La aparición de terremotos en regiones que durante mucho tiempo fueron consideradas sísmicamente estables está obligando a los científicos a revisar una idea que parecía bastante segura: que una zona con pocos antecedentes sísmicos tiene también un bajo riesgo de sufrir un terremoto importante. Las investigaciones más recientes no indican que la Tierra esté atravesando una etapa de mayor actividad sísmica global, pero sí muestran que existen fallas capaces de permanecer inactivas durante miles o incluso millones de años y conservar condiciones que les permiten volver a romperse.
El fenómeno adquirió especial interés después de una sucesión de terremotos registrados en distintos lugares durante las últimas semanas. Perú, Colombia, Indonesia y algunas regiones de España volvieron a aparecer en los registros sísmicos, alimentando una pregunta que se repite cada vez que varios movimientos importantes ocurren en poco tiempo: ¿realmente están aumentando los terremotos o simplemente estamos prestando más atención a ellos?
La respuesta disponible hasta ahora es que no existe evidencia de un aumento sostenido de la cantidad de grandes terremotos en todo el planeta. El Servicio Geológico de Estados Unidos estima un promedio de unos 16 terremotos de magnitud 7 o superior por año, aunque la cifra puede variar considerablemente de un año a otro. En 2010, por ejemplo, se registraron 23, mientras que en 1989 fueron seis. Estas variaciones forman parte del comportamiento natural de la actividad sísmica.
Lo que está cambiando es la comprensión sobre qué ocurre debajo de regiones que durante mucho tiempo parecieron tranquilas. Tres investigaciones recientes, publicadas entre 2025 y 2026, analizaron precisamente el comportamiento de fallas consideradas estables y encontraron mecanismos que pueden permitir que vuelvan a generar terremotos bajo determinadas circunstancias.
Una de las investigaciones, publicada en Nature Communications, estudió el fenómeno conocido como “sanación” o endurecimiento friccional de las fallas. Cuando una falla permanece sin movimiento durante períodos extremadamente largos, las superficies rocosas que la componen pueden aumentar su resistencia debido al crecimiento de los puntos de contacto entre los minerales y a procesos químicos que fortalecen la estructura.
Ese proceso puede durar miles, millones o incluso decenas de millones de años. El resultado es una falla que aparentemente está inactiva, pero que ha acumulado una resistencia considerable. El problema aparece cuando una perturbación modifica las condiciones de presión y tensión en el subsuelo y lleva a esa estructura hasta el punto de ruptura.
Un ejemplo estudiado por los científicos se encuentra en Groningen, en los Países Bajos, una región conocida por su explotación de gas natural. Durante años se produjeron allí terremotos en una zona que no tenía una actividad tectónica comparable con la de las grandes fronteras entre placas. La extracción de gas modificó las presiones subterráneas y terminó reactivando fallas existentes.
Uno de los aspectos más interesantes es que la actividad humana no necesariamente crea una falla nueva. En determinados casos puede alterar el equilibrio de una falla que ya existe y llevarla a romperse. La extracción de hidrocarburos, la inyección de fluidos en el subsuelo y algunas otras actividades pueden modificar las presiones y tensiones internas de las rocas.
Esto explica por qué algunos terremotos aparecen en lugares que no tenían un historial sísmico importante. La ausencia de terremotos registrados no significa necesariamente que no exista una falla capaz de producirlos. Puede significar simplemente que esa falla llevaba tanto tiempo sin romperse que no había antecedentes recientes que permitieran identificarla como una amenaza.
La diferencia es fundamental para la prevención. Durante mucho tiempo, los registros históricos fueron una de las herramientas utilizadas para estimar el peligro sísmico de una región. Si un territorio no había experimentado terremotos importantes durante generaciones, podía ser considerado relativamente estable. Las nuevas investigaciones indican que ese criterio, utilizado de manera aislada, puede resultar insuficiente en determinadas regiones.
También existen otros mecanismos que pueden modificar el comportamiento de una falla. Una investigación reciente estudió el papel del agua y otros fluidos dentro de las rocas y encontró que pueden intervenir en procesos químicos capaces de modificar la resistencia de las superficies de una falla. Esto agrega otra variable a una ecuación que ya es extremadamente compleja.
En regiones situadas lejos de los límites entre grandes placas tectónicas, además, pueden producirse terremotos llamados intraplaca. Son movimientos que ocurren dentro de una placa aparentemente estable y no necesariamente cerca de los lugares donde dos placas chocan, se separan o se deslizan entre sí.
La península de Corea ofrece otro ejemplo estudiado por investigadores. Allí, en una región situada cientos de kilómetros de los grandes límites de placas, un terremoto ocurrido en 2008 fue seguido por una secuencia de movimientos que continuó durante años. El caso permitió observar cómo las tensiones pueden redistribuirse dentro de una región considerada relativamente estable.
Esto no significa que cualquier región tranquila esté a punto de sufrir un terremoto. El riesgo sísmico continúa dependiendo de la geología específica de cada territorio, de las fallas existentes, de las tensiones acumuladas y de las condiciones del subsuelo. No hay una regla que permita afirmar que una zona históricamente estable tendrá necesariamente un gran terremoto.
Tampoco significa que los terremotos registrados recientemente en diferentes continentes formen parte de una misma cadena. Un terremoto en Colombia, otro en Perú y otro en Indonesia pueden ocurrir con pocos días de diferencia sin que exista una relación directa entre ellos. La proximidad temporal no demuestra una conexión tectónica.
Hay además un factor que puede hacer que parezca que el planeta está temblando más: hoy detectamos terremotos que décadas atrás simplemente no podían registrarse con la misma precisión. La red mundial de estaciones sísmicas se amplió y mejoró, mientras los teléfonos móviles, sistemas de alerta y plataformas digitales permiten que un movimiento sea conocido casi inmediatamente en todo el mundo.
La población también aumentó y muchas más personas viven actualmente en ciudades construidas sobre zonas sísmicamente activas. Un terremoto que hace medio siglo habría sido registrado únicamente por los instrumentos científicos hoy puede generar miles de testimonios, videos y alertas en cuestión de minutos.
Existe además un efecto psicológico. Los terremotos no se distribuyen de manera perfectamente uniforme a lo largo del tiempo. La actividad sísmica puede producir períodos con varios movimientos cercanos y luego largos intervalos de relativa calma. Cuando varios acontecimientos aparecen juntos en las noticias, el cerebro tiende naturalmente a interpretarlos como parte de una tendencia, aunque estadísticamente puedan formar parte de una secuencia normal.
La investigación científica, sin embargo, deja una advertencia importante: el pasado sísmico de una región no debería ser la única referencia para calcular el peligro futuro. Una falla que no se ha movido durante cientos de miles o millones de años puede no estar muerta; puede estar acumulando características que todavía no conocemos suficientemente.
Esto tiene consecuencias directas sobre las construcciones y la planificación urbana. Si una región es considerada segura únicamente porque durante décadas no sufrió terremotos importantes, podría existir una falsa sensación de seguridad. La identificación de fallas ocultas, el estudio de la geología profunda y la utilización de modelos de riesgo pueden ayudar a determinar con mayor precisión dónde deberían aplicarse normas de construcción más exigentes.
La situación es todavía más relevante cuando existen actividades industriales que modifican el subsuelo. La extracción de petróleo y gas, la inyección de fluidos y otras operaciones pueden alterar las condiciones de presión en lugares donde existen fallas antiguas, por lo que el análisis geológico previo resulta fundamental.
Los científicos tampoco plantean que estos nuevos descubrimientos permitan predecir cuándo ocurrirá un terremoto. La sismología todavía no puede decir con precisión qué día, a qué hora y en qué punto exacto se producirá un gran movimiento. Lo que sí puede hacer es identificar zonas vulnerables y estudiar las condiciones que aumentan o reducen el riesgo.
La principal conclusión de las investigaciones es, entonces, menos espectacular pero mucho más importante: una región silenciosa no necesariamente es una región sin peligro. La falta de terremotos registrados puede ser simplemente el resultado de una larga etapa de inactividad.
En ese sentido, los terremotos recientes sirven como recordatorio de que la actividad sísmica no puede evaluarse únicamente mirando los acontecimientos de las últimas semanas. La Tierra continúa liberando energía de acuerdo con procesos que se desarrollan durante períodos geológicos enormes, muy superiores a la memoria histórica de las sociedades humanas.
El verdadero desafío para los científicos y las autoridades consiste en identificar esas estructuras antes de que se produzca una ruptura importante. Mejorar los mapas de fallas, ampliar las redes de monitoreo y revisar los criterios con los que se determina el riesgo puede ser tan importante como estudiar la cantidad de terremotos que ocurren cada año.
La pregunta, por lo tanto, no debería ser solamente por qué algunas zonas que parecían tranquilas comenzaron a temblar. También hay que preguntarse cuántas otras regiones consideradas estables esconden fallas antiguas que todavía no han sido suficientemente estudiadas.
La ciencia todavía no tiene una respuesta completa para todos esos casos, pero las nuevas investigaciones están modificando una parte importante del conocimiento sobre el comportamiento de las fallas. Y esa modificación puede tener consecuencias concretas para la seguridad de millones de personas que viven lejos de las zonas tradicionalmente asociadas con los grandes terremotos.
Precisión sobre el terremoto de Perú: revisé el registro del Instituto Geofísico del Perú correspondiente al evento del 20 de agosto de 2026, en Coracora, Ayacucho, y el reporte oficial IGP/CENSIS/RS 2026-0568 que aparece disponible mantiene una magnitud de 7,2, con una profundidad de 108 kilómetros. Por eso, en esta nota no lo presento como 7,4. Si posteriormente el IGP emitió una actualización oficial a 7,4, esa nueva versión debería reemplazar el dato anterior.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★Ciencia: por qué comienzan a producirse terremotos en zonas que durante décadas parecían estar fuera del peligro sísmico
- ★Paraguay: príncipe Akishino destaca en Yguazú el aporte japonés a la agricultura y la cultura
- ★Paraguay: sociedades científicas respaldan la huelga médica y advierten sobre la crisis estructural de la salud pública
- ★Paraguay: cuestionan propuesta de Atome para combinar energía solar con electricidad de la ANDE
- ★Paraguay: sector privado advierte que el peaje de la Hidrovía puede absorber los márgenes de las exportaciones agrícolas


