El jefe de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, Diego Ariel Casaló, sostiene que la prevención del delito ya no puede depender únicamente de la presencia física de los agentes en las calles. En una entrevista publicada por DEF, explicó cómo el análisis de datos, la videovigilancia, la inteligencia artificial y una mayor coordinación entre organismos se convirtieron en herramientas centrales de la estrategia de seguridad porteña.
Casaló asumió la conducción de la Policía de la Ciudad en enero de 2025. Según el perfil institucional del Gobierno porteño, es Técnico Jurídico Superior Especializado en Ciencias Policiales con orientación en Seguridad y desarrolló anteriormente funciones vinculadas con la gestión de emergencias y la pacificación de barrios.
Su gestión está marcada por una premisa que sintetizó durante la entrevista: “Gobernamos y prevenimos el delito desde el dato”. Para el jefe policial, las estadísticas no constituyen simplemente un registro posterior de lo ocurrido, sino una herramienta para anticipar escenarios, distribuir recursos y decidir dónde debe concentrarse la actividad preventiva.
Buenos Aires reportó una fuerte caída de los delitos
Uno de los argumentos centrales expuestos por Casaló son los resultados registrados durante 2025. De acuerdo con el último reporte citado por DEF, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contabilizó 78 homicidios, equivalente a una tasa de 2,5 casos cada 100.000 habitantes. La publicación señala que se trató del nivel más bajo registrado en 31 años.
La reducción también alcanzó a otras modalidades delictivas. Los robos, hurtos y delitos cometidos con armas de fuego descendieron más de 25% respecto de 2024, según las cifras mencionadas en la entrevista. Casaló atribuyó estos resultados a una combinación de factores: mayor cantidad de recursos humanos y móviles, tecnología, análisis de información y una estrategia policial apoyada en múltiples fuentes de datos.
La Policía de la Ciudad despliega alrededor de 28.000 efectivos, según los datos proporcionados por el jefe policial. A esa estructura se sumaron patrulleros, motocicletas, cuatriciclos y otros recursos destinados a reforzar la capacidad de respuesta y prevención.
Pero el modelo presentado por Casaló no se limita a aumentar la cantidad de policías. Su argumento es que tener más recursos resulta insuficiente si no se sabe dónde, cuándo y cómo utilizarlos.
Una red de cámaras que analiza dónde puede ocurrir el delito
La videovigilancia ocupa un lugar destacado en este esquema. La cobertura de cámaras en Buenos Aires supera actualmente el 83%, uno de los porcentajes más elevados de la región, aunque las autoridades todavía analizan si alcanzar una cobertura total del 100% sería necesariamente la estrategia más eficiente.
La explicación es significativa: las cámaras no se distribuyen exclusivamente por criterios geográficos. Según Casaló, la ubicación se determina a partir del análisis de los niveles de conflictividad y de la posibilidad de que determinados delitos ocurran en cada zona.
La ciudad también incorpora cámaras privadas orientadas hacia espacios públicos. De esta manera, la infraestructura de seguridad deja de depender exclusivamente de los dispositivos instalados por el Estado.
Uno de los ejemplos mencionados es la Comisaría 1-C, en Constitución. Allí se utilizan las denominadas “cámaras calientes”, que permiten mantener una vigilancia permanente sobre sectores considerados estratégicos. Casaló señaló que aproximadamente la mitad de los detenidos por esa dependencia provienen de intervenciones iniciadas mediante el sistema de videovigilancia.
Inteligencia artificial aplicada a la seguridad
La inteligencia artificial también forma parte de la estrategia. Casaló afirmó que la Policía de la Ciudad utiliza esta tecnología desde hace varios años en tareas forenses, investigaciones de ciberdelitos y análisis de imágenes provenientes de cámaras de seguridad.
Uno de los sistemas fundamentales es el denominado Anillo Digital, utilizado para controlar los principales accesos a Buenos Aires. El objetivo es analizar información y detectar patrones que puedan contribuir a identificar vehículos o situaciones vinculadas con hechos delictivos.
Para el jefe policial, una cámara por sí sola solamente registra imágenes. Su verdadero potencial aparece cuando se incorpora tecnología capaz de procesar esa enorme cantidad de información y convertirla en alertas útiles para los investigadores y patrulleros.
Esta transformación plantea uno de los grandes desafíos de las policías modernas: pasar de una seguridad basada principalmente en la reacción ante el delito a un sistema que utilice información histórica y en tiempo real para anticiparse a determinadas situaciones.
El cibercrimen ya no reconoce fronteras
Otro de los puntos destacados por Casaló es el crecimiento de los delitos digitales. El jefe policial advierte que el cibercrimen no puede analizarse únicamente desde una perspectiva territorial porque una víctima puede encontrarse en Buenos Aires mientras el responsable opera desde otro país.
Entre los casos investigados aparecen phishing, estafas digitales, delitos relacionados con bases de datos y situaciones de corrupción de menores, además de ataques que afectan directamente a comercios y empresas.
La investigación puede complicarse todavía más cuando los responsables utilizan infraestructura ubicada en el extranjero. Casaló mencionó casos en los que una estafa investigada desde Buenos Aires terminó vinculada con direcciones IP localizadas en Estonia, Lituania y otros países de Europa del Este.
La situación obliga a ampliar la cooperación entre fuerzas de seguridad y organismos judiciales de diferentes jurisdicciones, porque el delito digital puede atravesar fronteras en cuestión de segundos.
Narcotráfico y crimen organizado
La Policía de la Ciudad también cuenta con una estructura específica para investigar el crimen organizado. Casaló explicó que existe un Departamento de Investigaciones del Crimen Organizado, aunque aclaró que la distribución de las investigaciones entre las diferentes fuerzas no depende exclusivamente de la denominación del delito, sino de las decisiones de la Justicia y de las competencias de cada organismo.
En el caso del narcomenudeo, la estrategia se concentra especialmente en los puntos de acceso a la ciudad y en barrios donde las autoridades detectan mayor actividad de venta de drogas.
La Policía también participa de un abordaje que incluye a otras áreas del Gobierno porteño. Tránsito, higiene urbana, espacios públicos, iluminación y retiro de estructuras o vehículos abandonados forman parte de intervenciones destinadas a modificar las condiciones físicas que pueden favorecer determinados delitos.
Cambiar la logística del delito
Uno de los efectos que Casaló atribuye a esta política es que los grupos dedicados al narcotráfico habrían tenido que modificar sus métodos de operación. Según explicó, la presión preventiva habría reducido la conveniencia de mantener grandes cantidades de droga almacenadas dentro de la ciudad, debido al riesgo de allanamientos y detección.
Esta afirmación refleja un cambio importante en la concepción de la seguridad: no se trata solamente de detener a una persona después de cometido un delito, sino de dificultar la infraestructura que permite que una organización criminal opere.
Un modelo que plantea preguntas para otras ciudades
La experiencia de Buenos Aires resulta especialmente interesante para otras grandes ciudades latinoamericanas que enfrentan simultáneamente delitos tradicionales, crimen organizado y nuevas modalidades digitales.
El modelo presentado por Casaló combina cuatro elementos: información, presencia policial, tecnología y coordinación institucional. Sin embargo, la incorporación de cámaras e inteligencia artificial también plantea desafíos relacionados con la protección de datos, el uso proporcional de la vigilancia y la necesidad de garantizar controles sobre las decisiones automatizadas.
La propia estrategia porteña, según explicó el jefe policial, no consiste necesariamente en colocar una cámara en cada esquina, sino en determinar dónde esa herramienta resulta realmente útil y complementarla con análisis de información y recursos humanos.
La transformación de la seguridad urbana está llevando a las fuerzas policiales hacia un escenario en el que los datos pueden convertirse en una herramienta preventiva tan importante como los patrulleros. Buenos Aires intenta avanzar en esa dirección y Diego Casaló presenta el modelo con una idea central: conocer dónde y cómo se mueve el delito para poder anticiparse a él.
Para las grandes ciudades del Mercosur, donde la movilidad de personas, vehículos, mercancías y también de organizaciones criminales atraviesa fronteras, esta experiencia abre un debate regional sobre cómo utilizar tecnología e inteligencia sin abandonar el control institucional, la legalidad y los derechos ciudadanos.
Foto: Fernando Calzada / DEF
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