Durante siglos, el mar ha convertido pequeñas embarcaciones en cápsulas de supervivencia. Algunas personas quedaron atrapadas después de tormentas, otras sobrevivieron al hundimiento de un barco y unas pocas terminaron arrastradas miles de kilómetros por las corrientes. La historia del pescador salvadoreño José Salvador Alvarenga, que permaneció 438 días a la deriva entre México y las Islas Marshall, es una de las más extraordinarias, pero está lejos de ser el único caso. Poon Lim sobrevivió 133 días solo sobre una balsa en el Atlántico Sur; Steven Callahan pasó 76 días en una balsa inflable; Tami Oldham Ashcraft resistió 41 días en un velero destrozado en el Pacífico; y otros supervivientes demostraron que, en determinadas circunstancias, el cuerpo humano puede resistir situaciones que parecen incompatibles con la vida.
El caso de José Salvador Alvarenga sobresale incluso dentro de esta lista. El 17 de noviembre de 2012 salió desde la costa de Chiapas, México, para una jornada de pesca que debía ser breve. Una tormenta dañó el motor de su pequeña embarcación de unos siete metros y lo dejó sin capacidad para regresar. Junto a él estaba Ezequiel Córdoba, quien murió durante la deriva después de enfermar. Alvarenga quedó solo en medio del Pacífico y comenzó una lucha que duraría 438 días, hasta que el 30 de enero de 2014 apareció en el atolón de Ebon, en las Islas Marshall, después de recorrer una distancia estimada de hasta 10.800 kilómetros. Sobrevivió pescando y comiendo peces, tortugas, aves y otros animales marinos, mientras utilizaba el agua de lluvia como principal fuente de hidratación. Cuando la lluvia no aparecía, llegó a beber su propia orina y sangre de animales. Pero hubo otro elemento decisivo: para conservar una referencia temporal durante aquella soledad absoluta, observaba las fases de la Luna y contaba sus ciclos.
La historia tiene un antecedente extraordinariamente parecido ocurrido siete décadas antes. Poon Lim, marinero chino de la Marina Mercante británica, estaba a bordo del SS Ben Lomond cuando el barco fue torpedeado por un submarino alemán el 23 de noviembre de 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Lim consiguió llegar hasta una pequeña balsa y quedó solo en el Atlántico Sur. Permaneció allí 133 días, hasta que pescadores brasileños lo encontraron el 5 de abril de 1943 cerca de la costa de Brasil. Guinness World Records todavía registra su caso como la supervivencia más prolongada documentada de una persona sola sobre una balsa. Al principio llevaba algunas provisiones, pero cuando se agotaron comenzó a pescar, capturar aves marinas y recoger agua de lluvia. Y existe una coincidencia sorprendente con Alvarenga: Lim comenzó contando los días mediante nudos en una cuerda, pero terminó utilizando las lunas llenas como referencia para medir el paso del tiempo.
Otro caso extraordinario fue el de Steven Callahan, un navegante estadounidense que sobrevivió 76 días solo en el Atlántico después de que su velero Napoleon Solo se hundiera en febrero de 1982. Callahan consiguió subir a una pequeña balsa inflable con una cantidad limitada de agua y alimentos. Su situación era particularmente peligrosa porque la balsa apenas medía alrededor de 1,80 metros y estaba rodeada por un océano en el que los tiburones se acercaban atraídos por los restos de pescado. Para mantenerse con vida utilizó un pequeño destilador solar capaz de convertir agua de mar en agua dulce y consiguió pescar con un arpón. También llevaba un diario y registraba cada jornada, una actividad que adquirió un valor psicológico enorme al convertir una sucesión aparentemente interminable de días en una secuencia que podía controlar. El 21 de abril de 1982, pescadores de la isla de Guadalupe lo encontraron. Había perdido más de 20 kilos y estaba gravemente debilitado.

Tami Oldham Ashcraft protagonizó una supervivencia diferente, pero igualmente impresionante. En 1983 navegaba junto a su prometido, Richard Sharp, en el yate Hazaña, desde Tahití hacia San Diego, cuando la embarcación fue alcanzada por una violenta tormenta. El barco quedó prácticamente destruido, Sharp desapareció y Ashcraft permaneció inconsciente durante unas 27 horas. Cuando recuperó el conocimiento descubrió que se encontraba sola en una embarcación sin radio, sin sistema de navegación y con los mástiles dañados. En lugar de esperar pasivamente un rescate, reparó el velero con materiales improvisados, construyó una bomba para extraer agua del interior y utilizó un sextante y un reloj para orientarse. Decidió abandonar la ruta hacia California y navegar hacia Hawái. Cuarenta y un días después del naufragio consiguió llegar a Hilo, convirtiendo una embarcación prácticamente destruida en su única posibilidad de supervivencia.
Estos casos tienen algo en común que resulta casi tan sorprendente como el número de días sobrevividos: ninguno dependió exclusivamente de la fuerza física. Alvarenga necesitó convertir cada captura en alimento y cada lluvia en una reserva de agua; Poon Lim transformó una balsa de emergencia en una plataforma de pesca; Callahan aprovechó la energía solar para producir agua potable; Ashcraft reconstruyó parcialmente un velero que parecía perdido. La supervivencia en el océano no consiste simplemente en “aguantar”. Requiere resolver problemas pequeños y repetitivos: conseguir agua, conseguir alimento, protegerse del sol, reparar el refugio, mantener la orientación, evitar heridas e infecciones y, sobre todo, conservar la capacidad de tomar decisiones cuando el cansancio y el aislamiento comienzan a destruir la percepción del tiempo.
El aspecto psicológico es especialmente llamativo. La pérdida de la noción del tiempo aparece repetidamente en las historias de supervivencia prolongada. Alvarenga recurrió a la Luna; Poon Lim terminó utilizando las lunas llenas; Callahan escribió un diario; otros supervivientes han utilizado marcas, rutinas o pequeños objetivos diarios para dividir una experiencia que, vista completa, resulta psicológicamente insoportable. El cerebro necesita establecer algún tipo de estructura cuando desaparecen los horarios normales, los contactos humanos y las referencias terrestres. En una balsa perdida en medio del océano, saber que pasó “otro día” puede ser menos importante que tener una razón para levantarse y comenzar nuevamente la rutina de supervivencia.
El océano también produce una paradoja: es prácticamente infinito, pero al mismo tiempo puede convertirse en una fuente de recursos para quien consigue mantenerse a flote. El agua que rodea al náufrago no puede beberse directamente debido a su concentración de sal, pero las nubes y las tormentas pueden proporcionar agua dulce. El mar tampoco ofrece alimento preparado, pero peces, aves y tortugas pueden convertirse en una fuente de proteínas. El problema consiste en conseguirlos sin gastar más energía de la que aportarán. Alvarenga pasó meses dependiendo de capturas ocasionales; Lim desarrolló métodos para pescar desde la balsa; Callahan utilizó un arpón y aprovechó los peces que se acercaban a su pequeña embarcación. La supervivencia se transforma así en una ecuación permanente entre energía gastada y energía obtenida.
La orientación constituye otro de los grandes misterios de estas historias. Alvarenga no tenía motor funcional para dirigir su recorrido y terminó atravesando una enorme extensión del Pacífico impulsado por corrientes oceánicas y vientos. La trayectoria que terminó llevándolo desde México hasta las Islas Marshall no fue producto de una navegación convencional, sino de una combinación de deriva y condiciones oceánicas. En su caso, la enorme distancia recorrida puede parecer imposible al observar un mapa, pero las corrientes pueden transportar objetos y embarcaciones durante meses. La supervivencia dependió entonces de algo paradójico: no controlar el rumbo y, al mismo tiempo, conseguir que la embarcación permaneciera a flote.
Hay otra historia que permite ampliar todavía más el concepto de supervivencia extrema, aunque ocurrió en tierra firme. Ricky Megee, en Australia, pasó aproximadamente 71 días perdido en el Outback en 2006. Caminó durante días por una región extremadamente árida y terminó siendo encontrado cerca de una represa en una propiedad ganadera del Territorio del Norte. Sobrevivió recurriendo al agua disponible y a pequeños animales y plantas. Su caso es diferente porque no se desarrolló en el océano y porque algunos detalles de su relato sobre cómo terminó perdido fueron posteriormente cuestionados, pero médicos confirmaron que su estado físico era compatible con una permanencia prolongada en condiciones extremas.
La supervivencia extrema tampoco pertenece exclusivamente a los hombres ni al mar. Ada Blackjack, una mujer iñupiat de Alaska, quedó atrapada en la isla de Wrangel durante una expedición iniciada en 1921. La expedición estaba integrada por cuatro hombres y Blackjack, que había sido contratada para cocinar y coser. Cuando las provisiones comenzaron a agotarse y el auxilio no llegó, la situación se convirtió en una tragedia. Los demás integrantes murieron o abandonaron la isla en un intento desesperado por encontrar ayuda. Blackjack terminó sobreviviendo durante meses prácticamente sola, aprendiendo a cazar y a fabricar herramientas y ropa para enfrentar el ambiente ártico. Fue rescatada en agosto de 1923, después de aproximadamente dos años en la isla.
Entre todos estos relatos, el de Alvarenga continúa siendo particularmente extraño porque combina duración, distancia y aislamiento. No estuvo 438 días refugiado en una isla, ni tuvo una embarcación equipada para largas travesías. Permaneció durante más de un año en una pequeña lancha diseñada para una jornada de pesca. Pasó de tener un compañero a quedar completamente solo, perdió toda referencia terrestre y terminó apareciendo en un territorio situado al otro lado del Pacífico. Su supervivencia fue puesta bajo escrutinio después del rescate, pero la trayectoria marítima y las condiciones oceánicas hicieron posible reconstruir una deriva compatible con el relato.
La comparación entre estos náufragos revela algo todavía más curioso: la supervivencia prolongada parece depender menos de una capacidad extraordinaria para soportar el sufrimiento que de la capacidad de crear una rutina dentro del caos. Alvarenga miraba la Luna. Lim contaba el tiempo. Callahan escribía. Ashcraft reparaba el barco y calculaba su posición. Cada uno encontró una forma de convertir una situación gigantesca e incontrolable en una sucesión de problemas concretos: conseguir agua, conseguir comida, reparar algo, esperar la lluvia, observar el cielo, avanzar un poco más.
Y quizá allí esté la parte más extraordinaria de estas historias. El ser humano no necesita saber cuándo terminará una tragedia para continuar sobreviviendo; necesita encontrar una razón para llegar al día siguiente. Para Alvarenga fueron las lunas que pasaban y la esperanza de volver a tierra. Para Poon Lim fue la rutina de pescar y recoger agua. Para Callahan fue registrar cada jornada. Para Ashcraft fue convertir un velero destrozado en un barco nuevamente capaz de navegar. En todos los casos, el océano parecía no tener final, pero los supervivientes encontraron una manera de dividir el infinito en algo mucho más pequeño: un día más, una lluvia más, un pez más y otra noche esperando que aparezca tierra.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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