La discusión sobre la dolarización de Venezuela vuelve a poner sobre la mesa una pregunta mucho más profunda para América del Sur: ¿qué ocurre cuando un país abandona su moneda nacional y qué pasaría si, en lugar de adoptar el dólar estadounidense, los países del Mercosur crearan una moneda común propia? Venezuela mantiene oficialmente al bolívar como moneda nacional y atraviesa desde hace años una fuerte dolarización de facto, con precios y operaciones cotidianas expresados frecuentemente en dólares. Por eso, la posibilidad de una dolarización formal representa un cambio de naturaleza jurídica y monetaria, pero también una decisión sobre soberanía económica.
La experiencia internacional demuestra que abandonar una moneda puede ser mucho más fácil que recuperarla. Ecuador adoptó oficialmente el dólar estadounidense en enero de 2000, después de una profunda crisis económica y bancaria que había llevado al sucre a una situación insostenible. Desde entonces, el dólar se convirtió en la moneda de curso legal y el Banco Central del Ecuador dejó de tener la capacidad de emitir una moneda nacional independiente. El propio Banco Central explica que la dolarización formal elimina las operaciones de compra y venta de moneda extranjera asociadas al funcionamiento de una moneda nacional y modifica profundamente el sistema monetario.
Más de dos décadas después, Ecuador demuestra la dificultad política de regresar atrás. La dolarización terminó formando parte de la estructura económica del país y cualquier intento de recuperar el sucre implicaría reconstruir una moneda, crear confianza en ella, establecer reservas, definir un tipo de conversión y convencer a la población de volver a utilizar una unidad monetaria que fue abandonada precisamente porque había perdido credibilidad. Estudios sobre la experiencia ecuatoriana consideran altamente improbable una reversión de la dolarización en las condiciones actuales.
Panamá ofrece un caso todavía más extremo. El país utiliza el dólar estadounidense desde 1904, mientras mantiene el balboa como unidad monetaria y emite monedas propias, pero no posee una circulación de billetes nacionales comparable a la de un Estado con moneda independiente. El resultado es un sistema en el que el dólar ocupa desde hace más de un siglo el lugar central de la economía.
El Salvador siguió otro camino. En 2001 introdujo el dólar estadounidense como moneda de curso legal junto al colón. Con el tiempo, el colón prácticamente desapareció de la circulación cotidiana. El país conserva formalmente referencias a su moneda histórica, pero la economía funciona esencialmente en dólares. La experiencia salvadoreña muestra nuevamente que una vez que empresas, bancos, contratos, salarios y consumidores se acostumbran a una moneda extranjera estable, reconstruir una moneda nacional no es simplemente imprimir billetes nuevos.
Estos ejemplos permiten entender por qué una dolarización formal puede convertirse en una decisión difícil de revertir. La moneda no es solamente papel o una unidad para calcular precios: es una infraestructura económica completa. Está detrás de contratos, depósitos bancarios, créditos, deuda pública, reservas internacionales, sistemas de pago, contabilidad empresarial y expectativas de la población. Cuando todo ese sistema se organiza alrededor de una moneda extranjera, recuperar una moneda propia implica reconstruir prácticamente toda la arquitectura monetaria.
Y aquí aparece el contraste con el Mercosur. En lugar de renunciar a sus monedas nacionales para adoptar el dólar, Argentina y Brasil han discutido durante décadas la posibilidad de crear una herramienta monetaria regional. La idea no nació con los actuales gobiernos. A comienzos de los años 1990 ya existieron propuestas vinculadas a una moneda común; posteriormente aparecieron proyectos como el “gaucho” y, en 2019, la idea del “peso real”. Ninguno llegó a convertirse en una moneda efectiva.
El “gaucho” es uno de los grandes proyectos olvidados de la integración sudamericana. Argentina y Brasil llegaron a discutir una moneda común destinada al comercio, pero el proyecto nunca salió de la etapa política y técnica. Décadas después apareció el “peso real”, planteado durante el Gobierno de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro como una posibilidad de profundizar la integración monetaria entre ambos países. Tampoco llegó a materializarse.
En enero de 2023, la discusión volvió con fuerza cuando Luiz Inácio Lula da Silva y Alberto Fernández defendieron públicamente la creación de una moneda común sudamericana. El anuncio generó titulares internacionales, pero también provocó dudas entre economistas debido a las enormes diferencias entre las economías brasileña y argentina. La propuesta planteaba inicialmente una moneda destinada a operaciones comerciales y financieras, no la desaparición inmediata del real y del peso.
Esa distinción es fundamental. Una moneda común para comercio no equivale a una moneda única como el euro. En el primer modelo, Brasil podría continuar utilizando el real y Argentina el peso, mientras una unidad regional serviría para determinadas operaciones entre ambos países. En el segundo, los países abandonarían sus monedas nacionales y entregarían la política monetaria a una autoridad regional. La diferencia entre ambos modelos es enorme.
De hecho, el Mercosur ya posee una herramienta mucho más modesta y concreta: el Sistema de Pagos en Moneda Local, conocido como SML. El Banco Central de Brasil explica que permite que importadores y exportadores de determinados países realicen pagos en sus propias monedas, evitando que cada operación tenga que pasar necesariamente por el dólar. El sistema comenzó con Argentina y posteriormente se extendió a otros socios.
El SML demuestra que la integración monetaria puede comenzar sin crear una moneda nueva. Si una empresa brasileña puede pagar a una empresa argentina utilizando reales y pesos y los bancos centrales realizan la compensación correspondiente, parte de la dependencia del dólar ya puede reducirse. El siguiente paso sería crear instrumentos regionales de compensación más amplios.
Ahí aparece la idea que podemos denominar “MERCO” o “M$” como concepto para una futura moneda regional. No sería correcto afirmar que el Mercosur ya decidió crearla. No existe actualmente una moneda oficial llamada MERCO ni una autoridad monetaria del bloque encargada de emitirla. La propuesta sería, por ahora, imaginar una evolución de los mecanismos existentes hacia una unidad monetaria regional.
El concepto podría tener una lógica diferente a la de una dolarización. Mientras dolarizar significa adoptar la moneda de otra potencia, crear una moneda regional significaría intentar construir una unidad monetaria propia a partir del comercio y las reservas de los países participantes. En teoría, eso permitiría reducir la dependencia del dólar sin entregar la política monetaria nacional directamente a Washington.
Pero aquí aparece el principal problema: crear una moneda es mucho más sencillo que conseguir que la población confíe en ella. Una moneda nueva necesitaría estabilidad, reservas, reglas fiscales, disciplina monetaria, un sistema financiero regional y una institución capaz de garantizar que las reglas no cambien cada vez que cambie un gobierno.
El euro ofrece precisamente esa lección. Europa necesitó décadas de integración institucional antes de llegar a una moneda única. Los países europeos no comenzaron simplemente imprimiendo euros: primero desarrollaron instituciones comunes, mecanismos de coordinación, reglas fiscales, libre circulación, convergencia económica y posteriormente un banco central supranacional. La experiencia europea demuestra que una moneda común es el resultado final de una integración profunda, no el punto de partida.
El Mercosur todavía está muy lejos de ese nivel de integración. Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia mantienen monedas nacionales, bancos centrales independientes y políticas fiscales diferentes. La propia información del Banco Central de Brasil continúa identificando al peso argentino y al real como las monedas legales de sus respectivos países.
Argentina presenta además un problema particularmente complejo: su historial de inflación y pérdida de valor del peso dificulta imaginar que Brasil acepte compartir inmediatamente una moneda con una economía que durante largos períodos tuvo una política monetaria mucho más inestable. Brasil también tiene sus propios problemas fiscales y monetarios, pero posee una escala económica y financiera considerablemente diferente.
Por eso, el primer paso realista para una futura moneda regional probablemente no sería eliminar el peso, el real, el guaraní, el peso uruguayo o el boliviano. Sería construir una unidad de cuenta regional para el comercio. Los países podrían seguir utilizando sus monedas nacionales internamente y utilizar el MERCO, por ejemplo, únicamente para operaciones entre bancos centrales, comercio exterior y determinadas inversiones.
Una posible arquitectura podría funcionar de la siguiente manera: cada país conservaría su moneda nacional, mientras el MERCO sería una unidad de cuenta respaldada por una cesta de monedas, reservas internacionales y activos regionales. El valor de esa unidad podría calcularse mediante una fórmula acordada entre los bancos centrales participantes.
Esto evitaría uno de los principales problemas de una moneda única inmediata: un solo banco central tendría que fijar una política monetaria para economías que atraviesan ciclos completamente diferentes. Una Argentina con inflación elevada puede necesitar una política monetaria completamente distinta de la que necesita Brasil; Paraguay puede enfrentar otro ciclo y Uruguay otro.
El MERCO también podría utilizarse para financiar infraestructura regional. Grandes proyectos como corredores bioceánicos, puentes internacionales, ferrocarriles, energía eléctrica, gasoductos y obras de integración podrían incorporar contratos denominados parcialmente en una unidad regional. Eso permitiría crear demanda real para la nueva moneda sin obligar a los ciudadanos a abandonar sus monedas nacionales.
Otra posibilidad sería utilizarlo en el comercio agrícola. Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia tienen economías fuertemente vinculadas a alimentos, energía, minerales y materias primas. Una unidad regional utilizada para liquidar parte de esas operaciones podría generar un mercado financiero propio y reducir gradualmente la necesidad de utilizar dólares como intermediario.
Sin embargo, la principal dificultad sería decidir quién controla el MERCO. Si el banco central brasileño tuviera un peso excesivo, Argentina podría considerar que perdió soberanía. Si cada país tuviera el mismo voto, Brasil podría cuestionar que una economía de su tamaño tenga el mismo peso institucional que una mucho menor. Si el poder se distribuyera según el PIB, los países pequeños podrían temer quedar subordinados.
Este problema no es solamente técnico. Es político. Una moneda común implica transferir parte de la soberanía monetaria a una institución supranacional. Los gobiernos tendrían que aceptar que determinadas decisiones ya no pueden tomarse unilateralmente en Buenos Aires, Brasilia, Asunción, Montevideo o La Paz.
También habría que crear un mecanismo para evitar que un país financie permanentemente sus déficits mediante la moneda regional. Si un Estado pudiera emitir deuda excesivamente y esperar que los demás países lo rescataran, el sistema perdería credibilidad. El euro sufrió precisamente tensiones de este tipo durante la crisis de deuda europea, demostrando que compartir moneda sin mecanismos fiscales adecuados puede generar enormes conflictos.
El proyecto tendría que comenzar con reglas mucho más estrictas que las actuales iniciativas políticas. Sería necesario establecer objetivos de inflación, límites fiscales, transparencia de las reservas, independencia de la autoridad monetaria, mecanismos de resolución de crisis y reglas para la entrada y salida de países.
También tendría que existir un sistema de reservas. Una moneda regional no puede depender únicamente de la confianza política. Necesitaría activos detrás: reservas internacionales, oro, divisas, títulos soberanos y eventualmente una cesta de commodities estratégicos. Una estructura de ese tipo podría dar al MERCO una base económica más amplia que la de una moneda respaldada exclusivamente por las decisiones de un país.
Pero incluso esa idea presenta interrogantes. ¿Quién aportaría las reservas? ¿En qué proporción? ¿Quién respondería por las pérdidas? ¿Qué ocurriría si Argentina entra en crisis? ¿Qué pasaría si Brasil decide cambiar su política económica? ¿Podría Paraguay o Uruguay abandonar el sistema? ¿Cómo se resolvería una crisis bancaria?
Son preguntas que explican por qué los proyectos anteriores nunca pasaron del papel. La investigación sobre la moneda común del Mercosur identifica precisamente la falta de convergencia económica y las dificultades institucionales como algunos de los principales obstáculos.
El problema no es que la idea sea técnicamente imposible. El problema es que requiere un nivel de confianza política que Sudamérica todavía no ha conseguido construir. Los países pueden ponerse de acuerdo para reducir aranceles o facilitar pagos, pero entregar parte de la soberanía monetaria exige un nivel de integración mucho mayor.
Por eso resulta interesante comparar el futuro hipotético del MERCO con la experiencia de Venezuela. Un país que adopta el dólar puede ganar estabilidad monetaria, pero pierde la capacidad de emitir su propia moneda y de utilizar el tipo de cambio como instrumento de política económica. Una moneda regional podría ofrecer una tercera vía: no depender exclusivamente del dólar y tampoco mantener sistemas monetarios completamente aislados.
Pero una moneda común solamente tendría sentido si es más confiable que las monedas nacionales que pretende complementar. Si el MERCO tuviera inflación elevada, reglas cambiantes o riesgo político, nadie querría utilizarlo. Las empresas continuarían prefiriendo el dólar, el euro o incluso el real brasileño.
Y aquí está probablemente la pregunta más importante: ¿puede Sudamérica crear una moneda que inspire más confianza que las monedas nacionales y, al mismo tiempo, competir con el dólar? La respuesta todavía no está disponible.
Lo que sí existe hoy es una infraestructura inicial. El Mercosur posee mecanismos de pagos en monedas locales, coordinación entre bancos centrales y décadas de experiencia de integración comercial. El Banco Central de Brasil continúa operando el SML con Argentina, Paraguay y otros socios, lo que demuestra que la reducción de la dependencia del dólar ya comenzó por una vía mucho más prudente que la creación inmediata de una moneda única.
El siguiente paso podría ser crear una unidad de cuenta regional, y solamente después evaluar si esa unidad puede transformarse en moneda. En otras palabras: primero comercio, después compensación financiera, luego mercado de capitales regional y finalmente, si las condiciones económicas y políticas lo permiten, una moneda.
Ese camino sería mucho más realista que intentar crear mañana un “euro sudamericano”. El MERCO podría comenzar como una herramienta invisible para la mayoría de los ciudadanos: utilizada por bancos centrales, empresas exportadoras, organismos de infraestructura y fondos regionales. Con el tiempo, si genera confianza, podría comenzar a utilizarse en contratos y operaciones financieras.
Y existe una ventaja política adicional: los países no tendrían que abandonar inmediatamente sus monedas nacionales. Argentina podría conservar el peso; Brasil, el real; Paraguay, el guaraní; Uruguay, el peso uruguayo; Bolivia, el boliviano. El MERCO funcionaría inicialmente como una capa monetaria adicional sobre las monedas existentes.
Eso permitiría evitar el error de confundir integración monetaria con eliminación de monedas nacionales. La Unión Europea tardó décadas en recorrer ese camino y algunos países europeos todavía conservan sus monedas nacionales. El Mercosur podría desarrollar su propia fórmula, adaptada a las características económicas sudamericanas.
Pero para que eso ocurra, primero habría que resolver algo que no puede solucionarse con tecnología: la confianza entre los Estados. Una moneda común exige confiar en que los socios respetarán las reglas incluso cuando resulte políticamente costoso hacerlo.
Los proyectos “gaucho”, “peso real” y “sur” muestran que la idea aparece y desaparece con los ciclos políticos. Cada nueva administración puede recuperar la propuesta y posteriormente abandonarla cuando cambian las prioridades. Ese comportamiento es precisamente lo que impide que los mercados y las empresas consideren seriamente la posibilidad de una futura moneda regional.
El gran desafío para el Mercosur sería, entonces, convertir una idea política en un proyecto institucional permanente. Una moneda no puede depender de una declaración presidencial ni de una cumbre bilateral. Necesita tratados, legislación nacional, bancos centrales coordinados, reservas, reglas fiscales, mecanismos de supervisión y una institución supranacional con credibilidad.
Mientras tanto, Venezuela representa la otra cara del debate. El país mantiene oficialmente el bolívar, pero desde 2019 experimenta una dolarización de facto en buena parte de su economía. Esto significa que el dólar ya ocupa una posición central sin que Venezuela haya formalmente eliminado su moneda.
La experiencia venezolana demuestra precisamente que la sustitución monetaria puede comenzar desde abajo, por decisión de empresas y ciudadanos, antes de convertirse en una decisión jurídica del Estado. Cuando la población pierde confianza en su moneda, comienza a buscar otra unidad de cuenta, aunque el Gobierno mantenga oficialmente la moneda nacional.
Ecuador muestra el paso siguiente: la dolarización formaliza jurídicamente esa sustitución y la convierte en la arquitectura oficial del sistema monetario. Una vez consolidada durante décadas, volver atrás se vuelve extraordinariamente difícil.
Sudamérica podría intentar exactamente el camino contrario: en lugar de sustituir una moneda nacional por el dólar, construir gradualmente una unidad monetaria regional capaz de ofrecer estabilidad y facilitar el comercio sin entregar completamente la soberanía monetaria a una potencia externa.
El MERCO, o M$, puede imaginarse como esa posibilidad futura, pero todavía no existe como moneda ni como proyecto oficialmente aprobado por el Mercosur. Hoy es, en el mejor de los casos, una propuesta conceptual que tendría que construirse desde los mecanismos de pagos existentes y desde los proyectos anteriores que nunca lograron salir del papel.
La gran pregunta para los próximos años no será solamente si Venezuela dolariza formalmente, sino si América del Sur será capaz de construir una alternativa monetaria propia antes de que la utilización del dólar avance todavía más en la región.
Porque una cosa es abandonar la propia moneda y adoptar la de otro país. Otra, completamente diferente, es construir una moneda que pertenezca a varios países. La primera decisión puede tomarse por decreto; la segunda requiere décadas de confianza, disciplina e integración.
Y allí se encuentra el verdadero desafío del Mercosur: no inventar un billete, sino construir la confianza necesaria para que millones de personas quieran utilizarlo.
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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