parte de la identidad agrícola del país y durante décadas fue uno de sus principales productos de exportación, generando actividad económica en las zonas rurales y conectando al país con los mercados internacionales.
La pérdida de superficie cafetalera representa, por lo tanto, una transformación profunda de la estructura agrícola nacional. Recuperar el sector no significa simplemente aumentar las toneladas producidas, sino reconstruir una cadena productiva que perdió capacidad durante años.
La escasez de material certificado aparece ahora como uno de los puntos más concretos donde esa recuperación puede quedar frenada. Sin plantas adecuadas no hay renovación; sin renovación, el envejecimiento continúa; y sin una mejora de la productividad, resulta más difícil competir en un mercado internacional donde otros países productores también están modernizando sus cultivos.
El problema salvadoreño tiene además una dimensión regional. Centroamérica continúa siendo una de las zonas productoras de café más importantes del mundo, pero enfrenta simultáneamente enfermedades, cambio climático, volatilidad de precios y dificultades para financiar la renovación de las plantaciones.
La experiencia de El Salvador puede servir como advertencia para otros países productores de América Latina. La recuperación de un cultivo permanente requiere planificación de varios años, porque los árboles no pueden sustituirse al mismo ritmo con el que se renueva un cultivo anual.
Por eso, cada año perdido tiene consecuencias acumulativas. Un cafetal que no se renueva hoy continuará envejeciendo durante la próxima década, mientras las nuevas plantaciones necesitarán tiempo para alcanzar su máximo potencial productivo.
El desafío consiste entonces en actuar antes de que la reducción de la superficie y el envejecimiento de las plantas terminen convirtiéndose en un problema irreversible.
El Salvador todavía conserva conocimiento agrícola, productores especializados y una tradición cafetalera reconocida internacionalmente. La recuperación es posible, pero requiere resolver simultáneamente el acceso a material certificado, el financiamiento, la investigación, la adaptación climática y la asistencia técnica.
La cifra que mejor resume la urgencia es la superficie perdida: el país pasó de 217.628 a 105.741 manzanas de café en aproximadamente 16 años.
El aumento de la producción registrado en el ciclo 2025–2026 ofrece una señal de que el sector todavía tiene capacidad de recuperación. Pero ese repunte no elimina la necesidad de reconstruir el parque cafetalero.
El verdadero desafío comienza ahora: conseguir suficientes plantas certificadas, financiar su adquisición y establecerlas en las fincas antes de que otra generación de cafetales envejecidos limite nuevamente la producción nacional.
El café salvadoreño enfrenta así una carrera contra el tiempo. La renovación del cultivo no depende solamente de la voluntad de los productores: necesita una cadena completa de semillas, viveros certificados, investigación, crédito, asistencia técnica y políticas públicas capaces de sostener el proceso durante varios años.
Si esa cadena no logra fortalecerse, la escasez actual de material certificado podría terminar convirtiéndose en uno de los principales obstáculos para recuperar definitivamente la caficultura de El Salvador.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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