
Todo el mundo quiere ser bendecido. Queremos ser bendecidos en nuestras relaciones, negocios e iglesias. Queremos ser bendecidos en la vida, la muerte y la eternidad. Lo opuesto a ser bendecido es ser maldecido, y nadie quiere eso.
Nadie sabe mejor dónde encontrar la bendición que Jesús, así que cuando Él habla acerca de la bendición en las bienaventuranzas (Mt 5:1-12), quiero escuchar, y tú también deberías.
¿Cómo es una vida bendecida? ¿Es tener un matrimonio feliz, hijos talentosos, buena salud, un trabajo satisfactorio, estabilidad financiera u oportunidades para viajar? Podrías añadir más cosas a esta lista de bendiciones. Pero ninguna de ellas está incluida en la descripción de nuestro Señor.
Jesús no dice: «Bienaventurados los felizmente casados», sino: «Bienaventurados los pobres en espíritu» (v. 3a). No dice: «Bienaventurados los que gozan de buena salud», sino: «Bienaventurados los que lloran» (v. 4a). Según Jesús, las mayores bendiciones no se encuentran donde normalmente las buscamos, sino en lugares que no solemos explorar.
Los siete aros
Cuando nuestro Señor les habla a Sus discípulos sobre la vida bajo la bendición de Dios, no comienza con una clase de doctrina ni con un mandato sobre la misión. Más bien describe a una persona pobre en espíritu, alguien que llora por sus pecados, que se somete con mansedumbre a Dios y que anhela crecer en justicia.
Pero las bienaventuranzas son contrarias a lo que nos dicta la intuición. Ser pobre significa no tener recursos. Nadie quiere eso. Pero Jesús habla de un tipo de pobreza que te hace rico.
El duelo significa que sientes un gran dolor. Pero Jesús habla de un tipo de llanto que conduce al gozo.
Imagina una serie de siete aros, cada uno suspendido de una cuerda corta en un parque infantil, a veces llamado «pasamanos». El objetivo es llegar de un extremo al otro balanceándose de un aro a otro.
El primer aro está a tu alcance. Si lo tomas y te balanceas, tu impulso te llevará al segundo, y al balancearte en él llegarás al tercero, y así sucesivamente.
Piensa en las bienaventuranzas como estos siete aros. La única forma de llegar al quinto aro del perdón, al sexto de la pureza y al séptimo de la paz es pasando por los anteriores. Hay que alcanzar el perdón, la pureza y la paz. Y las bienaventuranzas nos muestran cómo.
Las raíces, los brotes y el fruto
Las primeras tres bienaventuranzas tratan con nuestra necesidad. Somos pobres en espíritu porque no tenemos lo necesario para vivir como Dios manda (Mt 5:3). Lloramos porque nuestros pecados son muchos (v. 4). Nos volvemos mansos, en lugar de obstinados y rebeldes, porque no podemos dirigir nuestras vidas con sabiduría (v. 5). Estas son las raíces de una vida bendecida y piadosa.
De estas raíces surgen los brotes de la cuarta bienaventuranza: un hambre y sed de justicia (v. 6). Dios usa la raíz de reconocer tu necesidad para producir el brote del anhelo de justicia. Cuando las raíces de las tres primeras bienaventuranzas se nutren, crecerá el deseo de justicia.
Siguiendo la metáfora, las raíces producen brotes y los brotes dan fruto.
Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios (vv. 7-9).
El primer fruto de esta vida bendecida y piadosa es la misericordia, o el perdón (v. 7), luego la pureza y la paz (vv. 8, 9).
Nuestro Señor también nos dio una octava bienaventuranza: «Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia» (v. 10). Las otras reflejan el carácter que el pueblo de Dios debe buscar, pero la persecución es diferente. Aunque no debemos buscarla, ella nos buscará a nosotros cuando vivamos a la luz de los versículos anteriores.
El orden de las bienaventuranzas, entonces, nos muestra cómo avanzar en la vida cristiana. Si quieres los frutos del perdón, la pureza y la paz en tu vida, comienza con las raíces: volverte pobre en espíritu, llorar por tus pecados y someterte con mansedumbre a la voluntad de Dios.
Bienvenido al gimnasio
Supongamos que estás tratando de ayudar a una compañera que quiere perdonar, pero siente que está más allá de sus posibilidades. Sabe que debería perdonar y admira a quienes lo hacen, pero ha sido herida. Sus heridas son profundas. Las bienaventuranzas muestran cómo se puede crecer en misericordia y avanzar hacia el perdón.
O supongamos que estás discipulando a un amigo que lucha con la impureza. Imágenes que lamenta haber visto presionan su mente, echando leña al fuego de sus deseos. Se siente atrapado y anhela ser libre de esta prisión, pero no sabe cómo. Las bienaventuranzas tienen la respuesta.
Si te sientes estancado en tu vida cristiana y quieres avanzar, las bienaventuranzas son para ti. Si estás luchando con un pecado compulsivo o una adicción y deseas mayor fuerza para resistir la tentación, las bienaventuranzas son para ti. Si estás discipulando a otros creyentes y quieres un plan para crecer en la vida cristiana, las bienaventuranzas son para ti.
Bienvenido al gimnasio. Los aros están suspendidos sobre ti. Toma el primero y balancéate.
Colin Smith
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/orden-bienaventuranzas-cambia-vida/
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