
Mientras el Mercosur activa protocolos de emergencia ante tres amenazas epidémicas simultáneas, Argentina —el único país del bloque que abandonó la Organización Mundial de la Salud— quedó fuera de los mecanismos de coordinación global que podrían salvarle la vida a sus ciudadanos. 3.000 médicos firmaron contra la decisión, los gremios hablaron de «catástrofe sanitaria» y el propio secretario general de la OMS le pidió a Milei que suspendiera la salida. Nadie escuchó.
Hay decisiones políticas cuyas consecuencias se pueden debatir en abstracto durante meses y que solo revelan su verdadero costo cuando la realidad llega con la velocidad y la crudeza de una emergencia sanitaria. La salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud, formalizada el 17 de marzo de 2026 y ratificada por la Asamblea Mundial de la Salud el 22 de mayo, fue presentada por el gobierno de Javier Milei como un ejercicio de soberanía, un rechazo al burocratismo multilateral y una señal de alineamiento con la política exterior de Donald Trump. Sus impulsores hablaron de «autonomía sanitaria» y de no permitir que «un organismo internacional intervenga en nuestra soberanía, mucho menos en nuestra salud», en palabras del entonces vocero presidencial Manuel Adorni al anunciar la decisión el 5 de febrero de 2025. Ese mismo 5 de febrero, apenas horas después, el propio presidente Milei afirmaba que desde la OMS «fueron los ideólogos de la cuarentena cavernícola». Meses después, cuando la realidad sanitaria llegó en forma de tres amenazas epidémicas simultáneas —el ébola Bundibugyo declarado emergencia internacional el 17 de mayo, el sarampión con 20.332 casos confirmados en las Américas, y el hantavirus que llevó al propio secretario general de la OMS a pedirle al gobierno argentino que suspendiera su salida— la decisión ya no puede ser defendida con argumentos ideológicos. Solo puede ser evaluada por sus consecuencias concretas sobre la salud de los 46 millones de argentinos que hoy son los únicos ciudadanos del Mercosur que están fuera del sistema de coordinación sanitaria global más eficaz que la humanidad ha construido.
EL ARQUITECTO DE LA SALIDA: MILEI SIGUIÓ A TRUMP Y NADIE LO DETUVO
La cadena de responsabilidades en la decisión de retirar a Argentina de la OMS es transparente y está documentada en múltiples fuentes. El principal impulsor fue el presidente Javier Milei, que concibió la salida como parte de un proyecto político más amplio de confrontación con los organismos multilaterales de orientación progresista y de alineamiento ideológico con la agenda global de Donald Trump. El análisis incluía también a la Organización Mundial del Comercio (OMC), a las Naciones Unidas y al Mercosur en caso de que fuera un freno para firmar un tratado de libre comercio con Trump. La decisión se tomó en sintonía con la del presidente estadounidense, quien en su primer día de mandato —el 20 de enero de 2025— firmó una orden ejecutiva para retirar a Estados Unidos del organismo internacional. Argentina fue el segundo país en anunciar su salida, apenas 16 días después, en una secuencia que dejó claro que la decisión no fue el resultado de un análisis técnico ni de una deliberación institucional, sino de una señal política de alineamiento con Washington.
El canciller Pablo Quirno fue el ejecutor diplomático del proceso: fue él quien notificó formalmente al Secretario General de las Naciones Unidas el 17 de marzo de 2025, iniciando el período de un año que establece la Convención de Viena para el retiro efectivo de un tratado internacional. Fue Quirno quien publicó en sus redes sociales el 22 de mayo de 2026 el mensaje que confirmaba la ratificación definitiva: «La Asamblea Mundial de la Salud ratificó hoy, por consenso, el retiro de la República Argentina de la Organización Mundial de la Salud con efecto a partir del 17 de marzo de 2026. Esta decisión representa la culminación del proceso iniciado el año pasado por la firme voluntad del presidente.» El ministro de Salud Mario Lugones fue el funcionario que intentó dar cobertura sanitaria a una decisión que fue en esencia política: defendió la medida argumentando que permitiría «recuperar soberanía sanitaria» y que «no afecta la calidad del sistema sanitario», una afirmación que los especialistas rechazaron categóricamente.
Pero la responsabilidad no es solo de los individuos. Existe un documento que revela hasta qué punto incluso la propia Cancillería argentina sabía que la decisión era problemática: el cable secreto Dicol 01007/2026, en el que se instruyó a los embajadores argentinos en todo el mundo a gestionar apoyo internacional para la retirada y a solicitar «comprensión» a otros países, evitando específicamente «golpear la política sanitaria nacional.» Como señaló el diario Junio con una precisión devastadora: «Javier Milei y la Cancillería saben que no hay razón alguna para irse de la OMS.» Un gobierno convencido de la corrección de su decisión no necesita instruir secretamente a sus embajadores para buscar «comprensión» por ella en 193 países. Ese cable es la confesión diplomática más elocuente de que la salida de la OMS fue una decisión políticamente motivada que ni sus propios autores podían defender con argumentos técnicos en los foros internacionales.
LA REACCIÓN DE LOS GREMIOS: «CATÁSTROFE SANITARIA», «DEBILITA EL ESTADO», «NOS ALEJA DE LA CIVILIZACIÓN»
La respuesta de la comunidad médica y sanitaria argentina ante la decisión de retirarse de la OMS fue la más unánime y la más contundente que se recuerda en la historia reciente del sector. No hubo matices ni divisiones internas: desde los colegios de médicos provinciales hasta las federaciones nacionales de profesionales de la salud, pasando por epidemiólogos, infectólogos y médicos de hospitales públicos, la condena fue total y documentada. La Federación de Profesionales de la Salud (Fesprosa) movilizó a su presidenta, la doctora María Fernanda Boriotti, quien viajó desde Rosario hasta Ginebra para participar en la Asamblea Mundial de la Salud y presentar ante ese foro internacional el rechazo de los profesionales argentinos a la decisión de su propio gobierno. Desde Ginebra, Boriotti declaró que la salida de la OMS es una «catástrofe sanitaria» y advirtió que afectará directamente el acceso a recursos médicos, profundizando la desigualdad en la atención sanitaria. La Fesprosa llevó a Ginebra un documento firmado por 3.000 médicos argentinos que denunciaba las consecuencias del retiro: pérdida de cooperación internacional, menor acceso a información epidemiológica, exclusión de los espacios donde se definen las políticas sanitarias globales y debilitamiento de los laboratorios de referencia como el Instituto Malbrán. «Romper ese vínculo no fortalece ninguna soberanía. Debilita la capacidad del Estado para garantizar derechos», afirmaba el documento. Su frase final, dirigida directamente al gobierno de Milei, se convirtió en el símbolo de la resistencia sanitaria: «La Argentina sanitaria no se retira de la OMS.»
El Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires publicó una declaración formal de su Consejo Superior que no dejó lugar a ambigüedades: «Consideramos que esta medida resulta desacertada, extemporánea y peligrosa para los intereses de la salud pública de todos los argentinos. La medicina moderna no se concibe de forma aislada. La salud es un fenómeno global que requiere cooperación técnica, estándares unificados y vigilancia epidemiológica constante. El retiro de este organismo multilateral nos sitúa en una posición de vulnerabilidad sanitaria crítica.» La crítica del ex ministro de Salud y neurólogo Facundo Manes fue la más dura en términos políticos: «Rechazar la cooperación internacional en salud es darle la espalda a la ciencia, al conocimiento y al aprendizaje colectivo. Es una decisión que no acerca a la Argentina al futuro: la aleja de la civilización.» El doctor Nicolás Kreplak, exministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, señaló que la medida «debería haber sido discutida en el Consejo Federal de Salud (Cofesa), con todos los ministros y ministras», denunciando que se tomó unilateralmente desde el Ejecutivo sin consulta con los gobiernos provinciales que son los que realmente gestionan el sistema sanitario en el territorio. Kreplak también advirtió sobre las consecuencias institucionales concretas: los laboratorios como el Malbrán perderían el status de «centros colaboradores» de la OMS, quedando fuera de las redes internacionales de referencia epidemiológica.
Incluso el secretario general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tomó el inusual paso de pedirle públicamente al gobierno argentino que suspendiera su salida del organismo, invocando como razón específica la crisis sanitaria vinculada al hantavirus que en ese momento afectaba a zonas del sur del país. Que el máximo responsable de la OMS llame personalmente a un gobierno para pedirle que no se retire de la organización es un hecho sin precedentes en la historia moderna de la institución, y su excepcionalidad refleja tanto la gravedad con que el organismo tomó la decisión argentina como la urgencia sanitaria del momento en que se concretó la salida.
TRES AMENAZAS SIMULTÁNEAS SIN EL PARAGUAS DE LA OMS: EL COSTO REAL DE LA DECISIÓN
La ironía histórica más cruel de la decisión argentina es su sincronización con el peor momento sanitario regional en años. El 17 de marzo de 2026, el día exacto en que Argentina formalizó su salida de la OMS, el organismo estaba procesando las alertas crecientes sobre el brote de ébola en el Congo que declaró emergencia internacional dos meses después. El 22 de mayo de 2026, el día en que la Asamblea Mundial de la Salud ratificó definitivamente el retiro argentino, el mundo ya estaba gestionando simultáneamente la emergencia de ébola y el brote de sarampión más grave de las Américas en 22 años. Y todo ello con el hantavirus que había motivado el llamado personal del director de la OMS a Milei latente en el sur del país.
El ébola Bundibugyo es hoy una Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional. La OMS declaró esa emergencia el 17 de mayo con una cifra que en el momento de la ratificación del retiro argentino ya alcanzaba 906 casos sospechosos y 246 muertes en la República Democrática del Congo y Uganda, con transmisión activa en múltiples zonas de salud. El brote tiene una característica que lo hace especialmente peligroso para los países del Mercosur en el contexto del Mundial de Fútbol 2026: la República Democrática del Congo clasificó para el Mundial y jugará sus partidos en estadios de México y Estados Unidos, generando flujos de aficionados y viajeros que conectan las zonas afectadas con los principales aeropuertos de conexión hacia América del Sur. Paraguay ya activó protocolos de emergencia en todas sus fronteras el 2 de junio. Brasil, Argentina y Uruguay también deben hacerlo. Pero Argentina lo hará sin el apoyo técnico, la información epidemiológica en tiempo real y los protocolos estandarizados que la OMS proporciona a sus 193 países miembros.
El sarampión presenta un cuadro igualmente alarmante. Hasta el 16 de mayo, las Américas notificaron 20.332 casos confirmados con 25 muertes, un aumento del 276% respecto al mismo período de 2025. Bolivia, Chile y Uruguay —todos países del Mercosur— ya tienen transmisión activa. La OPS emitió su segunda alerta del año el 29 de mayo. La vacunación es la única respuesta efectiva, y la Argentina que abandonó la OMS debe ahora garantizar el acceso a vacunas, insumos y cooperación técnica exclusivamente a través de la OPS y de acuerdos bilaterales con otros países, sin el marco global que la OMS proporciona. El canciller Quirno aclaró que «Argentina continúa siendo parte de la OPS«, lo que ofrece un mínimo paraguas sanitario regional. Pero la OPS es una organización regional que depende a su vez de los mandatos y recursos de la OMS global, y su capacidad de compensar completamente la ausencia de membresía en el organismo mundial es técnicamente limitada.
EL MERCOSUR OBSERVA EN SILENCIO — PERO EL IMPACTO ES COLECTIVO
Ninguno de los otros cuatro países miembros del Mercosur — Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia en proceso de adhesión — siguió a Argentina en su salida de la OMS. Tampoco lo hizo ninguno de los estados asociados del bloque. Argentina es el único país de los nueve que conforman el Mercosur y su red de socios que tomó esta decisión. Esta soledad no es ideológica: ni el conservador Paraguay de Peña, ni el liberal Uruguay de Orsi, ni el Brasil de Lula abandonaron la OMS. Todos mantienen sus membresías y sus sistemas de vigilancia epidemiológica integrados en el marco global de la organización internacional. La decisión argentina tiene consecuencias para el Mercosur que van más allá de la situación sanitaria doméstica. Las fronteras del bloque son porosas: millones de personas las cruzan cada año y los virus no llevan pasaportes. Un brote que ingrese a Argentina por falta de vigilancia epidemiológica en sus aeropuertos puede cruzar a Paraguay por Ciudad del Este, a Uruguay por el río Uruguay, a Brasil por Foz do Iguaçu. La debilidad del eslabón más grande del bloque en materia de vigilancia sanitaria es una amenaza para la salud de todos los ciudadanos del Mercosur, independientemente del país en que vivan.
Los gremios de salud del bloque están monitoreando la situación con creciente preocupación. La Federación Médica del Mercosur — que agrupa a colegios y federaciones médicas de los cinco países del bloque — publicó esta semana una declaración de apoyo a las organizaciones médicas argentinas que resistieron la salida de la OMS, señalando que «la salud pública no puede ser víctima de las guerras ideológicas de ningún gobierno» y que la coordinación sanitaria regional del Mercosur necesita que todos sus miembros estén conectados a los sistemas globales de alerta epidemiológica. Esta declaración es políticamente significativa porque viene de un organismo técnico que habitualmente no toma posiciones políticas, y refleja la gravedad con que la comunidad médica regional está evaluando las implicaciones de la decisión argentina.
LA PARADOJA FINAL: UN GOBIERNO QUE HABLA DE SOBERANÍA Y AISLÓ A SU PUEBLO DE LOS MECANISMOS QUE LO PROTEGEN
La doctrina de «soberanía sanitaria» que el gobierno Milei invocó para justificar la salida de la OMS tiene una paradoja que ningún funcionario del Ejecutivo ha podido resolver: la verdadera soberanía sanitaria de un país se mide por su capacidad de proteger la salud de su población, no por la ausencia de membresías en organismos internacionales. Un país que está fuera de la OMS durante una emergencia internacional de ébola, un brote de sarampión sin precedentes en 22 años y una crisis de hantavirus no tiene más soberanía sanitaria que el que está adentro: tiene menos información, menos cooperación técnica, menos acceso a protocolos estandarizados y menos influencia sobre las decisiones globales que afectan a sus ciudadanos. La decisión de Milei no liberó a Argentina de ninguna injerencia internacional: la privó de los instrumentos que le permiten ejercer su propia influencia en los foros donde se toman las decisiones sanitarias globales.
«No hay soberanía en el aislamiento ni en el seguidismo», resumió con precisión el diario Junio, en una frase que captura la doble contradicción del gobierno argentino: al irse de la OMS siguiendo a Trump, Milei demostró simultáneamente que el aislamiento no da soberanía y que su política exterior es exactamente lo que critica — dependencia de un actor externo, solo que de otro color político. Los 46 millones de argentinos que son hoy los únicos ciudadanos del Mercosur sin membresía en la OMS merecen saber que esa decisión no fue el resultado de una evaluación técnica de los epidemiólogos del Malbrán ni de una consulta al Consejo Federal de Salud ni de un debate parlamentario: fue el resultado de una señal política de alineamiento ideológico con Washington que se tomó el mismo día en que Estados Unidos anunció su propio retiro. El ébola, el sarampión y el hantavirus no se alinean con ninguna ideología. Los tres llegan a las fronteras del Mercosur con indiferencia por las doctrinas políticas de los gobiernos que deben defenderlas. Y cuando lleguen, la Argentina que «recuperó soberanía» lo hará con menos herramientas, menos información y menos cooperación internacional que cualquiera de sus vecinos del bloque.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
GILSON DANTAS CARMINI
Gilson Dantas Carmini es periodista brasileño, presidente y editor en jefe de Prensa Mercosur. Especializado en integración regional, geopolítica y derechos humanos, desarrolla una destacada labor en el ámbito de la comunicación internacional.
Posee un Máster en Desarrollo y Cooperación Internacional y mantiene una amplia red de relaciones profesionales, académicas y diplomáticas en América Latina y Asia.
Entre sus reconocimientos destacan el Micrófono de Oro de la Asociación Nacional de Locutores de México (2021), el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional México Blanco (2020) y el título de Amigo de la Niñez y la Adolescencia.
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