
En el primer capítulo del libro de Apocalipsis, el apóstol Juan relata el encuentro que tuvo con el Cristo glorificado mientras estaba exiliado en la isla de Patmos a causa de la predicación del evangelio. Estando en el Espíritu, en el día del Señor, oye una voz como sonido de trompeta que le ordena plasmar por escrito la visión que recibía y enviar el mensaje revelado a siete iglesias de Asia Menor. La primera de esas siete cartas fue dirigida a la iglesia de Éfeso, probablemente la iglesia madre de las otras seis.
Aunque estas cartas tienen una fecha determinada en cuanto al momento de su inspiración, no tienen una fecha específica de aplicación. Su mensaje es relevante para todo creyente, pues el contenido de dichas cartas tiene aplicación a nuestras vidas y a la vida de la Iglesia de nuestros días, de la misma manera que lo tuvo para la iglesia de Éfeso en la antigüedad.
Una iglesia extraordinaria en medio de una ciudad corrompida
Éfeso, junto a Roma, Alejandría y Antioquía de Siria, era una de las cuatro ciudades más prósperas del Imperio romano. Ciudad portuaria a orillas del mar Egeo, se convirtió en un gran centro cultural y comercial. Pero también era una ciudad profundamente permeada por el paganismo, la brujería y la adivinación. Allí se levantaba el majestuoso templo de la diosa Artemisa, considerado una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, cuyas sacerdotisas eran prostitutas sagradas. Tal fue la decadencia moral de aquel lugar que el filósofo Heráclito llegó a decir que nadie podía vivir en Éfeso sin llorar por su inmoralidad.
En ese trasfondo intimidante, el apóstol Pablo plantó una iglesia. El impacto de la predicación del evangelio fue extraordinario: muchos que practicaban la magia juntaron sus libros y los quemaron públicamente, renunciando a prácticas paganas que habían seguido por años. La oposición no tardó en surgir, como ocurrió con el platero Demetrio, cuyo problema con la enseñanza de Pablo no era teológico, sino económico. Y aun así, la ciudad de Éfeso llegó a convertirse en un centro de evangelización para toda Asia Menor.
Cuando Cristo se dirige a esta congregación, se presenta como «El que tiene las siete estrellas en Su mano derecha, Aquel que anda entre los siete candelabros de oro» (Ap 2:1). Él se pasea entre los candelabros, que representan a las siete iglesias, inspeccionándolas y sosteniéndolas a la vez. Con ojos como llamas de fuego, nada escapa a Su atención; Él conoce cada detalle de lo que ocurre en medio de ella.
Trabajar sin fervor: la trampa del primer amor perdido
El elogio de Cristo a los efesios fue extraordinario: «Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu perseverancia» (Ap 2:2). Reconoce que trabajaron intensamente hasta la extenuación, que no toleraron a los malos y que sometieron a prueba a los que se decían apóstoles y no lo eran, hallándolos mentirosos. Conocían la doctrina con tal precisión que, cuando llegaron los falsos maestros predicando otro evangelio, pudieron contrastar sus enseñanzas con la revelación de Dios y denunciarlos.
Es posible defender apasionadamente la doctrina bíblica sin tener encendida la llama del primer amor
Debemos entender que no es lo mismo un falso maestro que un maestro confundido. El maestro confundido no ha entendido bien las Escrituras y enseña hasta donde alcanza su entendimiento, como ocurrió con Apolos hasta que Priscila y Aquila le explicaron el camino de Dios con mayor exactitud. El falso maestro, por el contrario, está tratando de alejar a las ovejas de Cristo, enfocándose todo el tiempo en su persona, en su ministerio y en sus intereses. Vienen disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces, y solo por sus frutos podemos juzgarlos.
Los efesios también aborrecieron las obras de los nicolaítas, las mismas que Cristo aborrece. Hasta aquí, pareciera que todo estaba en orden. Pero los ojos del Señor penetran cada rincón de nuestro ser, y Cristo procede a reprenderlos: «Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor» (Ap 2:4). Estas palabras nos permiten ver algo sorprendente y solemne acerca de la vida cristiana.
Es posible defender apasionadamente la doctrina bíblica sin tener encendida la llama del primer amor. Es posible batallar contra los falsos maestros y sufrir por causa del nombre de Cristo sin ese amor presente en el corazón. Los efesios hicieron todo eso, y aun así habían perdido el fervor que una vez tuvieron por Dios y por Su pueblo. La epístola de Pablo a los efesios, escrita unos treinta y cinco años antes, había elogiado el amor que ellos tenían por todos los santos. Ahora ese amor había desaparecido.
La obediencia nace del amor por Dios
Cuando se nos dificulta obedecer los mandamientos del Señor, es porque tenemos un problema de falta de amor por Dios. Cristo lo dijo claramente: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos» (Jn 14:15). Cuando lo obedecemos únicamente para evadir las consecuencias de quebrantar Su ley, no lo amamos, sino que le tememos.
Cuando se nos dificulta obedecer los mandamientos del Señor, es porque tenemos un problema de falta de amor por Dios
Muchas veces la Palabra de Dios está presente en nuestras vidas solo en el plano intelectual, arraigada en la mente, pero sin echar raíces profundas que penetren y transformen el corazón. Hay circunstancias que tienden a quitarle el brillo al amor por Dios: el conocimiento teológico que nos envanece, nuestros logros, nuestros fracasos que nos desalientan, la falta de perdón, y hasta el activismo que nos apasiona con la causa de Dios mientras nos hace olvidarnos del Señor de la causa.
Amar a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente implica que nuestro ser se deleita en las cosas en las que el Señor se deleita, y aborrece todo aquello que Dios aborrece. Supone que no haya cosa alguna que deseemos más que a Dios, ni relación que compita con nuestra relación con Él. Comprende amar Su Palabra, Su nombre, Su causa, Su cruz, Su iglesia y Su pueblo. La única manera de amarle así es estando convencidos, tanto en la mente como en la práctica, de que Él es nuestra única fuente de felicidad.
Con frecuencia, la verdad de Dios transforma solo una pequeña parte de nuestra vida, cuando debiera transformarla por completo. No es infrecuente que los creyentes vivan con dos sistemas de valores paralelos: uno para las cosas espirituales y otro para el resto del mundo. Si pensamos de cierta manera cuando estamos en la iglesia los domingos, pero pensamos de forma distinta en el ámbito laboral, hemos perdido nuestro primer amor.
El camino de regreso al primer amor
La cura que Cristo ofrece es clara: «Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio» (Ap 2:5). Es crucial mirar hacia atrás, recordar dónde nos encontrábamos antes de que nuestra pasión por Dios disminuyera, y detenernos a evaluar nuestra vida a la luz de las Escrituras. El arrepentimiento es un cambio interno de mente que se evidencia externamente en un cambio de conducta: reconocer que vamos en la dirección equivocada y tomar la decisión de dar un giro y regresar.
Muchas veces la Palabra de Dios está presente en nuestras vidas solo en el plano intelectual, arraigada en la mente, pero sin echar raíces profundas que penetren y transformen el corazón
Cristo también advirtió sobre las consecuencias de no hacerlo: «Si no, vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar» (Ap 2:5). No se refería a Su segunda venida, sino a la disciplina que ejercería sobre esa congregación, pues «el Señor al que ama, disciplina» (Heb 12:6). Quitar el candelabro implicaba dejar de obrar a través de Su Espíritu Santo, quitándoles la efectividad en la proclamación de Su Palabra, lo que conduciría a la desaparición de la iglesia. El mismo Cristo que pasó revista a las siete iglesias es el mismo que hoy continúa inspeccionando y disciplinando a Su iglesia hasta el final de la historia redentora.
Sin embargo, junto a la advertencia hay una promesa gloriosa: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios» (Ap 2:7). El vencedor es todo aquel que ha nacido de nuevo por gracia, mediante la fe en Cristo y Su obra redentora. A él se le dará el privilegio de comer del árbol de la vida, símbolo de la vida eterna.
Cuando el primer amor mengua, no se trata simplemente de una disminución de nuestro fervor por Dios, sino de que hemos encendido el fuego de otros amores: trabajo, dinero, comodidad o bienestar. Para el creyente, la consigna de la vida debe ser: «Para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Fil 1:21). Si el Espíritu de Dios te muestra que has perdido tu primer amor, ruégale que te conceda un arrepentimiento genuino. Y medita en la cruz: el Autor de la vida se hizo siervo y murió clavado en un madero, derramando Su sangre para que nosotros, que estábamos muertos en delitos y pecados, pudiéramos recibir vida eterna en Él. Esa razón es más que suficiente para amar a nuestro Redentor por toda la eternidad.
Publicado por: Miguel Núñez
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/peligro-servir-dios-sin-amar-dios/
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