
A través de los años, después del servicio dominical, esta pregunta a veces ha dado vueltas por mi mente: «Todo estuvo bien, ¿pero realmente fui movido por las verdades que escuché?».
Aún después de haber escuchado la Palabra expuesta, cantado verdades bíblicas, participado de la comunión con mi iglesia local, a veces termino con la sensación de que algo falta.
Quizás tú también has experimentado este sentimiento. Es posible que sea más común de lo que pensamos, aunque no siempre sabemos cómo identificarlo. Nuestros cultos pueden ser fieles, las canciones bíblicas, la predicación sólida, la doctrina clara. Pero todavía parece que algo falta.
Dios está interesado en cautivar nuestro corazón no solo en informar nuestra mente
No es necesariamente emoción ni creatividad lo que falta. No es «energía». Es asombro.
No me refiero al asombro superficial que depende de lo novedoso, sino más bien a ese asombro profundo que nace cuando el alma se encuentra con Dios y, por un momento, todo lo demás pierde peso. Ese asombro que vemos cuando Isaías exclama: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy» (Is 6:5), o cuando el salmista anhela «contemplar la hermosura del SEÑOR» (Sal 27:4) o cuando Pablo, hablando del evangelio, no puede evitar explotar en una doxología, un canto de adoración a Dios (Ro 11:33-36).
La pregunta pudiera ser incómoda, pero creo que es necesaria: ¿Por qué nuestros cultos, siendo fieles, muchas veces no son cautivadores?
No es falta de verdad
La respuesta no es necesariamente que hayamos abandonado la verdad. De hecho, muchos de nuestros contextos han hecho un esfuerzo intencional por recuperar la centralidad de la Palabra, la predicación expositiva y la claridad doctrinal. Eso es algo por lo que debemos dar gracias a Dios.
Al mismo tiempo, debemos reconocer el pecado que aún mora en nosotros, aquel que no nos permite percibir la verdad tan bella como realmente es. Por eso necesitamos orar a Dios por mayor sensibilidad espiritual y asombro cuando estamos reunidos como iglesia.
Pero quizás el problema no está solo en nuestra dureza o en que nos falte verdad, sino también en la manera en la que presentamos la verdad. Hemos aprendido a comunicar la verdad con precisión, pero no siempre con peso. La afirmamos correctamente, la explicamos con cuidado, la defendemos con argumentos, pero a veces no la mostramos como algo que debe ser contemplado. La Escritura es clara en que no solo debemos creer la verdad, sino que también debemos contemplarla:
Una cosa he pedido al SEÑOR, y esa buscaré:
Que habite yo en la casa del SEÑOR todos los días de mi vida,
Para contemplar la hermosura del SEÑOR (Sal 27:4).
Ese lenguaje no es accidental. Habla de contemplación y deleite, no solamente de entendimiento o una afirmación intelectual. Porque Dios está interesado en cautivar nuestro corazón no solo en informar nuestra mente (Mt 15:8).
La belleza olvidada
Históricamente, la iglesia ha hablado de tres valores trascendentales: la verdad, la bondad y la belleza.
La verdad nos dice lo que es. La bondad nos dirige a lo que debemos amar y obedecer. La belleza es aquello que hace que lo verdadero y lo bueno nos resulten deseables. La belleza es como un puente que hace que la verdad no solo sea correcta, sino también atractiva. Es lo que mueve el corazón a amar lo que la mente ya reconoce como verdadero.
La Escritura está llena de este lenguaje: «Esplendor y majestad están delante de Él; / Poder y hermosura en Su santuario» (Sal 96:6); «Adoren al SEÑOR en la hermosura de la santidad» (Sal 96:9, RVA).
Sin embargo, en muchos de nuestros contextos de iglesias que se esfuerzan por mantener la sana doctrina, parece como si la belleza hubiera quedado relegada. A veces por sospecha, otras por descuido. Nos preocupamos por no manipular las emociones, por no depender de lo estético, por no confundir forma con sustancia. Y en ese proceso, sin darnos cuenta, empobrecemos la experiencia misma de la verdad. Terminamos con cultos que enseñan bien, pero que no siempre forman nuestros afectos. El resultado es visible: creyentes que saben mucho, pero quienes se maravillan poco.
La belleza es como un puente que hace que la verdad no solo sea correcta, sino también atractiva
En la música, por ejemplo, podemos cantar canciones doctrinalmente correctas, pero sin una forma que corresponda a la hermosura de lo que estamos diciendo. Melodías que no sostienen el peso del texto. Arreglos que no ayudan a la congregación a percibir la grandeza de lo que confiesa.
En la liturgia (el orden de las diferentes ceremonias en las reuniones de la iglesia), todo fluye con eficiencia, todo «tiene sentido». Pero no siempre hay una intencionalidad que nos lleve de la confesión al perdón; de la necesidad a la gracia; del pecado a la vida. No siempre hay un sentido de ascenso, de encuentro con Dios, de respuesta a quién Él es.
En el lenguaje desde el frente, solemos hablar de manera funcional: explicamos lo que viene y damos instrucciones claras a la congregación. Pero pocas veces la invitamos a contemplar, a temer, a gozarse en Dios. Incluso llenamos cada espacio con el ritmo musical, pero no dejamos lugar para el silencio, para la reflexión, para que una verdad que hemos cantado repose en el corazón de la iglesia.
No estamos haciendo cosas incorrectas, pero tal vez sí insuficientes. Porque la adoración congregacional a final de cuentas es formación del alma.
El problema del dualismo silencioso
Aquí hay algo más profundo que vale la pena nombrar, aunque sea de forma breve. En nuestro deseo de proteger «lo espiritual», a veces desarrollamos una especie de desconfianza hacia lo material. Como si cuidar lo visible, lo físico, lo estético, fuera una amenaza para la pureza de la adoración congregacional. Pero esa intuición, llevada demasiado lejos, termina pareciéndose más a un dualismo platónico que a una teología bíblica.
La Escritura no nos da permiso para despreciar lo material. Dios creó un mundo visible y lo llamó bueno (Gn 1). El Hijo de Dios se hizo carne (Jn 1:14). Y nuestra esperanza final no es escapar del mundo físico, sino la resurrección en un nuevo cuerpo (1 Co 15). Lo visible le importa a Dios, y si le importa a Él debería importarnos a nosotros también.
Lo que hacemos con el espacio, con la arquitectura, con la luz, con el sonido, con los objetos, con el ritmo; todo eso forma parte de cómo comunicamos lo que creemos. Si creemos que Dios es hermoso, debería reflejarse en nuestras decisiones estéticas.
Lo visible le importa a Dios, y si le importa a Él debería importarnos a nosotros también
No se trata de ostentación, de lujo, ni de competir con otras tradiciones del cristianismo. Lo que debemos buscar es coherencia. Porque un espacio que nunca invita a la contemplación, un entorno que comunica indiferencia estética, un enfoque puramente funcional sobre lo material, está también formando a nuestra gente, aunque no lo notemos. Nuestro cuerpo también aprende. Los sentidos también son discipulados.
Pienso que parte de esta sospecha ante lo material y lo estético en nuestras reuniones se debe a una reacción. Muchos de nosotros heredamos un escepticismo legítimo hacia formas de adoración que parecen depender más de la emoción que de la verdad. Vimos excesos, vimos manipulación, vimos superficialidad y quisimos corregir eso. Pero en nuestro esfuerzo por evitar el emocionalismo vacío, a veces terminamos sospechando de todo aquello que pudiera mover profundamente el corazón, incluyendo la belleza misma.
A esto se suma la influencia de nuestra cultura. Vivimos en un mundo pragmático, donde todo se mide por su utilidad. Donde lo importante es que «funcione». Esa mentalidad, casi sin darnos cuenta, se filtra en la iglesia también. Y así, nuestros cultos empiezan a reflejar más la lógica de la eficiencia —que predomina en nuestra cultura— que la lógica de la adoración. Podemos terminar formando creyentes que saben explicar el evangelio, pero que no siempre saben asombrarse ante su mensaje.
La solución del asombro
La solución no es hacer cultos más «emocionales» ni más «producidos». No es añadir elementos por añadirlos, ni tampoco es intentar fabricar experiencias. Necesitamos, más bien, recuperar una visión de Dios que incluya Su hermosura.
Dios no solo es verdadero.
Dios no solo es bueno.
Dios también es hermoso.
Y esa hermosura no es un concepto abstracto. Es algo que se contempla y que transforma: «Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la [hermosura] del Señor, estamos siendo transformados» (2 Co 3:18, adaptado).
La transformación ocurre al contemplar la gloria y hermosura de Dios en Cristo. Eso debería moldear la manera en que pensamos nuestros cultos y también la manera en que disponemos las cosas materiales dentro de ellos.
Si estás involucrado en el ministerio de la adoración de tu iglesia local, te invito a reflexionar en esto. Lo que hacen con los aspectos técnicos y materiales ¿ayuda a tus hermanos a ver la hermosura de Dios? ¿Cómo están formando sus afectos? ¿Están considerando los sentidos, el cuerpo, la atención de aquellos que se congregan?
Recuperar el asombro implica varias cosas. Implica cuidar la forma del culto, no como un fin en sí mismo, sino como un medio que corresponde al contenido que estamos compartiendo. Implica buscar una belleza apropiada, no ostentosa, pero sí intencional. Implica estructurar los momentos de nuestros servicios de adoración (la liturgia) de manera que cuenten la historia del evangelio: llamado, confesión, perdón, respuesta, envío.
Si el evangelio de Cristo no nos maravilla no es porque le falte belleza, sino porque no la estamos viendo cómo deberíamos
En especial, implica enriquecer nuestro lenguaje, hablar de Dios de una manera que refleje Su grandeza. Implica dar espacio al silencio, a la reflexión, a la contemplación: «Estén quietos, y sepan que Yo soy Dios» (Sal 46:10).
Y sí, también implica pensar con mayor cuidado en lo visible: en cómo nuestros espacios, nuestras decisiones arquitectónicas o nuestro uso de lo material pueden servir —y no distraer— a la contemplación de Dios. Al hacer esto no estamos necesariamente persiguiendo el perfeccionismo, sino que más bien estamos buscando ser fieles a lo que estamos proclamando.
El evangelio es hermoso
A final de cuentas esto no es un argumento estético, sino más bien uno bíblico y teológico: «Una cosa he pedido… contemplar la hermosura del SEÑOR» (Sal 27:4).
El evangelio es verdadero.
El evangelio es bueno.
El evangelio es hermoso.
Es la historia del Dios santo que salva a pecadores, del Hijo que muere y resucita, de un pueblo que es adoptado, perdonado y transformado para Su gloria.
Si esa historia no nos maravilla, no es porque le falte belleza, sino porque no la estamos viendo cómo deberíamos, no la estamos contemplando. Y si nuestros cultos (incluyendo lo que hacemos con los elementos materiales) no ayudan a nuestros hermanos a ver esa hermosura, entonces, aunque sean fieles en muchas cosas, todavía nos faltará algo esencial. Nos faltará asombro.
Y sin asombro, la adoración continuará estando incompleta.
Publicado por: Fabrizio Rodulfo
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/belleza-culto-adoracion/
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